Archivo mensual: enero 2012

43 252 003 274 489 856 000 Formas de Tortura

Cuarenta y tres trillones doscientos cincuenta y dos mil tres billones doscientos setenta y cuatro mil cuatrocientos ochenta y nueve millones ochocientas cincuenta y seis mil maneras de torturarme: Y sólo una es la correcta, sólo una les dará lo que quieren a esos cabrones.

Mi gente ha sufrido innumerables abusos a lo largo de la historia. Debe ser algo instintivo, animal, un odio secreto entre razas, porque en cuanto nos ven nos echan las manos encima y una vez capturados, empiezan a retorcer nuestras articulaciones, de un lado para otro, a veces hasta el extremo de quebrarlas, puros animales. Pero pocos consiguen lo que quieren. Nuestro ansiado secreto.

Cuando se hartan de tanta extorsión, me encierran en lugares oscuros, parte de la tortura psicológica supongo, y nunca se sabe a ciencia cierta cuando volverás a salir para reanudar los castigos. He visto pasar horas en la oscuridad, a veces sólo minutos, de vez en cuando terribles días o incluso semanas y, Dios no lo quiera, he oído que a compañeros míos los han mantenido reclusos durante años y a otros… de por vida.

Corren rumores de expertos en el arte de la tortura, que son capaces de arrancarnos nuestro secreto en cuestión de minutos, incluso segundos. Años de tortura reducidos a un instante vertiginoso de dolor, para acabar cediendo como cualquier cobarde. Aún rezo en mi celda por no toparme con uno de ellos pues ¿Sabéis que me han dicho? Esos sanguinarios en cuanto consiguen tu secreto, imposibles de saciar, vuelven a torturarte y te obligan a confesar de nuevo. Una y otra vez, una tortura sarcástica infinita en la que no puedes más que confesar y confesar y confesar, rojo, azul, naranja, verde, blanco, amarillo… ¿¡Qué más quieren saber!?

Este relato pertenece al proyecto de Enero de Adictos a la Escritura: “Sensaciones”. En el enlace podéis leer los relatos del resto de escritores de la comunidad que también han participado. Este mes se trataba de elegir un objeto, o algo insusual, y relatar sus sensaciones. Alguien propuso un Cubo de Rubik y me pareció divertido escribir sobre él así que acepté el reto 🙂

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La musa del calibre 45

Aborrezco el amor. Cada vez que leo un relato romántico me entran ganas de quemar un libro. Parece que la mitad del puto mundo sólo sabe escribir sobre sentimientos, florecillas en el estómago o lágrimas derramadas sobre la arena. Estoy hasta los cojones de leer como mueren de pena dos gilipollas que no saben quererse, dos gilipollas cuyo mundo se reduce al amor; parece que no tengan más placeres en la vida que contemplar cabellos sedosos, labios húmedos, miradas cómplices o sexo disfrazado de rito espiritual y fusión de almas. Por eso, por culpa de toda esa gente que escribe de forma enfermiza sobre corazones rotos o dedos entrelazados, llevo siempre una Colt calibre 45 en la gabardina.

Soy una especie de superhéroe literario. Me dedico a destruir el tiempo agarrado a una copa de whisky en la barra de un sucio bar. Me dedico a fumarme un cigarro tras otro esperando a que me peguen un tiro. Lo hago porque sé que te gusta verme morir. Que te encanta ver como visito a mi viejo amigo Jack para que me saque las balas del hombro mientras muerdo una madera. El tintineo de la bala ensangrentada tocando la bandeja metálica, siempre hay una bandeja metálica, y mi copa de whisky, reluciendo entre los hielos, para mitigar mi dolor.

Siempre llevo una pistola.

De vez en cuando paseo bajo la lluvia, de noche, entre luces de neón. Y amo alguien, pero la amo como se tiene que amar, en silencio, como un puto hombre. No necesitáis que os cuente lo que es el amor, porque a todos nos llega, es como la varicela, como el puto sarampión. Todos sabemos lo que es. Así que subo las escaleras de ese sucio hotel y le hago el amor a mi chica, mi perdición, cuanto más sucio mejor, y no tengo que contaros lo que siento, porque todos lo sabemos. Tengo que contaros lo que nunca sabréis. Nunca sabréis que se siente al sostener a un tío por la corbata a doce pisos de altura. Nunca sabréis qué se siente al pelear a puño limpio en medio de un bar en llamas. Nunca sabréis que se siente cuando una bala atraviesa la ventana del hotel y secciona la yugular de tu amada.

