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Vínculo de sangre

Un viento helado atravesaba la grand suite del Hotel Senator de Zurich. Boris Kersua, durante sus últimos cinco segundos de vida, intentaba ponerse en pie agarrando la barandilla del balcón del último piso. Su asesino lo contemplaba solemnemente desde el interior mientras devolvía a su estuche, con sumo cuidado, la jeringuilla que había inyectado en el señor Kersua. El trabajo estaba hecho: sobredosis de insulina. Normalmente solía abandonar el escenario tan rápido como entraba, pero esta vez el verdugo se permitió contemplar los copos de nieve que flotaban como mágicos cristales ante las primeras luces del alba. Con tan sólo 24 años, ésta era su víctima número cien, y el asesino de preguntaba en qué momento matar se volvió tan fácil y tan aburrido. El opulento cuerpo de Boris chocó contra el suelo y, poéticamente, la nieve empezó a cubrirlo.

 

Para Neil Kamnafetz, también conocido como “el Último”, la muerte había sido su maestra, su amiga y su compañera de trabajo desde que tuvo uso de razón. Único hijo y heredero del reputado y temido asesino Sofit Kamnafetz -Alias “el Rabino”-, Neil contaba con un talento natural para el asesinato: era imperceptible, sutil, elegante; sus trabajos casi se podrían catalogar de arte. Por algo lo llamaban “el Último”, que rara vez se dejaba ver, a no ser que fueras su víctima y por consecuencia, el último a quien veías. A simple vista, Neil no parece más diferente que ninguno de sus compañeros de la facultad de medicina, ni tampoco de los mejores, cargando a sus espaldas dos años repetidos en la carrera. Alegre, jovial, extrovertido y carismático, siempre lejano a su alter ego, oculto y reservado a los momentos que lo reclama su padre con una nueva vida que segar. Si algo le enseñó su padre es que el mejor escondite está a plena luz del día.

Desde bien crío, sus juguetes eran agujas y cuchillos, aprendió del dolor tocando sus filos, madurando fuera de la superprotección que suelen recibir los niños de sus progenitores. Aprendió del respeto a base de palizas, y de la disciplina a base de unas cuantas palizas más. Pero también se libró del miedo, y los peores golpes eran los que encajaba en sus entrenamientos de combate, haciendo parecer a las hostias de su padre meras regañinas, y es que no se puede aprehender con un sermón a un asesino nato. A los catorce años cometió su primer asesinato: un político pedófilo al que su padre lo vendió como tapadera perfecta para efectuar el crimen. Neil jamás podrá olvidar ese momento, puro gozo – lejos de ser traumático – cargado con la euforia de la pérdida de la virginidad, una vida de predicciones para finalmente descubrir que matar es tan placentero como había imaginado… y eso lo perturbaba, porque ya no había placer alguno, cada nuevo asesinato entrañaba el mismo misterio que hacer unas fotocopias. Siempre había trabajado por dinero, y había amasado junto a su padre una gran fortuna, sin sentimientos, sin motivación, sin implicaciones. El joven asesino se planteaba si había llegado el momento de cambiar de aires, buscar víctimas que le hicieran sentirse realizado.

 

Cuando se dio cuenta, el cadáver de Boris Kersua estaba destemplado y cubierto de nieve. Suspirando se presionó las sienes con una mano mientras reubicaba su mente y dio media vuelta.

 

– Jamás hubiera imaginado que “el Último” se quedaría a contemplar las muertes que despacha. Qué poco… profesional.

La voz rompió el silencio. Un hombre, apoyando un brazo contra el marco de la puerta, sonreía satisfecho al ver la cara de desconcierto de Neil. Vestía traje marrón oscuro sin corbata, camisa blanca y el pelo negro engominado con una coleta corta en la nuca. Mantuvo la blanca sonrisa unos segundos más, pero Neil no le dio el gusto de recibir respuesta. El asesino simplemente analizaba de forma sistemática las vías más rápidas y certeras de matar al testigo.

– Antes de que te abalances sobre mí para silenciarme, déjame que te cuente algo, no he venido a chantajearte. ¿Puedo entrar? – El tipo terminó la frase con otra reluciente y desagradable sonrisa perfecta.

