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Ciento veinte veranos

Mariano, de setenta y siete años de edad, yacía en la cama de un hospital. La ventana estaba abierta. Era uno de esos días de verano que parecían bendecidos por el dios de la felicidad: cielo azul, dulces brisas, temperatura ideal. Desde la ventana podían contemplarse las montañas, plagadas de árboles de un verde intenso, como sólo los árboles pueden serlo. El anciano no podía levantarse a disfrutar de las vistas, ya que sus dos piernas habían sido amputadas por malas pasadas de la edad y la diabetes. Pero la sola fragancia que mecía sus sábanas era suficiente para sentir aquel verde, y con él, las fugaces imágenes de su más feliz juventud.

Recordaba a Dolores, su Lola. La recordaba bañada en esta misma luz, décadas atrás, cuando ambos se escapaban para bañarse desnudos en el río. Recordaba sus besos, mojados de aquel agua fluvial tan familiar y característica de su pueblo. Esa suavidad, esa piel como jamás ha acariciado a mujer alguna. Su corazón se revolucionó y, ante las imágenes aquellos veranos, sintió en la boca de su estómago esas mariposas que creía años ha muertas. Sublime felicidad.

Mientras tanto, Dolores lloraba en secreto en los jardines exteriores. Según los médicos, a Mariano no le quedaba mucho tiempo de vida y ella sabía, que junto a él, su vida también acabaría. Moriría de pena. Lo tenía claro. Así que asomada a su mortalidad, tras media vida de abstinencia, se encendió un cigarro y lo fumó con fuerza. Aspiraba cada calada como si quisiera que el humo llegara hasta su mismísimo corazón y la matara. Ya no tenía sentido cuidarse, ya no tenía sentido ninguna pastilla. Tan sólo humo.

Tosió y apagó el filtro chamuscado del cigarro contra la pared. Se secó las lágrimas y subió de vuelta a la habitación de su marido. Allí, junto la brisa veraniega, la recibió algo que la arrancó súbitamente de la realidad: un bulto bajo las sábanas de Mariano. Una erección. Un elemento de ficción, más olvidado aún que la propia juventud. El hombre la miró sorprendido, desconcertado, al parecer ni él mismo se había percatado de la resurrección genital. Las mariposas habían vuelto, y con ellas, la última batalla de su libido. Mariano extendió los brazos hacia Lola y ésta se acercó a él aceptando su abrazo. Se besaron. El anciano incluso pudo saborear aquella peculiar esencia del río de su pueblo natal. Lola no cabía en su asombro, y notaba como su marido la acariciaba por todas partes, como el primer día, como cuando entre los dos no sumaban ni la mitad de los años que habían pasado juntos. Dolores se separó del jovial beso, y pudo ver en el rostro de su amor una sonrisa inocente, entusiasmada, brillando con tal fuerza que diluía las arrugas de Mariano, una sonrisa que los transportaba a sus mejores veranos.

Lola bajó las sábanas con miedo, como en una segunda primera vez. Miró una vez más a su marido y le sonrió, y Mariano pudo ver en ella la chiquilla que lo traía loco, que lo mareaba, que lo hacía llorar, gritar, reír, vivir al doscientos por cien. Ebrios de lo que ambos sabían su último verano, Lola empezó a besar el miembro del amor de su vida, a chuparlo y a darle ese placer devoto de quien por unos instantes sólo desea que la persona a la que está amando enloquezca, estalle de placer. Las canas de Dolores se fueron tiñendo del caoba de la joven Lola, y Mariano empezó a perder contacto con la realidad, transportado al follaje de aquellos bosques, el tintineo del agua, la canción de su rincón secreto. Fundido a blanco, y el hombre murió con una sonrisa en los labios. El muerto más feliz del mundo. Postrado no en la cama de un hospital, si no en la orilla de un río, con dieciséis años, pero con ciento veinte veranos exprimidos junto a lo que había amado más que a sí mismo, que a la propia cordura. Sobredosis de juventud. Pudiendo tutear ahora a la muerte, contemplando el techo verde y azul del bosque, pudiendo gritar en un último alarde de vida en estado puro:

Te amo, Lola.

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Un microrrelato normal sobre un hombre real

Un mes y una semana después volví a encontrarme con el anciano del autobús. Aquel hombre que me inspiró a escribir sobre él. Recordé las conversaciones que mantuvimos y me acerqué con una sonrisa. Le dije “Buenas tardes”. El hombre me miró desconcertado y, sin decir nada, me cedió el paso para que me sentara a su lado.

