Archivo mensual: noviembre 2011

El Metáfago

Jordi de Paco, un joven escritor aficionado está en su estudio sentado frente a un nuevo relato del que apenas a escrito una línea. Mientras se lía un cigarro, piensa en el imaginario popular y en como lo que al principio de los tiempos era un paraíso virgen, ahora es una metrópolis sobre saturada dónde las ideas y conceptos se construyen unas encima de los otros para intentar dar forma a algo nuevo y original. Piensa en el hombre que pudo contar con el placer de crear un vampiro, el primer vampiro; o el primer hombre lobo, fantasma, alienígena, ogro, orco, dragón y todos esos entes que han adquirido presencia propia y son parte de la mente colectiva del ser humano.

¿Queda espacio para un nuevo ser que no esté reciclado o compuesto de retales? Con ese fin, empieza a buscar dentro y fuera de sí, esa parte sin contaminar en la que cada uno guardamos nuestros propios monstruos y que no nos atrevemos a sacar por si son una sombra de todo lo que hemos vividos. ¿Existe algo que se pueda crear que no esté ligado a la experiencia? El propio lenguaje ya es una barrera que nos limita a que todo lo que transmitimos sea una combinación finita de combinaciones de 26 símbolos: abdcefghijqlmnñopqrstuvxyz. Aún así, decide darse una oportunidad y adentrarse en un viaje por su mente para cazarlo.

Los hombre-algo están todos reclamados, al menos los buenos, se le ha dado forma antropomórfica a casi todo lo que existe, y crear un hombre-tortilla o un hombre-saliva no pasa de ridículo personaje de cómic. Jordi decide alejarse de todo lo que tenga forma o sentido.

Piensa en un monstruo que no se puede crear, un monstruo que existe desde que el tiempo es tiempo y que, como el fuego, no se puede inventar, sólo se puede descubrir. Un ser que viaja por la realidad, espectador olvidado, testigo de todas las historias que nacen y mueren en todas las dimensiones. Tan antiguo y tan inherente a todo que todos los humanos lo guardan prisionero en el rincón más profundo de su mente, un punto tan lejano que casi se toca con su alma.

Cada vez que alguien sensato lo descubre, lo vuelve a olvidar – si puede – para proteger al mundo, porque el monstruo devora todo lo que se puede pensar, y eso va más allá de la realidad.

Conforme el escritor, inspirado por la existencia de esa abominación, plasma una letra tras otra en su relato, el monstruo se acerca despacio por todos sus puntos ciegos. Junto a él, en tiempos, lugares y momentos diferentes, el monstruo se va acercando a todos los que leen sobre él. Por encima, por detrás y por debajo, siempre hay un lugar al que no se mira. La realidad se va descomponiendo, se deshilacha, y si fuéramos capaces de girarnos a tiempo veríamos como detrás de nosotros sólo hay un abismo negro dónde todo lo que conocemos se separa de sus colores y se enreda en un hilo que es devorado por unas fauces informes, indescriptibles por una combinación de 26 letras. Tras escribir esta línea, el escritor se da la vuelta, para mirar detrás de sí, pero el metáfago conoce el tiempo y sabe situarse siempre detrás de nosotros. Los lectores también comprueban su alrededor, despreocupados, con la certeza de que todo esto sólo es ficción. Pero el metáfago ha sido recordado, y avanza tranquilo, desconociendo cuando podrá volver a aparecer, procura saborear el momento, descomponiendo hilo por hilo el mundo del que escribe y de los que leen.

 

Siendo el primero, tras cientos de miles de años, que lo ha recordado, el escritor será el primero en caer, pero el monstruo le da tiempo a terminar su relato, pues con placer sabe que será su puerta a otras mentes. Es probable que mientras leas esto la realidad de Jordi de Paco ya haya desaparecido, tu podrás encontrarlo y hablar con él, pero su mundo ya no existe, ahora sólo lo tienes tú, hasta que el monstruo devore tu mente y tu mundo.

