Archivo mensual: marzo 2009

Inexpugnable

Era una mañana lluviosa de principios de marzo. Un anciano Ramón del Castillo removía su cucharilla dentro del café con leche mientras contemplaba como las primeras gotas de tantas descendían hasta el cristal de la ventana de la cocina. No chocaban con fuerza, era una lluvia suave, casi rocío, que acariciaba la ciudad de Barcelona a las siete de la mañana. Ramón limpió el mármol de la cocina y llevó hacia el salón su café y un pequeño bocadillo de lomo embutido. No encendía la tele ni la radio, ni tan siquiera las luces que podrían haber arrojado algo de luz sobre la débil iluminación que aquel cielo encapotado aportaba a su salón. Desayunaba sumergido en el silencio, roto únicamente por su sonora respiración, la lluvia, la cucharilla del café y el pan crujiente de la mañana.

Ramón del Castillo era un hombre serio. Su cabeza estaba coronada por una gran calva en la parte superior, desde la coronilla hasta la frente, sobre un oscuro pelo gris. Siempre que abandonaba el hogar la cubría con una boina recta a cuadros de tonos marrones. Salía de casa a menudo, paseaba por el mercado, descansaba un rato al sol del parque de la Ciudadela y de regreso compraba el pan y lo que se terciara de cara al mediodía. Y nunca hablaba con nadie. No tenía amigos. Y quizá, para hacerlo patente, la vida le había regalado una expresión constante de malos humos, como si tuviera en el paladar algo de un sabor realmente desagradable. Su piel descolgada aún permitía ver sus rasgos duros y rectangulares de su delgada complexión de setenta y ocho años.

A pesar de su avanzada edad Ramón se valía por sí mismo de una manera excelente. Quizá mejor de lo que se desenvolvían muchos jóvenes de la ciudad. La visita semanal de los servicios sociales no lograba más que sulfurarlo, así que las inspecciones de los jóvenes voluntarios se tornaban especialmente escuetas debido al agrio trato que Ramón profesaba a los cuidadores. Y es que realmente la casa estaba inmaculada. El anciano era estricto con todas sus obligaciones y no creía que ninguno de esos niñatos fuera capaz de aportar nada positivo a su hogar.

Hacía algunos años había sido cazador. No había participado nunca en torneos, pero bien seguro que de haberlo hecho habría recibido grandes premios. Su puntería era certera y había algo en su presencia serena que le permitía fundirse con el bosque con la elegancia altiva de un depredador. Sus presas no podían hacer más que intentar huir en vano cuando Ramón las elegía.

Pero todo eso terminó once años atrás, cuando su mejor amigo enfermó y murió a causa de su avanzada edad. Se llamaba Galileo, un Alano Español de pura raza que había dado fin al sufrimiento de muchas bestias con sus fauces. Incapaz de confiar en encontrar un camarada a su altura, Ramón dejó el fusil y se retiró a la oscuridad de su apartamento. Un año después murió su mujer Matilde, envenenada quizá por el amargo comportamiento de Ramón, que tras la pérdida de su perro de caza perdió a su vez la última brizna de juventud que conservaba. En el funeral de su mujer no pudo derramar lágrima alguna y eso lo entristeció. Descubrió entonces como se había consumido su última mota de humanidad al haber sentido más dolor con la muerte de Galileo que con la de la persona que había tenido el coraje de amarlo hasta la muerte.

Sin embargo eso había sucedido hacía una década, y los recuerdos ya sólo conformaban una película gris en la lejanía de sus pensamientos.

Terminó de desayunar y recogió con ritualismo las migas de pan dentro de la taza de café. Al levantarse, quizá por la humedad, sus dedos no tuvieron la fuerza, o quizá destreza, suficiente para sujetar la taza y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. No obstante, esto no sobresaltó a Ramón. Ya nada lo hacía. Se limitó a tomar la siguiente decisión lógica: barrer y limpiar el accidente. Ramón se preguntó si finalmente, llegando a sus ochenta años el tiempo había decidido barrerlo a él también. Aunque en vez de una respuesta, se le apareció otra pregunta: ¿Por qué le daba igual? No temía a la muerte, y no era capaz de identificar cuándo le había perdido ese respeto. De hecho, se sumió en una profunda reflexión, inmóvil en su salón con la escoba en la mano y los restos de la taza en el recogedor. Una estampa cuanto menos inquietante. En la penumbra matinal de su salón Ramón del Castillo pronunció dos palabras de forma clara y serena.

“Estoy muerto.”

Recapituló sobre los momentos cumbre de su existencia. Tenía el orgullo de considerarse a sí mismo un hombre fuerte. De hecho, siempre había sido el mayor de sus orgullos, su fortaleza. Pero ahora ni tan siquiera eso lo reconfortaba. Recordó a su madre bromeando sobre cuando él nació, en lugar de llorar cuando el médico le dio la palmada, frunció el ceño en desafiante desaprobación. Su padre le confirmó que sólo era una mentira divertida, pero que aún así era el tipo más serio que jamás había conocido. Ramón lloró al nacer, pero no volvió a llorar ante una cachetada. Ramón lloró la primera vez que defraudó a sus padres, pero no volvió a llorar por fallarle a alguien. Ramón lloró la primera vez que le rompieron un juguete, pero jamás volvió a llorar por una pérdida material. Ramón lloró cuando perdió a su primer amor, pero jamás derramó otra lágrima por ninguna mujer. Ramón lloró con la muerte de su único hermano, pero jamás volvió a llorar por nadie. Ramón del Castillo había ido construyendo una impenetrable armadura con cada una de las desgracias que le habían abordado a lo largo de su vida. A los dieciocho años, con la muerte de su hermano, lloró por última vez. El resto fue una vida de severa imperturbabilidad. Quizá ahí residiera el secreto de su don para la caza.

Pero así como había conseguido ser inmune a cualquier imprevisto que el destino le tuviera reservado. También se tornó inmune a cualquier satisfacción. Encontraba las victorias insustanciales, los logros se le antojaban banales y la suerte se convirtió en mera casualidad. El amor apenas era cariño, quizá incluso costumbre o tradición, la amistad mero protocolo y un abrazo una cordialidad. Y esto era lo que más lo torturaba. Aborrecía su reflejo, aquella imagen hastiada y acostumbrada a todo, tan fuerte que ni siquiera las alegrías podían pasar tras la inexpugnable muralla que era Ramón del Castillo.

Un murmullo llegó a él a través del repiqueteo de la lluvia y lo separó de sus reflexiones. Apoyó la escoba contra el marco de la puerta y se acercó hasta la puerta acristalada del balcón. El anciano contempló como un pequeño tumulto se agolpaba en torno a la estatua de granito que se alzaba en el centro del parque de su vecindario. La figura representaba a un pastor que acariciaba a un perro que se levantaba con las dos patas en el aire. Debería haber unas treinta personas en el parque a las siete y media de la mañana. Todos parecían personas muy normales y de diversas procedencias. Ejecutivos, taxistas, mendigos, ancianas, madres e hijos con sus mochilas escolares… Como si en mitad de sus quehaceres, las personas que había en las proximidades hubieran sido convocadas súbitamente. Ramón se fijó en que un hombre pálido en chándal y una capa hecha de hojas y plumas alzaba una brújula cuyas agujas giraban sin cesar en constante aceleración. Perplejo, el anciano abrió la puerta del balcón y se asomó, sin preocuparse de la lluvia que empapaba sus ropas.

– “¡Alea jacta est!”, “¡Alea jacta est!” – coreaban los allí reunidos. Ramón no sabía qué pensar. O el mundo estaba perdiendo la chaveta, o lo estaba haciendo él, pero eso no le parecía lógico.

La estatua del pastor empezó a temblar. Ramón pudo notar como imperceptiblemente todas las gotas de agua iban curvándose hacia la estatua, atraídas por una extraña fuerza. Una sección de la figura del pastor y del pedestal sobre el que se erguía la estatua empezó a iluminarse de forma incandescente, primero con el naranja de un metal al rojo vivo, después con el blanco de la luz en su estado más puro hasta finalmente ir adoptando el azulado de la electricidad. Se estaba dibujando la silueta de un ser humano. Un fogonazo hizo retroceder a los que se agolpaban frente al fenómeno, y también a Ramón.

Tras el fogonazo sólo quedaba un agujero con forma humana con los bordes llameantes, un segundo después, debido a la pérdida de materia en su interior, la estatua se desplomó. Entre el tumulto, Ramón pudo ver como un hombre ataviado con el equipamiento propio de una unidad de fuerzas especiales de asalto se levantaba consternado. El hombre del chándal gritó.

– ¡Otra predicción cumplida! ¡Alabemos al Portador del Cambio! ¡Ejecutemos su sacrificio!

– “¡Alea jacta est!”, “¡Alea jacta est!” – corearon el resto.

Sin perder un segundo el recién llegado retiró el seguro de su fusil de asalto y abrió fuego en derredor. La muchedumbre con ferviente fanatismo se abalanzaba sobre el misterioso soldado. Ramón podía ver los cuajarones de sangre que se elevaban entre las gotas de lluvia mientras la munición del hombre de negro mutilaba a hombres, mujeres y niños de forma indiferente. Ramón del Castillo se estremeció y se sorprendió a sí mismo sonriendo. ¡Estaba aterrorizado! La situación era endiabladamente enfermiza pero Ramón sonreía. La adrenalina, el miedo, la tensión, la locura, la sangre, el ruido, los gritos; todo eso había derrumbado la muralla de su castillo y un torrente de salvajes emociones gobernaban ahora sus entrañas.