Una historia real sobre un hombre normal


José Luis Cupido

José Luis, de treinta y tres años, removía con la cuchara la insípida sopa de fideos que había preparado su abuela Leonora. Como cada domingo, la familia Cupido tenía comida familiar. Seis matrimonios, incluyendo sus padres y su hermano menor y su cuñada, reunidos, con sus chiquillos, para disfrutar del calor familiar y las conversaciones despreocupadas. Serían pares, si no fuera por él. Soltero de toda la vida. Aunque su primo Juan tuviera otro hijo y redondeara la cifra a veintidós comensales, él siempre seguiría siendo impar. José Luis se limitaba a agachar la cabeza durante la comida, esperando como un cordero en el matadero a que llegara la pregunta dominical.

– ¿Y tú qué? ¿Cuándo te vas a echar novia?

– No lo sé, tita.

– Se te va a pasar el arroz con la tontería. ¿Cómo puedes ser tan exigente? ¡Tú podrías tener a quien quisieras!

La tía Antonia tenía toda la razón del mundo. Bastaba con que José Luis tocara a una mujer para que se enamorara perdidamente de él. El primogénito de cada Cupido tenía ese don. Una larga tradición de Cupidos desde tiempos inmemoriales. Lejos del mito del niño con pañales, ser un Cupido entrañaba una honorable -y pesada- responsabilidad. José Luis podía determinar quién se enamoraba de quién, así como su padre, el cual contaba con un excelente historial de matrimonios felices garantizados, incluidos los que había provisto a todos sus hermanos y hermanas.

– A este paso morirás sin descendencia y entonces qué, ¿eh? ¿Qué pasará con el amor? – Le inquirió su abuela.

– No lo sé, yaya. La gente puede enamorarse sin mi ayuda ¿no? ¿Cómo se enamoran en el resto del mundo?

– ¡Pero eso no es amor verdadero! ¡Mira la cantidad de divorcios hay por todo el mundo!

– ¿Me estás diciendo que sólo la gente de Cuenca se enamora de verdad? Porque yo no he viajado demasiado que se diga…

– ¡Porque no quieres! ¡Tu abuelo dio la vuelta al mundo creando las historias de amor más bonitas de su siglo! ¡Pero tú lo que tienes que hacer es buscarte una rubia bien bonita y darme un nieto ya!

– ¡Basta ya! ¡Estoy harto de todo esto! – Un golpe en la mesa silenció la estancia y vertió algo de las sopas sobre el mantel. Su familia lo contemplaba con una mezcla de confusión y preocupación. Nunca antes un Cupido había visto su don como una condena. Este José Luis había salido raro.

Sin mediar palabra, y mordiéndose los labios, José Luis cogió su chaqueta y se marchó de casa de la abuela. En la calle, con nerviosismo tecleó un número en su móvil mientras caminaba alterado hacia ninguna parte. Tras una interminable sucesión de tonos, una cálida voz contestó al otro lado.

– ¿Jose? ¿Qué tal? Que pronto has salido hoy.

– Necesito verte…

– ¿Estás bien? Te noto enfadado.

– Es sólo mi familia, que me jode, me jode mucho. Estoy hasta los huevos de soportar todos los putos fines de semana la misma cantinela.

– Tranquilízate, amor. Tú familia no es tan diferente a todas las demás. Sólo quieren lo mejor para ti.

– ¡No! ¡Quieren lo mejor para ellos! No paran, una y otra vez, todo por el puto crío. Necesitan otro niño con mi mismo don. Es como si estuviera obligado a procrear, como un maldito perro con pedigrí.

– Va, va. No seas catastrofista. Relájate y ven a verme.

– Sí… Está bien. Te quiero Julio.

– Te quiero. Nos vemos ahora. Un besito.

