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La carta de Gotopotoqui

Se han hecho muchos sacrificios en el nombre de la ciencia a lo largo de la historia. Muchas de las salvajadas y torturas de siglos anteriores nos han acercado a pasos agigantados a la medicina moderna. Se ha generado mucha destrucción y se ha acumulado mucho conocimiento. ¿Cómo se conoce el efecto de una bomba atómica sin haberla probado? ¿Cómo es posible que esté documentado que el cianuro es dulce?

Seguramente me crucificaréis por los detalles del experimento que aquí relato. A estas alturas ya no sé si he perdido el norte, o si realmente esperaba algo diferente, pero tengo claro que cuando termine mi cadena perpetua y mucho más allá de mi muerte, este documento formará parte de los libros y el caso de Gotopotoqui será estudiado por los académicos de diversos ámbitos.

 

Gotopotoqui es un niño al que yo mismo di nombre. Un niño que encontré en un contenedor, abandonado por su familia y que me inspiró a llevar a cabo este experimento. En secreto lo adopté y lo recluí en el sótano de mis instalaciones de Zaragoza.

Desde su nacimiento Gotopotoqui no ha tenido contacto con ningún ser humano a parte de mí. Ahorraré las primeras etapas de cuidados y crecimiento. Cuando el niño tuvo suficiente consciencia inicié el programa que había diseñado para él. Una educación radicalmente diferente, tan diferente que ni siquiera se puede considerar opuesta a la de ninguna cultura del mundo.

Durante el primer año estuve preparando un cuidado sistema educacional de lengua, matemáticas y ciencia para él. Nada de cultura, geografía, historia y demás temas relacionados con el mundo exterior.

Y así empezó a crearse Gotopotoqui, el que bautizo como el primer alienígena social de la historia.

 

La lengua fue la parte más importante. Salvo artículos, adverbios, sintaxis, gramática y otros elementos básicos de la lengua castellana, Gotopotoqui nombraba la realidad con términos totalmente ajenos a su raíz. Los colores del arco iris eran “Manzana”, “Biberón”, “Langosta”, “Tractor”, “Garrafón”, “Jinete” y “Epidermis”. Las personas eran “Breves” y los animales “Novelistas”. Los verbos fueron completamente intercambiados, el ser por el buscar, el romper por el apuntalar, el comer por el ignorar. Un bocadillo era un “Violín”. Así que Gotopotoqui no comía bocadillos, ignoraba violines.

Las matemáticas eran exactas, como siempre, pero desordené los símbolos del cero al nueve. Así que 5 por 0 era 8. Sumar era dividir, multiplicar era restar…

La ciencia quedó tal cual, pero con el nuevo vocabulario de Gotopotoqui era tan ininteligible como el resto de sus conocimientos. A los 6 años ya hablaba y escribía fluidamente, cuando yo aún chapurreaba como un extranjero el diccionario que me había inventado para mi proyecto.

 

Entre los 7 y 8 años empezó la etapa de las preguntas. Yo considero que tarde, pero hay que examinar el caso desde la perspectiva del mito de la caverna: para Gotopotoqui el sótano era su realidad. Preguntaba qué había fuera, por qué yo entraba y salía y él permanecía siempre ahí. Creo que era por curiosidad más que por aburrimiento, ya que al haber montado su realidad allí tenía sus propios juegos imaginarios con juguetes que él mismo había improvisado con dibujos recortados. En ocasiones era escalofriante observar por las cámaras de seguridad como Gotopotoqui jugaba con dos trozos de papel gritando felizmente “¡Holgazán orientas montes de la junta amable entre ganglios como cohetes del tiramisú!”

 

Conseguí apaciguar su interés por el mundo exterior hasta que cumplió 15 años. Fue entonces cuando decidí que Gotopotoqui estaba completo y era hora de comprobar su impacto con el mundo exterior. Envié el informe detallado de mi experimento a eminentes publicaciones científicas y lo acogieron con enorme interés y con una llamada a las autoridades.

