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Viñetas Fúnebres

El sheriff Bolton presionaba con fuerza la herida de su estómago para retrasar su ineludible muerte. Rescató la fuerza justa y necesaria para colocar la última bala en su revólver Single Action Army. La bala que había estado guardando desde que conoció al Coyote Gris y le arrebató todo cuanto había querido. Alzó el arma en vilo y buscó la silueta borrosa de su némesis que se alejaba hacia la puesta de sol. Saboreó la sangre y el sudor que impregnaba sus labios y en un último alarde de puntería efectuó su último disparo.

 

Las olas azotaban el acantilado de la Isla de las Almas Rotas. El capitán Cromwell acariciaba el cabello dorado de su amada mientras la resguardaba en su abrazo bajo su capa. El perfume de la mujer era suficiente para hacerle dudar entre hacer lo que deseaba y hacer lo correcto. Rechazó las dudas centrando su mirada en el océano infinito, juez y testigo de todos sus crímenes. La maldición que cargaba con él sería la condena de los siete mares si llegaba a ver la próxima luna. Clavó su mirada en Jonah Black, por incontables años su mano derecha, y le pidió que cuidara de ella. Se desató su legendario sable del cinto y lo entregó a su gran amigo, junto al título de capitán. Tras un último y cálido beso, el capitán Cromwell se arrojó al mar, para regresar al mismo lugar del que había surgido.

 

Nunca había sido considerado un alumno ejemplar. De hecho Kiriyama tenía el presentimiento de ser el samurai menos deseado de su dojo. Pero ahora, con todos sus compañeros muertos, era el único que podía hacer lo debido. El código del guerrero reza que un samurai no puede vivir bajo el mismo cielo que el asesino de su sensei, pero esto era algo muy diferente. Kiriyama caminaba con cautela entre las ruinas del antiguo templo Ryuguji, buscando al hombre al que llevaba días dando caza: Su maestro. En un arrebato de locura, su sensei había retado a todos sus alumnos a luchar a muerte, acabando con la vida, uno por uno, de todos ellos. Él era el último, el más débil. Finalmente el maestro se mostró, apareciendo de entre las sombras en posición de combate, su rostro cubierto de sangre seca y el gesto desencajado por la locura. Kiriyama notaba como su maestro saboreaba ya la victoria, conocedor de la habilidad de ambos. Las espadas silbaron en el aire y un único golpe sentenció el duelo. El maestro conocía a la perfección la técnica que había transmitido a sus alumnos, pero Kiriyama no era un estudiante muy aplicado, así que su estocada fue tan débil como impredecible, acabando de un golpe con la vida de su sensei. Tras vengar a sus compañeros, Kiriyama se arrodilló y cumpliendo con el código se rajó el vientre, con la primera luz del alba como testigo.

 

Un alma inocente, derramando aún la última lágrima por sus héroes, recorto al sheriff, al pirata y al samurai de sus últimas viñetas de muerte. Los colocó en un pequeño estuche de madera y los enterró en el jardín de atrás. Este pequeño funeral insufló más vida a los héroes del cómic de los que los autores pudieron jamás darles. Sus creadores quedarían conmovidos de conocer el evento. El hermano mayor del niño, dueño de los cómics, no.

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