Este es el ejercicio de febrero de Adictos a la Escritura, ambientado en San Valentín. Consistía en rediseñar la figura de Cupido, alejándonos de icónico angelito con arco. Podéis leer el resto de relatos de mis compañeros en Proyecto de febrero 2012: Especial San Valentín -Diseña tu propio Cupido-


Nieve en el paladar (conclusión)

Conclusión de la pequeña trilogía de relatos de supervivencia de Gustav:

Primera ParteSegunda Parte

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“Siempre he sido alguien de ‘pelillos a la mar’. Nunca me he agobiado seriamente, siempre he procurado complacer a los demás y he evitado el conflicto en la medida de lo posible desde que tengo uso de razón. A diferencia de mi conflictivo hermano mayor, yo siempre he sido un gregario complaciente que prefiere resignarse a exponerse a la desaprobación o furia de los demás. Sin embargo, esta prueba de supervivencia ha servido para demostrarme cuan nimios eran mis miedos: miedos de sociedad, síntomas de las metrópolis. ¿Cómo puede un ser humano llegar a temer el rechazo, la burla o el desprecio? ¿Cómo de necesaria es la aprobación de los demás para sobrevivir en la ciudad? El respeto, el orgullo y la reputación son la fuerza, el alimento y el fuego de la montaña. Nos educan para apoyarnos en mecanismos abstractos que no nos aportan nada como seres vivos. Desde el primer día, creces buscando la aprobación de tus padres, el respeto de tus amigos, el favor de los poseen algo que necesitamos. Arrancado de los vicios de la sociedad, siento repugnancia ante los monstruos que nosotros mismos nos hemos creado, ni lobos ni osos, si no estrés, depresión, traumas. Necesitamos médicos para nuestras mentes y no para los golpes y mordiscos. Cuando dejé pasar aquel helicóptero fui consciente de lo que me escondía. No de mi vida, de mis padres o de mis profesores. Me escondía de mí mismo. Al fin y al cabo, el rival más poderoso al que jamás nos enfrentaremos somos uno mismo. Soberanos de nuestras almas, somos nosotros los que nos creamos obstáculos y nos arrebatamos oportunidades. Nos regalamos miedos que transformamos en excusas, y nos lamentamos por un destino que creemos que nos han impuesto, cuando en realidad, las cadenas actuales no son el dinero, ni las aspiraciones, si no las necesidades que nos creamos y nuestra fanática devoción por complacerlas. Somos escoria que ha olvidado lo que significa sobrevivir.

Por eso no quiero regresar. Por eso voy a permanecer aquí con Robert. Y mi peor enemigo será ese oso, y no ninguna beca, trabajo, familiar, obligación o responsabilidad. Mi único error será el de morir. Y moriré con un grito, como los que realmente se aferran a su vida por encima de todo, y no con un llanto, con una cuchilla en la muñeca o al borde de una azotea.

Sin embargo, antes de desaparecer definitivamente, viviendo cada uno de mis días con nieve en el paladar, de entre todas las personas, quería despedirme de ti. Porque de entre todos los síntomas de la vida en sociedad, hay uno que he sido incapaz de odiar, y ese es el amor. Te quiero. Por todo lo que hemos pasado juntos, por todo lo que nos hemos aguantado y lo que hemos compartido. Porque nadie como tú podrá comprender lo que siento en este paraíso helado. Porque has sido la única tentación que me ha hecho dudar en entregarme de nuevo a ese mar de puñales, y sobrevivirlo juntos. Pero como Robert, no sobreviviría si me sacarais de la montaña. Morí en aquella excursión, y ahora sólo soy uno más de los que disfrutan en secreto de este refugio natural. Te envío mis diarios porque quiero que sepas de mí, porque te lo debo. Pero esto es una despedida. Un beso.

Gustav”

Nadine dobló las hojas combadas por la humedad, que tantas veces había releído, y sobre las que tantas veces había llorado antes de tomar esta decisión. Allí estaba ella, al pie de la cordillera donde hacía casi un año perdió a la persona más importante de su vida. Había dejado los móviles en casa, había cerrado todas sus cuentas de correo y redes sociales. Había cancelado sus cuentas bancarias. Se había deshecho de todo. Nadine, cautivada por la libertad que describía Gustav, y consolada por la noticia de su supervivencia, había asesinado también sus cadenas. Llevaba mucho tiempo preguntándose si sería capaz de volver a amar e, incapaz de resolver esa duda, decidió huir a la montaña porque no soportaba la idea de que su amor quedara helado en un blanco infinito. Necesitaba estar ahí, con Gustav, y darle cada día el amor que no puede cazar ningún alma en soledad. Con sólo una mochila, y dos cartones de tabaco, se adentró en la montaña.


Tortura precoz

“Oscuridad. Precedente de nada bueno. Manos atadas a la espalda, al respaldo de una silla. Olor a humedad y a cerrado. Bebes de tus oídos ya que son lo único que te aporta información ahora: sólo se oye una respiración acelerada, acompañando a la tuya. No sabes cómo has llegado aquí, pero tienes una ligera idea de por qué. Seguramente te imaginas quién será la persona que está atada a tu lado y todo empieza a cuadrar. Todas las películas que has visto empiezan a mostrarte elucubraciones de lo que te podría pasar, lo que no creías nunca que te pasaría a ti. Te van a torturar. Te voy a torturar.”

