Archivo mensual: octubre 2011

Viñetas Fúnebres

El sheriff Bolton presionaba con fuerza la herida de su estómago para retrasar su ineludible muerte. Rescató la fuerza justa y necesaria para colocar la última bala en su revólver Single Action Army. La bala que había estado guardando desde que conoció al Coyote Gris y le arrebató todo cuanto había querido. Alzó el arma en vilo y buscó la silueta borrosa de su némesis que se alejaba hacia la puesta de sol. Saboreó la sangre y el sudor que impregnaba sus labios y en un último alarde de puntería efectuó su último disparo.

 

Las olas azotaban el acantilado de la Isla de las Almas Rotas. El capitán Cromwell acariciaba el cabello dorado de su amada mientras la resguardaba en su abrazo bajo su capa. El perfume de la mujer era suficiente para hacerle dudar entre hacer lo que deseaba y hacer lo correcto. Rechazó las dudas centrando su mirada en el océano infinito, juez y testigo de todos sus crímenes. La maldición que cargaba con él sería la condena de los siete mares si llegaba a ver la próxima luna. Clavó su mirada en Jonah Black, por incontables años su mano derecha, y le pidió que cuidara de ella. Se desató su legendario sable del cinto y lo entregó a su gran amigo, junto al título de capitán. Tras un último y cálido beso, el capitán Cromwell se arrojó al mar, para regresar al mismo lugar del que había surgido.

 

Nunca había sido considerado un alumno ejemplar. De hecho Kiriyama tenía el presentimiento de ser el samurai menos deseado de su dojo. Pero ahora, con todos sus compañeros muertos, era el único que podía hacer lo debido. El código del guerrero reza que un samurai no puede vivir bajo el mismo cielo que el asesino de su sensei, pero esto era algo muy diferente. Kiriyama caminaba con cautela entre las ruinas del antiguo templo Ryuguji, buscando al hombre al que llevaba días dando caza: Su maestro. En un arrebato de locura, su sensei había retado a todos sus alumnos a luchar a muerte, acabando con la vida, uno por uno, de todos ellos. Él era el último, el más débil. Finalmente el maestro se mostró, apareciendo de entre las sombras en posición de combate, su rostro cubierto de sangre seca y el gesto desencajado por la locura. Kiriyama notaba como su maestro saboreaba ya la victoria, conocedor de la habilidad de ambos. Las espadas silbaron en el aire y un único golpe sentenció el duelo. El maestro conocía a la perfección la técnica que había transmitido a sus alumnos, pero Kiriyama no era un estudiante muy aplicado, así que su estocada fue tan débil como impredecible, acabando de un golpe con la vida de su sensei. Tras vengar a sus compañeros, Kiriyama se arrodilló y cumpliendo con el código se rajó el vientre, con la primera luz del alba como testigo.

 

Un alma inocente, derramando aún la última lágrima por sus héroes, recorto al sheriff, al pirata y al samurai de sus últimas viñetas de muerte. Los colocó en un pequeño estuche de madera y los enterró en el jardín de atrás. Este pequeño funeral insufló más vida a los héroes del cómic de los que los autores pudieron jamás darles. Sus creadores quedarían conmovidos de conocer el evento. El hermano mayor del niño, dueño de los cómics, no.


Anoche soñé con una vida entera

Anoche soñé con una vida entera. Desde los primeros vagos recuerdos de la infancia, la calidez de la familia, el dulzor de las nuevas experiencias y el placer de la diversión; hasta la reconciliación con los errores, el peso de lo vivido, la contemplación de tu legado y la marcha de tus seres más queridos; pasando por los amores, las amistades, los desengaños y la traición, el éxito personal y la realización como individuo. Presentación, nudo y desenlace de una existencia en su totalidad.

Al despertar me sentí en un cuerpo extraño, fuera de contexto, plagado de recuerdos con sabores falsos y obligaciones que jamás había deseado. Sin más opción que asimilar de nuevo la realidad y aprender a aceptar una identidad en la que todo está por hacer. Sumergido en un eterno déjà vu propio del prisionero de una edad que ya no es la suya.

