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La Quisicosa del Chamán Viento de Luz

Ajeno a la madurez, a la responsabilidad o a las consecuencias de la edad -tales como sentar la cabeza- Jeffrey Garrington, a sus setenta y seis años de edad, aún continuaba viviendo su vida como aventurero y cazafortunas. Desordenada barba encanada y piel cueriza, descendiente de los primeros colonos irlandeses de norte América, el “viejo oeste” se le antojaba tan aburrido como peligroso una vez el alcohol dejaba de tener gracia, así que desde que cumplió los treinta vaga por los desiertos y praderas de los estados unidos, desentrañando los misterios espirituales de la civilización que la vieja Europa sepultó bajo su orgullosa suela.

Tesoros, textos antiguos, arte, esculturas… el premio era lo de menos, ya que lo mejor siempre era la aventura; y lo único que cabía en sus intereses al terminar un viaje, era vender cuanto había recuperado a museos o coleccionistas para financiarse el siguiente.

Pero el tiempo viene a buscarnos a todos, tarde o temprano, y sabiendo en sus entrañas su fin próximo, decidió volcar todos sus ánimos en un enigma intangible que siempre lo había cautivado desde que empezara sus viajes: Viento de Luz.

Rondaba los cuarenta cuando una noche de tormenta, disfrutando de las bondades de las plantas de poder (comúnmente conocidas como peyote) en la morada de Don Carlos – Chamán, amigo y consultor de Jeffrey – tuvo una ensoñación que dejó marcada el alma del cazafortunas. Un buitre, su animal de poder, lo invitó a danzar en medio de la furiosa tormenta y Jeffrey, ebrio de poder, bailó hasta el amanecer en mitad del aguacero. Esa noche le golpearon tres rayos y pasó tres semanas enfermo. Desde entonces, el viejo obtuvo un sexto sentido para rastrear el patrimonio de la antigua américa. Para sus congéneres, sólo era un loco con suerte al que la electricidad le había frito los sesos, pero aún y con esas, lo importante es que era bueno en su trabajo.

Desde la noche de la tormenta, cada vez que Jeffrey se aventuraba sólo en el desierto, un hombre misterioso lo contemplaba desde la lejanía, sobre rocas elevadas o entre los arbustos. Completamente desnudo, de rasgos difíciles de escudriñar y en ocasiones algo traslúcido, el hombre lo custodiaba en sus viajes. Pero Jeffrey no sentía pavor, porque notaba que esa presencia era amiga. En las noches especialmente silenciosas, el cazafortunas podía escuchar los susurros de su extraño seguidor. Decía llamarse Viento de Luz, y ser el guardián de la morada invisible. Decía que conocía el lugar de muerte del viejo y también el lugar de paz. Decía conocer los caminos e invitaba a Jeffrey a seguirlos, todos en pos de la morada invisible. Últimamente, además, decía que si el viejo no buscaba la senda que llevaba tres décadas susurrándole, encontraría el lugar de muerte, pero jamás el lugar de paz.

Resuelto a completar su última misión y sobretodo, a disfrutar de su última aventura, el insalubre cazafortunas abandonó la ciudad de San Francisco para adentrarse una vez más en los desiertos del ya no tan nuevo mundo.

San Francisco, 1850

San Francisco, 1850

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Viñetas Fúnebres

El sheriff Bolton presionaba con fuerza la herida de su estómago para retrasar su ineludible muerte. Rescató la fuerza justa y necesaria para colocar la última bala en su revólver Single Action Army. La bala que había estado guardando desde que conoció al Coyote Gris y le arrebató todo cuanto había querido. Alzó el arma en vilo y buscó la silueta borrosa de su némesis que se alejaba hacia la puesta de sol. Saboreó la sangre y el sudor que impregnaba sus labios y en un último alarde de puntería efectuó su último disparo.

 

Las olas azotaban el acantilado de la Isla de las Almas Rotas. El capitán Cromwell acariciaba el cabello dorado de su amada mientras la resguardaba en su abrazo bajo su capa. El perfume de la mujer era suficiente para hacerle dudar entre hacer lo que deseaba y hacer lo correcto. Rechazó las dudas centrando su mirada en el océano infinito, juez y testigo de todos sus crímenes. La maldición que cargaba con él sería la condena de los siete mares si llegaba a ver la próxima luna. Clavó su mirada en Jonah Black, por incontables años su mano derecha, y le pidió que cuidara de ella. Se desató su legendario sable del cinto y lo entregó a su gran amigo, junto al título de capitán. Tras un último y cálido beso, el capitán Cromwell se arrojó al mar, para regresar al mismo lugar del que había surgido.

 

Nunca había sido considerado un alumno ejemplar. De hecho Kiriyama tenía el presentimiento de ser el samurai menos deseado de su dojo. Pero ahora, con todos sus compañeros muertos, era el único que podía hacer lo debido. El código del guerrero reza que un samurai no puede vivir bajo el mismo cielo que el asesino de su sensei, pero esto era algo muy diferente. Kiriyama caminaba con cautela entre las ruinas del antiguo templo Ryuguji, buscando al hombre al que llevaba días dando caza: Su maestro. En un arrebato de locura, su sensei había retado a todos sus alumnos a luchar a muerte, acabando con la vida, uno por uno, de todos ellos. Él era el último, el más débil. Finalmente el maestro se mostró, apareciendo de entre las sombras en posición de combate, su rostro cubierto de sangre seca y el gesto desencajado por la locura. Kiriyama notaba como su maestro saboreaba ya la victoria, conocedor de la habilidad de ambos. Las espadas silbaron en el aire y un único golpe sentenció el duelo. El maestro conocía a la perfección la técnica que había transmitido a sus alumnos, pero Kiriyama no era un estudiante muy aplicado, así que su estocada fue tan débil como impredecible, acabando de un golpe con la vida de su sensei. Tras vengar a sus compañeros, Kiriyama se arrodilló y cumpliendo con el código se rajó el vientre, con la primera luz del alba como testigo.

 

Un alma inocente, derramando aún la última lágrima por sus héroes, recorto al sheriff, al pirata y al samurai de sus últimas viñetas de muerte. Los colocó en un pequeño estuche de madera y los enterró en el jardín de atrás. Este pequeño funeral insufló más vida a los héroes del cómic de los que los autores pudieron jamás darles. Sus creadores quedarían conmovidos de conocer el evento. El hermano mayor del niño, dueño de los cómics, no.