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Ciento veinte veranos

Mariano, de setenta y siete años de edad, yacía en la cama de un hospital. La ventana estaba abierta. Era uno de esos días de verano que parecían bendecidos por el dios de la felicidad: cielo azul, dulces brisas, temperatura ideal. Desde la ventana podían contemplarse las montañas, plagadas de árboles de un verde intenso, como sólo los árboles pueden serlo. El anciano no podía levantarse a disfrutar de las vistas, ya que sus dos piernas habían sido amputadas por malas pasadas de la edad y la diabetes. Pero la sola fragancia que mecía sus sábanas era suficiente para sentir aquel verde, y con él, las fugaces imágenes de su más feliz juventud.

Recordaba a Dolores, su Lola. La recordaba bañada en esta misma luz, décadas atrás, cuando ambos se escapaban para bañarse desnudos en el río. Recordaba sus besos, mojados de aquel agua fluvial tan familiar y característica de su pueblo. Esa suavidad, esa piel como jamás ha acariciado a mujer alguna. Su corazón se revolucionó y, ante las imágenes aquellos veranos, sintió en la boca de su estómago esas mariposas que creía años ha muertas. Sublime felicidad.

Mientras tanto, Dolores lloraba en secreto en los jardines exteriores. Según los médicos, a Mariano no le quedaba mucho tiempo de vida y ella sabía, que junto a él, su vida también acabaría. Moriría de pena. Lo tenía claro. Así que asomada a su mortalidad, tras media vida de abstinencia, se encendió un cigarro y lo fumó con fuerza. Aspiraba cada calada como si quisiera que el humo llegara hasta su mismísimo corazón y la matara. Ya no tenía sentido cuidarse, ya no tenía sentido ninguna pastilla. Tan sólo humo.

Tosió y apagó el filtro chamuscado del cigarro contra la pared. Se secó las lágrimas y subió de vuelta a la habitación de su marido. Allí, junto la brisa veraniega, la recibió algo que la arrancó súbitamente de la realidad: un bulto bajo las sábanas de Mariano. Una erección. Un elemento de ficción, más olvidado aún que la propia juventud. El hombre la miró sorprendido, desconcertado, al parecer ni él mismo se había percatado de la resurrección genital. Las mariposas habían vuelto, y con ellas, la última batalla de su libido. Mariano extendió los brazos hacia Lola y ésta se acercó a él aceptando su abrazo. Se besaron. El anciano incluso pudo saborear aquella peculiar esencia del río de su pueblo natal. Lola no cabía en su asombro, y notaba como su marido la acariciaba por todas partes, como el primer día, como cuando entre los dos no sumaban ni la mitad de los años que habían pasado juntos. Dolores se separó del jovial beso, y pudo ver en el rostro de su amor una sonrisa inocente, entusiasmada, brillando con tal fuerza que diluía las arrugas de Mariano, una sonrisa que los transportaba a sus mejores veranos.

Lola bajó las sábanas con miedo, como en una segunda primera vez. Miró una vez más a su marido y le sonrió, y Mariano pudo ver en ella la chiquilla que lo traía loco, que lo mareaba, que lo hacía llorar, gritar, reír, vivir al doscientos por cien. Ebrios de lo que ambos sabían su último verano, Lola empezó a besar el miembro del amor de su vida, a chuparlo y a darle ese placer devoto de quien por unos instantes sólo desea que la persona a la que está amando enloquezca, estalle de placer. Las canas de Dolores se fueron tiñendo del caoba de la joven Lola, y Mariano empezó a perder contacto con la realidad, transportado al follaje de aquellos bosques, el tintineo del agua, la canción de su rincón secreto. Fundido a blanco, y el hombre murió con una sonrisa en los labios. El muerto más feliz del mundo. Postrado no en la cama de un hospital, si no en la orilla de un río, con dieciséis años, pero con ciento veinte veranos exprimidos junto a lo que había amado más que a sí mismo, que a la propia cordura. Sobredosis de juventud. Pudiendo tutear ahora a la muerte, contemplando el techo verde y azul del bosque, pudiendo gritar en un último alarde de vida en estado puro:

Te amo, Lola.


José Luis Cupido

José Luis, de treinta y tres años, removía con la cuchara la insípida sopa de fideos que había preparado su abuela Leonora. Como cada domingo, la familia Cupido tenía comida familiar. Seis matrimonios, incluyendo sus padres y su hermano menor y su cuñada, reunidos, con sus chiquillos, para disfrutar del calor familiar y las conversaciones despreocupadas. Serían pares, si no fuera por él. Soltero de toda la vida. Aunque su primo Juan tuviera otro hijo y redondeara la cifra a veintidós comensales, él siempre seguiría siendo impar. José Luis se limitaba a agachar la cabeza durante la comida, esperando como un cordero en el matadero a que llegara la pregunta dominical.

– ¿Y tú qué? ¿Cuándo te vas a echar novia?

– No lo sé, tita.

– Se te va a pasar el arroz con la tontería. ¿Cómo puedes ser tan exigente? ¡Tú podrías tener a quien quisieras!