 

Jordi sabe que está cerca del punto final, y busca maneras de alagar el relato, pero siente la presencia del metáfago acelerando su paso, arrancándole poco a poco sus ideas, para dejarle la creatividad justa para cerrar este párrafo.

Fotografía de LuxZP

Anuncios

De comer pollas

Durante cinco minutos, fuimos uno. Un único ente dando forma a algo estridente, sucio, pero melódico. El sudor caía por mi frente descubierta, mi pelo recogido en una coleta. De vez en cuando intercambiaba alguna mirada de complicidad y sonreía. Ese garaje sucio nos permitía estar en comunión, nos hacía magníficos por unos instantes. Pero la canción terminaba, y volvíamos a ser los gilipollas de siempre.

Llevaba muchos años con mi grupo de música, nos habíamos visto en las situaciones más lamentables, habíamos pasado por nuestras terapias de grupo y nos habíamos visto otoño tras otoño con cada vez menos pelo en nuestras melenas heavys. Pero eso también nos había hecho grandes amigos y, qué coño, casi familia.

 

Agotados de la sesión de decibelios salimos a la calle a fumarnos un porro. Se estaba haciendo de noche y empezaba a refrescar. Jorge terminó de liarse el canuto y lo encendió con una larga y profunda calada. Tras la nube de humo que soltó vino una pregunta que siempre crea debate.

– Vosotros, ¿Por cuanto dinero os comeríais una polla?

– ¿Qué pasa Jorge? ¿Te ha salido una oferta de trabajo? – remató Jose con una rapidez pasmosa. Tras las risas, Jorge continuó.

– Es una pregunta seria. Por cuanta pasta. ¿Por 80.000€?

– Hombre… por 80.000, se puede hacer un esfuerzo, pasas un mal rato, pero yo creo que los billetazos te hacen olvidar fácilmente. – contesté.

– ¿Y por 50.000€? – apretó Jorge.

– Pues, supongo que también. Es una pasta. Más de dos años de curro fácilmente. – continué.

-¿Y por 30.000€?

– Hombre, pues supongo que s… Espera, tío. Qué es esto. ¿Una subasta? – Todos ríen.

– Viendo lo fácil que baja la cifra, vuelvo a hacer la pregunta: ¿Por cuanta pasta os comeríais una polla? – Jorge le dio una última calada al porro y se lo pasó a Carlos, nuestro batería. Carlos profirió una profunda calada y luego la hizo bajar con cerveza.

– Yo la chuparía por 100 € – Espetó Carlos.

– ¡La hostia! ¡Tenemos una puta en el grupo y no lo sabíamos! – Exclamé.

– ¡Si nos lo hubieras dicho antes nos hubiéramos pillado los amplis nuevos! – Rió Jorge.

Cuando Carlos se pudo abrir paso entre las bromas, continuó.

– A ver, pensadlo fríamente. La dignidad es un invento, como la navidad. No la necesitamos, pero nos da una excusa para hacer cosas estúpidas. Si lo miramos desde una perspectiva puramente física, chupar una polla no te cambia a nivel molecular. Pero sí te haría 100 € más rico.

– Dios, tío. Estás enfermo. Tragarse el orgullo es una cosa, pero ¿te tragarías una corrida? – pregunté.

– Uff… Eso ya no lo sé, eso sí que te cambia a nivel molecular ¿No? – Ríe Carlos.

– Sí, te llena de proteínas. A nivel molecular sales ganando también. 100€ con vitaminas. – Le suelta Jorge. Todos reímos y Jose golpea a Jorge en el hombro mientras se descojona.

– Bueno, tú también mójate, Jorge. ¿Por cuanto? – Le pregunté.

– Hombre, pues depende de lo guapo que sea el tío. – Contesta. Todos reímos.

– No, lo digo en serio. A lo mejor por 4.000€ le chuparía la polla a un tío corriente, pero no a un viejo enrojecido.

– ¡PUAJ! – Nuestras caras se convierten en muecas horribles, incluso alguno reprime una arcada.