Queréis conocer mi venganza. Por todas las venganzas que no habéis podido cobraros vosotros, cabrones. Queréis ver como le arranco los ojos al hijo de puta que ha matado a mi alma gemela. Todo la sangre que jamás os atreveríais a verter.

Por eso siempre llevo una pistola.

Una musa del calibre 45, y busco a un escritor y se la meto en la boca, para que de sus cojones nazca una historia épica, que se invente una muerte nueva para mí, un nuevo dolor, porque yo lo soporto todo. Soy tu puto héroe, y te encanta verme sufrir.

Ilustración de zevsenesca


Una historia real sobre un hombre normal

Esta es una historia real. Una vivencia propia trasladada al papel y adornada con algo de prosa literaria.

Cada mañana cojo el autobús hasta el centro para ir al trabajo. Normalmente escucho música mientras leo manuales de programación para hacer el trayecto ameno y productivo. Todos los días igual, hasta que hay uno que no lo es. Historias del transporte público… supongo que habrá muchas y se podrían llenar libros sólo con ellas. El caso es que un día, durante todo el trayecto, noté que un hombre mayor me miraba. Estaba sentado lejos, a tres o cuatro asientos de distancia y, cada vez que levantaba la vista de libro me lo encontraba observándome con una sonrisa.

Pelo blanco y frondoso como la nieve, corto, pero que no dejaba ver el cuero cabelludo a través. La cara muy finita, dibujando la silueta del cráneo y llena de arrugas ennegrecidas por la edad que remarcaban esa sonrisa constante en su rostro. Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron sus ojos. Unos ojos vivos, jóvenes, enormes, casi infantiles, que parecían devorar cuanto veían, e incluso a veces, haciendo dudar de la cordura de su dueño.

Conforme el autobús llegaba a su destino, me levanté del asiento para esperar junto a la puerta. El hombre hizo lo mismo y se puso a mi lado, mirándome. Yo le devolví la mirada sonriendo y su rostro cambió, desconcertado.

– Te pareces mucho a un amigo mío. Te he confundido con él.

Sus palabras me sorprendieron, ya que no me imaginaba a ese hombre con un amigo de mi edad.

– Pues no soy yo. – Le contesté, medio bromeando.

– Tiene el pelo y la barba como tú. De lejos sois iguales.

Yo simplemente sonreí. Nos dimos los buenos días, y cada uno se fue por su camino. Me preguntaba que haría un hombre de su edad en el autobús tan temprano, según la edad que aparentaba debería estar hace tiempo ya jubilado. Supuse que iría a ver a un familiar o algo por el estilo.

Al día siguiente volví a encontrármelo. Creo que esta vez él no me vio. Le cedió el asiento a una pareja de mujeres que rechazaron a primeras el asiento, pero no se lo pensaron en cuanto el hombre insistió. Y ahí estaba. De pie, con su sonrisa. Al llegar a nuestra parada me fui sin decir nada.

Otro día más volví a verlo. No sabía si es que nunca había estado antes, o había empezado ahora a fijarme en él y lo veía siempre. Me parecía fascinante, con la de autobuses que pasan, y las horas aleatorias a las que lo cojo, que siempre me lo encontrara. Me preguntaba si tenía un trabajo. A dónde iba cada día. Esa mañana fijé mi vista en él para hacerme notar. No sé por qué sentía la necesidad de conocer más de esa persona, me intrigaba y me fascinaba al mismo tiempo.

– A trabajar – Me dijo al bajar del autobús, como si hubiera leído la intriga en mi mente.

– Sí. – sonreí – Que vaya bien.

Nos dimos los buenos días y cada uno por su lado.

Era viernes, mi novia vino a buscarme al trabajo. Comimos por el centro y luego dimos un paseo mirando tiendas. Estábamos planeando qué hacer esa noche cuando llegamos a la parada para coger el bus de regreso. Mientras ella llamaba a un amigo por teléfono me puse a liarme un cigarro. Conforme enrollaba el tabaco en el papel levanté la vista y lo vi. Estaba sentado contra la verja de la iglesia mientras fumaba un purito, como si hasta en la hora fumar coincidiésemos. Me hizo un gesto con la cabeza y me acerqué.

– ¿Qué tal? – le pregunté.

– Bueno, bien. Vengo ahora del taller.

– ¿De qué es el taller? – Le pregunté ignorando mi cordialidad, estaba demasiado intrigado.

– Ah… nada, un taller, donde vamos ahí… –

Esa respuesta me hizo pensar en un centro de desintoxicación o algún otro tipo de sitio de ayuda social. Deseché esas ideas intentando no prejuzgar.