La tía Antonia tenía toda la razón del mundo. Bastaba con que José Luis tocara a una mujer para que se enamorara perdidamente de él. El primogénito de cada Cupido tenía ese don. Una larga tradición de Cupidos desde tiempos inmemoriales. Lejos del mito del niño con pañales, ser un Cupido entrañaba una honorable -y pesada- responsabilidad. José Luis podía determinar quién se enamoraba de quién, así como su padre, el cual contaba con un excelente historial de matrimonios felices garantizados, incluidos los que había provisto a todos sus hermanos y hermanas.

– A este paso morirás sin descendencia y entonces qué, ¿eh? ¿Qué pasará con el amor? – Le inquirió su abuela.

– No lo sé, yaya. La gente puede enamorarse sin mi ayuda ¿no? ¿Cómo se enamoran en el resto del mundo?

– ¡Pero eso no es amor verdadero! ¡Mira la cantidad de divorcios hay por todo el mundo!

– ¿Me estás diciendo que sólo la gente de Cuenca se enamora de verdad? Porque yo no he viajado demasiado que se diga…

– ¡Porque no quieres! ¡Tu abuelo dio la vuelta al mundo creando las historias de amor más bonitas de su siglo! ¡Pero tú lo que tienes que hacer es buscarte una rubia bien bonita y darme un nieto ya!

– ¡Basta ya! ¡Estoy harto de todo esto! – Un golpe en la mesa silenció la estancia y vertió algo de las sopas sobre el mantel. Su familia lo contemplaba con una mezcla de confusión y preocupación. Nunca antes un Cupido había visto su don como una condena. Este José Luis había salido raro.

Sin mediar palabra, y mordiéndose los labios, José Luis cogió su chaqueta y se marchó de casa de la abuela. En la calle, con nerviosismo tecleó un número en su móvil mientras caminaba alterado hacia ninguna parte. Tras una interminable sucesión de tonos, una cálida voz contestó al otro lado.

– ¿Jose? ¿Qué tal? Que pronto has salido hoy.

– Necesito verte…

– ¿Estás bien? Te noto enfadado.

– Es sólo mi familia, que me jode, me jode mucho. Estoy hasta los huevos de soportar todos los putos fines de semana la misma cantinela.

– Tranquilízate, amor. Tú familia no es tan diferente a todas las demás. Sólo quieren lo mejor para ti.

– ¡No! ¡Quieren lo mejor para ellos! No paran, una y otra vez, todo por el puto crío. Necesitan otro niño con mi mismo don. Es como si estuviera obligado a procrear, como un maldito perro con pedigrí.

– Va, va. No seas catastrofista. Relájate y ven a verme.

– Sí… Está bien. Te quiero Julio.

– Te quiero. Nos vemos ahora. Un besito.

Este es el ejercicio de febrero de Adictos a la Escritura, ambientado en San Valentín. Consistía en rediseñar la figura de Cupido, alejándonos de icónico angelito con arco. Podéis leer el resto de relatos de mis compañeros en Proyecto de febrero 2012: Especial San Valentín -Diseña tu propio Cupido-


Nieve en el paladar (conclusión)

Conclusión de la pequeña trilogía de relatos de supervivencia de Gustav:

Primera ParteSegunda Parte

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“Siempre he sido alguien de ‘pelillos a la mar’. Nunca me he agobiado seriamente, siempre he procurado complacer a los demás y he evitado el conflicto en la medida de lo posible desde que tengo uso de razón. A diferencia de mi conflictivo hermano mayor, yo siempre he sido un gregario complaciente que prefiere resignarse a exponerse a la desaprobación o furia de los demás. Sin embargo, esta prueba de supervivencia ha servido para demostrarme cuan nimios eran mis miedos: miedos de sociedad, síntomas de las metrópolis. ¿Cómo puede un ser humano llegar a temer el rechazo, la burla o el desprecio? ¿Cómo de necesaria es la aprobación de los demás para sobrevivir en la ciudad? El respeto, el orgullo y la reputación son la fuerza, el alimento y el fuego de la montaña. Nos educan para apoyarnos en mecanismos abstractos que no nos aportan nada como seres vivos. Desde el primer día, creces buscando la aprobación de tus padres, el respeto de tus amigos, el favor de los poseen algo que necesitamos. Arrancado de los vicios de la sociedad, siento repugnancia ante los monstruos que nosotros mismos nos hemos creado, ni lobos ni osos, si no estrés, depresión, traumas. Necesitamos médicos para nuestras mentes y no para los golpes y mordiscos. Cuando dejé pasar aquel helicóptero fui consciente de lo que me escondía. No de mi vida, de mis padres o de mis profesores. Me escondía de mí mismo. Al fin y al cabo, el rival más poderoso al que jamás nos enfrentaremos somos uno mismo. Soberanos de nuestras almas, somos nosotros los que nos creamos obstáculos y nos arrebatamos oportunidades. Nos regalamos miedos que transformamos en excusas, y nos lamentamos por un destino que creemos que nos han impuesto, cuando en realidad, las cadenas actuales no son el dinero, ni las aspiraciones, si no las necesidades que nos creamos y nuestra fanática devoción por complacerlas. Somos escoria que ha olvidado lo que significa sobrevivir.

Por eso no quiero regresar. Por eso voy a permanecer aquí con Robert. Y mi peor enemigo será ese oso, y no ninguna beca, trabajo, familiar, obligación o responsabilidad. Mi único error será el de morir. Y moriré con un grito, como los que realmente se aferran a su vida por encima de todo, y no con un llanto, con una cuchilla en la muñeca o al borde de una azotea.