Neil determinó que en ese preciso instante no tenía método alguno de eliminar de forma precisa al hombre de la puerta sin montar un escándalo, así que dio un paso atrás en señal de que permitía su acceso. El hombre entró en la habitación, pero dejó la puerta abierta para garantizar su seguridad.

– Muchas gracias.

Neil continuó sin ofrecer conversación.

– No me presentaría ante “el Último” sin un buen motivo, créeme. Me ha costado mucho dar contigo, al final me he visto obligado a contratarte para reunirme con la leyenda, y déjame decirte que tus precios no son nada asequibles.

Ante la actitud impasible del asesino el hombre decidió ir al grano, temiendo que su tiempo se agotara.

– Tengo un trabajo para ti. Por cuestiones del encargo debo pedírtelo personalmente, ya que el objetivo es Sofit Kamnafetz, más conocido como “el Rabino”, es decir, tu padre y tu jefe.

La sonrisa perfecta del hombre engominado empezó a truncarse al ver que ni con su última frase conseguía extraer una mueca o una palabra del chico.

– el Rabino ha causado muchas bajas en nuestra organización, tantas como problemas. Tu padre pertenecía a nuestro equipo, mis jefes le enseñaron todo lo que sabe, le enseñaron todo lo que sabes. Es un traidor, pero sigue siendo el mejor, y nuestra venganza lleva prorrogándose demasiados años, un intento fallido tras otro. La vida del miembro fundador está cerca de su fin, y quiere poner toda la carne en el asador para vengarse de tu “padre” – El hombre puso especial énfasis en la última palabra.

Neil continuaba impertérrito, con los ojos clavados en su interlocutor, el cual no pudo evitar desviar la mirada un segundo para rebajar la tensión.

– Antes de que me llames loco, déjame contarte una cosa. ¿Conoces el motivo por el que Sofit dejó la organización? Se dice que la mente de un asesino tiene fecha de caducidad, llega un momento en el que su alma no puede absorber más maldad, y cuando ésta se vuelve completamente negra, su dueño es incapaz de matar. Así que, querido amigo, te tocó la lotería, tu fuiste su punto de inflexión, tras acabar con tus padres, un modesto matrimonio que debía dinero a la gente equivocada, su bestia quedó saciada. Tú eres su penitencia y su legado. Yo he venido a ofrecerte hoy, tras revelarte la verdad, la oportunidad de saldar tu cuenta con él y, cómo no, un pago a la altura del trabajo: Tres millones de euros, dispuestos en la bolsa de deporte que hay sobre el armario.

Por primera vez, el hombre consiguió una reacción. Neil desvió medio segundo la mirada para comprobar que la bolsa realmente estaba ahí. Así era.

– Cierra la puerta – Ordenó Neil.

Sometido por la imperativa del chico, el hombre cerró la puerta y se giró nervioso.

– Acepto el trabajo. – Respondió el chico. Acto seguido cogió la bolsa del armario y la abrió sobre la cama. Con un breve vistazo supo ver que contendría aproximadamente los tres millones.

– Joder, chico. Eres frío de cojones. Venía con intención de convencerte, pero no pensé que sería así de fácil. Realmente pareces tan bueno como dicen.

Neil cerró la cremallera de la bolsa y se la echó al hombro.

– Soy un asesino. Me dedico a quitar vidas. La muerte no es más que la consecuencia lógica de la vida. No me supone ningún dilema matar al Rabino. Pero déjame decirte que esa historia ya la conocía, Sofit sabía a la bestia que estaba entrenando, que mataran a mis padres fue lo mejor que me podría haber pasado. ¿Qué pretendías? ¿Crearme un trauma diciéndome que soy adoptado? Si tienes el dinero, haré el trabajo, así de simple.

Neil se acercó al hombre de la coleta y le tendió la mano. Petrificado, tardó en reaccionar.

– En una semana Sofit estará muerto. ¿Trato hecho?