– ¿Trabajando?

– No, no. Hemos estado jugando a fútbol. Yo trabajo de carpintero por las mañanas. Mi novia trabaja cosiendo.

Me quedé sin respuesta, así que me limité a asentir. Esa frase contenía demasiada información a procesar. ¿Jugar a fútbol? ¿Carpintero?… pero lo que más me chocó de todo: ¿Novia? De una persona de esa edad te esperas la palabra mujer o esposa. Asociar el término “novia” a un hombre de esa edad me hizo reconfigurar completamente la visión que tenía de él.

Mi chica terminó la llamada telefónica y nos fuimos a casa en el autobús. Me hubiera gustado decirle al hombre, que estaba sentado frente a nosotros, “esta es mi novia”. Pero me paré a pensar que ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres, así que preferí dejarlo así.

Esa ha sido la conversación más larga que hemos tenido hasta el momento. Ayer, antes de bajarme del autobús el hombre me alargó la mano y yo se la apreté, a modo de saludo. Nunca había estrechado la mano de alguien sin saber su nombre, fue como una muestra de respeto entre desconocidos habituales.

De alguna manera, esa persona ha quedado en mi mente, intrigándome, inspirándome, así que decidí escribir un relato basado en esa esencia pero, al empezar a adornarlo, a darle trama o más sentido, vi que desvirtuaba completamente la experiencia que supuso conocerle. Por eso, he escrito este texto, una historia real, la historia de alguien que ha pasado por la vida de un joven escritor inspirándolo a escribir sobre él. Espero volver a verle.


El único Dios verdadero

Él quería curar el mundo, hacerlo un lugar mejor, para ti y para mí y para la raza humana al completo.

Evangelio según San Quincy, 17:4

 

Los nómadas se frotaban las manos en torno a la hoguera, llevaban semanas de viaje y la tierra se hacía más fría conforme se aventuraban hacia Berlinia. Era una noche húmeda, y había que estar vigilante frente a la hoguera para no perder calor en el campamento. Para hacer más llevadera la vigilia a los que estaban de guardia, el padre Gyallas enunciaba las parábolas del Todopoderoso y su hijo.

 

“Cabeza rapada. Cabeza muerta. Todo el mundo se ha vuelto malo. Turbación. Especulación. Alegación. En la suite, en las noticias. Todo el mundo. Comida de perro. Hombre negro. Chantaje. Arrojad a mi hermano a la cárcel.”

Gyallas predicaba las sagradas escrituras, recopiladas e interpretadas por los grandes profetas ingenieros que recuperaron el legado del Gran Mundo antes del cataclismo. Los nómadas atendían maravillados, ya que estando poco extendido el arte de leer entre los peregrinos y siendo tan escasos los libros, siempre era un placer escuchar las historias de los adeptos de Miguel. Mientras tanto, asaban unas perdices en el fuego, y se calentaban con aguardiente comprado a los boticarios ambulantes.

“La Biblia reza: el mundo era un paraíso miles de años atrás, Dios le dio al hombre máquinas que volaban, grandes espectáculos y diversión, comida mágica instantánea y cajas de luz donde podían verse historias maravillosas. Pero el hombre es egoísta, y aún habiendo mil veces más recursos que en la actualidad, de sobra para todos, empezó a matar a sus iguales por hacerse con el poder del paraíso. El Señor, compasivo, envió a su hijo a la tierra, para enseñar a los humanos a amar y perdonar, y conservar el paraíso que se les había regalado.”

De la boca del cura escapaban nubes blancas de vapor mientras oraba en mitad de la noche, pero su devoción y el fervor en sus palabras parecían librarlo del frío y la humedad, aún así, no rechazó un trago cuando le pasaron el aguardiente.

– Padre Gyallas, ¿Son ciertas las historias que dicen que Miguel, hijo de Dios, era negro?

El cura asintió lentamente, mientras se calentaba las manos sobre la hoguera.

– Era negro. Pero no era un traidor. Dios lo hizo nacer negro para probarlo. Para demostrar que no todos los negros son demonios, si no hermanos descarriados, que deben pagar por sus pecados de otras vidas, hasta renovarse en un cuerpo puro, como el nuestro. De hecho, Miguel, hijo de Dios, entonaba una parábola que dice así:

“No digas que crees en mí, cuando te he visto arrojar tierra a mis ojos. Pero si estás pensando en ser mi hermano, no me importa si eres negro o blanco.”

Gyallas dio una vuelta sobre sí mismo y se apretó el paquete con fuerza arrojando un grito agudo.