Sin embargo, antes de desaparecer definitivamente, viviendo cada uno de mis días con nieve en el paladar, de entre todas las personas, quería despedirme de ti. Porque de entre todos los síntomas de la vida en sociedad, hay uno que he sido incapaz de odiar, y ese es el amor. Te quiero. Por todo lo que hemos pasado juntos, por todo lo que nos hemos aguantado y lo que hemos compartido. Porque nadie como tú podrá comprender lo que siento en este paraíso helado. Porque has sido la única tentación que me ha hecho dudar en entregarme de nuevo a ese mar de puñales, y sobrevivirlo juntos. Pero como Robert, no sobreviviría si me sacarais de la montaña. Morí en aquella excursión, y ahora sólo soy uno más de los que disfrutan en secreto de este refugio natural. Te envío mis diarios porque quiero que sepas de mí, porque te lo debo. Pero esto es una despedida. Un beso.

Gustav”

Nadine dobló las hojas combadas por la humedad, que tantas veces había releído, y sobre las que tantas veces había llorado antes de tomar esta decisión. Allí estaba ella, al pie de la cordillera donde hacía casi un año perdió a la persona más importante de su vida. Había dejado los móviles en casa, había cerrado todas sus cuentas de correo y redes sociales. Había cancelado sus cuentas bancarias. Se había deshecho de todo. Nadine, cautivada por la libertad que describía Gustav, y consolada por la noticia de su supervivencia, había asesinado también sus cadenas. Llevaba mucho tiempo preguntándose si sería capaz de volver a amar e, incapaz de resolver esa duda, decidió huir a la montaña porque no soportaba la idea de que su amor quedara helado en un blanco infinito. Necesitaba estar ahí, con Gustav, y darle cada día el amor que no puede cazar ningún alma en soledad. Con sólo una mochila, y dos cartones de tabaco, se adentró en la montaña.


La musa del calibre 45

Aborrezco el amor. Cada vez que leo un relato romántico me entran ganas de quemar un libro. Parece que la mitad del puto mundo sólo sabe escribir sobre sentimientos, florecillas en el estómago o lágrimas derramadas sobre la arena. Estoy hasta los cojones de leer como mueren de pena dos gilipollas que no saben quererse, dos gilipollas cuyo mundo se reduce al amor; parece que no tengan más placeres en la vida que contemplar cabellos sedosos, labios húmedos, miradas cómplices o sexo disfrazado de rito espiritual y fusión de almas. Por eso, por culpa de toda esa gente que escribe de forma enfermiza sobre corazones rotos o dedos entrelazados, llevo siempre una Colt calibre 45 en la gabardina.

Soy una especie de superhéroe literario. Me dedico a destruir el tiempo agarrado a una copa de whisky en la barra de un sucio bar. Me dedico a fumarme un cigarro tras otro esperando a que me peguen un tiro. Lo hago porque sé que te gusta verme morir. Que te encanta ver como visito a mi viejo amigo Jack para que me saque las balas del hombro mientras muerdo una madera. El tintineo de la bala ensangrentada tocando la bandeja metálica, siempre hay una bandeja metálica, y mi copa de whisky, reluciendo entre los hielos, para mitigar mi dolor.

Siempre llevo una pistola.

De vez en cuando paseo bajo la lluvia, de noche, entre luces de neón. Y amo alguien, pero la amo como se tiene que amar, en silencio, como un puto hombre. No necesitáis que os cuente lo que es el amor, porque a todos nos llega, es como la varicela, como el puto sarampión. Todos sabemos lo que es. Así que subo las escaleras de ese sucio hotel y le hago el amor a mi chica, mi perdición, cuanto más sucio mejor, y no tengo que contaros lo que siento, porque todos lo sabemos. Tengo que contaros lo que nunca sabréis. Nunca sabréis que se siente al sostener a un tío por la corbata a doce pisos de altura. Nunca sabréis qué se siente al pelear a puño limpio en medio de un bar en llamas. Nunca sabréis que se siente cuando una bala atraviesa la ventana del hotel y secciona la yugular de tu amada.

Queréis conocer mi venganza. Por todas las venganzas que no habéis podido cobraros vosotros, cabrones. Queréis ver como le arranco los ojos al hijo de puta que ha matado a mi alma gemela. Todo la sangre que jamás os atreveríais a verter.

Por eso siempre llevo una pistola.

Una musa del calibre 45, y busco a un escritor y se la meto en la boca, para que de sus cojones nazca una historia épica, que se invente una muerte nueva para mí, un nuevo dolor, porque yo lo soporto todo. Soy tu puto héroe, y te encanta verme sufrir.

Ilustración de zevsenesca


Mida su amor con el Amorímetro

¿Cansado del “yo te quiero más”, “no, yo te quiero más”, “yo te quiero lo que tú digas + 1”? ¡Pues estamos de suerte, queridos amantes del mundo! El amor había sido un misterio por los siglos de los siglos para la raza humana, ¡inconmensurable, enloquecedor, caprichoso y traidor! Los poetas y dramaturgos trataron de cuantificarlo en cientos de versos pero todo quedaba enredado en la lírica y la metáfora. Pues damas y caballeros… ¡Ahora el amor es ciencia! Gracias al Amorímetro del Doctor Fraiser Meyer el amor es una unidad más del sistema métrico. ¡Los científicos y grandes intelectos del globo por fin pueden contar con él en sus cálculos! ¡Esa pequeña pieza que faltaba para comprender el mundo!