– ¿Y por 3.000€, le comerías la polla a…por ejemplo, Brad Pitt? – Le pregunté.

– ¡Ni de coña! Imagínate la de peliculones que me perderé por el trauma. – Reaccionó Jorge.

– ¿Y por 500.000€? – Insistí.

– Hombre… tampoco me gusta tanto el cine. – Todo reímos.

Carlos me pasa el porro y le doy alegremente unas caladas, la conversación lo merece.

– Bueno, y ¿a qué viene esa pregunta? – dice Carlos.

– No sé, por hablar de algo. Por ejemplo, ¿Por cuanto os comeríais una mierda? – continúa Jorge.

– Hombre, depende de quien sea la… – Corto la frase de Jose de un puñetazo en el hombro y le paso el porro.

– Vamos para adentro, que esto está degenerando.

 

Y como si nada, volvemos a darle a las guitarras. Porque el problema no es por cuanto nos comeríamos una polla, si no quién estaría dispuesto a pagar para que unos tíos tan feos como nosotros lo hiciéramos, esos sí que están enfermos. Puto Brad Pitt.


El profesor Sekoh

Han surgido muchos imitadores de mis artes, la mayoría de dudosa fiabilidad, y eso me ha convertido en un charlatán más, pero mientras pueda seguir ayudando a la gente que confía en mí no me importa cómo gire el mundo.

Durante la década de los 80, yo trabajaba como profesor voluntario en una escuela hospital del norte de Uganda. Saber leer, escribir y contar ya te convertían en un digno profesor en mi país, pero yo destacaba por la amplia cultura que atesoraba, herencia de mi familia que por décadas habían sido líderes espirituales de mi región. El chamanismo es devaluado año tras año y va cargando consigo la etiqueta de fraude a cada día que pasa, pero el problema no son las artes espirituales, el problema es la gente que pretende a través de la magia lograr lo que no tienen valor de alcanzar ellos mismos.

Pocos logran alcanzar la lucidez mágica por sus propios medios, la magia siempre te elige a ti, y no al revés. Yo no fui ninguna excepción. Durante mi época de profesor trabé amistad con una joven doctora de una ONG que cooperaba con nuestra escuela. Para una campaña de solidarización me invitaron a visitar España y conocer al equipo que nos estaba ayudando, y de paso echarles una mano con la campaña contando mi testimonio. Sin embargo, ese viaje no estaba destinado a concluirse.

En mitad de la travesía en barco hacia la costa andaluza una fuerte tormenta nos sorprendió y la tripulación del barco no supo hacerle frente. El barco se hundió. Recuerdo poco más que relámpagos de los últimos momentos del accidente.

No sabría definir la forma de lo que me tocó aquel día, pero puso su cálida esencia dentro de mi corazón. En un infinito azul la magia me eligió para darle voz y propósito, y una llama blanca se encendió en el cielo de mi mente. Desperté un mes más tarde en una playa de Portugal.

Pero al abrir los ojos el tiempo ya no importaba, el destino podía transcurrir tan despacio o tan deprisa como yo deseara. Podía leer los hilos con los que los espíritus tejían la realidad.

Durante un año caminé por la península, dialogando con las fuerzas de la tierra, y en nuestra conversación ellas me arropaban y me proporcionaban alimento. Tras una conversación que duró 380 días se me revelaron los secretos del mundo y la creación no era más para mí que un hermoso lienzo sobre el que dibujar.

Mi viaje terminó en Barcelona, cuando junto a las vías del tren vi a una mujer caminando desorientada. En torno a ella pude leer a los espíritus de la vergüenza y la soledad, supe leer también la intención de poner fin a su vida. Me acerqué a ella y charlamos amistosamente hasta el amanecer. Aprendí su historia de desamor y aprendí en mí que tenía el poder de darle solución. Cuando nos despedimos supe que ella regresaría al hogar y disfrutaría de su amor, y que quien la amase le daría una vida plena de gozo.

