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La musa del calibre 45

Aborrezco el amor. Cada vez que leo un relato romántico me entran ganas de quemar un libro. Parece que la mitad del puto mundo sólo sabe escribir sobre sentimientos, florecillas en el estómago o lágrimas derramadas sobre la arena. Estoy hasta los cojones de leer como mueren de pena dos gilipollas que no saben quererse, dos gilipollas cuyo mundo se reduce al amor; parece que no tengan más placeres en la vida que contemplar cabellos sedosos, labios húmedos, miradas cómplices o sexo disfrazado de rito espiritual y fusión de almas. Por eso, por culpa de toda esa gente que escribe de forma enfermiza sobre corazones rotos o dedos entrelazados, llevo siempre una Colt calibre 45 en la gabardina.

Soy una especie de superhéroe literario. Me dedico a destruir el tiempo agarrado a una copa de whisky en la barra de un sucio bar. Me dedico a fumarme un cigarro tras otro esperando a que me peguen un tiro. Lo hago porque sé que te gusta verme morir. Que te encanta ver como visito a mi viejo amigo Jack para que me saque las balas del hombro mientras muerdo una madera. El tintineo de la bala ensangrentada tocando la bandeja metálica, siempre hay una bandeja metálica, y mi copa de whisky, reluciendo entre los hielos, para mitigar mi dolor.

Siempre llevo una pistola.

De vez en cuando paseo bajo la lluvia, de noche, entre luces de neón. Y amo alguien, pero la amo como se tiene que amar, en silencio, como un puto hombre. No necesitáis que os cuente lo que es el amor, porque a todos nos llega, es como la varicela, como el puto sarampión. Todos sabemos lo que es. Así que subo las escaleras de ese sucio hotel y le hago el amor a mi chica, mi perdición, cuanto más sucio mejor, y no tengo que contaros lo que siento, porque todos lo sabemos. Tengo que contaros lo que nunca sabréis. Nunca sabréis que se siente al sostener a un tío por la corbata a doce pisos de altura. Nunca sabréis qué se siente al pelear a puño limpio en medio de un bar en llamas. Nunca sabréis que se siente cuando una bala atraviesa la ventana del hotel y secciona la yugular de tu amada.

Queréis conocer mi venganza. Por todas las venganzas que no habéis podido cobraros vosotros, cabrones. Queréis ver como le arranco los ojos al hijo de puta que ha matado a mi alma gemela. Todo la sangre que jamás os atreveríais a verter.

Por eso siempre llevo una pistola.

Una musa del calibre 45, y busco a un escritor y se la meto en la boca, para que de sus cojones nazca una historia épica, que se invente una muerte nueva para mí, un nuevo dolor, porque yo lo soporto todo. Soy tu puto héroe, y te encanta verme sufrir.

Ilustración de zevsenesca

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Una historia real sobre un hombre normal

Esta es una historia real. Una vivencia propia trasladada al papel y adornada con algo de prosa literaria.

Cada mañana cojo el autobús hasta el centro para ir al trabajo. Normalmente escucho música mientras leo manuales de programación para hacer el trayecto ameno y productivo. Todos los días igual, hasta que hay uno que no lo es. Historias del transporte público… supongo que habrá muchas y se podrían llenar libros sólo con ellas. El caso es que un día, durante todo el trayecto, noté que un hombre mayor me miraba. Estaba sentado lejos, a tres o cuatro asientos de distancia y, cada vez que levantaba la vista de libro me lo encontraba observándome con una sonrisa.

Pelo blanco y frondoso como la nieve, corto, pero que no dejaba ver el cuero cabelludo a través. La cara muy finita, dibujando la silueta del cráneo y llena de arrugas ennegrecidas por la edad que remarcaban esa sonrisa constante en su rostro. Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron sus ojos. Unos ojos vivos, jóvenes, enormes, casi infantiles, que parecían devorar cuanto veían, e incluso a veces, haciendo dudar de la cordura de su dueño.

Conforme el autobús llegaba a su destino, me levanté del asiento para esperar junto a la puerta. El hombre hizo lo mismo y se puso a mi lado, mirándome. Yo le devolví la mirada sonriendo y su rostro cambió, desconcertado.