Gracias al reciente descubrimiento del CERN, hallando la partícula de Dios, se ha descubierto a la vez que el bosón de Higgs no es ni más ni menos que el elemento primario del amor. Como si un medidor de radiación se tratase, el Amorímetro puede determinar cuantos heartins (unidad oficial para el amor según el ministerio de ciencia europeo) tiene una persona, reflejo directo del amor que siente por su pareja… ¡o quizá por su amante secreto! ¡Eso aún no se puede saber!

¡No pierda el tiempo y hágase con el regalo perfecto para estas Navidades! ¡Rápido que se agotan!

 

Tras esa Navidad prácticamente había un Amorímetro en nueve de cada diez hogares.

 

Un año después sólo quedaban doce parejas estables en todo el planeta. Las desavenencias conyugales fruto de saber quién realmente quería más a la otra persona eran insalvables. Uno podía intentar tolerarlas, pero tarde o temprano el conocimiento de dichas cifras hacía aflorar los roces y las disputan crecían hasta destruir la relación. Aunque se comenzara con un nuevo amor, y la gente acordara prescindir del diabólico aparato, en cuanto surgían las primeras discusiones o sospechas, prácticamente nadie resistía la tentación de pasar a su pareja por el Amorímetro.

2012 fue un año terrible para el mundo, y el fin de la civilización tal y como la conocíamos no llegó de la mano de una onda electromagnética del sol, una profecía maya o un festival de desastres naturales. Llegó de la mano del amor. La depresión, la frustración, la soledad, el odio y la furia se adueñaron del ser humano, y las sinergías de la mala hostia desataron la tercera guerra mundial, sin ideología ni religión de por medio. Todos contra todos a puñetazo limpio, si no encontrabas antes un palo, una pistola o una motosierra.

 

Tras lo que es conocido a través de los ancianos supervivientes como “La carnicería del amor”, el mundo se estructura ahora, décadas después, como tribus nómadas o sedentarias que son lideradas por los ingenieros supervivientes que saben resucitar la tecnología antigua. Las personas viven de lo que cazan o cultivan, la literatura es un tesoro, y el amor es más puro que nunca. Y es que parece que el mundo necesitaba como el comer que alguien presionara el botón del RESET.


Amor ciego, amor absurdo

Cuando te dedicas a la ciencia, a estudiar y con suerte a determinar el origen de cualquier suceso que nos rodea, la concepción de los elementos más humanos de tu propia vida se tiñen de cierto escepticismo científico. Te cuestionas el origen de tus impulsos o deseos a un nivel mucho más químico, arrancando toda la poesía del amor, el valor en las heroicidades y la magia en cualquier euforia que recorra tus entrañas, reduciendo todo a un causante fisiológico.

Esos eran los pensamientos que cruzaban la mente de Johan Bjarnarson, el hombre de la chaqueta de pana beige, mientras conducía al anochecer hacia Lyon. Se preguntaba las auténticas razones para pasar dos horas conduciendo desde el CERN, en la frontera franco-suiza hasta la ciudad francesa para acudir a una cita a ciegas que le habían arreglado una pareja de amigos del trabajo con una conocida suya. ¿En qué medida era lógico y productivo desplazarse todos esos kilómetros con tal de saciar un instinto tan primario como el de mantener relaciones sexuales? Porque siendo francos, no cree que ninguna de las dos partes haya accedido a asistir a una cita a ciegas con un objetivo diferente en mente, aunque quizá la chica tenga una idea más romántica de lo que esta noche significa. ¿Buscar el amor? ¿Acaso el amor se puede buscar? ¿Es necesario viajar dos horas en coche para hallar una reacción fisiológica? Por muy absurdo que fuera, y aunque su mente no dejara de cuestionarse sus actos, su cuerpo bien que se había apresurado a acicalarse, probarse cinco trajes, probar peinados durante una hora y perfumarse para agarrar el coche y conducir tarareando hacia Lyon con una sonrisa de idiota en la cara.

Johan dejó el coche en el garaje privado de su apartamento en Lyon. En su anterior vida, antes de trasladarse interno al CERN, vivía en esta parte de Francia y, a pesar de las enormes comodidades que le ofrecía su actual institución de vez en cuando gustaba de escaparse al mundo real y, por ejemplo, ir al cine o pasar una tarde en el bar con las viejas amistades que quedaron en Lyon. Así que ahora el apartamento prácticamente pertenecía a la asistenta a la que pagaba por mantenerlo limpio y alimentar a sus peces y, de la cual sospechaba que ha pasado más de una tarde utilizando su home cinema. Aunque no le importaba mientras no le cobrase esas horas.

