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Humo en la terraza

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Las estrellas paseando sin ninguna prisa por el horizonte, ligeramente empañadas por el tinte naranja de las farolas. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático. Los Red Hot Chili Peppers amenizan la velada con modestia desde el pequeño altavoz de un iPod que reposa sobre el pecho de uno de los chicos. Unas velas sobre la barandilla de obra vista terminan de conformar el improvisado santuario veraniego que llevan visitando cada fin de semana desde julio. El mar está demasiado lejos para oírlo, pero algo de su aroma salado consigue regar la calma que comparten los cuatro jóvenes. No se dicen nada, no hace falta, cada uno en comunión con sus pensamientos disfruta de la felicidad del verano. De vez en cuando, una nube blanca se eleva sobre ellos y dibuja un árbol de humo, cuyas hojas se mecen con la brisa del mar, hasta desaparecer en un elegante fundido a negro. Entonces se pasan el porro. Para terminar de redondearlo, era viernes.

– Si tuviera una máquina del tiempo viajaría constantemente de la tarde del domingo a la noche del viernes.

– Sí, tío…

– Yo pararía el tiempo ahora. Sin hambre, ni sueño. Sólo estrellas, buen tiempo, un canuto…

– Pero los viajes en el tiempo son una mentira, tío.

– ¿Qué dices loco? Yo he leído algunas cosillas y tan lejos de dominarlos no tenemos que estar.

– Es mentira, tío. Si yo tuviera una máquina del tiempo lo que haría sería venir a este mismo instante, para sacarnos de dudas.

Los cuatro amigos miran hacia la puerta. Pero el amigo del futuro no llega. Un nuevo árbol blanco crece sobre las hamacas y todo huele genial.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Adelante… – Dice uno de ellos, algo emparanoiado.

La puerta se abre y todos empiezan a conjeturar: ¿El pizzero? ¿Su madre? ¿La novia? ¿Un vecino?

No. Era uno de ellos, bastante añado, con la cara surcada por la edad y una barba dura y gris como la piedra.

– Dicho y hecho. – Dice el viajero temporal. Coge el porro de los labios embobados de su yo del pasado y le propina una generosa calada. Después exhala el humo al cielo. – Llevo media vida esperando a llegar y decir esa frase ¡JA JA JA JA JA!

Completamente petrificados los cuatro amigos observan con los ojos como platos al recién llegado.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Pues sí que se puede, chavales! – La versión madura de otro de ellos entra en escena. Contempla el panorama y ve que no ha sido el primero en llegar.

– ¡No me jodas! ¡Se me han adelantado! ¿Cuantas posibilidades había? … ¡Hostia! ¡Un porro! ¡Llevo décadas sin ver uno!

– ¿Qué dices tío? – Contesta el que llegó primero.

– Prohibieron el tabaco y cualquier producto que emanara humo en 2018 por la situación crítica que se vivía en las ciudades…

– Pues tenemos que ser de líneas temporales diferentes cada uno, porque en mi presente, la maría está legalizada en toda Europa.

– ¡Vaya tela! – El recién llegado coge el porro y le da una calada, la que inmediatamente le produce fuertes toses. Su compañero se parte de risa mientras los cuatro jóvenes siguen con la mandíbula desencajada, incapaces de procesar la situación.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Joder, ¡mira el cabroncete que me he encontrado en el pasillo! – La versión adulta de los otros dos colegas también llegan. Juntos al parecer.

Cuando ven a sus otros colegas se saludan y se abrazan con entusiasmo.

– Hostia tío, qué fuerte. Al final vamos a poder vivir nuestro sueño. ¡JA JA JA JA!

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Adelante! – contestan todos ante los perplejos jóvenes, inconscientes de lo que acababan de crear.

– Dicho y hecho. – Dice un nuevo viajero temporal. – ¿Qué? ¿¡No soy el primero!? ¡Y estoy repetido! ¡Menuda movida! ¡JA JA JA JA!

– Hostia, pues a ver si la vamos a liar. Porque si cada uno llegamos de líneas temporales diferentes y eventualmente, cualquiera de nosotros que consiga viajar en el tiempo vendrá a este instante de todos los instantes posibles…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

 

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático.