Empecé a mezclarme con la gente de la ciudad, a interesarme por sus historias y a tejer finales felices. Me descubrí capaz de garantizarlo TODO. Conseguir el éxito profesional, librar de la dependencia de las drogas, recuperar a personas amadas, ahuyentar la enfermedad, destruir la depresión… no había límites, en un mundo sin secretos, los espíritus me habían concedido el poder de negar y de otorgar, en todos los aspectos.

Al finalizar el milenio, mi sed de ayudar nunca quedaba saciada, y decidí publicitar mis habilidades para alcanzar a todo aquel que sufriera de mal destino:

Sin embargo, este movimiento originó la aparición de innumerables imitadores buscando lucrarse con los bolsillos de los crédulos. Confiar en la magia es una decisión muy difícil y suele venir de la mano de la desesperación. Así que no fue complicado para la gente empezar a despreciar lo que ofrecía, haciéndome un partícipe más de la gran estafa emocional. Así descubrí de forma amarga que había un secreto que no podía desentrañar, y era el mío propio. Incapaz de controlar mi sino, y viendo que lo había entregado de forma insensata a gente que no lo necesitaba, decidí volver a hacer las cosas por mí mismo, con la ayuda de mis manos y mis palabras, y no la de las fuerzas místicas que ayudan a los perezosos y carentes de voluntad, en lugar de a los necesitados.

Así que guardando con sumo recelo los secretos del mundo, regresé a Uganda y decidí utilizarlos para los que su día a día es una lucha a muerte, que mueren de hambre, y no de amor o de avaricia como los del primer mundo.

————

Esta es mi primera colaboración con el proyecto mensual de Adictos a la Escritura. Esta vez se trataba de elegir un fragmento de texto y desarrollar un relato basado en él. Yo he elegido un panfleto de un chamán africano que siempre me ha llamado la atención, y esto es lo que ha surgido. Espero que os haya gustado 🙂


En lo que dura un cigarro

Cojo un papel, compruebo por donde está el extremo que pega y coloco un filtro fino al final. Abro la bolsita de Pall Mall Roll New Orleans y desmenuzo un trozo del tabaco picado para colocarlo metódicamente, bien extendido, en el centro curvado del papel. Mi ceremonia del té, mi rito contemplativo contraproducente, pero tan inspirador. Mi musa en forma de un pequeño pedacito de muerte. Los restos de la comida reposan sobre la mesa, y el café baña a intervalos el paladar que va secando el humo.

En lo que dura un cigarro, el mundo dejará de ser mundo. Por la ventana contemplo el cielo en llamas, las nubes ya no lo son, tan sólo humo. Pedazos de mundo caen ardiendo a través del horizonte, sólo es cuestión de tiempo que uno de los trozos del cometa que llevaba millones de años camino a la Tierra destruya mi casa.

Contemplo en silencio como la gente corre, llora y se abraza en las calles del último día de esta pequeña mota de polvo del universo. Ya no importan las hipotecas, los estudios, no existe la responsabilidad, los impuestos, el seguro del coche, el periódico, las ofertas del supermercado, internet, el Facebook, Dios o Youtube. No hay marcas, el dinero es sólo papel y metal. En lo que dura un cigarro todo deja de importar, ya no existe el odio, sólo quedan las cosas a las que amas, que inundan tu mente en los últimos cinco minutos que le quedan a esta ilusión de existencia.

El espejo se rompe y los cristales del mundo se esparcen en el vacío, a millones de años luz de un lugar en el que nadie sabe que existimos.

Apago la colilla contra la mesa, y todo se vuelve cenizas.

Exhalo el humo del último cigarro y el mundo se evapora.


Doctor Trauma

“Londres, 19 de Enero de 1889. Paciente: Sargento Ian Lambert. Expediente 568”

El doctor en psiquiatría Alfred W. Cunningham anotó cuidadosamente los datos de la sesión que estaba a punto de dar comienzo en su despacho en la central de policía de la ciudad de Westminster.

– Hábleme de su último caso, señor Lambert. – El doctor se ajustó sus anteojos y examinó por encima de su libreta al sargento de policía que yacía tumbado en el diván de la consulta.