Así que inmerso en una segunda oportunidad que jamás hubiera esperado, retomo el día a día con la extraña sensación de que en cualquier momento podría despertar para descubrir que no soy más que el sueño de alguien que no conozco.

 

ilustración de zilla774


Cómo morir sin sed y con la cabeza aplastada

– Háblenos de la muerte de su marido.

El detective de policía acariciaba la barba de su perilla mientras repasaba las fotos del cadáver del señor Austin, desplomado en mitad de un sendero de montaña. Tras unos instantes sin respuesta levantó la vista hacia la mujer de 28 años que se sentaba frente a él, en la sala de interrogatorios de la central. La mujer contemplaba ausente el vaso de agua que le habían servido, solitario en el centro de una gran mesa grisácea.

– Señora Austin, si lo desea…

– Supongo que fue la gota que colmó el vaso. – Interrumpió la mujer. – Todo empezó así: con un vaso de agua.

– No la sigo. ¿Podría indicarnos exactamente cómo falleció su esposo?

– Si me permite contar mi historia dispondrá de todos los detalles, agente. – Espetó algo molesta la señora Austin, sin apartar su mirada del vaso de agua.

La mujer respiró pausadamente y retomó su relato.

“Mi marido y yo solemos -Solíamos- practicar senderismo un par de ocasiones al mes, en especial en los meses de verano. Creo que ha sido de las pocas cosas que he disfrutado de mi matrimonio. Ya saben, la clásica historia del príncipe azul transformado en sapo tras el matrimonio. Se volvió cada vez más duro, frío y autoritario, como si el ‘sí quiero’ fuera una fórmula mágica para limpiar el disfraz prematrimonial de los hombres.

Sé lo que pensarán. Apenas llevaba casada poco más de dos años con mi marido. Pero desde que nos casamos parece ser que ‘anularme’ pasó a ser su meta principal. Me obligó a abandonar la carrera de medicina a falta de dos años de su conclusión, con el pretexto de que no necesitaba el sueldo de su mujer para salir adelante. Y esa tónica se extendía a cualquier aspecto de mi nueva existencia. La gota que colmó el vaso fue la primera y la última vez que me pegó, hará cosa de dos semanas.

Entonces me decidí. La noche de ayer invité a unos amigos a cenar. Preparé una fondue de queso, galletitas saladas y frutos secos para acompañar, seguido de unos canapés de huevo y anchoa. Y para rematar la velada mientras fumamos algo de marihuana, 1kg de pipas en una gran fuente, para picotear mientras charlábamos. Sólo desde la cena hasta la hora de dormir lo vi beber un litro y medio de agua.

Por la noche, una vez dormido, encendí el aire acondicionado y cerré las ventanas. A él le sienta horrible ese aparato por las noches, le reseca la garganta y le provoca una tos horrible. Así que me aseguré de dejarle a mano una botellita de agua. Antes de despertar había ingerido un litro más de agua.

Preparándonos de buena mañana para salir de casa – antes de dirigirnos a una ruta especialmente difícil que yo le provoqué a tomar días antes – le serví un delicioso batido de frutas de 1 litro que le insté a tomar en pos de su salud. Aunque también antes de partir desayunamos un sobre entero de bacon con el que se me fue una pizca la mano con la sal. Pese a sus quejas se los comió todos regándolo con abundante café. Así que antes de coger el coche conté casi 2 litros más.”

– Señora Austin, cuando le pedí que fuera precisa no me refería a esto. ¿Cómo acabó su marido en medio de la montaña con la cabeza aplastada?

– Se lo estoy explicando, detective. Haga acopio de profesionalidad y escuche mi testimonio.

La mujer sostuvo estoicamente la mirada del policía hasta que éste, rindiéndose con un ademán de mano, le indicó que prosiguiera.

