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Cómo morir sin sed y con la cabeza aplastada

– Háblenos de la muerte de su marido.

El detective de policía acariciaba la barba de su perilla mientras repasaba las fotos del cadáver del señor Austin, desplomado en mitad de un sendero de montaña. Tras unos instantes sin respuesta levantó la vista hacia la mujer de 28 años que se sentaba frente a él, en la sala de interrogatorios de la central. La mujer contemplaba ausente el vaso de agua que le habían servido, solitario en el centro de una gran mesa grisácea.

– Señora Austin, si lo desea…

– Supongo que fue la gota que colmó el vaso. – Interrumpió la mujer. – Todo empezó así: con un vaso de agua.

– No la sigo. ¿Podría indicarnos exactamente cómo falleció su esposo?

– Si me permite contar mi historia dispondrá de todos los detalles, agente. – Espetó algo molesta la señora Austin, sin apartar su mirada del vaso de agua.

La mujer respiró pausadamente y retomó su relato.

“Mi marido y yo solemos -Solíamos- practicar senderismo un par de ocasiones al mes, en especial en los meses de verano. Creo que ha sido de las pocas cosas que he disfrutado de mi matrimonio. Ya saben, la clásica historia del príncipe azul transformado en sapo tras el matrimonio. Se volvió cada vez más duro, frío y autoritario, como si el ‘sí quiero’ fuera una fórmula mágica para limpiar el disfraz prematrimonial de los hombres.

Sé lo que pensarán. Apenas llevaba casada poco más de dos años con mi marido. Pero desde que nos casamos parece ser que ‘anularme’ pasó a ser su meta principal. Me obligó a abandonar la carrera de medicina a falta de dos años de su conclusión, con el pretexto de que no necesitaba el sueldo de su mujer para salir adelante. Y esa tónica se extendía a cualquier aspecto de mi nueva existencia. La gota que colmó el vaso fue la primera y la última vez que me pegó, hará cosa de dos semanas.

Entonces me decidí. La noche de ayer invité a unos amigos a cenar. Preparé una fondue de queso, galletitas saladas y frutos secos para acompañar, seguido de unos canapés de huevo y anchoa. Y para rematar la velada mientras fumamos algo de marihuana, 1kg de pipas en una gran fuente, para picotear mientras charlábamos. Sólo desde la cena hasta la hora de dormir lo vi beber un litro y medio de agua.

Por la noche, una vez dormido, encendí el aire acondicionado y cerré las ventanas. A él le sienta horrible ese aparato por las noches, le reseca la garganta y le provoca una tos horrible. Así que me aseguré de dejarle a mano una botellita de agua. Antes de despertar había ingerido un litro más de agua.

Preparándonos de buena mañana para salir de casa – antes de dirigirnos a una ruta especialmente difícil que yo le provoqué a tomar días antes – le serví un delicioso batido de frutas de 1 litro que le insté a tomar en pos de su salud. Aunque también antes de partir desayunamos un sobre entero de bacon con el que se me fue una pizca la mano con la sal. Pese a sus quejas se los comió todos regándolo con abundante café. Así que antes de coger el coche conté casi 2 litros más.”

– Señora Austin, cuando le pedí que fuera precisa no me refería a esto. ¿Cómo acabó su marido en medio de la montaña con la cabeza aplastada?

– Se lo estoy explicando, detective. Haga acopio de profesionalidad y escuche mi testimonio.

La mujer sostuvo estoicamente la mirada del policía hasta que éste, rindiéndose con un ademán de mano, le indicó que prosiguiera.

“En el coche, de camino al refugio de montaña, conté un cuarto de litro más. Cuando alcanzamos el inicio de la ruta ya daban las diez de la mañana. Hoy el clima, por lo visto cómplice de mis planes ha sido especialmente caluroso, así que lo tomé como una señal de que debía llegar hasta el final. Esta fue la parte más difícil, moralmente me refiero. La ruta se estaba poniendo realmente complicada, repleta de pequeños barrancos y empinadas cuestas de arenisca. Me había cargado con cuatro botellas de dos litros en la mochila, para asegurarme de que mis planes surtían efecto.

Para cuando llevábamos recorridas tres cuartas partes del camino yo había terminado con prácticamente dos botellas de las que llevaba, estaba siendo un auténtico reto. Pero él… él había terminado con las otras dos. Eso suman cuatro litros a la ecuación. No las tenía todas conmigo, pero confiaba en que el empujoncito de la noche anterior hiciera el resto del trabajo. Por si acaso, de todos modos, le cedí lo que sobraba de mi segunda botella. Un cuarto de litro más.”

– Déjese de rodeos, señora Austin. ¿Qué me está usted dando a entender? ¿Que intentó usted asesinar a su marido a base de ganas de mear? ¿Lo atacó mientras descargaba tanta agua?

– No sea estúpido. Escuche atentamente lo que le voy a contar ahora.

“En condiciones normales, una persona sana en la que la hipófisis, los riñones y el corazón funcionan sin problemas puede beber hasta 7,5 litros de agua al día, a razón de 1,5 litros por hora. Si se superan esos valores, se produce una excesiva dilución del sodio en la sangre, fenómeno conocido como hiponatremia, y se deja de producir la hormona anti diurética. En casos extremos, con niveles de sodio inferiores a 100 mmol/l, se pueden producir edemas cerebrales, comas, o incluso morir, ya que el cerebro es el órgano que más se ve afectado. A este fenómeno se le conoce como hiperhidratación o, lo que usted está pensando, señor detective: intoxicación por agua. Ahora tan sólo haga cálculos.”

La mujer dejó escapar un largo suspiro de alivio, cogió el vaso que había frente a ella y se lo bebió de un trago. El detective, completamente descolocado, consiguió responder tras un leve balbuceo.

– Esto es fascinante señora Austin. Parece que aprovechó usted sus años en la facultad de medicina. Pero… cómo decirlo. Su marido murió con la cabeza aplastada.

– La hiperhidratación surtió efecto, y mi marido se desplomó ante mis ojos, víctima de los primeros síntomas…

– ¿Le pudo la compasión? – Intentó completar el detective. – Tenía el crimen perfecto delante de usted, iba a salir por la puerta grande. Aún lo amaba… y decidió terminar con su sufrimiento. ¿Me equivoco?

La señora Austin esbozó una sonrisa.

– Se equivoca de cabo a rabo detective.

– Entonces… ¿Por qué? ¿Por qué tirar por la borda un plan tan bien urdido?

– Cuando lo tuve allí, a merced de la muerte desmadejado ante mis pies, me di cuenta de que no lo quería muerto. No quería simplemente hacerlo desaparecer de mi vida. Era algo más, algo más primitivo y salvaje. Me di cuenta de que no deseaba que muriera, deseaba MATARLO. Así que cogí la roca más contundente que pude encontrar, y le reventé el cráneo.