Repasó su aspecto una vez más en su apartamento y salió hacia el restaurante. Había llovido por la tarde así que flotaba cierta humedad en el ambiente y ese olor a mojado del que tanto le gustaba disfrutar a Johan. Las farolas reflejaban sus luces anaranjadas en el asfalto mojado y pintaban las calles francesas de un romanticismo que luchaba contra la racionalidad del científico, haciendo latir su corazón con nerviosismo conforme se aproximaba al restaurante en el que tendría lugar la cita. Finalmente, se plantó ante la puerta de “Le Bureau de la passion” y tomó aire antes de dar el paso que le cambiaría la vida o la dejaría un poquito peor de lo que estaba.

– Excuse moi, monsieur, ¿Tiene usted reserva?

– Tengo mesa reservada a nombre de Johan Bjarnarson.

– Oui, monsieur. Acompáñeme.

En cuanto cruzó el umbral Johan se puso rígido como una talla de madera. El lugar era muy espacioso, con techos altos, mesas blancas impecables y paredes de roca marrón de aire medieval adornadas con faroles de hierro de llama natural y balconcitos de piedra cargados de plantas. Un cuarteto de cuerda aportaba el hilo musical a las cenas y conversaciones de los comensales.

Johan respiró aliviado tras comprobar que su cita aún no había llegado. Se sentó en la mesa que tenía reservada y empezó a estudiar la carta de vinos. A intervalos de no más de tres segundos iba levantando la vista para comprobar si entraba alguien en el restaurante, aunque bien pensado no conocía el aspecto físico de la chica, así que cada vez que entraba alguien sus pensamientos bailaban entre “Espero que no sea esa”, “Hum… ésta no estaría mal”, “Por Dios, que sea ésta” y “Por favor, que no sea un tío”. Finalmente, una de las del segundo tipo entró en el restaurante y el recepcionista señaló la mesa de Johan. Enfundada en un fino vestido blanco de estilo griego con la espalda al aire, avanzó contoneando sus amplias pero exóticas caderas bajo el sedoso atuendo. Llevaba el pelo recogido en un tocado coronado por unas perlas blancas y unas varillas de un plateado muy suave, contrastando con su cabello de un rojo tan oscuro como el vino. La mujer no pasó por alto que Johan la había estudiado con cierto deleite, a lo que se limitó a sonreír con lo que enseguida capturó la atención de los ojos del científico con su mirada verde serpiente. Sin embargo, no esperaba encontrarse con la poderosa mirada azul hielo de Johan que logró anular la confianza que le solían otorgar sus ojos. El rubor extendió un tenue rojo a sus orejas y Johan se apresuró a levantarse y recibirla con un par de besos.

– Tú debes ser Juliette. Es un placer al fin conocerte en persona. – Ambos tomaron asiento.

– El placer es mío, Doctor Bjarnarson. Me han hablado muy bien de usted.

Johan sonrió ante la manera en la que su cita pronunció su apellido.

– Por favor tutéame, ¡y llámame Johan! Además, si tan buena imagen tienes de mí es que mis amigos son más mentirosos de lo que esperaba. – Lanzó Johan intentando romper el hielo. Tras medio segundo que parecieron quinientos Juliette dejó salir una musical risa.

– No te esperaba tan… informal, Johan. – Comentó Juliette sonriéndose.

– Oh, si lo prefieres nos podemos poner serios y hablar de forma pedante.- Dijo Johan componiendo una mueca. Juliette volvió a sonreír y Johan agradeció que le pareciera gracioso, o al menos que lo fingiera tan bien.

Pidieron un buen vino, el cual se encargó de ir desinhibiendo a ambos conforme avanzaba la cena. Johan intentó mantener al margen cualquier idea sobre ciencia que se le viniera a la cabeza. Descubrió que el CERN había anulado bastantes de los temas sobre los que antes solía conversar, así que su aporte a la conversación estaba algo desactualizado. A Juliette no pareció importarle, más bien al contrario, le fascinaba de algún modo. Aún iban por el segundo plato y ya se habían intercambiado incluso un par de cumplidos. Un cosquilleo olvidado empezó a acariciar las entrañas del científico, la cosa iba viento en popa. Los fuegos artificiales llegaron en los postres.

– ¿Crees en la posibilidad de viajar en el tiempo? – La pregunta de Juliette golpeó a Johan con una fuerza salvaje y primitiva. Una chica de tal belleza interesándose por la ciencia, y no sólo eso, su pasión, su santo grial, los viajes en el tiempo. El científico apretó las piernas para reprimir una erección. Tragó sonoramente el helado que se mecía en su boca y contestó.

– ¿Bromeas? Ese es el motivo por el que me hice científico. Siempre lo había tenido como algo sobre lo que soñar, más que investigar. Pero de aquí a no hace demasiados años lo que había tomado como objetivo absurdo de mi vida pareció hacerse palpable…- Johan compuso una mueca de disgusto. – Ojalá fuera así para el resto de mis compañeros.

El rostro de Juliette se iluminó.

– ¿Palpable? Quieres decir que de algún modo puedes estar acercándote a poder… Ya sabes… ¿Viajar en el tiempo? Yo realmente creo en los viajes temporales ¿Has oído hablar del experimento de Liyun Uan? – El alcohol impidió que Juliette pronunciará el nombre adecuadamente pero Johan supuso que hablaba de Lijun J. Wang.

– Claro que he oído hablar de él. De hecho es una de mis principales fuentes de inspiración. En el año 2000 consiguió enviar una señal lumínica a una velocidad superior a la de la luz, con lo que consiguió que llegara 62 nanosegundos antes de haberla emitido.