– No sé por dónde empezar… esto se está volviendo demasiado macabro. No sé si tengo suficiente estómago ni agallas para seguir con la investigación. – Lambert sudaba copiosamente con los ojos cerrados mientras procuraba mantener la compostura. – La víctima de anoche fue la hija del oficial Smith. Descuartizada y servida en platos para seis comensales sobre la mesa del salón. La madre estaba en casa como se recomendó, pero el asesino la sedó y la sentó a la mesa para que despertara frente al festín. Ahora está muda. Creemos que la niña fue descuartizada en la bañera, pero es difícil de decir ya que el asesino siempre limpia las escenas a conciencia… qué diablos, incluso diría que las decora.

De fondo, la pluma del doctor Cunningham dibujaba un cuadro sobre el estado mental del sargento, en pos de recomendar si debería abandonar la investigación o incluso el cuerpo, buscando proteger su integridad emocional.

– ¿Se sabe algo del asesino? ¿Cree que pueden estar cerca de cogerle? ¿Cree tener lo necesario para aguantar hasta ese momento? – Las preguntas del psiquiatra eran afiladas, si una pregunta agresiva bastaba para desestabilizarlo debería requerir su suspensión temporal.

– Conforme avanzan los asesinatos estrechamos un poco más el círculo. Pero es frustrante tener que esperar a la siguiente víctima para poder saber si será la última. Por el momento sólo sabemos que es alguien que tiene algo pendiente con la policía, ya que sólo ataca a familiares de miembros del cuerpo. Este mes han renunciado a su placa cuatro oficiales más y usted a invalidado a dos más. Este psicópata está asesinando a la policía de Westminster en sí, y a este paso lo conseguirá.

Cunnigham examinó el rostro del sargento, cada vez más pálido. Las manos temblorosas jugaban a enredar sus pulgares. Sería mejor que aflojara el ritmo o provocaría la cuarta crisis nerviosa en su despacho este trimestre.

– Relájese. Intente visualizar el final de todo esto y la satisfacción de su resolución. Al fin y al cabo, si la policía desiste ¿Quién nos queda? ¿Sherlock Holmes? – El doctor rió amistosamente, comprobando como el sonido apaciguaba al policía. – Déjeme servirle una copa.

Con una copa en la mano y tras esbozar una sonrisa el sargento Lambert recuperó algo de color.

– Tiene razón doctor. No puedo escaquearme del deber por una mera falta de estómago, agallas o determinación. Esto no va de si puedo hacerlo o no, simplemente debe hacerse. Al fin y al cabo, quizá con la última pista estemos más cerca de él que nunca. Por el método en el que la niña de Smith fue descuartizada sabemos que el asesino es zurdo… además, tengo la teoría de que sólo alguien del cuerpo podría conocer los detalles suficientes como para poder cometer los crímenes impunemente, o si no, demasiada suerte está teniendo. – Lambert terminó el último trago de la copa – Llámelo una corazonada, pero creo que si hago acopio de fuerzas, en una semana podré desenmascarar a ese cabrón.

– Esperemos que tenga razón, por el bien de todos. Estoy aquí tratando las pesadillas que este hombre está causando en todos nosotros, y le he de confesar que incluso a mí me cuesta rescatar la suficiente entereza para no mudarme con mi mujer a otra ciudad.

El sargento Ian Lambert se levantó enérgicamente y se cuadró ante el doctor Cunningham. – Déjeme ofrecerle la cabeza de ese bastardo, doctor. Muchas gracias por todo, si me permite, saldré a poner fin a todo esto.

El doctor Cunningham sonrió plácidamente y despidió al sargento. Tras esto, agarró el informe y pidió una suspensión permanente del servicio para Ian Lambert, con una prescripción para un retiro terapéutico a los campos de North Yorkshire. Al fin y al cabo, el doctor era zurdo y esa noche iba a matar a su hija.