Ernesto termina su discurso retirando las capuchas de los dos hombres que mantiene retenidos en el sótano. De profesión torturador freelance, ofrece sus servicios para facilitar información a terceros con suficiente dinero para pagarla. Los dos hombres cogen aire mientras examinan su alrededor, en busca de respuestas o esperanza. Frente a ellos, Ernesto, ataviado con un delantal y una máscara de zorro, prepara un pequeño mueble con ruedas donde cual mago guarda todos sus trucos. Lo primero que hace es consultar una libretita de cubierta de cuero, donde anota las preguntas de sus clientes.

– Veamos… – murmura mientras limpia un garfio.

El repicar de las gotas de orín de uno de ellos, cayendo silla abajo, interrumpe a Ernesto.

– ¡El dinero está en la taquilla 57 de la estación de autobuses!

– Joder… ¿Eso es verdad? – Pregunta Ernesto mirando al otro hombre.

– Sí…

Ernesto suspira, anota la respuesta en su libreta y guarda el garfio. Saca dos jeringuillas de su envoltorio esterilizado, las llena con una carga potente de anestésico y pone a los dos hombres a dormir.

– A todos nos tocan trabajos de mierda… ¿Me habré pasado con el discurso?

 

Ernesto, a la mañana siguiente, cogió su taxi y salió a reencontrarse con su vida normal, esperando un trabajo algo más interesante, ya que tenía algunas cuantas ideas artísticas en la recámara que no veía momento de poner en práctica.

 

Los dos hombres se despertaron en mitad de un descampado. Uno de ellos apestaba a meado, le habían rapado la cabeza y le habían escarificado la palabra “marica” en la nuca.


Forjador de Leyendas

Un anciano de cabellos canos, coronilla pelada y abundante barba saboreaba el vino de la casa de la Taberna del Zurdo. Un gran mastín de pelaje oscuro llamado Guerra, a la vista tan castigado como él, descansaba a los pies de la silla, contemplando indiferente los tobillos de los parroquianos con un ojo entreabierto. Bajo la camisa de lino blanco y el peto de cuero ocultaba numerosas cicatrices que guardaban una historia diferente cada una. En su cinto, testigo de todas sus hazañas, colgaba la Insatisfecha, una espada de hoja de obsidiana y acero rúnico, única prueba de que el viejo era quien era: Jorghal, el héroe de las Grandes Guerras. Un héroe como los de antes, de los que pocos quedan ya, en peligro de extinción, haciendo frente al enemigo más poderoso al que jamás nadie se ha enfrentado; el tiempo.

Pero por muy amargo que se volviera su cuerpo, jamás lo hacía su alma. De espíritu siempre jovial, afable y amistoso. Implacable y feroz cuando debía serlo. Y es que si renunciaba a su espíritu, ¿Qué le quedaba ya como guerrero? Un héroe legendario reducido a horas de bar y a historias de sobremesa. Leyendas por las que antaño los habitantes del imperio se sentían agradecidos, luego respetuosos, después divertidos y en última instancia medianamente interesados. Con setenta años había sobrevivido a muchos de los que salvó en las Grandes Guerras, y los hijos, y menos los hijos de sus hijos, ya no veían en Jorghal a aquel que derramó más sangre que sudor en sus bosques y llanuras.

Aún así, el viejo héroe nunca perdió el amor por su nación, la que tanta violencia y amigos le había costado. Notando su fin aciago, ideó una manera de perpetuar su ojo vigilante sobre estas viejas tierras habitadas por jóvenes que desconocen la guerra. En su modesta casa de madera, en la periferia del pueblo, Jorghal estableció una escuela de combate, donde a parte de esgrima impartía filosofía, valor y templanza. En pocos años empezaron a llegar a la ciudad las noticias de las hazañas de sus discípulos: Cazadores de dragones, Libertadores de pueblos, Recuperadores de reliquias antiguas… El viejo parecía guardar el secreto del valor y el heroísmo y jóvenes de todas partes hacían cola ante su casa con la esperanza de encontrar su hombría y su destino. Pero Jorghal sólo aceptaba alumnos de uno en uno, haciendo que el simple hecho de convertirse en su discípulo fuera un logro en sí.