– ¡Ih-ih! –

Señal de santiguación de todos los fieles de Miguel.

– ¡Ih-ih! – Gritaron en respuesta los que escuchaban sus historias.

– Con el tiempo, una vez superada la prueba del Señor, la piel de Miguel empezó a tornarse blanca, demostrando que era posible la redención, y del escalafón más bajo en el que puede nacer un ser humano, el hijo de dios ascendió hasta el blanco más puro, y su palabra se divulgó por todo el paraíso, y el pueblo, enamorado de la palabra que Miguel predicaba, no tardó en nombrarlo rey. Rey del Pop.

– ¿Qué es el Pop, Padre?

– El Pop es el arte de predicar la palabra del Señor, y Miguel era el rey.

– ¿Y por qué Dios permite que suframos? ¿Por qué ha sido destruida nuestra tierra y nos vemos avocados a este éxodo hacia Berlinia? – Cuestionó uno de los nómadas, abatido por las semanas de viaje.

El padre Gyallas lo miró con benevolencia, compadeciendo al ignorante.

– ¿Nadie te ha hablado de los arcángeles repudiados? ¿Kanye West y Snoop Dogg?

Al escuchar el nombre del Diablo, el resto de peregrinos se levantaron, dieron una vuelta sobre sí mismos y se santiguaron agarrándose el paquete, “Ih-Ih!”

– Kanye West y Snoop Dogg eran ángeles, aliados de Dios. Pero incluso en el Cielo existe la corrupción, y la avaricia de West y Dogg, pretendiendo usurpar el trono sagrado, fue castigada con la expulsión del reino celestial. En su caída meteórica a la tierra, sus cuerpos se prendieron fuego y acabaron negros, como el cabrón.

Los oyentes se frotaron los brazos, en un escalofrío temeroso.

– Pero lejos de arrepentirse, Kanye West y Snoop Dogg empezaron a divulgar un mensaje de fornicación, masturbación, dinero y poder. Muchos hombres, de voluntad débil, empezaron a ceder ante las mieles de los demonios y cayeron en su espiral de vicio fácil. La población del paraíso empezó a volverse negra, a vestir ropas holgadas y cadenas de plata y oro, tomaban drogas que les impedían ver el infierno y poco a poco fueron quemándose y acabando tan negros como sus captores…

– ¡Malditos! – exclamó el más joven, algo animado por el aguardiente.

– ¡Que su oscura estirpe arda para que podamos regresar al paraíso!

El padre Gyallas sonreía de júbilo al ver toda la buena fe que desbordaban sus peregrinos.

– Me agrada vuestro ímpetu, pero procurad manteneros alejados de la ira. Recordad las palabras de Miguel.

“Empezaré con el hombre del espejo. Le pediré que cambie sus maneras. Y ningún mensaje podría ser más claro. Si quieres hacer del mundo un lugar mejor, contémplate a ti mismo y, entonces, cambia.”

– ¡Ih-ih! – exclamaron todos. El cura bebió otro trago de aguardiente.

– ¡Padre! ¡Baile para nosotros en esta noche de amor a Miguel la danza del Moonwalker!

– ¡Ja, ja! ¡Así me gusta! ¡Alabado sea Miguel!

Dicho esto, el cura empezó a mover sus tobillos de izquierda a derecha mientras chasqueaba el pulgar al ritmo y con otra mano se tocaba la frente con el índice. Los nómadas empezaron a acompañarlo con palmas. Uno de ellos, bardo de profesión, empezó a tocar notas graves en su laúd al ritmo del Salmo de la Virgen Billie Jean. En un ritual de puro gozo, todos empezaron a cantar, mientras el padre caminaba marcha atrás en torno a la hoguera.

“¡Billie Jean no es mi amante! ¡Sólo es una chica que dice que soy el padre! ¡Pero el niño no es mío! ¡Ih-ih! ¡Es un hijo del Señor!”

 


Inverosímil

Siempre había mirado de forma distante la expresión “La realidad supera la ficción”. Supongo que hasta que uno no experimenta algo que roza lo increíble no concibe el peso de esa frase.

De profesión periodista freelance, suelo verme envuelto en algunas situaciones peligrosas, por aquello de llegar siempre al fondo de la historia y recopilar todas las piezas antes de componer el puzzle que vendo a diferentes publicaciones. En esta ocasión me hallaba de polizón en la parte de atrás de un camión. El vehículo transportaba una nueva droga esnifada que estaba causando furor estos últimos meses entre los noctámbulos. ¿De dónde ha surgido esta nueva droga? ¿Qué efectos tiene en sus consumidores? ¿De qué está compuesta? Todas estas dudas y más fueron interrumpidas de forma abrupta por un lanza-misiles disparado desde una azotea haciendo diana en el morro del camión.