A pesar de su armamento, el desconocido se vio claramente superado por el número de sus asaltantes y terminó por ser arrastrado hasta el suelo donde el tumulto lo golpeaba con piedras, tablones o sencillas y contundentes patadas. El cristal del casco de operaciones tácticas saltó en pedazos y la armadura kevlar impedía a duras penas que le rompieran los huesos. Un hombre con traje y corbata robó una pistola del equipo del soldado y se dispuso a disparar contra la víctima retenida por un par de decenas de manos. Un seco ruido metálico y nada más, no hubo detonación. El hombre examinó el artilugio y finalmente retiró lo que dedujo podía ser el seguro. Apuntó de nuevo y

-¡BLAM!

Un agujero humeante en la cabeza terminó con los intentos homicidas del hombre trajeado. Ramón del Castillo recargaba su rifle en lo alto del balcón. El anciano aspiró el aroma de la pólvora recién disparada. Un extraño instinto le había anunciado que debía ponerse a favor del recién llegado; por lo menos parecía ser el menos loco de todo este sinsentido o, como última instancia, por lo menos no recitaba frases en latín con tenebrosa devoción. Un par de disparos más permitieron al soldado zafarse de la multitudinaria presa arrojando una granada en su huída. La explosión hizo volar por los aires el suelo y a media docena de personas. Ramón pudo ver lo que se le antojó una poética lluvia de sangre, carne, flores y césped. Recargó y abatió a un par más con sus disparos. Estaba aterrorizado, y se estaba divirtiendo a niveles que sólo había alcanzado en la infancia. Se preguntó si después de esto iban a encerrarlo en un manicomio, en la cárcel, o la policía iba a abatirlo a disparos; pero no podía parar, estaba muy feliz, se estaba riendo. Algunos fanáticos no pudieron reprimir la curiosidad y se giraron hacia el anciano que reía a carcajada limpia bajo la lluvia mientras disparaba felizmente contra ellos.

El soldado consiguió dejar atrás al grupo y aturdido, con la armadura y el casco deformados, abrió fuego a discreción. Los fanáticos caían a pares, pero nada les frenaba. El miedo y su cada vez mayor escasez numérica debería haberlos hecho huir en desbandada, sin embargo, cargaban alegremente hacia una muerte segura.

-¡Chaval! ¡Hacia aquí! ¡Te abriré el portal! – Gritó el anciano a viva voz bajo la lluvia.

El soldado desvió la mirada hacia el balcón para observar a su inesperado salvador. Empezó a correr hacia atrás, disparando en retirada. Ramón iba abatiendo a los más rápidos, cubriendo al hombre de negro. Cuando estaba a una escasa carrera del umbral, el anciano corrió hacia el interfono y pulsó el botón que permitía el acceso a la finca. El agente cruzó la puerta y se adentró en las escaleras. Se había quedado sin munición y no había tiempo de recargar.

Subió a toda prisa por el edificio mientras le perseguían los pocos lunáticos que quedaban con vida. Conforme ascendía pudo ver como se iban cerrando los portales de vecinos curiosos y asustados. Al alcanzar el tercer piso estaba esperando Ramón del Castillo apuntando con su rifle.

– ¡Vamos! – le exigió el anciano. Ramón tenía preparada una trampa.

En cuanto el soldado alcanzó el tercer piso arrojó el mueble con ruedas del televisor, con el televisor y sus adornos encima, por las escaleras. Los acosadores no pudieron esquivarlo y rodaron escaleras abajo.

– Entra al ascensor, chico. – Le ordenó Ramón. El soldado dudó unos instantes y subió al ascensor, cuya puerta estaba bloqueada con una escoba. El anciano subió al ascensor y retiró la escoba. Metió una llave en una cerradura que indicaba que bajaban al subterráneo y descendieron.

– ¿Quién es usted, por qué está haciendo esto? – Inquirió el desconcertado soldado con un notorio acento americano.

– Soy Ramón del Castillo, y no me gusta la gente que corea cosas en latín. ¿Quién es usted?

– Mi nombre es Derek Burnham. Cumplo una misión al servicio de los Estados Unidos de América. Ha de saber que muy probablemente ha salvado usted al planeta.

– Eso será si concluye usted su misión…- hizo una pausa para mirar el hombro del tipo. – Sargento.

– Llámeme Derek. EEUU me encomendó esta misión, pero ya no queda ni rastro de ellos del lugar del que provengo. – Ramón detectó una profunda extenuación a través de los ojos azul y verde de Derek.

Llegaron al parking y Ramón señaló un viejo SEAT 124. Derek se planteó por unos instantes si había viajado a la fecha correcta.

– Vamos hombre, no lo mires así. En su día fue un coche de competición. – replicó Ramón con una jocosidad que creía extinta en él.

– Supongo que correrá más que esos pirados – concedió el soldado con una sonrisa invisible tras su pasamontañas.

Ambos subieron al coche que, debido al desuso, empleó unos minutos desesperantes en ponerse en marcha. Al vigésimo intento el motor de la reliquia rugió y empezaron a moverse. Ramón se abrochó el cinturón de seguridad y Derek hizo lo propio. La puerta del parking se abrió dejando a la vista unas siluetas a contra luz. Derek recargó su fusil de asalto y Ramón pisó a fondo. Los fanáticos restantes se lanzaron corriendo rampa abajo gritando con siniestra euforia. En el aparcamiento retumbaron los ecos graves y rotundos del fusil enviando proyectiles a toda velocidad hacia los extraños enemigos. Derek efectuaba los disparos con total profesionalidad, en certeras ráfagas de tres. El SEAT 124 arrolló a una mujer que sobrevoló el parabrisas y cayó rodando cuesta abajo. Finalmente, el coche alcanzó el exterior en un esfuerzo sobrehumano que enseguida se hizo patente con un intenso olor a quemado. Ramón metió la segunda marcha y abandonaron el vecindario mientras a lo lejos ya empezaban a escucharse las primeras sirenas de policía.

Ramón miró al soldado mientras se quitaba el casco y dejaba a la vista su cabello rubio oscurecido por el sudor.

– Ramón, le debo una. – El anciano sonrió y notó como las rodillas le temblaban al pisar el acelerador, como a un potro recién nacido, que aún le quedaba una larga distancia por galopar.

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Punto y coma

La realidad es subjetiva. Siempre. Incluso para la ciencia: todo depende del punto de referencia. Así, la realidad difiere en función de quien la percibe. Existe una realidad por cada par de ojos, quizá incluso una distinta para cada uno de ellos por separado. Nosotros creamos la realidad, nuestra realidad, un lienzo sobre el cual dibujamos a los que nos rodean como personajes conformados a partir de lo que los demás nos dejan ver de ellos y lo que nosotros nos imaginamos que guardan. Si no existiera el individuo, la realidad desaparecería. Sin humanos, sin mentes pensantes, se pierden estas apreciaciones subjetivas del entorno. El mundo seguiría existiendo, por supuesto, pero el término realidad, al fin y al cabo, es una palabra inventada por nosotros y si desapareciéramos se extinguiría conjuntamente. ¿O es que acaso no existe un universo distinto en cada mente? La mayoría no somos expertos químicos, físicos o astrónomos. Como mucho conocemos con cierto grado de detalle el ámbito al que nos dedicamos profesionalmente, y no del todo. El resto lo tenemos que imaginar con la vaga idea que nos puede aportar la educación básica y el sentido común, con algo de ayuda de las novelas, la televisión y el cine. Así que por ejemplo: todos sabemos que la tierra gira alrededor del sol, así como el resto de planetas; pero nada más. El resto lo complementa nuestro imaginario: el sentido de las estaciones, la disposición de las estrellas, los eclipses… Cuanto menos técnico es nuestro conocimiento más místico se torna nuestro entendimiento. Y de ahí nacen cosas como los horóscopos, el poder atribuido a los equinoccios y, la capacidad de otorgar a una mera interposición de la luna ente nuestro planeta y el sol el poder de acabar con el mundo, con nuestra realidad. El desconocimiento y el ingenio son los padres de la magia. Como si nos dijeran que mezclando agua y aceite pudiéramos terminar con el mundo: conocemos ambos elementos, así que la magia deja de existir. Pero claro, que sea éste el origen del misticismo y la magia no significa que carezcan de poder. Al fin y al cabo son elementos capaces de modificar la realidad, porque partiendo de que no hay más realidad para el individuo que la suya propia, la magia existe dependiendo del punto de referencia. Una clara prueba: Dios.

Gloria Jiménez recorría con el pulgar las cuentas de su rosario católico. Su hijo Pedro – como el apóstol – Jiménez yacía en coma frente a ella en la camilla del hospital. Un accidente de moto había postrado al chico a los diecisiete años. Ahora tenía veinticinco. Los médicos no lo habían afirmado en un ciento por cien, pero no le dieron demasiadas esperanzas a la familia – “Pedro no va a despertarse, pero nunca se sabe con total certeza. Ustedes deciden” – pero Dios quería que viviera.

Muchos dirían que Pedro ya estaba muerto. Sus órganos funcionaban. A un nivel físico y químico era un cuerpo con vida. Pero esta persona no se movía. Y para según quién el movimiento implica vida, poseer el don de la acción. Acciones de las que responsabilizarse, enorgullecerse y afectar a nuestro pequeño gran mundo. Pedro estaba desprovisto de cualquier iniciativa propia. No obstante, si nos empeñamos a mirarlo a través de ese cristal, Pedro estaba muy vivo. Postrado en una cama afectaba a todos los que le conocían y además, por dentro, soñaba.