El título de Héroe de las Grandes Guerras había quedado diluido con el paso de los años, condenado a morar para siempre en libros de historia y antiguas canciones que ya nadie cantaba. Un entierro en vida para alguien que había pasado su vida luchando. Pero ahora, con los discípulos de Jorghal creando leyendas allá donde llegaban, el viejo podía sentirse en paz en una segunda edad dorada. En la ciudad, y en todas partes, no tardó en volver a sonar su nombre, aunque esta vez su título era diferente. En boca de todos estaba, el hombre que conocía el secreto del coraje: Jorghal, el Forjador de Leyendas.

Lo que el anciano no sabía, es que el destino le reservaba una ocasión más para vestir su armadura. Una última misión, una última batalla y… quién sabe, con suerte, la oportunidad de morir en el campo de batalla.

Este es un preludio de un personaje para una partida de rol de fantasía medieval dirigida por un amigo mío que se estrena en el arte de dirigir 🙂 Espero con este relatillo aportarle más trasfondo a su campaña.


Nieve en el paladar (segunda parte)

Esta es la continuación de la historia de supervivencia de Gustav

Aquí está la primera parte: Nieve en el paladar (primera parte)

Y habrá una tercera y conclusiva 🙂 La presento en tres relatos para hacerla más amena de leer.

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Segundo diario de superviviencia de Gustav:

Pasados dos meses dejé de contar el tiempo que llevaba perdido en la montaña. Probablemente porque ya no me sentía perdido. No sé cuanto tiempo llevo aquí, y no me importa. Echo de menos el lenguaje y la compañía, así como un buen libro para leer, pero esta cordillera nevada tiene estímulos que ninguna metrópolis sabría darme.

Cual animalejo traumatizado, tardé tiempo en volver a moverme con confianza por el bosque. Estaba paranoico, veía al oso en cada roca, en cada sombra. Me preguntaba si las heridas que le dejé habrían acabado con él. Si estaría buscándome para ponerle fin a nuestra lucha y dejar patente quién es el rey de la montaña. Para librarme de mi locura, intenté buscarlo por los territorios colindantes a mi refugio. Si algo tenía que pasar, quería hacerlo pasar ya. No encontré al oso, pero encontré algo que me ayudó a sentirme de nuevo cómodo en la cordillera. Un cachorro de lobo gris gimoteaba cojeando, lamiéndose la sangre que le brotaba de la gran astilla que le había atravesado la pata. Debían haberlo expulsado de la manada, porque ésta no era zona de lobos. Los solía oír aullar por la noche, pero nunca habían subido a estas alturas, cosa que agradecía, ya que no me gustaría tener que lidiar con lobos además de con mi irascible vecino oso.

Me acerqué a él con cautela, dejándome ver para que no me confundiera con un carroñero. En cuanto se percató de mi presencia levantó las orejas y me miró fijamente. Era gris, con el pecho y el abdomen blanquecinos y los ojos azules como el mar que ya tenía olvidado. Disimulando su herida permaneció erguido, orgulloso. Me puse en cuclillas para hacer mi tamaño menos intimidatorio y saqué algo de carne seca de mi peto. El cachorro no pudo evitarlo, y al verlo su lengua se descolgó de sus fauces. Sonreí y me di cuenta que llevaba mucho sin hacerlo. Se lo arrojé. Asustado retrocedió cojeando unos pasos, me miró, incapaz de comprender quién regalaría comida en estos lares. Superado el sobresalto se acercó al trozo de carne, lo olisqueó un poco y, una vez dado el visto bueno, empezó a comérselo. Intenté acercarme a él, pero en seguida retrocedió atemorizado. Di un paso atrás y él volvió a terminar su trozo de carne. Saqué otro trozo para mí y comimos juntos.

Hasta ahora me había dedicado a consumir la vida de todo cuanto se movía y cuanto no en estas montañas, pero con ese lobo gris, en lugar de ver una bonita capucha veía a un amigo. Hice varios intentos más de acercarme pero todos fueron fallidos. No tenía más comida, así que decidí retirarme a por más para continuar las negociaciones. Sin embargo, para mi sorpresa, el lobo empezó a seguirme, con cautela pero sin distanciarse. Llegamos hasta mi cabañita.