Ilustración de donjapy2011


Crisis de una existencia regular

El teniente Wings acunó en su mente las palabras de Armstrong, “un pequeño paso para mí…”, pero se las reservó para sí mismo. Embutido en su traje espacial descendió con un pequeño salto al suelo de Marte.

– Iniciando maniobras de despliegue –

El resto de su equipo lo siguió al exterior asegurando la nave en su posición. Se trataba del primer viaje tripulado a Marte. Corría el año 2075 y los avances tecnológicos habían reducido el tamaño de los trajes espaciales a pequeñas y flexibles armaduras y tan sólo se tardaban tres años y cinco meses en llegar desde la Tierra hasta el planeta rojo.

Apenas iniciaron su expedición, parándose a tomar muestras del terreno y análisis químicos de las placas heladas de la superficie, se toparon con algo que rompió completamente sus esquemas: una casa de campo de madera en mitad de una explanada.

– Steve, ¿Qué cojones es eso? – después de 3 años y medio viajando las formalidades militares se habían quedado a un lado.

– No lo sé. Parece una cabaña muy grande. – Contestó el teniente Steve Wings.

– ¿Cómo procedemos? – preguntó un miembro del equipo algo atemorizado.

– ¿Llamamos a la puerta?

Wings dirigió a su equipo con cautela a la entrada de la vivienda. No iban provistos de armas ya que no parecían adecuadas para la misión, dada la naturaleza deshabitada de Marte.

Haciendo acopio de valor, Steve golpeó sus nudillos contra la puerta de madera. No hubo respuesta. Probó a abrirla y con sólo empujarla la puerta cedió hacia dentro. Tras ella había un túnel compuesto de una membrana plástica ligeramente empañada. Al otro extremo se veía una puerta metálica con una palanca al lado con el extremo pintado de color rojo. Wings avanzó con cautela y tras examinar el entorno tiró de la palanca.

La compuerta subió automáticamente y les permitió la entrada a un vestíbulo lleno de extractores. Una vez dentro la compuerta bajó y se cerró herméticamente. Tras unos momentos de intensos ruidos mecánicos la zona se estabilizó y la siguiente puerta se abrió. Los sensores del equipo indicaban que la temperatura y el aire eran aptos para la vida humana. Por si acaso, Wings les ordenó permanecer con la respiración artificial.

El lugar era completamente desconcertante. A la vista parecía el salón de una vivienda de principios de siglo, pero la imposibilidad de tal hecho la hacía más extraña que cualquier planeta inexplorado. Por la envergadura de la estructura desde el exterior sugería que había muchas más habitaciones más allá de este salón. La iluminación era inexistente. Con las linternas pudieron alumbrar algunos candiles y una chimenea.

– Hemos venido a investigar, así que no dejéis una esquina sin estudiar. – Ordenó el teniente.

Su atención, sin embargo, estaba cautivada por un cuaderno que descansaba sobre la mesa del salón. Mientras su equipo se desplegaba, él caminó concentrado hasta la bitácora y no con poco nerviosismo estudió su portada: Libretas Oxford.

 

Un cuaderno de anillas con hojas cuadriculadas. Abrió la libreta por la primera página y tras leer las primeras palabras quedo atrapado en la lectura, incapaz de moverse hasta terminar el relato.

 

“Crisis de una existencia regular. Por Manolo.

 

Me llamo Manuel Portillo de la Fuente. A mis cuarenta y cinco años de edad entré en lo que comúnmente se conoce como una crisis existencial. Divorciado y con un trabajo en la construcción que para nada me llenaba y ni mucho menos me beneficiaba física o espiritualmente llegué a hacerme a una pregunta. ¿En ese mismo momento, de contar mi historia, alguien querría escucharla? Una vida vacía de baches o propósitos, sumida en el sucio bienestar del tener todo cubierto y proyectado. Una vida más, de la que nadie jamás sacaría inspiración o gusto en conocerla, ni siquiera yo mismo. Así que decidí mandar todo a la mierda y dedicar todo mi esfuerzo en lograr algo memorable y una existencia tan plena como la que ningún rey o artista haya podido experimentar jamás.