“En el coche, de camino al refugio de montaña, conté un cuarto de litro más. Cuando alcanzamos el inicio de la ruta ya daban las diez de la mañana. Hoy el clima, por lo visto cómplice de mis planes ha sido especialmente caluroso, así que lo tomé como una señal de que debía llegar hasta el final. Esta fue la parte más difícil, moralmente me refiero. La ruta se estaba poniendo realmente complicada, repleta de pequeños barrancos y empinadas cuestas de arenisca. Me había cargado con cuatro botellas de dos litros en la mochila, para asegurarme de que mis planes surtían efecto.

Para cuando llevábamos recorridas tres cuartas partes del camino yo había terminado con prácticamente dos botellas de las que llevaba, estaba siendo un auténtico reto. Pero él… él había terminado con las otras dos. Eso suman cuatro litros a la ecuación. No las tenía todas conmigo, pero confiaba en que el empujoncito de la noche anterior hiciera el resto del trabajo. Por si acaso, de todos modos, le cedí lo que sobraba de mi segunda botella. Un cuarto de litro más.”

– Déjese de rodeos, señora Austin. ¿Qué me está usted dando a entender? ¿Que intentó usted asesinar a su marido a base de ganas de mear? ¿Lo atacó mientras descargaba tanta agua?

– No sea estúpido. Escuche atentamente lo que le voy a contar ahora.

“En condiciones normales, una persona sana en la que la hipófisis, los riñones y el corazón funcionan sin problemas puede beber hasta 7,5 litros de agua al día, a razón de 1,5 litros por hora. Si se superan esos valores, se produce una excesiva dilución del sodio en la sangre, fenómeno conocido como hiponatremia, y se deja de producir la hormona anti diurética. En casos extremos, con niveles de sodio inferiores a 100 mmol/l, se pueden producir edemas cerebrales, comas, o incluso morir, ya que el cerebro es el órgano que más se ve afectado. A este fenómeno se le conoce como hiperhidratación o, lo que usted está pensando, señor detective: intoxicación por agua. Ahora tan sólo haga cálculos.”

La mujer dejó escapar un largo suspiro de alivio, cogió el vaso que había frente a ella y se lo bebió de un trago. El detective, completamente descolocado, consiguió responder tras un leve balbuceo.

– Esto es fascinante señora Austin. Parece que aprovechó usted sus años en la facultad de medicina. Pero… cómo decirlo. Su marido murió con la cabeza aplastada.

– La hiperhidratación surtió efecto, y mi marido se desplomó ante mis ojos, víctima de los primeros síntomas…

– ¿Le pudo la compasión? – Intentó completar el detective. – Tenía el crimen perfecto delante de usted, iba a salir por la puerta grande. Aún lo amaba… y decidió terminar con su sufrimiento. ¿Me equivoco?

La señora Austin esbozó una sonrisa.

– Se equivoca de cabo a rabo detective.

– Entonces… ¿Por qué? ¿Por qué tirar por la borda un plan tan bien urdido?

– Cuando lo tuve allí, a merced de la muerte desmadejado ante mis pies, me di cuenta de que no lo quería muerto. No quería simplemente hacerlo desaparecer de mi vida. Era algo más, algo más primitivo y salvaje. Me di cuenta de que no deseaba que muriera, deseaba MATARLO. Así que cogí la roca más contundente que pude encontrar, y le reventé el cráneo.


Dios salve todas las cosas impuras

He descubierto un secreto que el mundo aún no conoce. Sin embargo estoy seguro de que muchos individuos, al igual que yo, se han topado con este irónico muro. Hay un error en la cultura, y es asociar la perfección con el éxito. La perfección está sobre valorada. Pondría la mano en el fuego a que incontables triunfos han tenido que dar un paso atrás en su búsqueda para encontrar su resultado ideal. Un paso atrás que no implicaba rectificación, una simple y sencilla de-valuación que les terminó acercando al éxito.