Las primeras semanas en estado vegetativo fueron las que más fuerza le dieron a la vida de Pedro. Docenas de amigos, tanto suyos como de la familia, acudieron al hospital para llorar sobre él, hablarle a su cuerpo inmóvil, lamentarse ante sus padres, o tan sólo por cumplir. Pero Pedro, postrado en una cama, movió una gran parte de su pequeño mundo. Después del, por así decirlo, ‘boom’ inicial de visitas la cosa fue reduciéndose poco a poco a unas cinco personas. Las personas a las que su estado cambió por completo el rumbo de sus vidas, o por lo menos sus expectativas. Para sus padres, Pedro iba a ser un talentoso ingeniero aeronáutico. Sus dos hermanos menores simplemente no tenían pensado dejar de contar con él tan pronto. Y su novia… Su novia veía hijos, veía un hogar, veía su futuro. Un sueño de adolescencia quizá, pero un sueño al fin y al cabo. Fue a verlo cada día durante los primeros dos meses. Pero es difícil amar a alguien que se alimenta y excreta mediante sondas. A los dos meses fue a verlo por última vez. Se olvidó de los niños, del hogar y del futuro, sin duda imposibles a estas alturas; le dijo que había conocido a un chico amigo de su hermana y que sabía que él lo entendería. Se marchó. Pedro esa noche soñó que volaba en un avión diseñado por él.

Habían pasado ocho breves años. Soñando ocho años pasan en una noche. Era un jueves de marzo y Pedro yacía en la cama con su madre sentada al lado ofreciendo una oración por él. En estos ocho años Pedro se había convertido en la piedra angular de la cordura de sus más cercanos. Era el confesor. Sólo su madre venía casi a diario, aunque tan sólo fuera para acariciar su pelo y sosegar sus sueños. Pero cuando las cosas se torcían en el camino de los suyos, o la conciencia les impedía dormir, Pedro estaba ahí. Su regazo vegetal había absorbido muchas lágrimas. Había escuchado muchas palabras, muchas reflexiones, preocupaciones que se habían filtrado en sus sueños, como difusas incursiones de sus seres queridos en su mundo difuminado y subconsciente. Pedro estaba ahí para decirles que no pasaba nada, que todo iba bien. Tumbado, en silencio, perdonaba los pecados de aquellos que amaba. La noche previa a ese jueves había recibido muchas visitas.

El primero en visitarlo fue el menor de sus hermanos, Pablo, pocas horas antes de la cena. Entró en la habitación y besó la mejilla de Pedro. Tenía doce años cuando Pedro sufrió el accidente, así que, aún a su actual edad de veinte años veía a Pedro como aquel héroe rebelde y sabio tan difícil de alcanzar. Los silencios de su hermano comatoso eran como eminentes verdades, como si callara porque así lo hubiera decidido, y no porque no tuviera nada que decirle. Aún entre tubos de plástico, su hermano mayor lo aleccionaba. Pablo se sentó y contempló la puesta de sol desde la alta ventana del hospital.

– Hola, Pedro. Cuánto tiempo. Sé que tendría que pasarme más a menudo pero, estoy muy liado ya me entiendes. La universidad, el equipo de basket, el gimnasio, las prácticas… De hecho ahora mismo tendría que estar entrenando con el equipo, y además, tengo un examen mañana. Pero no podía más, necesitaba hablar contigo. Necesitaba un respiro. Y es precisamente de todo eso de lo que venía a hablarte. Tengo tantas aspiraciones, tantos proyectos, y todos requieren tanto, que me siento atropellado por todos ellos. No sé cual de ellos he elegido yo y cuales simplemente los he heredado de los sueños de papá. No estoy incómodo con ninguno. Y tampoco se me dan mal. Es más, no es estrés lo que siento, es algo mucho peor a mi parecer. Vacío. Me siento vacío. No le encuentro sentido a todo esto. Hasta ahora todo era terminar una etapa para alcanzar la siguiente. No sé en qué momento he tenido tiempo para pensar en el significado de todo esto. Quizá sea una crisis de la edad. ¿Tú llegaste a sentir esto alguna vez? Se te veía tan decidido. Lo tenías todo tan claro. Irradiabas confianza, fuerza de voluntad. Al contemplar tu trayectoria daban ganas de apuntar alto, muy alto. Y miro a mi alrededor y todos parecen tener su vida entera planeada. Todos saben a dónde quieren llegar, lo que quieren ser. Pero es que no consigo asimilar que mi oficio llegue a definir quién soy. Lo siento todo tan lejano. No encuentro la pasión que quemaba en mi interior cuando pensaba en perseguirte. Saco buenas notas, soy importante para mi equipo, pero no siento recompensa alguna. Y cuando termine la carrera qué. Y cuando deje el baloncesto qué. Qué va a ser a partir de ahí. ¿Trabajar? ¿He dedicado un cuarto de mi vida a buscar un empleo? ¿Acaso es tan importante ese maldito puesto de trabajo? He utilizado los años de jugar e imaginar para estudiar y prepararme para un futuro que al parecer se reduce a mi oficio. Se reduce a una casa, a un coche, a una familia. ¿Te parecen esos buenos objetivos? Yo no le veo ningún sentido. Tú planeabas algo grande. Estoy seguro. Tenías un plan. Daría lo que fuera porque despertaras cualquier día y me contaras el secreto tras todo esto. Aquello que mantenía tu sonrisa, ese plan que escondías y que aseguraba tu felicidad. Y la mía. Te quiero, hermano. No eres el único que yace a merced de los acontecimientos. Realmente, creo que pocas personas hoy por hoy, unos pocos afortunados sin duda, poseen un plan de vida distinto al tuyo. Postrarse en una cama, en un sofá, en un puesto de trabajo. Es indiferente. Todos estamos en coma. Sólo que tú tienes menos preocupaciones.

Pedro soñó con sus amigos. Con el parque de siempre. Con los rostros habituales.

Punto.

Sobre las diez y media de la noche fue a visitarlo su padre, Francisco Jiménez. A sus cincuenta y seis años, los disgustos lo habían envejecido de sobremanera. Cuando murió el fruto de su primera semilla (o así lo veía él), murió la parte de él que lo ataba a su juventud. El accidente de Pedro fue como el tijeretazo que cortó la cinta de inauguración de la tercera edad de Francisco. En estos ocho años su cabellera azabache se había tornado gris, blanca y escasa. Se quitó la gorra de vestir y la dejó sobre las rodillas de Pedro. Las arrugas agrietaban su rostro mientras fruncía el ceño contemplando la mano inmóvil de su hijo. Si hubiera estado atento, podría haber visto la leve reacción de la nariz de Pedro al reconocer el olor de su padre. No se sentó, permaneció en pie frente al chico y tomó su mano. Tras varios minutos silenciosos disfrutando del tacto de la piel de su hijo no pudo contener un sonoro llanto ahogado que culminó con unas lágrimas que se apresuró a enjugar con su pañuelo de cuadros. De no ser por hoy, pronto hubiera hecho dos años que no visitaba a Pedro. Francisco había sido el que peor había digerido el asunto de Pedro, su primogénito. Procuraba evitarse las visitas porque la visión de su hijo inerte lo podía mantener depresivo por los dos meses siguientes. Y en un doloroso esfuerzo, decidió reducir las visitas para poder seguir adelante, aunque no sabía que podría haber por delante con su hijo en ese estado. Cuando hubo dominado su pena, sus reflexiones abandonaron su cabeza para emerger de su boca.

– Tengo que confesarte algo, Pedro. En ocasiones te deseo muerto. Deseo que aquel accidente te hubiera quitado la vida. No soporto ver tu cadáver, no soporto saber que en algún lugar de la ciudad en la que se supone que debo vivir, está mi hijo muerto en una cama. Respirando, pero tan muerto como lo está mi padre. Y luego vengo aquí, y toco tu mano, y noto que está caliente, noto la suavidad de tu vida entre mis dedos, y me odio por desearte a dos metros bajo tierra. Sueña, hijo mío. Y ten grandes sueños, porque desde que caíste en este silencio en ocasiones te envidio, tan ajeno a todo, tan en paz. Pero yo no me puedo permitir parar. Tus hermanos, tu madre, dependen de que yo me levante cada día, de que no me rinda. Tú levantaste a esta familia junto a mí. Fue obra de los dos. Llegaste a tus hermanos de una manera de lo que yo jamás habría sido capaz. Nunca he estado conectado a ellos como lo he estado a ti, Pedro. Tú fuiste el primero que aferró mi mano con tus deditos. Y me hiciste volcar en ti todas las esperanzas que había ido desarrollando desde que agarré la mano de mi padre. Y conforme crecías comprobé satisfecho que había sido una gran elección decidir entregarte el relevo. Amo a tus hermanos, pero sólo consigo ver reflejos de ti. Tanto como prometías, tanto orgullo que ibas a cosechar para mí… Tu madre aún espera que despiertes algún día, ilusa. Y yo quiero pensar que no y, no se lo digas a nadie, pero también lo espero.

Pedro soñó con la playa. Con sus manos llenas de arena y, con otras que las limpiaban.

Punto.

El tercero, su hermano Juan, entró a las dos de la madrugada. Un bala perdida. Quería ser artista pero no quería estudiar. Consumidor habitual de ácidos y marihuana. Una fuente de disgustos para su padre y, al verse convertido en el mayor de los hermanos, una fuente de decepciones para el mismo. Para descanso de su padre, Pedro seguía siendo el ejemplo a seguir de Pablo, el menor. Sin embargo, después de su madre, Juan era el que más visitaba a Pedro. Normalmente venía con su guitarra acústica y le tocaba alguna canción, creyéndose capaz de hacerlo regresar de sus sueños. Aunque nadie lo supiera, Pedro se divertía escuchando a su hermano. No llegaba a distinguir la música, pero sus sueños se vestían de intensos colores mientras la voz de su hermano se filtraba hacia su paisaje onírico. Juan echó un vistazo a los pasillos, cerró la puerta y abrió la ventana. Empezó a liarse un porro.