Detenido en seco, el vehículo hundió su morro en el asfalto y la parte trasera, donde yo estaba escondido, voló por los aires separándose de la cabina. El trozo de chatarra ascendió en llamas a una velocidad vertiginosa, como un cohete improvisado. Entre fardos de droga, mi cuerpo sentía el impulso fatal y en lo que parecieron décadas, pude ver toda mi vida pasar por delante de mis ojos. Al vuelo, las compuertas se abrieron, y junto al cargamento que se esparcía por el aire de la avenida, mi cuerpo quedó a merced de los acontecimientos. Ni siquiera podía abrir los ojos, como un conejo ante unos faros me preparaba para el fin.

Todo lo que sube tiene que bajar, y entre subir y bajar, siempre hay un punto de velocidad cero… pues ese mismo punto coincidió con mi espalda tocando contra la azotea de un edificio de la avenida. Ya me había dado por muerto, pero al ver que seguía pensando abrí los ojos y sólo vi nubes, me creí en el más allá.

– ¿Quién cojones es este tío? – Una voz grave inundó mis oídos.

– ¿San Pedro? – contesté.

– San Tu Puta Madre.

Me incorporé en seguida y vi que irónicamente había aterrizado sobre la azotea desde la que se había disparado el misil. Había tres tipos, dos en ropa militar con la cabeza rapada y de complexión fuerte y otro delgadito, con gafas, sudadera y tejanos. El de gafas me echó un vistazo rápido y le debió parecer que no me merecía tal milagro, porque dijo:

– Matadlo.

Uno de los rapados me lanzó un cuchillo, y el otro sacó una pistola y me pegó un tiro. Como broma del destino, el cuchillo y la bala chocaron en el aire desviando sus trayectorias y librándome de su mortal mordisco. Acto reflejo salté hacia atrás, empujado por el miedo y, toma chiste, caí edificio abajo.

Conforme me precipitaba a la acera, empecé a reírme, a descojonarme vivo. Me lo merecía, me merecía estar muerto, y no podía si no reírme ya o esperar a despertarme súbitamente en mi cama, fruto de esta pesadilla. En el descenso choqué con una bandada de palomas, un toldo, y una pirámide de mandarinas que no sólo me salvaron la vida, si no que me dejaron ileso ante la mirada atónita del frutero y otros peatones. Yo no podía parar de reírme, y la gente se alejaba y se abrazaba entre sí, como si fuera un monstruo y no un pobre hombre que necesitara atención médica.

Me levanté, llorando de la risa, y empecé a correr hacia mi casa. Sé que esto lo cuento y no me creen, pero necesitaba escribirlo. La realidad supera la ficción.

Ah, y por cierto. De camino a casa compré un billete de lotería y me tocó.


La Quisicosa del Chamán Viento de Luz

Ajeno a la madurez, a la responsabilidad o a las consecuencias de la edad -tales como sentar la cabeza- Jeffrey Garrington, a sus setenta y seis años de edad, aún continuaba viviendo su vida como aventurero y cazafortunas. Desordenada barba encanada y piel cueriza, descendiente de los primeros colonos irlandeses de norte América, el “viejo oeste” se le antojaba tan aburrido como peligroso una vez el alcohol dejaba de tener gracia, así que desde que cumplió los treinta vaga por los desiertos y praderas de los estados unidos, desentrañando los misterios espirituales de la civilización que la vieja Europa sepultó bajo su orgullosa suela.

Tesoros, textos antiguos, arte, esculturas… el premio era lo de menos, ya que lo mejor siempre era la aventura; y lo único que cabía en sus intereses al terminar un viaje, era vender cuanto había recuperado a museos o coleccionistas para financiarse el siguiente.

Pero el tiempo viene a buscarnos a todos, tarde o temprano, y sabiendo en sus entrañas su fin próximo, decidió volcar todos sus ánimos en un enigma intangible que siempre lo había cautivado desde que empezara sus viajes: Viento de Luz.

Rondaba los cuarenta cuando una noche de tormenta, disfrutando de las bondades de las plantas de poder (comúnmente conocidas como peyote) en la morada de Don Carlos – Chamán, amigo y consultor de Jeffrey – tuvo una ensoñación que dejó marcada el alma del cazafortunas. Un buitre, su animal de poder, lo invitó a danzar en medio de la furiosa tormenta y Jeffrey, ebrio de poder, bailó hasta el amanecer en mitad del aguacero. Esa noche le golpearon tres rayos y pasó tres semanas enfermo. Desde entonces, el viejo obtuvo un sexto sentido para rastrear el patrimonio de la antigua américa. Para sus congéneres, sólo era un loco con suerte al que la electricidad le había frito los sesos, pero aún y con esas, lo importante es que era bueno en su trabajo.