Soy un artesano, un hombre que le da forma a la música y la cede a hábiles artistas que inundan vuestra percepción de cálidas melodías, o terribles jaquecas. No siempre se acierta. Mi desengaño vino de la mano de Victoria, el nombre de la guitarra que más tiempo me ha robado y menos me ha devuelto. Prácticamente desde que el viejo Richardson -Un antiguo luthier secuestrado por su amor al Rock&Roll- me instruyera en el noble arte de dar a luz a guitarras he estado persiguiendo el sonido perfecto, ideal, libre de toda impureza. De eso hace ya veintiséis cortos años e innumerables Victorias sacrificadas en pos de la perfección.

Pero al fin lo he conseguido.

Un éxito imposible de plasmar con una mera combinación de letras. Un sonido tan puro que esquiva toda metáfora y se alza de forma primigenia a través del único modo de comprenderlo: el alma. Finalmente, he dado a luz a Victoria. Mi Victoria. Y a nadie le gusta.

Cuando se idearon los primeros productos lavavajillas, destinados a triunfar como única sustancia empleada en la limpieza de vasos, platos y cubiertos; fueron un rotundo fracaso. Los primeros lavavajillas no producían espuma y la gente, dándole la impresión de que no funcionaba como era debido, lo desechó. Fue a posteriori que se añadió la espuma de forma artificial a la fórmula -las burbujas que garantizaban que tu limpieza estaba surtiendo efecto- y finalmente pudo comercializarse.

Cuando pasaron los buenos viejos tiempos y empezó a ponerse de moda la salud, el rock iba cavando su tumba y los paquetes de cigarrillos intentaban disimular sus nuevas y llamativas advertencias de muerte con nuevos eslóganes; se lanzaron los depuradores de agua unifamiliares para el hogar. Aparatos que te garantizaban un agua tan pura como químicamente pudiera ser, simple, llano y directo H2O para tu cuerpo. Pues resultó que sin toda la mierda de la ciudad -toda la cal y el cloro que nunca había matado a nadie y ahora sí- el agua sabía a veneno.

Tómate un gramo puro de coca y te morirás.

Así que Victoria, de tan pura, de tan perfecta, era simple basura. No había soul, blues, rock o el ingrediente que cualquier músico quisiera añadir a su ensalada. No había ningún Hendrix, Morrison o Clapton en ella. Así que lo repito. La perfección está sobre valorada.

Esa misma semana, tras media botella de bourbon, lancé mi Victoria contra la pared, después contra el asfalto desde mi ventana y, finalmente, contra el fondo de un contenedor de basuras.

Un mes más tarde, expulsado de mi meta como artesano y hundido en la mera supervivencia del día a día de los que vivimos sin sueños, acompañé a unos amigos a un club de mala muerte a escuchar a un chico nuevo que los rumores proyectaban como una leyenda. No me quedaba amor para ninguna música o guitarrista, junto a todos los viejos como yo, había dado sepultura mi era del rock.

Fue esa noche, con mis ojos hundidos en el fondo de mi trago, cuando la risa ronca de una vieja amiga despechada se burló de mí desde el escenario. Un llanto que desgarraba la sala por todas las Victorias sacrificadas. Y es que resulta que un pobre chico de la calle que no podía permitirse ni una armónica decente había rescatado una malherida guitarra del depósito, la había mimado, había curado sus heridas y ahora cantaban juntos por su desgracia. Jamás había escuchado tanta belleza nacer de algo tan impuro como mi enésimo fracaso. Ahí estaba, riéndose de mí. La voz más perfecta que ninguna guitarra podría jamás alcanzar, quebrada por su padre y salvada por un amigo, gritando ronca en medio de un escenario y seduciendo a cualquiera que antes pudiera haberla odiado.

Reí satisfecho.

Bendita imperfección, Dios salve todas las cosas impuras.

The Paul Butterfield Blues Band –  Going Down Slow

Adjunto esta canción que me ha inspirado durante este relato

Ilustración de Kat Viva