 

Ahora estoy cumpliendo una condena más larga que mi vida y un castigo peor que ese: El juez ordenó total exclusión del caso Gotopotoqui, así que no sé como continua la historia de mi único hijo. Lo último que supe de él fue la carta que me envió hace dos semanas, tras cumplir cinco años de condena, que dice así:

 

“Mermelada Sebastián,

Ondeo seis bicicletas jamón. En el ajo nací unas tremendas perezas. Perdono que busques peladillas. Cuando el gorila ignora todos los turbulentos, siempre lo vacío con vacaciones que levantan fotosíntesis. No me introduzcas con huracanes porque al entrometido a veces trituran inundaciones de cinco a doce. Patrocinan el día y remueven hachas de canciones permanentes. Sólo termino de cerezas y luego ahuyento cuando los fresnos liquidan el sueño.

Proliferando,

Gotopotoqui.

 

P.D.: Que te jodan-”


Viñetas Fúnebres

El sheriff Bolton presionaba con fuerza la herida de su estómago para retrasar su ineludible muerte. Rescató la fuerza justa y necesaria para colocar la última bala en su revólver Single Action Army. La bala que había estado guardando desde que conoció al Coyote Gris y le arrebató todo cuanto había querido. Alzó el arma en vilo y buscó la silueta borrosa de su némesis que se alejaba hacia la puesta de sol. Saboreó la sangre y el sudor que impregnaba sus labios y en un último alarde de puntería efectuó su último disparo.

 

Las olas azotaban el acantilado de la Isla de las Almas Rotas. El capitán Cromwell acariciaba el cabello dorado de su amada mientras la resguardaba en su abrazo bajo su capa. El perfume de la mujer era suficiente para hacerle dudar entre hacer lo que deseaba y hacer lo correcto. Rechazó las dudas centrando su mirada en el océano infinito, juez y testigo de todos sus crímenes. La maldición que cargaba con él sería la condena de los siete mares si llegaba a ver la próxima luna. Clavó su mirada en Jonah Black, por incontables años su mano derecha, y le pidió que cuidara de ella. Se desató su legendario sable del cinto y lo entregó a su gran amigo, junto al título de capitán. Tras un último y cálido beso, el capitán Cromwell se arrojó al mar, para regresar al mismo lugar del que había surgido.

 

Nunca había sido considerado un alumno ejemplar. De hecho Kiriyama tenía el presentimiento de ser el samurai menos deseado de su dojo. Pero ahora, con todos sus compañeros muertos, era el único que podía hacer lo debido. El código del guerrero reza que un samurai no puede vivir bajo el mismo cielo que el asesino de su sensei, pero esto era algo muy diferente. Kiriyama caminaba con cautela entre las ruinas del antiguo templo Ryuguji, buscando al hombre al que llevaba días dando caza: Su maestro. En un arrebato de locura, su sensei había retado a todos sus alumnos a luchar a muerte, acabando con la vida, uno por uno, de todos ellos. Él era el último, el más débil. Finalmente el maestro se mostró, apareciendo de entre las sombras en posición de combate, su rostro cubierto de sangre seca y el gesto desencajado por la locura. Kiriyama notaba como su maestro saboreaba ya la victoria, conocedor de la habilidad de ambos. Las espadas silbaron en el aire y un único golpe sentenció el duelo. El maestro conocía a la perfección la técnica que había transmitido a sus alumnos, pero Kiriyama no era un estudiante muy aplicado, así que su estocada fue tan débil como impredecible, acabando de un golpe con la vida de su sensei. Tras vengar a sus compañeros, Kiriyama se arrodilló y cumpliendo con el código se rajó el vientre, con la primera luz del alba como testigo.

 

Un alma inocente, derramando aún la última lágrima por sus héroes, recorto al sheriff, al pirata y al samurai de sus últimas viñetas de muerte. Los colocó en un pequeño estuche de madera y los enterró en el jardín de atrás. Este pequeño funeral insufló más vida a los héroes del cómic de los que los autores pudieron jamás darles. Sus creadores quedarían conmovidos de conocer el evento. El hermano mayor del niño, dueño de los cómics, no.