– ¡Tío! No sabes lo que te vas a perder. Si no consigo hacerte despertar esta noche no vas a llegar a tiempo de ver el eclipse. Eclipse total de sol en Barna, tío. Mañana a las once. Si no te despiertas dudo que vuelva a suceder en lo que te queda de vida. Yo quizá sí vea otro, ya que soy dos años más joven que tú. Pero tú… lo veo difícil, nen. Además, hay un montón de colgaos por ahí diciendo que se va a acabar el mundo. Y para que veas lo que te quiero, a horas del juicio final, estoy aquí fumándome un porro con mi hermano en lugar de estar por ahí follándome a una golfa. Esto es amor tío. Puro amor. – terminó de liar el porro y se acercó a la ventana para fumárselo. Lo encendió y le profirió una larga calada. La marihuana crepitó mientras se consumía. Juan exhaló el humo en una voluminosa nube que se perdió entre la oscuridad de la noche. – Esta vez, y en vista de que será mi última oportunidad, en lugar de tocarte una canción para levantarte, voy a tocarte una nana. No preguntes, tío. Pero creo que quizá una canción para dormir consiga lo que no han hecho todas las demás. Una canción de cuna te devolverá a la puta infancia. Directo al hipotálamo, nen, si eso no hace que te levantes, me rapo las rastas. – dijo sin tener mucha idea de lo que era el hipotálamo. Cogió su guitarra y, con el porro aún en la boca, como un experto fumador inmune al humo, empezó a tocar una canción de Lagarto Amarillo. Concretamente aquella titulada “Nana”.

Para dónde fue a nacer

no está mal nacer con vida.

No es que abunde la comida

pero hay que intentar crecer.

Ahora duérmete, que quien sobreviva

tiene to que aprender, tal vez algún día.

¡Salta al descampao con la rama partía!,

¡Monta to el escándalo y echa a correr!

Nunca mires ya la mirada perdida

si alguien no te trata bien.

No juegues a enloquecer,

no sabes quien ganaría.

Tú disparas la salida,

veinte o treinta años después.

Y ahora duérmete, que es todo mentira.

tienes to que aprender, tal vez algún día.

¡Salta al descampao con la rama partía!,

¡Monta to el escándalo y echa a correr!

Nunca mires ya la mirada perdida

si alguien no te trata bien.

Juan dejó de tocar y le propinó una larga calada a su liado. Echo el humo hacia el techo y soltó el mastil de la guitarra para acariciar la mejilla de su hermano.

– Y ahora duérmete, Pedro, que todo es mentira.

Pedro soñó que le compraba cerveza a su hermano pequeño. Soñó cómo le enseñaba a su hermano a liarlos. Soñó con un abrazo.

Punto.

Sonia, su novia. Su exnovia. Entró en la habitación a las cinco de la madrugada. Lo besó y se marchó con un sencillo “cuídate”. Esa noche se cumplían los ocho años del accidente. Ambos, uno el primer amor del otro, se extrañaban en sus realidades. Sonia añoraba a Pedro. Pedro soñaba a Sonia.

Pedro soñó con una espalda desnuda. Soñó con dulces fragancias.

Punto.

Gloria Jiménez recorría con el pulgar las cuentas de su rosario católico. Llevaba desde las siete de la mañana allí. Se cumplían ocho años desde que su Pedro dejó de reír. Aún así, el semblante en paz de su hijo parecía siempre irónicamente complacido. Como si el castigo de estar atado a una cama no fuera tal. Como si finalmente hubiera alcanzado la plenitud. En un sueño perpetuo. Gloria afeitó y peinó a su hijo, le lavó la cara y los dientes, como hacía siempre, con la profesionalidad de una enfermera y el cariño de una madre. Había hecho del propio Pedro un altar, y el joven permanecía siempre impoluto, inmaculado. De vez en cuando, limpiando sus legañas, los ojos de Pedro se abrían al tirar de sus párpados y a Gloria le recorría un fulgor eléctrico desde el estómago en todas direcciones. Contemplar unos ojos que no ven, que no miran nada, los ojos de un cuerpo inanimado, los de su hijo inanimado, le resultaba terriblemente perturbador. Cada vez que esto sucedía trazaba el crucifijo ante ella.

Le había pedido cada noche a Dios que permitiera a Pedro levantarse. Que cinco años habían sido suficiente castigo, seis, siete, y ahora ocho. La situación de su hijo la llevaba en numerosas ocasiones a cuestionar su fe, pero en cuanto se alejaba del concepto “no hay Dios” un miedo primordial oprimía su pecho y volvía a ampararse en su religión para salvar esa sensación de vacío, de libertad a la deriva. Prescindir de las fuerzas superiores que rigen el universo borraría de un plumazo todas las respuestas que Gloria había atribuido a todas las desgracias y alegrías de su vida. Gloria juntó las manos, para rezar frente al regazo de su hijo

– Padre nuestro, que estás en el Cielo. Ruego me perdones por dudar en tantas ocasiones de ti. Pero las pruebas a las que sometes mi alma son numerosas y difíciles. Agradezco cada uno de tus golpes que sé que adjudicas a sabio juicio para borrar las impurezas de mi persona. No he sido bien seguro la mejor de tus creyentes, pero he actuado siempre rigiéndome por la honradez. – Gloria ignoraba la mentira en sus palabras, pues siempre había justificado sus mentiras. La traición a sus amigas. Los quebraderos de cabeza por los que había hecho pasar a su marido y sus hijos. Gloria era una persona caprichosa y exigente, envidiosa, pero totalmente ignorante de sus defectos. A sus ojos, era una persona decente rodeada de hombres y mujeres viles y malintencionados. Realmente lo creía. Así era su realidad. Pero amaba a su familia y nunca le procuró ningún mal. – Y ahora ruego tu perdón. Perdón anticipado puesto que dirigiré mis plegarias a un falso ídolo. Lo he probado todo, y esto tan sólo es uno más de mis sacrificados intentos de procurar el bien a mi hijo Pedro. Puedes juzgarme por ansiar la felicidad de los míos pero no permitiré martirizarme por pensar en la oportunidad que quizá dejé escapar. Hoy subiré a la azotea y le pediré al eclipse que despierte a mi hijo. Un fenómeno como tal sólo puede ser obra tuya. Lo consideraré como un gran ojo tuyo, Señor. Y espero que a través del milagro que crearás en el cielo puedas verme arrodillada y suplicando que levantes a mi hijo como hiciste con Lázaro. Te confío a mi hijo Pedro, mi Señor. Toma mi vida en esta mañana de marzo si lo consideras necesario, pues no puedo pagar más alto precio, y Pedro se merece caminar por este mundo que nos has regalado mucho más que yo. Me encomiendo a ti, Dios Padre. Te encomiendo a todos los míos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Gloria se levantó, besó el rosario y lo colocó en la muñeca de Pedro. Después, marchó hacia la azotea.

Pedro soñó que dormía en la calidez del pecho materno.

Punto.

El eclipse paralizó Barcelona. Aquel jueves de marzo todos miraron al cielo. Todos menos Pedro Jiménez, que soñaba. Soñaba con un cielo negro y un halo blanco. Soñaba con aquellos que, como él, no contemplaban el eclipse. Soñaba con Henry Noland, que contemplaba su cadáver envejecido. Soñaba con Leo Barvassi y su público enmudecido, que alzaba sus mecheros mientras el guitarrista cerraba un concierto magistral con una balada a la luz de la noche que había creado la luna para él. Soñaba con Matías “Virutas” Alcázar, que cumpliendo su deber fue transportado en el tiempo. Soñaba con Derek Burnham, y sus ojos de dos colores, intentando detener una tragedia. Soñaba con Johan Bjarnarson, metiendo un brazo por la manga de una chaqueta de pana beige en un día que duraría más de veinticuatro horas para él.

Pedro se incorporó en la cama. Estaba agotado y desorientado. Miro a su alrededor un jueves de marzo a las once de la mañana. Pero como todavía era de noche, volvió a dormirse.

Coma.


Virutas de chocolate

Podemos reconocer el auténtico placer en aquellas cosas que al producirse nos hacen cerrar los ojos. Un acto inconsciente, el deseo de sumirnos en la completa oscuridad para que ninguna otra clase de estímulo nos distorsione el momento. Nos arrancamos los ojos para cederle el protagonismo a nuestra lengua, a nuestros oídos, a nuestro olfato, al maravilloso tacto que pueda percibir nuestra piel. Nos alienamos por completo, fugándonos por ese instante de la persistente realidad, reduciendo nuestro universo a un beso de amor entre nuestro ser y un sabor, un sonido o una fragancia.

Un pequeño cilindro negro, al introducirse en un tierno cuerpo humano, era el responsable en ese mismo instante de una de esas experiencias que van más allá de la mera cognición. En la completa oscuridad, un destello de pasión que nacía desde el estómago voló hasta la nuca haciendo suspirar sonoramente a su anfitrión. A este cilindro se le unieron varias decenas más de ellos que se fundieron en un baile de sabor en la boca del agente Matías Alcázar, tras propinarle un nuevo bocado a su caña de chocolate. Abrió los ojos, trayendo consigo una sonrisa de su regreso de la oscuridad y, con una serena calma, alcanzó su café servido en vaso de papel para darle un lento trago, dejando que la sustancia amarga bañara las virutas de chocolate que se deshacían en su boca. Separó una de las diez servilletas que había cogido en la cafetería y se secó el bigote goteante de migas y café con profesionalidad.

Matías era policía, policía de oficina. Pasaba el día en la central con su uniforme, procesando datos, reduciendo a algún que otro detenido rebelde –el punto más álgido del día- y tomando pastas y café. Estaba gordo, muy gordo, más que estarlo, se podría decir que lo era. También era grande, cerca de los dos metros. Su forma esférica sugería que podría generar su propio campo gravitatorio alrededor. Si fuera americano, se podría afirmar que Matías Alcázar perseguía con esmero el canon impuesto por un viejo guión de Hollywood sobre como debería ser un policía. Su afición por la pastelería provocaba que muchas veces llevara adheridos pequeños trozos de chocolate en las mangas o en los muslos del uniforme. Esto lo había hecho merecedor del título “el Agente Virutas”, mote bastante popular entre los miembros del cuerpo, los que rara vez se cortaban en emplearlo. A Matías parecía no importarle; solía atender a cualquiera que lo requiriera con una sonrisa, y su personalidad afable y altruista hacía que difícilmente nadie empleara este apodo (ni cualquier otro) de forma despectiva. Matías comía como tres familias, pero empleaba un número proporcional de horas en el gimnasio de la policía. Sudaba lo suficiente a diario como para ser declarado manantial natural, pero lo contrarrestaba con la cantidad ingente de calorías que devoraba en una sola jornada. Sin embargo, todo ese ejercicio, si no para tener una figura esbelta, le servía para no resollar con tan sólo subir un tramo de escaleras, ni tampoco hacía impensable que pudiera pegarse alguna carrera si la situación lo requería. Tanto entrenamiento había enterrado entre sus lorzas una poderosa musculatura capaz de poner en funcionamiento semejante armadura de manteca, exclusivamente, por supuesto, si la situación lo requería. Matías no era un vago, pero tampoco era alguien demasiado inquieto que digamos.