Un hombre irrumpe en la terraza súbitamente. Parece una versión añada de uno de ellos, andrajoso y caminando con ayuda de muletas. Los amigos alucinan y se miran entre ellos. El hombre va directo al grano:

– Si alguna vez conseguís viajar en el tiempo prometedme que no regresaréis a este mismo instante. Prometedlo. Juradlo.

– Tío… creo que estoy alucinando, no sé que mierda has comprado…

El hombre, con expresión agravada continúa:

– Este mismo día hicisteis… haréis… mejor dicho, haríais un pacto si yo no lo impidiera. Si alguno consiguiera poder viajar en el tiempo, volvería a este mismo instante para demostrar que es cierto. Bien, os aviso. Yo fui el único superviviente cuando la terraza se colapsó por el sobrepeso. Un montón de copias de nosotros mismos cayeron edificio abajo entre runa y muebles y sólo quedé yo, de puro milagro.

– ¡JA JA JA JA JA! – Los cuatro chavales empiezan a descojonarse dominados por la marihuana y lo absurdo de la situación. El hombre, desesperado, insiste.

– ¡Esto no es una puta broma, retrasados de mierda! ¡Tomadme en serio o se colapsará el espacio tiempo!

– ¡Vale, vale! ¡Lo prometemos! ¡No te pongas así tío!

El hombre suspira derrotado. Un mar de tiempo intentando evitar la catástrofe y al fin lo ha conseguido.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Cabrones! ¡Lo habíais prometido!

– Yo tenía los dedos cruzados. – contesta uno aguantándose la risa.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Es que, si el tiempo es infinito, estadísticamente existen infinitas posibilidades de que descubramos los viajes temporales y regresemos a este instante, así que eventualmente llenaremos el universo de copias nuestras apelotonadas…

– ¡JA JA JA JA JA JA JA JA!

– Estupendo, quedamos una noche para fumarnos unos petas y destruimos el mundo…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.


El Poker de la Osa Menor

El paisaje cambiaba al ritmo de la suave inercia que llevaba la Chicken Bone a través de un cuadrante abandonado de la Osa Menor. Por los grandes ojos de buey de la sala principal se podían contemplar un sinfín de puntos brillantes a la deriva, millones de estrellas siendo testigo de los dos años que la nave de transporte llevaba extraviada en el espacio. En medio de una misión rutinaria, un pedazo de basura espacial interceptó el rumbo de la nave del capitán Arthur Tracker. La colisión destrozó los sistemas de propulsión de la Chicken Bone y la desplazó de su trayectoria rumbo a ninguna parte a una velocidad constante de doce centímetros por segundo. Por suerte o desgracia, la carga de la nave eran verduras, embutidos y vinos criogenizados de primera calidad procedentes del planeta-granja Ibericus IV, así que todo ese tiempo a la deriva hubo comida de primera calidad para los cuatro miembros de la tripulación, y se preveía que podrían subsistir dos años más si se racionaban bien.

– Pareja de cuatros – Christian Tracker, el hermano del capitán, mostraba sus cartas y se preparaba para llevarse el botín: Unos tacos de queso de oveja semicurado que acompañarían perfectamente a las lonchas de jamón que acaba de desplumarle a su novia, María.

– ¿¡Cómo puedes apostar tan fuerte con una pareja!? – Arthur se echaba las manos a la cabeza, su hermano era capaz de leer todos sus movimientos y siempre le tocaba lo peor para comer.

– Sabía que no tenías nada, Arthur, tienes que practicar más tu cara de Poker-

En la nave habían cogido como costumbre jugarse la comida del día al poker, cada uno se apostaba sus raciones, y así mataban una parte más de un día que llevaba durando más de 17.000 horas.

– No es que tenga que practicar mi cara de Poker, es que tengo mala suerte, en dos años aquí nos conocemos todos demasiado bien como para farolear.

– Podías dejar ganar alguna vez al capitán, que a este paso vas a acabar gordo como la luna. – Puyó María a su novio, pinchándole la barriga con el índice.