Allí compartí más comida con él. Me encendí el cigarro post-comida (había limitado los cigarrillos a uno al día para hacerlos durar y no ser víctima de la dependencia cuando se agotaran) y empecé a hablarle. Hacía mucho tiempo que no escuchaba mi voz. Había cambiado, como si el lenguaje humano fuera un extraño en mi boca. “Me llamo Gustav ¿y tú?”. El lobo de vez en cuando me miraba, como si atendiera a mi conversación. “No tengo ningún amigo por aquí, si quieres podemos ser amigos tú y yo. ¿Cómo te llamas?”. Decidí llamarlo Robert, mi mejor amigo de la infancia.

Pasaron varios días. Robert seguía sin permitir que me acercara, pero permanecía cerca del campamento, ya que era su única fuente de alimento, incapaz de cazar ahora. Cuando yo salía a por comida, el me seguía con prudencia desde la distancia. Tuvimos agradables charlas vespertinas a diario, hasta que un día desperté y lo descubrí durmiendo a mi lado, disfrutando del calor de las brasas. Lo desperté con unas caricias, y me saludó con unos lametones. Le di algo de comer. Me fijé en su pata. La madera se había desprendido, pero la herida había cicatrizado mal dejándolo tullido para siempre. No tardamos en hacernos amigos, y de vez en cuando Robert aparecía con algún pajarillo descuidado en la boca, como si él también quisiera aportar a nuestra modesta comunidad.

Me creí feliz, pero otra de las cualidades del ser humano es volverse infeliz cada poco tiempo. Cuando sobrevivir pasó de ser un reto a una diversión, y de una diversión a una costumbre, cazar se convirtió en rutina. Entonces llegué a la conclusión de que el hombre nunca será libre. El ser humano estará siempre esclavizado a la supervivencia. Sobrevivir en la ciudad implica tener una fuente de ingresos regular, en el mundo salvaje una fuente de alimento, pero todas significan crearte una rutina de vida. El que pueda sobrevivir cada día de una forma diferente que venga y me lo diga, porque es un hombre afortunado. La mejor parte de mi día era compartir estas reflexiones con Robert, que resultó ser el mejor interlocutor que había tenido nunca, llegué hasta el punto de sentir cuando aprobaba o desaprobaba mis teorías. De vez en cuando simplemente se lamía las pelotas. No era tan diferente de cualquier amigo.

Una mañana de caza, Robert y yo estábamos buscando algún nido para robar unos huevos. Se me habían antojado unos huevos. Pero de un instante a otro, los huevos se convirtieron en la menor de mis preocupaciones. Sobre sus dos patas, el oso se alzaba sobre un risco, con sus dos temibles cicatrices en el pecho y en la cara, tuerto, y con más cara de malo aún si cabe. Robert olió mi temor y se interpuso entre mí y la bestia, arrugando el hocico. Estaba helado, no creía que la suerte me fuera a sonreír dos veces. Sin embargo, el oso se limitó a mirarme indiferente, giró la cabeza, como pensando en quién era yo y dio una voltereta bajándose de la roca. Tan tranquilo y divertido, se fue paseando entre los árboles. Se ve que no tenía hambre, o tenía un buen día, o no sé yo, pero lo que pude sacar en claro cuando la sangre volvió a circular por mi cabeza es que no existe el rencor en el mundo animal. Sólo los humanos somos tan tontos de jugarnos el cuello por algo tan abstracto como la venganza.

Un ruido de fondo interrumpió mis pensamientos. Un sonido repetitivo y potente que se acercaba cada vez más. Instintivamente me escondí debajo de un árbol junto a Robert. Era un helicóptero. El ruido de sus aspas retumbaba en toda la montaña. Pude ver la insignia de la guardia forestal. Permanecí escondido, asustado. Cuando el helicóptero se alejó me subí al risco en el que estaba antes el oso y observé como se perdía entre la bruma en descenso hacia el valle. Robert se quedó mirándome con la cabeza ladeada, interrogativo. Ni yo mismo sabía por qué había hecho eso. ¿Acaso no deseaba con toda mi alma que vinieran a por mí? ¿No me había pasado llorando tres días seguidos por el desazón de estar perdido? Hubiera sido tan fácil como asomarme y agitar los brazos y todo habría terminado.

Regresé al refugio haciéndome muchas preguntas. ¿En todo el tiempo que llevaba sobreviviendo en la montaña no podría haber llegado ya a alguna zona habitada y regresar a casa? ¿Por qué no me había movido de donde estaba en tantos meses? Y la que más miedo me daba… si pudiera regresar ¿Regresaría?