– Te pareces mucho a un amigo mío. Te he confundido con él.

Sus palabras me sorprendieron, ya que no me imaginaba a ese hombre con un amigo de mi edad.

– Pues no soy yo. – Le contesté, medio bromeando.

– Tiene el pelo y la barba como tú. De lejos sois iguales.

Yo simplemente sonreí. Nos dimos los buenos días, y cada uno se fue por su camino. Me preguntaba que haría un hombre de su edad en el autobús tan temprano, según la edad que aparentaba debería estar hace tiempo ya jubilado. Supuse que iría a ver a un familiar o algo por el estilo.

Al día siguiente volví a encontrármelo. Creo que esta vez él no me vio. Le cedió el asiento a una pareja de mujeres que rechazaron a primeras el asiento, pero no se lo pensaron en cuanto el hombre insistió. Y ahí estaba. De pie, con su sonrisa. Al llegar a nuestra parada me fui sin decir nada.

Otro día más volví a verlo. No sabía si es que nunca había estado antes, o había empezado ahora a fijarme en él y lo veía siempre. Me parecía fascinante, con la de autobuses que pasan, y las horas aleatorias a las que lo cojo, que siempre me lo encontrara. Me preguntaba si tenía un trabajo. A dónde iba cada día. Esa mañana fijé mi vista en él para hacerme notar. No sé por qué sentía la necesidad de conocer más de esa persona, me intrigaba y me fascinaba al mismo tiempo.

– A trabajar – Me dijo al bajar del autobús, como si hubiera leído la intriga en mi mente.

– Sí. – sonreí – Que vaya bien.

Nos dimos los buenos días y cada uno por su lado.

Era viernes, mi novia vino a buscarme al trabajo. Comimos por el centro y luego dimos un paseo mirando tiendas. Estábamos planeando qué hacer esa noche cuando llegamos a la parada para coger el bus de regreso. Mientras ella llamaba a un amigo por teléfono me puse a liarme un cigarro. Conforme enrollaba el tabaco en el papel levanté la vista y lo vi. Estaba sentado contra la verja de la iglesia mientras fumaba un purito, como si hasta en la hora fumar coincidiésemos. Me hizo un gesto con la cabeza y me acerqué.

– ¿Qué tal? – le pregunté.

– Bueno, bien. Vengo ahora del taller.

– ¿De qué es el taller? – Le pregunté ignorando mi cordialidad, estaba demasiado intrigado.

– Ah… nada, un taller, donde vamos ahí… –

Esa respuesta me hizo pensar en un centro de desintoxicación o algún otro tipo de sitio de ayuda social. Deseché esas ideas intentando no prejuzgar.

– ¿Trabajando?

– No, no. Hemos estado jugando a fútbol. Yo trabajo de carpintero por las mañanas. Mi novia trabaja cosiendo.

Me quedé sin respuesta, así que me limité a asentir. Esa frase contenía demasiada información a procesar. ¿Jugar a fútbol? ¿Carpintero?… pero lo que más me chocó de todo: ¿Novia? De una persona de esa edad te esperas la palabra mujer o esposa. Asociar el término “novia” a un hombre de esa edad me hizo reconfigurar completamente la visión que tenía de él.

Mi chica terminó la llamada telefónica y nos fuimos a casa en el autobús. Me hubiera gustado decirle al hombre, que estaba sentado frente a nosotros, “esta es mi novia”. Pero me paré a pensar que ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres, así que preferí dejarlo así.

Esa ha sido la conversación más larga que hemos tenido hasta el momento. Ayer, antes de bajarme del autobús el hombre me alargó la mano y yo se la apreté, a modo de saludo. Nunca había estrechado la mano de alguien sin saber su nombre, fue como una muestra de respeto entre desconocidos habituales.

De alguna manera, esa persona ha quedado en mi mente, intrigándome, inspirándome, así que decidí escribir un relato basado en esa esencia pero, al empezar a adornarlo, a darle trama o más sentido, vi que desvirtuaba completamente la experiencia que supuso conocerle. Por eso, he escrito este texto, una historia real, la historia de alguien que ha pasado por la vida de un joven escritor inspirándolo a escribir sobre él. Espero volver a verle.