Era un día ajetreado, así que el momento de placer fue breve. Matías engulló lo que quedaba de su pasta de chocolate y la hizo bajar terminándose de un trago el café. Unas cuantas virutas de chocolate saltaron hacia su pecho, aferrándose como una nueva medalla a la camisa azul. Un montón de chalados que proclamaban a viva voz la proximidad del Apocalipsis estaban sembrando el caos en la ciudad. Paralizaban el tráfico, cortando las calles con grandes pancartas que anunciaban el juicio final, iniciaban grandes hogueras en parques públicos quemando mobiliario o, por ejemplo, participaban en notables orgías a plena luz del día. Precisamente ahora entraba en comisaría una partida de pirómanos detenidos tras haber apilado docenas de neumáticos en plena plaza Cataluña, haberlos rociado de combustible y haberles prendido fuego. Detenidos por causar la alteración del orden público, además de una curiosa y, todo hay que decirlo, artística columna de humo negro en el centro de Barcelona. Tratar con esta gente no era precisamente fácil. Eran obstinados, alterables y, lo peor de todo, aleatorios. Matías se preguntaba dónde se habían escondido todo este tiempo. Cómo diantres lo habían hecho para pasar desapercibidos entre los ciudadanos. Si es que estaban locos hasta antes del eclipse, puesto que no veía a la señora Dolores Guzmán como parte de un movimiento catastrofista radical. Pero ahí estaba, esposada frente a su mesa, una mujer octogenaria vestida como si hubiera decidido ir al mercado a por especias y hubiera terminado decantándose a media mañana por pintarse la cara y provocar un incendio a plena luz del día.

– Retenernos aquí no retrasará el fin del mundo, agente.

– ¿Perdone? – Matías apartó la mirada del monitor de su ordenador donde comprobaba que, hasta ahora, el expediente de Dolores Guzmán no poseía antecedente alguno.

– Debería estar haciéndole el amor a su mujer en lugar de estar aquí procesándome mientras el mundo se va al garete. – La señora examinó el anular del policía y observó que no portaba anillo de casado – O tal vez haciéndoselo a su perro.

– Por favor, señora Guzmán, respétese a sí misma.

Dolores liberó de su pecho una sonora carcajada que heló la sangre de Matías, evocándole viejas películas de su infancia.

– No me hable de respeto cuando se ve a simple vista que usted se ha perdido el respeto a sí mismo, por lo menos a su cuerpo. – respondió la vieja sin ocultar en su mirada el deseo de ver como acababa de herir al gordo. Para decepción de la señora Dolores, el Agente Virutas sonrió.

– ¿Qué le resulta tan divertido? – Exigió saber la anciana.

– Disculpe. Es que la estampa – dijo Matías aderezándose el bigote – es cuanto menos curiosa. Y su pintura facial en contraste con su formal manera de vestir es inevitablemente divertida.

– ¡Le voy a borrar esa sonrisa de la cara hijo de puta! – La mujer se alzó de la silla dispuesta a herir a Matías, aunque fuera a dentelladas. El policía miraba atónito como sus compañeros reducían a la anciana y la sentaban esposada en un rincón.

– Madre del amor hermoso, lo que hay que ver… y oír. – Clamó el agente Matías, y sacó un bollito del cajón del escritorio.

Matías hundió sus fauces en el cuerpo blando de su tentempié, atento al momento en el que la punta de su lengua iniciara la agradable misión de comunicar al cerebro cuán dulce era ese estímulo. El sonoro aterrizaje de una revista sobre su mesa interrumpió el segundo bocado. Se trataba de la revista “Millénaire coup”, en cuya portada aparecían los restos fosilizados de lo que, según intuía Matías a través del titular con sus vagos conocimientos del francés, podría ser un ave alienígena.

-¿Qué es esto? – preguntó el hombre con una sonrisa refugiada bajo su bigote.

– Página 18 – se limitó a anunciar el agente Pau Migjorn.

Matías empezó a hojear la revista en pos de la página mencionada. Pau era otro poli de oficina. Veintitrés años de edad, constitución atlética, y una gran afición por los blogs y las comunidades online. Este hecho le había permitido atesorar a su relativamente corta edad una gran cantidad de anecdóticos conocimientos que, a pesar de no hacerlo ducho en ningún tema, le permitía aderezar sus conversaciones con numerosas referencias y datos de divertido interés que amenizaban sin duda cualquier cruce de palabras con él. Matías llegó a su destino. Tan sólo pudo ver una imagen de un eclipse y varias líneas subrayadas con rotulador.

– Me vas a disculpar pero, como dijo Bruce Willis en el Quinto Elemento: yo sólo sé dos idiomas…

– Normal y con tacos. – terminó la frase Pau. – Y dudo que tú sepas emplear el segundo.

– Te sorprenderías. Pero dudo que nuestra profesión lo requiera. Bueno, ¿qué leches pone aquí?

– “¡Leches!”. Para el carro, vaquero. Que luego mi madre se pregunta dónde aprendo ese lenguaje soez. – el agente Migjorn sonrió y señaló un párrafo del artículo con el dedo, aún sabiendo que su compañero no era capaz de leerlo. – He estado investigando acerca de este tema del eclipse, y sí, hace meses que sabemos que se aproximaba, pero… – Pau hizo una pausa intentando cargar de dramatismo su conclusión. – también hace nada más que unos meses que lo predijeron en los observatorios. – Terminó el agente, con una mueca severa en su rostro. Matías sonrió.

– ¿Y qué?

– ¡Cómo que “¿y qué?”! El acontecimiento de estos fenómenos es bien sabido desde muchísimos años antes a su aparición. Es más, ¡Se conoce la fecha y la hora de eclipses a los que ni siquiera llegaremos vivos para verlos! ¡Joder, tengo por seguro que se conoce cuando se producirán el resto e eclipses mientras los planetas se mantengan en sus órbitas!

Matías rió abiertamente – ¡Qué bueno! ¡Se les habrá pasado!

– ¿¡Tú te oyes maldita pelota ignorante!? – Dijo Pau sin desdén alguno. – Y toda esta gente aquí… quizá el fin sí que esté cerca.

Ambos policías cruzaron sus miradas y tras un segundo dominado por el silencio rompieron a reír.

– ¡Faltan cinco minutos para el eclipse! – exclamó uno de los pirómanos a viva voz entre el ajetreo de la comisaría.

– ¡Pues tendrás que verlo por Youtube me parece a mí, porque de aquí no se mueve nadie! – replicó un agente provocando alguna que otra risa entre los del cuerpo. Al parecer aquella estresante mañana se les antojaba divertida a la mayoría. Los agentes desocupados, sin embargo, sí que salieron a presenciar el eclipse, dejando a sus compañeros en una extraña situación. A pocos minutos de dar comienzo el tan esperado fenómeno, cesó el alboroto en la comisaría, para dar paso a algo mucho más inquietante que el mero jaleo.

Como si lo hubieran estado ensayando, todos los detenidos relacionados con los altercados generados en torno al eclipse bajaron sus miradas y, los que tenían las manos libres, las entrelazaron bajo su barbilla. Tan sólo un silencio de cinco segundos precedió a unos rezos solemnes y sincronizados del grupo de alborotadores. “Alea jacta est” repetían una y otra vez entre murmullos que sumados formaban lo que parecía la voz de un ser omnipresente en la estación de policía.

Matías tragó sonoramente sin apenas haber masticado el pedazo de bollo que acababa de morder. Una garra compuesta de terror y sorpresa a partes iguales aferró sus entrañas al ver que bajo la pintura facial, los ojos de la anciana señora Guzmán estaban clavados en él mientras repetía sus rezos con una siniestra sonrisa de satisfacción en sus labios. El bollito se escapó de entre los dedos del policía y cayó, casi a cámara lenta, de su mano hasta el suelo.

El policía sintió como un incipiente hormigueo precedía a una sensación tan agradable como perturbadora: todo el bello de su cuerpo empezó a erizarse, de forma progresiva, como el público haciendo la ola en las gradas de un estadio y, lo más perturbador de todo, todos apuntaban en una misma dirección: los calabozos. Cuando el hormigueo alcanzó su punto más eléctrico (y Matías pensaba que estaba a punto de estallar, literalmente) se detuvo de una forma tan súbita que el policía se preguntó si había muerto. Contempló el reverso de sus manos y vio como el bello iba volviendo lentamente a su posición original. Parecía como si lo acabara de atravesar un fantasma, o esa era la descripción más acertada a la que le llevaba su imaginación. Se escucharon dos pequeñas explosiones, posiblemente disparos. Y de pronto un apagón. Adiós a la luz, incluso a la de emergencia.