Desde la noche de la tormenta, cada vez que Jeffrey se aventuraba sólo en el desierto, un hombre misterioso lo contemplaba desde la lejanía, sobre rocas elevadas o entre los arbustos. Completamente desnudo, de rasgos difíciles de escudriñar y en ocasiones algo traslúcido, el hombre lo custodiaba en sus viajes. Pero Jeffrey no sentía pavor, porque notaba que esa presencia era amiga. En las noches especialmente silenciosas, el cazafortunas podía escuchar los susurros de su extraño seguidor. Decía llamarse Viento de Luz, y ser el guardián de la morada invisible. Decía que conocía el lugar de muerte del viejo y también el lugar de paz. Decía conocer los caminos e invitaba a Jeffrey a seguirlos, todos en pos de la morada invisible. Últimamente, además, decía que si el viejo no buscaba la senda que llevaba tres décadas susurrándole, encontraría el lugar de muerte, pero jamás el lugar de paz.

Resuelto a completar su última misión y sobretodo, a disfrutar de su última aventura, el insalubre cazafortunas abandonó la ciudad de San Francisco para adentrarse una vez más en los desiertos del ya no tan nuevo mundo.

San Francisco, 1850

San Francisco, 1850


El Poker de la Osa Menor

El paisaje cambiaba al ritmo de la suave inercia que llevaba la Chicken Bone a través de un cuadrante abandonado de la Osa Menor. Por los grandes ojos de buey de la sala principal se podían contemplar un sinfín de puntos brillantes a la deriva, millones de estrellas siendo testigo de los dos años que la nave de transporte llevaba extraviada en el espacio. En medio de una misión rutinaria, un pedazo de basura espacial interceptó el rumbo de la nave del capitán Arthur Tracker. La colisión destrozó los sistemas de propulsión de la Chicken Bone y la desplazó de su trayectoria rumbo a ninguna parte a una velocidad constante de doce centímetros por segundo. Por suerte o desgracia, la carga de la nave eran verduras, embutidos y vinos criogenizados de primera calidad procedentes del planeta-granja Ibericus IV, así que todo ese tiempo a la deriva hubo comida de primera calidad para los cuatro miembros de la tripulación, y se preveía que podrían subsistir dos años más si se racionaban bien.

– Pareja de cuatros – Christian Tracker, el hermano del capitán, mostraba sus cartas y se preparaba para llevarse el botín: Unos tacos de queso de oveja semicurado que acompañarían perfectamente a las lonchas de jamón que acaba de desplumarle a su novia, María.

– ¿¡Cómo puedes apostar tan fuerte con una pareja!? – Arthur se echaba las manos a la cabeza, su hermano era capaz de leer todos sus movimientos y siempre le tocaba lo peor para comer.

– Sabía que no tenías nada, Arthur, tienes que practicar más tu cara de Poker-

En la nave habían cogido como costumbre jugarse la comida del día al poker, cada uno se apostaba sus raciones, y así mataban una parte más de un día que llevaba durando más de 17.000 horas.

– No es que tenga que practicar mi cara de Poker, es que tengo mala suerte, en dos años aquí nos conocemos todos demasiado bien como para farolear.

– Podías dejar ganar alguna vez al capitán, que a este paso vas a acabar gordo como la luna. – Puyó María a su novio, pinchándole la barriga con el índice.

– A quién coño le importa que esté gordo, si nos vamos a morir aquí. – Saltó Lucille, la esposa de Arthur, que no toleraba tan bien como el resto la reclusión espacial. Los demás, acostumbrados a su pesimismo, la ignoraron.

– Venga, reparte. – Medio ordenó Arthur a su esposa.

Con la destreza de un crupier profesional, que todos habían adquirido tras enésimas partidas, Lucille repartió una nueva mano a los cuatro jugadores. Todos recogieron sus cartas e intercambiaron miradas de soslayo. Arthur tenía tres ases en la mano, se relamió pensando en el manjar que iba a disfrutar en breves. Mientras tanto, Christian rellenaba las copas de vino de sus compañeros.

– No voy. – sentenció el hermano menor de los Tracker.

– No voy.

– Yo tampoco. – Lucille y María se retiraron de forma instantánea junto a Christian.