La severidad de la mirada del chico le impedía pensar en que fuera una broma. Realmente el chaval estaba decidido a matar a su padre sin meditarlo una sola noche, eso le causaba un profundo pavor.

– Tra… trato hecho. – sin poder reprimir el tartamudeo el hombre engominado selló el pacto.

Neil en ese momento inyectó una de las jeringuillas que había traído en la muñeca de su interlocutor. El hombre lo miró horrorizado, consciente de su inminente muerte.

– Pero has hecho mal en venir a verme. Yo soy el Último, y no tengo pensado dejar de serlo, así que sé buen chico y muérete sin hacer mucho ruido. Informaré a tus jefes cuando termine el trabajo.

Acongojado y perplejo el hombre de la coleta se desploma sobre la alfombra de la suite mientras comienza a ahogarse con su propio vómito.

 

Así, el asesino abandona el hotel como un espectro, y en el mismo ascensor empieza a maquinar el asesinato del Rabino. Sin remordimientos, respetando las enseñanzas de su padre. Neil sabe que no puede rendir honor más alto a Sofit que terminando él mismo con la vida de su maestro. Por sus entrañas corría salvaje de nuevo el ansia de matar, por fin un trabajo a la altura de su sed. El chico sabía que él no tenía fecha de caducidad, la única maldad que podría impedir que siguiese matando sería lo que Neil más teme: El aburrimiento.

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Cómo morir sin sed y con la cabeza aplastada

– Háblenos de la muerte de su marido.

El detective de policía acariciaba la barba de su perilla mientras repasaba las fotos del cadáver del señor Austin, desplomado en mitad de un sendero de montaña. Tras unos instantes sin respuesta levantó la vista hacia la mujer de 28 años que se sentaba frente a él, en la sala de interrogatorios de la central. La mujer contemplaba ausente el vaso de agua que le habían servido, solitario en el centro de una gran mesa grisácea.

– Señora Austin, si lo desea…

– Supongo que fue la gota que colmó el vaso. – Interrumpió la mujer. – Todo empezó así: con un vaso de agua.

– No la sigo. ¿Podría indicarnos exactamente cómo falleció su esposo?

– Si me permite contar mi historia dispondrá de todos los detalles, agente. – Espetó algo molesta la señora Austin, sin apartar su mirada del vaso de agua.

La mujer respiró pausadamente y retomó su relato.

“Mi marido y yo solemos -Solíamos- practicar senderismo un par de ocasiones al mes, en especial en los meses de verano. Creo que ha sido de las pocas cosas que he disfrutado de mi matrimonio. Ya saben, la clásica historia del príncipe azul transformado en sapo tras el matrimonio. Se volvió cada vez más duro, frío y autoritario, como si el ‘sí quiero’ fuera una fórmula mágica para limpiar el disfraz prematrimonial de los hombres.

Sé lo que pensarán. Apenas llevaba casada poco más de dos años con mi marido. Pero desde que nos casamos parece ser que ‘anularme’ pasó a ser su meta principal. Me obligó a abandonar la carrera de medicina a falta de dos años de su conclusión, con el pretexto de que no necesitaba el sueldo de su mujer para salir adelante. Y esa tónica se extendía a cualquier aspecto de mi nueva existencia. La gota que colmó el vaso fue la primera y la última vez que me pegó, hará cosa de dos semanas.

Entonces me decidí. La noche de ayer invité a unos amigos a cenar. Preparé una fondue de queso, galletitas saladas y frutos secos para acompañar, seguido de unos canapés de huevo y anchoa. Y para rematar la velada mientras fumamos algo de marihuana, 1kg de pipas en una gran fuente, para picotear mientras charlábamos. Sólo desde la cena hasta la hora de dormir lo vi beber un litro y medio de agua.

Por la noche, una vez dormido, encendí el aire acondicionado y cerré las ventanas. A él le sienta horrible ese aparato por las noches, le reseca la garganta y le provoca una tos horrible. Así que me aseguré de dejarle a mano una botellita de agua. Antes de despertar había ingerido un litro más de agua.