– Fascinante.

– ¡Mucho más que fascinante! En el CERN ampliando ese experimento he logrado enviar partículas más allá de antes de empezar el propio experimento… Bueno, creo que lo he logrado. Porque no hay manera de comprobarlo ni medirlo. El caso es que las partículas desaparecieron, y es algo muy básico que…

– La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

– ¡Exacto! – Johan dio una palmada en la mesa, haciendo temblar las copas de vino, ajeno a que estaba levantando demasiado el tono de voz. – ¡Al otro lado no había nada! ¡Ni una sola medición de nada! Repetimos el experimento buscando cualquier tipo de sustancia, o simplemente calor ¡y nada! Desaparición total.

– ¿Entonces crees que has enviado cosas en el tiempo? – Juliette preguntó ilusionada a la vez que ponía su mano sobre la de Johan para calmarlo. A Johan le sobresaltó el suave tacto de la mano de su cita, pero se dio por aludido y relajó su conversación.

– Te voy a contar algo más. – Susurró Johan sonriéndose. – Se supone que es alto secreto, pero de todas maneras he recibido ya una carta oficial anunciándome que desestiman mi proyecto así que de supongo que puedo tomarme esa pequeña licencia.

Juliette acercó su cara a la de Johan para que le susurrara.

– He conseguido hacer viajar algo más que luz. Que me dirías si te hablo de, por ejemplo ¿Una manzana?

– ¡No puede ser! – Juliette abrió los ojos de par en par emocionada y apretó la mano de Johan. El científico se permitió el lujo de apartar unos cabellos del rostro de la chica.

– Tras someterla al experimento, la manzana se volatilizó por completo. Ni rastro, ninguna medida de materia o energía. Sólo pudo viajar en el tiempo.

– ¿Lo has probado con seres vivos? – Preguntó la chica algo dubitativa.

Johan miró alrededor. – Creo que no estamos en el lugar idóneo para hablar de todo esto ¿Qué te parece si terminamos el postre y vamos a mi apartamento a tomar el café?

Sin dudarlo un segundo Juliette asintió repetidas veces con la cabeza de forma algo traviesa. Johan no podía creerse que pudiera estar usando la ciencia para ligar y que encima funcionara.

Terminaron los postres, sin hablar demasiado, tan sólo intercambiando miradas de complicidad. Johan pagó la cuenta y ambos salieron a dar un paseo camino al apartamento de Bjarnarson. Juliette no dudó en aferrarse al brazo de Johan y caminaron entusiasmados por las calles de Lyon. Johan era feliz, casi tan feliz como cuando enviaba cosas a través del tiempo y, si todo iba bien, sería más feliz que eso al terminar la noche.

Cantaron partes aleatorias y desordenadas de canciones de los Rolling Stones en un acceso de euforia conforme el vino  (y los chupitos del final) iba mezclándose con su sangre. Johan se sorprendió a sí mismo tocando una guitarra invisible mientras la pelirroja más bonita con la que había hablado jamás bailaba para él agitando su vestido en una danza sensual, hipnótica y rockera. Entraron jadeando en el ascensor, agotados por la gira restaurante-apartamento, y los segundos se evaporaban lentamente mientras recuperaban el aliento sin dejar de mirarse. El pecho de Juliette se hinchaba con cada inspiración y Johan apenas podía apartar la mirada. Al exhalar sus labios rojos se entreabrían dejando adivinar algo de una húmeda lengua rosada. El científico se sumió en la laguna temporal que supone decidir si se da un paso adelante, girar la cabeza, cerrar los ojos y acoplar los labios; ambientada la espera con los punzantes latidos del corazón, que marcan como el reloj de un concurso de televisión el tiempo que te queda para contestar.

– Plin –

Se acabó el tiempo. El ascensor abrió sus puertas y Juliette abandonó la cabina. Johan la siguió y abrió la puerta de su apartamento. El científico decidió tan sólo encender la luz azulada de la pecera. Era un acuario enorme conformado por dos peceras que ocupaba toda una pared así que la luz no era escasa, pero sí muy íntima.

– ¿Cómo te gusta el café?

– Tomaré el mismo que tú. – Respondió Juliette, mientras contemplaba ensimismada los peces de colores.

Johan dejó la cafetera calentando y se unió a la chica para admirar el acuario.

– ¿Por qué son dos peceras contiguas en lugar de ser una más grande? – Preguntó Juliette – Por lo que veo tienes los mismos tipos de pez en ambos lados.

Johan se atrevió rodearla con sus brazos por detrás. Ella lo recibió de buen grado, acariciando las manos que rodeaban su cintura.

– Me ayuda a pensar. Es mi propia versión de relatividad. Mis dos universos. – Juliette sintió la respiración del hombre en su cuello y alzó una mano para acariciarle la barbilla.

– Ambos acuarios son exactamente iguales. – Continuó Bjarnarson – Universos paralelos. Parten de un mismo principio, pero ambos se desarrollan de formas diferentes. Es una manera de demostrarme a mí mismo que las mismas variables no siempre producen los mismos resultados. – Johan miró a los ojos a la pelirroja – Además, controlar el destino de tantas criaturitas satisface mi complejo de Dios. – Bromeó el científico. Ambos rieron con complicidad y Bjarnarson marchó a la cocina para servir los cafés.