– ¡Y UNA MIERDA NO VAIS! – gritó el capitán, sulfurado. – ¿¡Por qué cojones no vais!?

– Casi llenas las cartas de babas nada más destaparlas, tío. Dos años jugando a esto y sigues siendo el peor mentiroso del universo. – se burló Christian.

– Mis cojones. Estáis haciendo trampa. Me cago en la puta. – Arthur se giró alrededor buscando superficies reflectantes. – Me veis las cartas de alguna manera… –

– Deja de quejarte. Te toca repartir. – Respondió su esposa.

– No, no, no, no… aquí no se juega hasta que se descubra el pastel. – Arthur puso los ases bocabajo en la mesa y pegó la nariz a ellos buscando marcas secretas. – ¡Tiene que ser algo! ¡Christian ha hecho muescas en las cartas seguro. ¡MIRA! – Acto seguido levantó uno de los ases y lo mostró al resto de jugadores. – ¿¡Lo veis!?

Arthur sólo recibió muecas de desconcierto.

– ¡Aquí! En la parte de abajo. ¿Esto es una rajita no? – Espetó señalando el As de Tréboles.

– Llevamos dos putos años jugando al poker, es normal que las cartas estén deterioradas ¿no? – Christian no pudo contener una sonrisa.

– ¡Míralo! ¡Y se ríe! ¡Pero es que esto es descarado! ¡Normal que me toque siempre comer judías! ¡Exijo una compensación!

– ¡Arthur! Me río porque es de risa de lo que me acusas. Estás desquiciado. Si quieres cambiamos de juegos y ya está. Podemos jugar al Trivial y el que gane elige comida primero…

– ¡Y una mierda cambiamos de juego! ¡Ahora que te he cogido el truco!

– Cariño, ¿No crees que estás exagerando? – Intentó apaciguarlo Lucille.

– ¡Tú no le defiendas! – se indignó Arthur.

– Vamos a echar otra mano, ya verás como te irá mejor, aunque sea por estadística. – Propuso María, intentando rebajar tensiones. Hacía más de cinco semanas que los dos hermanos no acababan a puñetazos y había que mantener ese récord. Arthur y Christian se respetaban y se querían, pero la convivencia extrema les había llevado a las manos más de una vez, normalmente por una tontería.

– Vale. – Aceptó el capitán a regañadientes y empezó a barajar.

Todos los jugadores cogieron sus nuevas manos. Arthur recibió dos reyes, un tres, un ocho y un nueve. Nadie se rajó. Las apuestas subieron y se hicieron los respectivos descartes. Arthur se quedó con los dos reyes y recibió tres sietes, increíble.

– Apuesto cinco lonchas de chorizo. – Intentó decir el capitán con la mayor calma posible.

Christian mantuvo su mirada clavada en su hermano durante un rato, intentando hacerlo flaquear. Pero el capitán no titubeó.

– Está bien, veo tu chorizo y subo diez tacos de queso.

– No voy – Dijo María.

– Yo lo veo. Es lo último que me queda. Pero me da igual, ya se me ha quitado el hambre. – Dijo Lucille.

– Yo veo los quesos, y subo cuatro pimientos de padrón. – Apostó Arthur.

– ¿Estás seguro hermano? Yo de ti no tentaría tanto a la suerte. –

– No necesito tu compasión, gilipollas. – Amenazó el capitán.

– Como quieras. Veo tus pimientos y subo una barra de cuarto. – Christian miró a su hermano desafiante, con una sonrisa en los labios.

– Tampoco te pases, Chris… – avisó María.

– Déjale hacer, le va a venir bien un poco de dieta. – interrumpió el capitán. – Veo tu barra de pan.

A ver que tienes.

– Lo veo – se sumó Lucille.

– Pareja de cuatros. – destapó el menor de los Tracker.

– ¿¡Pareja de cuatros!? ¿¡Por quién me has tomado!? ¿¡Por un mocoso al que hay que complacer!? – Explotó Arthur.

– ¿Es que no puedes estar contento con nada, subnormal? – le espetó Christian, bastante molesto.

– ¡Prefiero pasar hambre a que me dejen ganar!

– Bueno, pero destapa tus cartas ¿no? – apuntó Lucille.

– Aquí lo tienes, un puto Full. – El capitán desplegó las cartas sobre la mesa.

Rey. Reina. Ocho. As. Dos.

– Si eso es un Full yo soy el presidente de Marte. – contestó Christian.

El capitán miró incrédulo sus cartas.

– ¡No puede ser! ¡Os juro y perjuro que yo… – Arthur se frotó los ojos.