– A quién coño le importa que esté gordo, si nos vamos a morir aquí. – Saltó Lucille, la esposa de Arthur, que no toleraba tan bien como el resto la reclusión espacial. Los demás, acostumbrados a su pesimismo, la ignoraron.

– Venga, reparte. – Medio ordenó Arthur a su esposa.

Con la destreza de un crupier profesional, que todos habían adquirido tras enésimas partidas, Lucille repartió una nueva mano a los cuatro jugadores. Todos recogieron sus cartas e intercambiaron miradas de soslayo. Arthur tenía tres ases en la mano, se relamió pensando en el manjar que iba a disfrutar en breves. Mientras tanto, Christian rellenaba las copas de vino de sus compañeros.

– No voy. – sentenció el hermano menor de los Tracker.

– No voy.

– Yo tampoco. – Lucille y María se retiraron de forma instantánea junto a Christian.

– ¡Y UNA MIERDA NO VAIS! – gritó el capitán, sulfurado. – ¿¡Por qué cojones no vais!?

– Casi llenas las cartas de babas nada más destaparlas, tío. Dos años jugando a esto y sigues siendo el peor mentiroso del universo. – se burló Christian.

– Mis cojones. Estáis haciendo trampa. Me cago en la puta. – Arthur se giró alrededor buscando superficies reflectantes. – Me veis las cartas de alguna manera… –

– Deja de quejarte. Te toca repartir. – Respondió su esposa.

– No, no, no, no… aquí no se juega hasta que se descubra el pastel. – Arthur puso los ases bocabajo en la mesa y pegó la nariz a ellos buscando marcas secretas. – ¡Tiene que ser algo! ¡Christian ha hecho muescas en las cartas seguro. ¡MIRA! – Acto seguido levantó uno de los ases y lo mostró al resto de jugadores. – ¿¡Lo veis!?

Arthur sólo recibió muecas de desconcierto.

– ¡Aquí! En la parte de abajo. ¿Esto es una rajita no? – Espetó señalando el As de Tréboles.

– Llevamos dos putos años jugando al poker, es normal que las cartas estén deterioradas ¿no? – Christian no pudo contener una sonrisa.

– ¡Míralo! ¡Y se ríe! ¡Pero es que esto es descarado! ¡Normal que me toque siempre comer judías! ¡Exijo una compensación!

– ¡Arthur! Me río porque es de risa de lo que me acusas. Estás desquiciado. Si quieres cambiamos de juegos y ya está. Podemos jugar al Trivial y el que gane elige comida primero…

– ¡Y una mierda cambiamos de juego! ¡Ahora que te he cogido el truco!

– Cariño, ¿No crees que estás exagerando? – Intentó apaciguarlo Lucille.

– ¡Tú no le defiendas! – se indignó Arthur.

– Vamos a echar otra mano, ya verás como te irá mejor, aunque sea por estadística. – Propuso María, intentando rebajar tensiones. Hacía más de cinco semanas que los dos hermanos no acababan a puñetazos y había que mantener ese récord. Arthur y Christian se respetaban y se querían, pero la convivencia extrema les había llevado a las manos más de una vez, normalmente por una tontería.

– Vale. – Aceptó el capitán a regañadientes y empezó a barajar.

Todos los jugadores cogieron sus nuevas manos. Arthur recibió dos reyes, un tres, un ocho y un nueve. Nadie se rajó. Las apuestas subieron y se hicieron los respectivos descartes. Arthur se quedó con los dos reyes y recibió tres sietes, increíble.

– Apuesto cinco lonchas de chorizo. – Intentó decir el capitán con la mayor calma posible.

Christian mantuvo su mirada clavada en su hermano durante un rato, intentando hacerlo flaquear. Pero el capitán no titubeó.

– Está bien, veo tu chorizo y subo diez tacos de queso.

– No voy – Dijo María.

– Yo lo veo. Es lo último que me queda. Pero me da igual, ya se me ha quitado el hambre. – Dijo Lucille.