Dejé el trabajo, vendí la casa junto a la mayoría de mis bienes y con lo que junté empecé a viajar en una auto caravana. Al principio todo era nuevo y emocionante, cada lugar que visitaba, cada persona que conocía. Hay mucha más gente errando por el mundo de la que nos podemos imaginar. Empecé a recibir miles de historias y a crear las mías propias, con el tiempo la gente me escuchaba con más interés del que había suscitado desde que tengo uso de razón. Descubrí que hay muchísimos motivos para dejarlo todo y cada vez menos para intentar tenerlo todo.

Pero como todas las cosas nuevas, la vida itinerante empezó a volverse vieja. Las historias empezaban a repetirse y mi nuevo yo pedía cada vez más. Quería hacer algo loco. Paracaidismo, puenting, nadar en mitad del océano. La adrenalina era algo cada vez más adictivo. Por Europa comí cosas que ni sabía que existían, ¡aprendí a comunicarme en dos idiomas más! Hice el amor con chicas que existían hasta aquel entonces tan sólo en mi imaginación. Pero como pasó con los viajes, lo emocionante de cada experiencia iba diluyéndose conforme las repetía. Fue así que llegué a una conclusión: no sólo quería vivir al máximo, quería ser recordado. Quería imprimir mi huella, que la gente fuera testigo de lo que era realmente vivir, y que contemplaran mi aventura salvaje desde sus cómodas prisiones. Así que di comienzo a un diario detallado de todas mis vivencias para en algún futuro indeterminado publicarlo. Pero los años seguían pasando, y las vivencias aumentaban, así que nunca veía el momento del punto y final; ya que ese final era el de mi propia vida. Y es ahora, escribiendo este preludio a mi diario, que creo que finalmente puedo saborear los últimos momentos de mi existencia. He de añadir que no estoy cansado, no deseo el sueño eterno, si por mí fuera pediría una vida más y una docena más después de esa. Pero en los viajes aprendes que ni lo bueno ni lo malo dura para siempre, y éste es sólo un final más, pero creo que es el mejor final de la historia de los finales. Reto a quien quiera que lo lea que intente superarlo. Ya que si estáis leyendo esto es porque lo habéis encontrado. Alucinante ¿verdad? En estos veinte años de travesía espacial – Gracias al proyecto de mi gran amigo y compañero del alma el Doctor Sasha Sokorovich – he estado ordenando, editando y clasificando mis más de doscientos diarios y creo que he sintetizado la experiencia vital más intensa que puede existir. Esta será la primera página de la novela, pero la última que escribo, a modo de conclusión. Seas quien seas, y vengas del mundo que provengas, por favor, devuelve mi historia al ser humano y pídeles que no se arrepientan de ninguna de sus locuras, porque es por ellas que se recodarán a sí mismos cuando llegue el momento de escribir su propio epílogo.”

 

El teniente Steve Wings levantó la vista y compuso un gesto amargo y desconcertado.

– Me cago en la puta. Los rusos se nos han vuelto a adelantar. –


La carta de Gotopotoqui

Se han hecho muchos sacrificios en el nombre de la ciencia a lo largo de la historia. Muchas de las salvajadas y torturas de siglos anteriores nos han acercado a pasos agigantados a la medicina moderna. Se ha generado mucha destrucción y se ha acumulado mucho conocimiento. ¿Cómo se conoce el efecto de una bomba atómica sin haberla probado? ¿Cómo es posible que esté documentado que el cianuro es dulce?

Seguramente me crucificaréis por los detalles del experimento que aquí relato. A estas alturas ya no sé si he perdido el norte, o si realmente esperaba algo diferente, pero tengo claro que cuando termine mi cadena perpetua y mucho más allá de mi muerte, este documento formará parte de los libros y el caso de Gotopotoqui será estudiado por los académicos de diversos ámbitos.