La máxima duración de un eclipse total de sol es de 7 minutos y 31 segundos. Y durante ese periodo de tiempo la comisaría iba a sumirse en la completa oscuridad. Oscuridad que iba a exaltar los sentidos de los allí presentes, a cederle el protagonismo a la lengua, al olfato, al tacto, y a los terribles sonidos que pudieran escuchar sus oídos, los cuales su imaginación se encargaría de convertir en constantes y posibles amenazas. Prisioneros de unos instantes crueles que no tendrían nada de instantáneos, haciendo que cualquier roce accidental fuera alarma suficiente como para propinar un golpe o, en función de la paranoia que germinaba en los agentes en medio de la oscuridad y los rezos susurrados, un disparo. El oído aumentado de Matías percibía el sonido metálico de los seguros siendo retirados de las pistolas de sus compañeros. El Agente Virutas pudo visualizar entre ráfagas de luz, como en una discoteca, fotogramas de una masacre.

– ¡Basta! ¡No os matéis! – gritó, haciendo que en la penumbra se escucharan muchas armas apuntando en su dirección. La matanza que se había sucedido ante sus ojos tan sólo había sido una agria alucinación, producto de la extrema tensión. Matías notó como una película de sudor frío lo iba empapando. Los susurros iban, poco a poco, convirtiéndose en murmullos.

– ¿Qué pasa Virutas? ¿Te da miedo la oscuridad? – Comentó uno de los agentes, volviendo a colocar el seguro. Como un mago que retira el pañuelo de su mano, el velo de la tensión se esfumó con unas modestas risas. Sólo habían transcurrido cuarenta segundos, y de no ser por el grito desconsolado de Matías, en el segundo cuarenta y dos estarían todos muertos. En seguida, alguien encendió una linterna, y la idea pareció gustarle al resto, que alumbraron la escena del mismo modo.

Los detenidos continuaban tal y como los habían dejado, salvo que sus “Alea jacta est” ya rozaban un volumen musicalmente perturbador y ahora, iluminados desde tantas direcciones por la luz amarilla de las linternas, cobraban un aspecto ciertamente satánico.

El pensamiento de Matías voló inmediatamente hacía los calabozos, y esos dos estallidos, posiblemente disparos, que se habían escuchado momentos antes del apagón. Echó mano al llavero de su cintura y se encaminó con paso decidido hacia el lugar.

– ¿Dónde vas, gordo? – inquirió su compañero y amigo Pau.

– Antes he escuchado disparos – adujo Matías – voy a echar un vistazo.

– Déjalo tío, dentro de cinco minutos volverá la luz, al menos la del día. Ya entraremos entonces. Además, están cerrados bajo llave, seguirán ahí cuando vuelva el sol.

– Puede que alguien me necesite ahí dentro. Y puede que me necesite ahora, y no dentro de cinco minutos. Voy a entrar. – Sentenció el agente.

– Espera. Llévate al menos una linterna. – sugirió su compañero.

– Una linterna ahí dentro me haría ciego, y un blanco fácil además. Entraré a oscuras, y seré tan invisible como ellos. – Y con todo el aplomo que pudo reunir se encaminó hacia los calabozos.

La llave encajó en la cerradura lentamente. Matías intentaba minimizar el ruido metálico de su llavero. Amortiguando la apertura de la reja en la medida de lo posible, el policía accedió al corredor de los calabozos, dónde los rayos del sol no llegaban ni aún en los días más brillantes. Mientras avanzaba entre las sombras, agradeció alejarse de aquellos cánticos terroríficos. Desconocía el funcionamiento de las luces de emergencia, pero creía saber que estaban ideadas precisamente para estos casos, así que no se le ocurría qué podría haberlas inhabilitado. Recordó el hormigueo magnético que lo atravesó y dudó en si cargarle la culpa.

El lugar estaba extrañamente silencioso y eso lo incomodaba, ya que ahora sus oídos conformaban, con la pobre ayuda de su olfato, su principal medio de percibir el entorno. Adelantó los brazos mientras se desplazaba lenta y silenciosamente, como un caracol desplegando sus antenas, en cuanto sus dedos chocaban con un objeto replegaba el brazo, exactamente como un caracol. Finalmente, sus peculiares antenas detectaron algo relevante: la reja de la primera de las celdas estaba abierta. No podía escuchar a nadie respirando en su interior, así que seguramente no habría nadie en ella, al menos nadie con vida. Dedujo que muy probablemente el resto de celdas tampoco iban a estar cerradas. No es escuchaba a nadie, sólo los lejanos versos en latín que recitaban los pirómanos en el exterior. Era imposible que se hubieran volatilizado, así que decidió adentrarse hasta el final del corredor. Para llegar a tal punto iba a tener que doblar dos esquinas totalmente a ciegas. Avanzó palpando las celdas con su mano izquierda y la diestra cerca de la porra, por si acaso. Matías tenía la sensación de que en cualquier momento alguien (o algo) iba a aferrar su brazo a través de los barrotes. Intentó ahuyentar a sus fantasmas concentrándose en el cumplimiento de su deber, pero solo consiguió mantenerlos a su espalda, aún riéndose entre dientes de él. A medida que avanzaba pudo comprobar como, efectivamente, el resto de celdas también estaban abiertas. Cada tramo de celda abierta, cada tramo sin rejas por las que guiarse, a Matías lo asediaba una profunda sensación de desamparo, a merced de lo que la oscuridad le tuviera reservado. Cuando sus dedos volvían a palpar los fríos barrotes que le daban continuidad a su ruta se sentía ficticiamente a salvo. En los dos minutos que tardó en recorrer el primer tramo casi le atribuyó una identidad familiar a las barras de acero, saludándolas mentalmente con gratitud en su reencuentro. Y aún le quedaban cinco minutos de eclipse por delante. Y lo peor de todo, al terminar el eclipse, seguiría estando a oscuras.

Finalmente, tras doblar la primera esquina, los cánticos empezaron a sustituirse por murmullos y alguna que otra tos más allá de la siguiente esquina. “Bien, no se habían volatilizado”, estaban todos agrupados al final de los calabozos; y alguien les tendría que haber dejado hacerlo, puesto que las celdas no estaban forzadas: las habían abierto utilizando su llave.

Matías decidió prescindir de los barrotes para avanzar y continuó su camino sigilosamente a través del pasillo confiando en su sentido de la orientación. Se retiró momentáneamente la gorra del uniforme y enjugó el sudor que rociaba su pelo. El terror paranoico que le estaba ofreciendo su imaginación estaba siendo sustituido por un miedo bien real: varias docenas de detenidos, posiblemente armados, coordinados contra él entre las sombras. Fueran quienes fueran los que le aguardaran al final del pasillo, la oscuridad no los arropaba sólo a ellos, y refugiándose en esta idea avanzó, como el gordo más invisible del mundo.

Tras doblar la última esquina se encontró a la cola de una procesión que se agolpaba hacia el final de los calabozos. Matías se unió a la cola, como el policía uniformado más invisible del mundo. Al fondo a la derecha, desde la última celda, emergía un tenue resplandor que a duras penas permitía a los ojos dibujar siluetas borrosas que se entremezclaban en el largo pasillo. Este pequeño atisbo de visión despertó la sed de sus ojos que empezaron a devorar cuanta luz podían atrapar, embotando así el resto de sus hasta hace poco redescubiertos sentidos. Matías se obligó a cerrar los ojos para no distorsionar su percepción a través de las siluetas en la penumbra que invitaban a imaginar todo tipo de realidades. Tras esto, sus oídos empezaron a hablarle.

– ¿Quién es ese tipo?

– No lo sé, y tampoco quiero saberlo. Sólo sé que nos ha sacado de las celdas.

– ¿Y qué está haciendo?

– ¿Vosotros también habéis visto como ha entrado? Ha sido alucinante.

– ¿Sabéis de dónde viene?

– ¿Se va a cargar al chalado de la última celda?

– Dice que le guardemos las espaldas, ¿Pero de qué?

– De mí. – Matías había escuchado lo suficiente como para saber que tras el tumulto había alguien que necesitaba su ayuda.

Los congregados se dieron media vuelta y no alcanzaron a ver nada más que oscuridad. Quizá porque la silueta del policía fuera tan grande que sus bordes parecían inconexos entre sí.

– Abridme paso. Ahora. – ordenó la oscuridad.

En un alarde estupidez, valentía, o ambas cosas a la vez, uno de los reclusos osó preguntar.

– Y si no ¿qué?

– Y si no… – Matías retrocedió tres largos pasos hacia atrás. Los que bloqueaban el paso intentaban adivinar de quién se trataba. Uno de ellos encendió una cerilla.

Como un pistoletazo de salida, el Agente Virutas empezó a cargar conforme el fósforo iba recorriendo la superficie rugosa que lo prendería en llamas. El primero de los tipos apenas tuvo tiempo de ver una gran mole bamboleante encabezada por un rostro hinchado por el esfuerzo antes de ser alzado en volandas y sobrevolar a la bestia que avanzaba por el pasillo. El resto se dispusieron en guardia para detener el avance de Matías.

Primero intentaron detenerlo cargando contra él. Pero Matías no sólo era gordo: era inmenso. Y fueron arrollados como quien pasa a través de la maleza.

A continuación intentaron hacerlo caer atrancando sus piernas agachándose ante él. Pero Matías no sólo era gordo: era fuerte. Y el simple avance de su espinilla bastó para hacer rodar a su oponente, proyectándolo hacia otros dos que también cayeron. Luego pasó por encima causándoles seguramente lesiones irreparables.

El siguiente lo intentó con algo más potente, y un tablón de madera impactó contra el pecho del policía. Pero Matías no sólo era gordo: era resistente. El tablón de madera se hizo añicos mientras su pecho se ondulaba como quien arroja una piedra a un estanque. Alzó el brazo en carrera y enganchó el cuello de su agresor, haciéndolo girar en el aire hasta caer de cara tras haber dado una vuelta completa.

Los restantes lo intentaron uniéndose entre ellos, cual melee en un equipo de rugby. Pero Matías no sólo era gordo: era imparable. Así que la inercia hizo el resto, derribando a los que quedaban mientras la mole azul se derrumbaba sobre ellos, y éstos amortiguaban su caída.