Preparándonos de buena mañana para salir de casa – antes de dirigirnos a una ruta especialmente difícil que yo le provoqué a tomar días antes – le serví un delicioso batido de frutas de 1 litro que le insté a tomar en pos de su salud. Aunque también antes de partir desayunamos un sobre entero de bacon con el que se me fue una pizca la mano con la sal. Pese a sus quejas se los comió todos regándolo con abundante café. Así que antes de coger el coche conté casi 2 litros más.”

– Señora Austin, cuando le pedí que fuera precisa no me refería a esto. ¿Cómo acabó su marido en medio de la montaña con la cabeza aplastada?

– Se lo estoy explicando, detective. Haga acopio de profesionalidad y escuche mi testimonio.

La mujer sostuvo estoicamente la mirada del policía hasta que éste, rindiéndose con un ademán de mano, le indicó que prosiguiera.

“En el coche, de camino al refugio de montaña, conté un cuarto de litro más. Cuando alcanzamos el inicio de la ruta ya daban las diez de la mañana. Hoy el clima, por lo visto cómplice de mis planes ha sido especialmente caluroso, así que lo tomé como una señal de que debía llegar hasta el final. Esta fue la parte más difícil, moralmente me refiero. La ruta se estaba poniendo realmente complicada, repleta de pequeños barrancos y empinadas cuestas de arenisca. Me había cargado con cuatro botellas de dos litros en la mochila, para asegurarme de que mis planes surtían efecto.

Para cuando llevábamos recorridas tres cuartas partes del camino yo había terminado con prácticamente dos botellas de las que llevaba, estaba siendo un auténtico reto. Pero él… él había terminado con las otras dos. Eso suman cuatro litros a la ecuación. No las tenía todas conmigo, pero confiaba en que el empujoncito de la noche anterior hiciera el resto del trabajo. Por si acaso, de todos modos, le cedí lo que sobraba de mi segunda botella. Un cuarto de litro más.”

– Déjese de rodeos, señora Austin. ¿Qué me está usted dando a entender? ¿Que intentó usted asesinar a su marido a base de ganas de mear? ¿Lo atacó mientras descargaba tanta agua?

– No sea estúpido. Escuche atentamente lo que le voy a contar ahora.

“En condiciones normales, una persona sana en la que la hipófisis, los riñones y el corazón funcionan sin problemas puede beber hasta 7,5 litros de agua al día, a razón de 1,5 litros por hora. Si se superan esos valores, se produce una excesiva dilución del sodio en la sangre, fenómeno conocido como hiponatremia, y se deja de producir la hormona anti diurética. En casos extremos, con niveles de sodio inferiores a 100 mmol/l, se pueden producir edemas cerebrales, comas, o incluso morir, ya que el cerebro es el órgano que más se ve afectado. A este fenómeno se le conoce como hiperhidratación o, lo que usted está pensando, señor detective: intoxicación por agua. Ahora tan sólo haga cálculos.”

La mujer dejó escapar un largo suspiro de alivio, cogió el vaso que había frente a ella y se lo bebió de un trago. El detective, completamente descolocado, consiguió responder tras un leve balbuceo.

– Esto es fascinante señora Austin. Parece que aprovechó usted sus años en la facultad de medicina. Pero… cómo decirlo. Su marido murió con la cabeza aplastada.

– La hiperhidratación surtió efecto, y mi marido se desplomó ante mis ojos, víctima de los primeros síntomas…

– ¿Le pudo la compasión? – Intentó completar el detective. – Tenía el crimen perfecto delante de usted, iba a salir por la puerta grande. Aún lo amaba… y decidió terminar con su sufrimiento. ¿Me equivoco?

La señora Austin esbozó una sonrisa.

– Se equivoca de cabo a rabo detective.

– Entonces… ¿Por qué? ¿Por qué tirar por la borda un plan tan bien urdido?

– Cuando lo tuve allí, a merced de la muerte desmadejado ante mis pies, me di cuenta de que no lo quería muerto. No quería simplemente hacerlo desaparecer de mi vida. Era algo más, algo más primitivo y salvaje. Me di cuenta de que no deseaba que muriera, deseaba MATARLO. Así que cogí la roca más contundente que pude encontrar, y le reventé el cráneo.