 

Gotopotoqui es un niño al que yo mismo di nombre. Un niño que encontré en un contenedor, abandonado por su familia y que me inspiró a llevar a cabo este experimento. En secreto lo adopté y lo recluí en el sótano de mis instalaciones de Zaragoza.

Desde su nacimiento Gotopotoqui no ha tenido contacto con ningún ser humano a parte de mí. Ahorraré las primeras etapas de cuidados y crecimiento. Cuando el niño tuvo suficiente consciencia inicié el programa que había diseñado para él. Una educación radicalmente diferente, tan diferente que ni siquiera se puede considerar opuesta a la de ninguna cultura del mundo.

Durante el primer año estuve preparando un cuidado sistema educacional de lengua, matemáticas y ciencia para él. Nada de cultura, geografía, historia y demás temas relacionados con el mundo exterior.

Y así empezó a crearse Gotopotoqui, el que bautizo como el primer alienígena social de la historia.

 

La lengua fue la parte más importante. Salvo artículos, adverbios, sintaxis, gramática y otros elementos básicos de la lengua castellana, Gotopotoqui nombraba la realidad con términos totalmente ajenos a su raíz. Los colores del arco iris eran “Manzana”, “Biberón”, “Langosta”, “Tractor”, “Garrafón”, “Jinete” y “Epidermis”. Las personas eran “Breves” y los animales “Novelistas”. Los verbos fueron completamente intercambiados, el ser por el buscar, el romper por el apuntalar, el comer por el ignorar. Un bocadillo era un “Violín”. Así que Gotopotoqui no comía bocadillos, ignoraba violines.

Las matemáticas eran exactas, como siempre, pero desordené los símbolos del cero al nueve. Así que 5 por 0 era 8. Sumar era dividir, multiplicar era restar…

La ciencia quedó tal cual, pero con el nuevo vocabulario de Gotopotoqui era tan ininteligible como el resto de sus conocimientos. A los 6 años ya hablaba y escribía fluidamente, cuando yo aún chapurreaba como un extranjero el diccionario que me había inventado para mi proyecto.

 

Entre los 7 y 8 años empezó la etapa de las preguntas. Yo considero que tarde, pero hay que examinar el caso desde la perspectiva del mito de la caverna: para Gotopotoqui el sótano era su realidad. Preguntaba qué había fuera, por qué yo entraba y salía y él permanecía siempre ahí. Creo que era por curiosidad más que por aburrimiento, ya que al haber montado su realidad allí tenía sus propios juegos imaginarios con juguetes que él mismo había improvisado con dibujos recortados. En ocasiones era escalofriante observar por las cámaras de seguridad como Gotopotoqui jugaba con dos trozos de papel gritando felizmente “¡Holgazán orientas montes de la junta amable entre ganglios como cohetes del tiramisú!”

 

Conseguí apaciguar su interés por el mundo exterior hasta que cumplió 15 años. Fue entonces cuando decidí que Gotopotoqui estaba completo y era hora de comprobar su impacto con el mundo exterior. Envié el informe detallado de mi experimento a eminentes publicaciones científicas y lo acogieron con enorme interés y con una llamada a las autoridades.

 

Ahora estoy cumpliendo una condena más larga que mi vida y un castigo peor que ese: El juez ordenó total exclusión del caso Gotopotoqui, así que no sé como continua la historia de mi único hijo. Lo último que supe de él fue la carta que me envió hace dos semanas, tras cumplir cinco años de condena, que dice así:

 

“Mermelada Sebastián,

Ondeo seis bicicletas jamón. En el ajo nací unas tremendas perezas. Perdono que busques peladillas. Cuando el gorila ignora todos los turbulentos, siempre lo vacío con vacaciones que levantan fotosíntesis. No me introduzcas con huracanes porque al entrometido a veces trituran inundaciones de cinco a doce. Patrocinan el día y remueven hachas de canciones permanentes. Sólo termino de cerezas y luego ahuyento cuando los fresnos liquidan el sueño.

Proliferando,

Gotopotoqui.

 

P.D.: Que te jodan-”