Matías se levantó, ya en el final del pasillo, dejando tras de sí una muchedumbre quejumbrosa.

El leve resplandor provenía de la linterna que colgaba cual medalla del pecho de lo que podría describirse como una mezcla entre unidad SWAT y un agente antidisturbios sin escudo. Estaba asfixiando contra la pared a uno de los lunáticos con la cara pintada en su celda.

Alea jacta est! ¡Alea jacta est! – repetía una y otra vez con lo poco de voz que le permitía emitir el guante de cuero que apretaba su cuello.

– ¡Deja esa mierda y dime el código, desgraciado! ¡O te mataré! ¡Te mataré y regresaré cinco minutos antes para volver a hacerlo! – Amenazaba el hombre acorazado inútilmente mientras el lunático continuaba en su empeño por recitar su frase.

– ¡Deje a ese hombre! ¡Es una orden! – Interrumpió el policía.

El SWAT se giró y la linterna de su pecho deslumbró a Matías, que sólo alcanzó a ver un ojo azul y otro verde a través del casco y el pasamontañas del desconocido.

– Mierda. – murmuró el individuo, y rápidamente fue a echar mano al subfusil que portaba enfundado bajo la axila.

Matías se anticipó a la jugada y lanzó un potente puñetazo contra la amenaza. De forma refleja, el desconocido interpuso su brazo izquierdo al golpe que impactó de lleno en su muñeca. Tras esto, un dispositivo parecido a un reloj se iluminó en la mano del agredido, emitiendo un sonido agudo y ascendente, como cuando se carga el flash de una cámara. Se produjo un fogonazo que cegó a todo el mundo, y lo último que quedó en las retinas de Matías fue la mirada asustada y bicolor de su adversario. Y entonces el sonido de dos explosiones, posiblemente disparos.

Se encendieron las luces de emergencia con un parpadeo, y en la pared sólo quedaba la sombra descomunal de Matías tatuada en la pared, cual víctima de Hiroshima. Ni rastro del policía, y ni rastro del desconocido. Tan sólo, como dulce prueba de lo sucedido, yacían en el suelo tres virutas de chocolate.


“Eclisse di sole”

Hay conciertos que crean leyenda. Conforman parte de la historia. Su nombre queda grabado en la conciencia popular. Trascienden al mismísimo tiempo, y el paso del mismo no hace más que alimentar su leyenda. Jamás olvidados, por siempre en marcha, inmortales, haciendo perdurar sus melodías en un eje muy diferente al creado por el maldito tiempo. Los que estuvieron allí para contarlo jamás podrán borrar de su mente ninguna forma, ningún olor, y ni mucho menos, ningún sonido. Los que no estuvieron siempre desearán haberlo presenciado, incluso los que ni siquiera habían nacido para poder haberlo hecho. Leo Barvassi era consciente de todo esto mientras afinaba su guitarra en el backstage.

Los dedos le temblaban al hacer girar las clavijas que modificaban el sonido de sus seis cuerdas. Sentía que no tendría fuerza suficiente para ponerse en pie cuando pronunciaran su nombre. Se preguntaba seriamente si sus rodillas no cederían simplemente ante el peso de tanta tensión. Dicho peso parecía bien lejos de la metáfora. Sentía sobre sus espaldas la voz del público, el murmullo grave e inquieto que precedía al estallido de emoción que se desataría en cuanto apareciera sobre el escenario, y creía que iba a aplastarlo de un momento a otro. Se preguntaba si Jimmy Hendrix llegó a sentir algo parecido allá en Woodstock. Sonrió ante tal pensamiento y una gota de sudor se deslizó hasta la comisura de sus labios. Leo la recogió con la lengua y saboreó la sensación salada de su pánico. Por un momento abandonó el escenario, dejando atrás su cuerpo, como una carcasa vacía, y viajó atrás en el tiempo, completamente ajena su mente a que tan sólo era una ilusión. Leo abrió los ojos y estaba sentado en la parte de atrás de una furgoneta, allá en Italia, en la ciudad de Florencia.

La primera vez que Leo sintió que no podría levantarse fue en 1972, con diecisiete años. Aunque esta vez el murmullo de fondo no lo generaba una muchedumbre enfebrecida, si no tan sólo los grillos que interpretaban sus conciertos particulares en el aparcamiento trasero de un bar musical de, digámoslo así, poca monta. Leo afinaba su guitarra, justo como le había enseñado su maestro, exactamente igual que lo haría 37 años después en el backstage del escenario desplegado por su equipo en el Fòrum de Barcelona. Su tío le había conseguido un bolo en el local de un socio que le debía dinero. “Eclisse di sole”, nunca podría olvidar esas tres palabras resplandecientes escritas en un cartel de neón azul y rojo.

Desconocía quien habría esperando frente al escenario. Qué clase de personas estarían sentadas en torno a esas mesas redondas, expectantes entre el humo y las luces del local, jueces y verdugos de su actuación. Pero él esa noche no tocaba para ninguno de ellos. Sería una interpretación frente a una única persona. Marco Stella estaría en una de esas mesas, meciendo su trago y guardando un sepulcral e inexpresivo silencio hasta el final de la noche, cuando revelaría su veredicto, quizá no del todo definitivo, sobre el joven Leo Barvassi. El señor Stella era un cazatalentos, un representante, disfrazado de gángster de los años veinte, fumador habitual de grandes y, según para quien, malolientes puros. Era mucho menos importante de lo que sus hábitos e indumentarias pretendían aparentar, pero esta noche para Leo era lo más cercano al soberano del mundo, de su mundo.

En la furgoneta Leo se invitaba una y otra vez a abandonar. A convertir su pasión en un hobby. A transformar su vocación en un elemento para amenizar los encuentros con amigos, a devolver todo este asunto al momento anterior al que aparecieran las náuseas, las lágrimas y los quebraderos de cabeza.

– Hacía tiempo que no veía esa cara.

Un anciano Marco Stella trajo de nuevo al presente a un ya no tan joven Leo Barvassi. Al guitarrista estas palabras le sentaron como un cubo de agua fría. Por alguna extraña razón le resultó terriblemente confuso escuchar a su manager y viejo amigo hablar en inglés, incluso le costó unos segundos entender lo que le había dicho. Leo se detuvo a reflexionar sobre cuanto tiempo hacía que ni tan siquiera pensaba en italiano. Por unos minutos había vuelto a su adolescencia, y la regresión desde ese punto hasta el presente lo había paseado a una velocidad vertiginosa a lo largo de toda su carrera, cargando consigo alguna que otra secuela. Había viajado en un tren que no tenía parada en ninguna estación, y por la ventanilla podía contemplar desde el primer momento que cogió una guitarra: todos sus conciertos, toda la gente que había ido modelando su carrera con sus acciones, con su simple existencia, las amistades creadas, afirmadas y disueltas, así como los amores, como si las relaciones tuvieran su propio ciclo vital y al terminar dejaran un bello cadáver en tu memoria. Por el sistema de comunicación del tren iban sonando diferentes canciones, ninguna era suya, pero todas tenían algo que hacían erizar el bello de su nuca y evocaban nuevos recuerdos que aguardaban expectantes tras cada una de las estaciones, volando fugaces tras la ventanilla.

Leo Barvassi se preguntó cuantas de sus canciones sonarían en el tren de los demás, de todos aquellos que coreaban sus letras y melodías entre el público, y que habían atado su música a sus recuerdos más importantes. ¿Cuánto bello habrá erizado el sonido de su guitarra?

Leo se puso en pie, sus piernas eran ahora un par de fuertes robles, capaces de soportar el peso del mundo, como si él ahora fuera el mismísimo Atlas. El guitarrista dedicó una sonrisa a su manager, de profunda y sincera alegría, como la de un niño que está a punto de cruzar el umbral del parque de atracciones, y Marco Stella retrocedió un paso arrollado por la fuerza de su expresión. No hizo falta decir nada más. Leo aferró su guitarra por el mástil y marchó hacia el escenario, antes de que ni tan siquiera lo anunciaran.

El público estalló en un tornado de euforia que hizo vibrar, literalmente, el pecho del viejo rockero.

Leo alzó un puño, golpeando el firmamento celeste de la ciudad catalana. El gentío empezó a corear su nombre. Sobre él, a veinte metros de altura, sobre los focos, sobresalía un cartel que rezaba “Eclisse di sole”. Exactamente las mismas letras que lo vieron nacer sobre un escenario. Y es que de forma totalmente fortuita, uno de sus conciertos de la gira 2009, concretamente éste, había coincidido con la disposición idónea de los planetas para bañar el escenario bajo la sombra mágica de un eclipse. El equipo de marketing había decidido disponer el evento de forma que coincidiera el final del mismo con la formación del eclipse, y tratar este concierto como uno al margen del resto, al margen del resto de la gira: Eclisse di sole, directo a DVD.

Sin esperar al OK del equipo técnico, ni a que el resto de los músicos que lo acompañarían estuviera preparado, Leo Barvassi conectó su guitarra, subió el volumen y tras hacer sonar una cuerda deslizando el dedo desde el extremo a la base del mástil comenzó a deleitar al público con una melodía improvisada, cargada de color y sentimiento, siendo ahora él quien, literalmente, hacía vibrar a los espectadores con los potentes altavoces dispuestos en el fòrum. El público no se atrevió a acompañarlo con palmas, estaban todos presos, sumergidos en la retahíla de notas que Leo componía con maestría, producto de una vida de sacrificio entregada por completo al instrumento que se mecía entre sus manos, y que él acariciaba como el mejor de los amantes, haciéndola gemir con el más musical de los orgasmos. Leo Barvassi silenció la ciudad condal, preludio de lo que sería un concierto legendario, de los que conforman parte de la historia. Esa clase de conciertos cuyo nombre queda grabado en la conciencia popular. Trascienden al mismísimo tiempo, y el paso del mismo no hace más que alimentar su leyenda. Jamás olvidados, por siempre en marcha, inmortales, haciendo perdurar sus melodías en un eje muy diferente al creado por el maldito tiempo. Los que van a estar aquí para contarlo jamás podrán borrar de su mente ninguna forma, ningún olor, y ni mucho menos, ningún sonido. Los que se lo van a perder siempre desearán haberlo presenciado, incluso los que ni siquiera han nacido aún para poder hacerlo. Leo Barvassi era consciente de todo esto mientras se convertía en el único sonido que podía escucharse en ese pequeño rincón del mundo. Eclipsando aquel día, al mismísimo “Eclisse di sole”.