Johan regresó al salón con dos capuchinos humeantes.

– Cuando pienso en la existencia esos pequeños me pregunto a mí mismo si nosotros no estaremos también dentro de una pecera. – Johan depositó los cafés sobre la mesita de centro y ambos tomaron asiento en el sofá de terciopelo añil. Junto a los cafés, sobre la mesa, yacía un sobre abierto con el sello del CERN.

– Vaya, que filosófico te estás poniendo. – se burló Juliette. Johan sonrió.

– Piénsalo bien. El universo de esos peces termina tras el cristal. Todo cuanto ellos conocen se basa en lo que han podido explorar. Ni tan siquiera conocen que existe, por así decirlo, un mundo paralelo yuxtapuesto al suyo.

Juliette asentía atenta mientras daba un sorbo a su capuchino. Para Johan no pasó desapercibida la manera en la que la lengua de la chica relamió la espuma de sus labios.

– Mi objetivo como científico es encontrar nuestro propio cristal. Aquello que nos separa de lo inexplorado. Y quien sabe si quizá ese cristal está en el tiempo. Imagina que uno de esos peces logra romper el cristal que les separa: su mundo se duplicaría. – El doctor dio un trago a su capuchino. – Yo quiero ser ese pez.

– “¿Qué sabe el pez del agua en la que nada toda su vida?” – Añadió la chica lamiendo su cuchara. Johan la miró con cierta sorpresa.

– Citas a Albert Einstein, te interesan los viajes temporales y además eres preciosa. ¿Esto no será una broma de Lloyd y Philippe verdad?

La chica rió – No, no soy ninguna broma, pero intentaré tomármelo como un cumplido.

Juliette reparó en el sobre de la mesa y lo acercó a sus ojos. – Echemos un vistazo a los experimentos secretos del Doctor Bjarnarson. – comentó la chica de manera juguetona.

El científico se apresuró a quitarle el documento de las manos. El movimiento fue algo brusco, cosa que Johan lamentó, ya que Juliette quedó algo asustada, pero no podía permitir que ese informe cayera en manos “civiles”.

– Lo siento Juliette, pero no puedo dejar que veas esto. No te preocupes, no es nada interesante. Son sólo códigos y burocracia interna del CERN vaya.

-¿Códigos de qué? ¿Para activar el acelerador de partículas y destruir el mundo? – bromeó la chica para hacerle saber a Johan que no estaba molesta. El hombre rió con ella.

– Que va, es sólo que van a cancelar mi proyecto y quedará archivado con acceso cifrado según el protocolo del centro y todo eso. Ya sabes, para que ningún universitario pueda aprender de mis avances y descubra algo antes que el CERN con toda su tecnología. Hay mucho politiqueo en el mundo de la ciencia.

– Ya veo… – La chica terminó su café y se acercó a Johan en el sofá. Lo reclinó hacia atrás empujando su pecho con un solo dedo y le preguntó.

– Entonces dime ¿Es cierto? ¿Has conseguido enviar seres vivos a través del tiempo?

– Tortugas – Dijo sonriendo Johan. – Bueno, a través del tiempo, o lo que quiera Dios que haya pasado. Lo mismo las he enviado a otra dimensión de seres diminutos y ahora las han tomado por sus nuevos dioses o algo así.

– Fascinante – Susurró Juliette mientras iba acercando su rostro poco a poco al del científico. Johan bajo la mirada y tragó saliva al ver a través del escotado vestido de Juliette que no llevaba sujetador y sus pechos colgaban en el interior de la ropa, rozando contra su brazo. Esta vez no hubo contención posible, así que dio el paso y sosteniendo la cara de la pelirroja con su mano izquierda la besó. Un beso largo y profundo. Recordó en ese instante los besos más importantes que había dado en su vida, y se dio cuenta de que hacía años que no besaba a una mujer. Un torrente eléctrico recorrió su cuerpo y agarró a Juliette por las caderas, sentándola a horcajadas sobre él. Juliette sonrió acalorada ante el comportamiento impulsivo de su cita. Johan apretó sus pechos liberando así un gemido de la chica que no hizo más que avivar la pasión que se apoderaba de él. Juliette se lanzó a besarle y tras una sucesión de besos, caricias y mordiscos ambos terminaron haciendo el amor en el sofá.

Pasaron una hora en silencio, desnudos, contemplando los peces desde el sofá. Johan acariciaba el cabello rojizo y disfrutaba de su fragancia. Esa sensación en su estómago… Estaba enamorado. Absurda fisiología, que se empeñaba en nublar su juicio y llevarlo a amar a una mujer preciosa, interesada en la ciencia y que se reía con sus bromas. Quizá no fuera tan absurda. El científico desvió sus pensamientos hacia si la fisiología produce el amor, o el amor precede a la fisiología. Al fin y al cabo, la adrenalina se había disparado porque a él le parecieron irresistibles los labios jadeantes de su compañera, y no al revés. O quizá el amor había ganado la partida y estaba nublándole el juicio haciéndole creer en la parte más poética de las relaciones. Johan estuvo a punto de abrir la boca para pronunciar esas dos palabras que lo cambian todo – te quiero – Pero se contuvo en pos de los protocolos y las reglas del cortejo que la televisión nos ha impuesto, y decidió esperar.