– Lo que nos faltaba… ha perdido la cabeza… – suspiró su esposa.

Christian echó los brazos al botín para arrastrarlo hacia su banquete.

– No tan rápido, bonito. – Lucille muestra su mano: Trío de de cuatros.

– ¡No puede haber cinco cuatros en la baraja! – renegó Chris.

– JAJAJAJAJAJAJA – Arthur explotó en una carcajada y se levantó de la silla, dando tumbos aleatorios mientras se agarraba el estómago.

Christian y Lucille empezaron a intercambiar berridos. María se tapó los oídos y apoyó la frente contra la mesa. Arthur agarró el hacha de incendios y se lo clavó en un impulso a la novia de su hermano en la cabeza, abriéndola como un melón.

¿¡PERO QUÉ HACES!? ¿¡Y POR QUÉ LA MATAS A ELLA!? – Christian desclavó el hacha de la cabeza de su novia y lo lanzó contra el pecho de Lucille. La esposa del capitán esquivó a tiempo de que el hacha sólo le cortara el brazo derecho a la altura del codo.

– ¡HIJO DE PUTA! – Lucille cayó al suelo mientras la sangre salía a chorros empapando el suelo de la nave. Arthur conectó un derechazo a la mandíbula de su hermano derribándolo. Ipso facto empuñó el cuchillo de cortar jamón y se abalanzó sobre Christian.

– No, de mí no se ríe nadie. NADIE. ¡¡¡NADIE!!! –

El hermano menor evitó la cuchillada propinando una patada en la rodilla a Arthur y echó a correr a cuatro patas.

– ¡No te preocupes cariño! ¡Voy a matar a este cabronazo! – Gritó el capitán con la sonrisa desencajada.

– ¡No, cariño! ¡Mátame a mí primero! ¡Que estoy hasta el coño de estar en esta puta nave de mierda!

Sin dudarlo un instante Arthur, con más placer que lástima, agarró a su mujer por el pelo y le rebanó el pescuezo, proyectando una fuente de sangre sobre la mesa de poker. Christian miró horrorizado como su hermano reía a carcajada limpia mientras su cuñada efectuaba sus últimos espasmos de vida. Reuniendo algo de valor, el menor de los Tracker corrió hacia la galería para coger su pistola de plasma.

– ¡No huyas hermanito! ¡Vas a pagar por tus crímenes!

En el momento en el que Arthur accedió a la galería, su hermano le pegó un tiro en el pecho. El torso del capitán estaba agujereado de cabo a rabo, pero fuera de sí, seguía avanzando, aparentemente inmune al daño causado por la pistola de plasma. Consumido por el miedo, Christian empezó a disparar sin control.

En el tiempo en el que Arthur llegó a su hermano, tres agujeros más se le abrieron en el cuerpo al capitán que, sin atisbo de compasión, apuñaló varias veces al chico en los ojos, tocando hueso dentro del cráneo con la hoja del cuchillo.

Cuando reinó el silencio, el capitán fue a su silla, tomó asiento, y empezó a comer lo que había ganado en la partida de poker.

“Le habla la nave de reconocimiento A57ZM. ¿Hay alguien a bordo? Capitán Arthur Tracker, ¿Me recibe? Solicitamos permiso para conectar el puente de abordaje. ¿Hola?”

Un año después de la fatídica partida de poker en la Osa Menor, una nave de rescate contratada por la familia del capitán daba con la Chicken Bone. Los operarios conectaron el puente y entraron armas en mano, por si tenían que vérselas con algo inesperado. Al entrar rodearon a Arthur Tracker bañado en vino, con docenas y docenas de botellas desparramadas por la sala principal y una más en la mano, a medio beber.

– ¡Los he matado a todos! ¡A todos! ¡Que me encierren! – Lloraba desconsolado.

– No se preocupe, capitán. Vamos a ponerle a salvo. – Intentaba tranquilizarlo uno de los operarios. Mirando alrededor, sus compañeros de equipo no encontraron ningún cadáver.

– ¡Hermano! – Christian Tracker entró en la sala apartando a los operarios. Tras él iban Lucille y María. En un lacrimoso abrazo, su mujer y su hermano lo abrazaron. – Pensábamos que no volveríamos a verte. Gracias a Dios. ¡Estás vivo! ¡Arthur! – Chris no pudo reprimir una risa de alegría. Lucille besaba a su marido, derrotada por la emoción.

Arthur, aún preso de la ebriedad, miró a su familia, y luego miró la botella en su mano. Perplejo, se llevó el vino a los labios y brindó por la demencia.