Eclipse y café descafeinado

Era uno de esos días en los que a uno se le acumulan mil temas sobre los que reflexionar. Decisiones pendientes de ser tomadas, y todas ellas, de forma ineliduble, afectando las unas a las otras. Henry Noland insertaba a intervalos regulares un café en su organismo. No se podría decir que lo bebiera, dado que los mil asuntos que conformaban la tempestad que era ahora su mente impedían que lo tomara, y ni mucho menos que lo degustara. Permanecía sentado frente a su portátil, en la terraza de una cafetería de Barcelona, esperando a que un importante cliente se sentara frente a él y decidiera, quizá, en ese momento, si invertir o no cien mil euros en el proyecto que Noland traía desde la gran manzana. Henry trabajaba para una empresa de robótica denominada Vacuum Robotics of Gingletown. Nunca había oído hablar de Gingletown, y muchas veces Henry, entre tempestad y tempestad de cavilaciones paraba a preguntarse si existía realmente un lugar así y por qué demonios daba nombre a la empresa. Normalmente ese pensamiento terminaba en un pueblo fantástico donde toda la gente bailaba en corro y llovían caramelos.

Sin embargo ese día no había tiempo de viajar a Gingletown ni por unos breves instantes. Por si fuera poco, a su tormenta de ideas se agregaba una llamada Sidney, y no era ni mucho menos la ciudad (la cual le tocaba visitar la semana siguiente), era su novia. Su cándida, fiel, cariñosa y terriblemente estresante novia, Sidney, que aguardaba esa mañana en el hotel a la espera de que Henry regresara de su hora de los negocios para visitar las tres cuartas partes del total de comercios que conforman Barcelona y regresar con un buen puñado de bolsas a Nueva York. No estaban pasando por un buen momento, y eso acrecentaba las compras compulsivas de su amada, cariñosa y estresante rubia que podría haber sido sacada perfectamente de un catálogo de Victoria’s Secret. No era ni mucho menos la clase de persona con cuyo carácter encajara Henry a la perfección, pero su poderosa y perfectamente definida silueta hacía que el señor Noland, joven y emprendedor empresario de 27 años consumidor de cocaína, pasara por alto la mayoría de sus caprichos e impertinencias. Alimentaban, de algún modo, sus necesidades sociales de forma mutua. Sidney tenía alguien a quien mangonear, chantajear y vapulear; y Henry tenía alguien por quien ser mangoneado, chantajeado y vapuleado, que era terriblemente sexy. La mujer insistía en que el loft de diseño en el que vivían al otro lado del Atlántico no se correspondía para nada con las ambiciones actuales de Henry, las cuales, al parecer, designaba la misma Sidney; y Henry simplemente trataba de lidiar con el actual capricho de su adorable pareja al cual suponía que, tarde o temprano, acabaría accediendo.

A todo esto podemos sumarle las noches de sueño que le robaba su cuarta carrera en curso, que una vez conclusa le permitiría sin duda acceder a un despacho mayor, con más calificaciones colgando de la pared, y que acarrearía con él más quebraderos de cabeza con los que acelerar su caída capilar. Con suerte, de aquí a tan sólo dos años, podría ser un director ejecutivo calvo y gordo y con un par o tres de tics nerviosos.

Pero Henry todavía no era gordo ni calvo y allí seguía, haciendo deslizar el café por su garganta: Descafeinado de sobre con sacarina, pensando que quizá la cafeína alterara demasiado su estado, como si él mismo ignorase que fuera cocainómano.

– No tenemos mucho tiempo – Anunció alguien tomando asiento.

– Oh, créame, le gustará emplear unos minutos en observar nuestra propuesta. – Comenzó Henry girando la pantalla del portátil y alzando la vista. Su discurso quedó interrumpido al encontrarse a alguien completamente desconocido frente a él. “Un sicario”, pensó, “Me han enviado a un don nadie.”

– Hen, quiero decir, Henry, escúchame bien. Todo esto se sale del plan, lo sé, lo sé ¿de acuerdo? Pero es completamente necesario. Oh, mierda, no estás entendiendo nada, joder, pues claro que no, mierda. Verás, seré breve, y debes hacer un acto de fe.

– Pare el carro, amigo. – Henry examinó al tipo que había ocupado el asiento que estaba destinado para el magnate Arnau Vallverdú, director de Tecnologies la Vall. Era un hombre de cabello rubio oscurecido por la gomina, de piel clara y rasgos nórdicos, con un pequeño tupé repeinado hacia la izquierda. Iba embutido en una americana de pana beige con la que cubría un suéter negro de cuello alto. Noland clavó su mirada castaña sobre los ojos azul hielo del desconocido. – Estoy esperando a alguien importante, así que me temo que debería marcharse.

– Oh no, eso no va a pasar Hen. – El extraño aferró la servilleta de Henry y empezó a arrancar trocitos de forma ausente aunque compulsiva. Como si sus manos hubieran decidido dedicarse a algo mucho más interesante que obedecer a su dueño. – Vengo del futuro, así que yo te diré lo que va a pasar. Sí, lo he visto hacer otras veces, y servirá para que me creas. – El desconocido miró de forma sedienta a su alrededor, en todas las direcciones a la vez, si eso es posible. – ¡Atento! ¡Atención! ¡Tras esa esquina! ¡Está a punto de aparecer un grupo de majorettes!

Noland desvió la mirada y, efectivamente, tal y como él pensaba, dichas majorettes brillaron por su ausencia.

-¡Largo de aquí! – Inquirió el joven ejecutivo con la paciencia ciertamente colmada por semejante estupidez. El desconocido comprobó su reloj y le dio unos golpecitos por si se había estropeado.

-¡No! ¡Espera! ¡Ese camarero! – El camarero mencionado alzó la mirada al escuchar que lo nombraban – ¡Está a punto de caérsele la bandeja!

Henry, sin saber por qué, se giró a verificar la certeza de la predicción. No. No hubo accidente alguno. Se odió así mismo por caer dos veces en el juego de aquel loco. No habría una tercera.

– ¡No lo entiendo! ¡Esto ya ha ocurrido! O… puede que todo esté cambiando ya. Sin duda es eso. Estamos bien jodidos Hen. – El desconocido abrió los ojos como platos y se abalanzó sobre Henry, derramando lo que quedaba de su café sobre su regazo. – ¡Cuidado!

Noland se levantó bruscamente de la silla dejando caer al extravagante individuo de bruces al suelo. Fuera lo que fuera aquello sobre lo que trataba de prevenirle aquel tipo misterioso, no ocurrió. Henry empezó a arrancar servilletas del servilletero y a secarse con ahínco los pantalones.

– Se acabó. ¿Me oyes capullo? Levanta tu jodido culo de lunático de la acera y vuela o te juro que te haré tragar uno de estos parasoles. Y créeme, créeme maldito imbécil, cuando te digo que esa predicción va a cumplirse.

Varios camareros se acercaron a ver que ocurría, el dueño de la cafetería se asomó desde la entrada del establecimiento. El desconocido miró alrededor alarmado mientras se incorporaba, por su posición parecía un animal acorralado evaluando sus opciones. En seguida tomó una resolución y abandonó el lugar corriendo, no sin antes dirigirle una mirada a Henry que éste no fue capaz de descifrar.

El personal de La llar del café se encargó de limpiar el estropicio y dispuso al señor Henry Noland en una nueva mesa. Henry pidió otro café. Alguien tomó asiento frente a él y Noland estuvo listo por si debía propinar un puñetazo. No hizo falta. Esta vez era quien esperaba. Intercambiaron un saludo formal y tras una breve sesión de cordialidades Noland entró en materia. Vacuum Robotics of Gingletown tenía un proyecto realmente digno de presentar. El trabajo, creía Henry, estaba prácticamente hecho. Cualquier proceso industrial que pudiera hacer frente a la inversión se vería claramente beneficiado por su nuevo sistema robótico de producción con una IA que suplía incluso los errores que los operarios pudieran inducir en sus directrices. Y de pronto, a las once y veinticinco de la mañana de un jueves, día doce de Marzo, se hizo de noche.

Henry alzó la vista consternado, y se encontró con que el señor Arnau sonreía y se giraba para contemplar a la muchedumbre que se había aglomerado en las calles, todos mirando al cielo. El joven ejecutivo no podía dejar de pensar en el perturbado que lo había asalto hacía escasos minutos.

-¡El eclipse! – Dijo el director de Tecnologies la Vall, como si ya supiese que iba a ocurrir. Como si todos allí supiesen lo que iba a ocurrir.

Henry lanzó una mirada al televisor del establecimiento y vio que lo estaban retransmitiendo por televisión. Puede que se le hubiera pasado, claro, hacía mucho tiempo que no paraba unos minutos a mirar la tele en su sofá. Y más en Nueva York, un eclipse parcial al otro lado del charco, no crearía tanto revuelo mediático, y él, salvo por su entorno financiero, no seguía muy de cerca la actualidad del planeta. Era razonable. O eso se repetía una y otra vez sin dejar de pensar en la americana de pana beige. Miró al cielo para contemplar el eclipse y de pronto, “blam”. El cadáver sin vida, gordo y calvo, de Henry Noland aterrizó frente a sí mismo, destrozando la mesa y su portátil. Derramando de nuevo el café sobre sus pantalones.

FIN