Juliette comentó que a estas horas con el vestido que llevaba iba a ser muy peligroso volver sola a casa. Sin dudarlo un instante el paladín Bjarnarson se ofreció a escoltar a la dama hacia su morada.

Se vistieron en silencio, entre miradas cómplices. Johan admiraba la exótica figura de Juliette mientras se vestía, como intentando atesorar una imagen mental que bien seguro le haría sonreír mañana por la mañana. Se arreglaron mínimamente y ambos salieron a la calle.

Ahora la noche era más oscura. Los establecimientos habían cerrado sus puertas y sólo la luz de las farolas pintaba de un color anaranjado la negrura brillante en que la lluvia había convertido a la ciudad de Lyon. Dejaron atrás el barrio del científico y decidieron alargar ligeramente la ruta recorriendo el borde del río Saône, deleitándose con el sonido de las corrientes de agua. Johan se atrevió a cogerle la mano. Ella tan sólo lo miró sonriendo y continuaron en silencio, en completa harmonía sobre el caudaloso río.

Juliette detuvo a Johan cuando pasaban frente a la catedral de Lyon, a orillas del río Saône. Iluminada desde abajo por luces opalinas, y viendo su reflejo en el río, cobraba el aspecto de un castillo de cuento de hadas.

La escena era demasiado idílica. Juliette abrazó a su hombre y éste la recibió de buena gana entre sus brazos. El corazón de Johan latía no rápido, sino fuerte. Notaba la potencia de cada latido en su garganta, como si fuera a vomitar la misma esencia del amor.

– Lo he pasado muy bien esta noche, de verdad. – Dijo en un murmullo Juliette arropada en el pecho de Johan.

Johan sonrió, levanto su cabeza con delicadeza y la besó con la mayor ternura que había aprendido a usar en su vida. A la mierda el protocolo. Necesitaba decirlo.

Un sonido agudo y seco atravesó la escena instantes antes de que Johan abriera la boca.

– Te quiero.

Juliette sostenía en su mano una pistola con silenciador. La sangre empezó a teñir la camisa de Johan a la altura del estómago. La chica extrajo los documentos confidenciales del CERN y los exhibió frente al doctor a modo de trofeo.

– Te quiero.

Johan empalidecía mientras no podía sino repetir esas palabras. Al escucharlas de nuevo el rostro de Juliette se contrajo en una mezcla de furia y compasión, si eso es posible.

-¿¡Qué demonios dices!? Acabo de hacerme vilmente con el proyecto de tu vida y te he disparado a matar ¿Y sólo se te ocurre decir “te quiero”? ¡Es absurdo! – exclamó Juliette perpleja ante una situación que jamás se había encontrado en sus años de asesina.

Johan sonrió.

– Sí, es realmente absurdo.

Y se desplomó hacia atrás precipitándose como peso muerto puente abajo, culminando la caída con una discreta zambullida.

Juliette sacó el teléfono móvil y tecleó rápidamente.

– Khaos, tengo los documentos. Bjarnarson está fuera del juego.

– ¿Seguro que está muerto?

– ¿Quiere venir usted a comprobarlo?

– Quien responde con una pregunta, oculta dos respuestas.

– No quisiera mostrarme excesivamente irrespetuosa, pero ha sido un día muy largo, así que le agradecería que me ahorrase su charla filosófica.

– El que no quiere escuchar, es que teme a.. *clic* –

Juliette colgó el teléfono y escudriñó la oscuridad del Saône, incapaz de determinar por primera vez en su carrera qué prefería, un trabajo bien hecho, o una segunda oportunidad para Johan. La asesina decidió que necesitaba una copa. Se quitó los tacones y caminó descalza hacia cualquier pub que aún siguiera abierto.

– Despierta amigo, ambos sabemos que saldrás de ésta.

La voz sonaba lejana, y a pesar de que le llamaba amigo no le resultaba nada familiar al doctor Bjarnarson. Entreabrió los ojos poco a poco y vio que la corriente lo había arrastrado hasta debajo del siguiente puente. Tenía un vendaje en torno al abdomen y yacía tumbado en el camino de servicio que se usaba para las tareas de mantenimiento de la infraestructura.

– Soy Henry Noland, vengo del pasado para salvarte, ven conmigo si quieres vivir.

El chico reprimió una carcajada y se limitó a sonreír. Siempre había querido decir esa frase. El joven Henry ayudó a incorporarse a Johan, que aturdido no paraba de mirar a su alrededor y de estudiar al chico que lo estaba ayudando.

– Bueno, basta de cháchara, tengo que llevarte al año 2009. Necesitamos tu ayuda, es cuestión de vida o muerte. Y tú necesitas un médico.

Henry programó un pequeño dispositivo que portaba en la muñeca y un pitido agudo, como el del flash de una cámara de fotos al cargarse empezó a meterse en la cabeza de Johan.

Un fogonazo, y sólo quedaron las sombras de los dos hombres tatuadas en la piedra bajo aquel puente francés.

Sin embargo, Johan Bjarnarson sólo podía pensar en una cosa.

Era absurdo.

La amaba.