– Yo veo los quesos, y subo cuatro pimientos de padrón. – Apostó Arthur.

– ¿Estás seguro hermano? Yo de ti no tentaría tanto a la suerte. –

– No necesito tu compasión, gilipollas. – Amenazó el capitán.

– Como quieras. Veo tus pimientos y subo una barra de cuarto. – Christian miró a su hermano desafiante, con una sonrisa en los labios.

– Tampoco te pases, Chris… – avisó María.

– Déjale hacer, le va a venir bien un poco de dieta. – interrumpió el capitán. – Veo tu barra de pan.

A ver que tienes.

– Lo veo – se sumó Lucille.

– Pareja de cuatros. – destapó el menor de los Tracker.

– ¿¡Pareja de cuatros!? ¿¡Por quién me has tomado!? ¿¡Por un mocoso al que hay que complacer!? – Explotó Arthur.

– ¿Es que no puedes estar contento con nada, subnormal? – le espetó Christian, bastante molesto.

– ¡Prefiero pasar hambre a que me dejen ganar!

– Bueno, pero destapa tus cartas ¿no? – apuntó Lucille.

– Aquí lo tienes, un puto Full. – El capitán desplegó las cartas sobre la mesa.

Rey. Reina. Ocho. As. Dos.

– Si eso es un Full yo soy el presidente de Marte. – contestó Christian.

El capitán miró incrédulo sus cartas.

– ¡No puede ser! ¡Os juro y perjuro que yo… – Arthur se frotó los ojos.

– Lo que nos faltaba… ha perdido la cabeza… – suspiró su esposa.

Christian echó los brazos al botín para arrastrarlo hacia su banquete.

– No tan rápido, bonito. – Lucille muestra su mano: Trío de de cuatros.

– ¡No puede haber cinco cuatros en la baraja! – renegó Chris.

– JAJAJAJAJAJAJA – Arthur explotó en una carcajada y se levantó de la silla, dando tumbos aleatorios mientras se agarraba el estómago.

Christian y Lucille empezaron a intercambiar berridos. María se tapó los oídos y apoyó la frente contra la mesa. Arthur agarró el hacha de incendios y se lo clavó en un impulso a la novia de su hermano en la cabeza, abriéndola como un melón.

¿¡PERO QUÉ HACES!? ¿¡Y POR QUÉ LA MATAS A ELLA!? – Christian desclavó el hacha de la cabeza de su novia y lo lanzó contra el pecho de Lucille. La esposa del capitán esquivó a tiempo de que el hacha sólo le cortara el brazo derecho a la altura del codo.

– ¡HIJO DE PUTA! – Lucille cayó al suelo mientras la sangre salía a chorros empapando el suelo de la nave. Arthur conectó un derechazo a la mandíbula de su hermano derribándolo. Ipso facto empuñó el cuchillo de cortar jamón y se abalanzó sobre Christian.

– No, de mí no se ríe nadie. NADIE. ¡¡¡NADIE!!! –

El hermano menor evitó la cuchillada propinando una patada en la rodilla a Arthur y echó a correr a cuatro patas.

– ¡No te preocupes cariño! ¡Voy a matar a este cabronazo! – Gritó el capitán con la sonrisa desencajada.

– ¡No, cariño! ¡Mátame a mí primero! ¡Que estoy hasta el coño de estar en esta puta nave de mierda!

Sin dudarlo un instante Arthur, con más placer que lástima, agarró a su mujer por el pelo y le rebanó el pescuezo, proyectando una fuente de sangre sobre la mesa de poker. Christian miró horrorizado como su hermano reía a carcajada limpia mientras su cuñada efectuaba sus últimos espasmos de vida. Reuniendo algo de valor, el menor de los Tracker corrió hacia la galería para coger su pistola de plasma.

– ¡No huyas hermanito! ¡Vas a pagar por tus crímenes!

En el momento en el que Arthur accedió a la galería, su hermano le pegó un tiro en el pecho. El torso del capitán estaba agujereado de cabo a rabo, pero fuera de sí, seguía avanzando, aparentemente inmune al daño causado por la pistola de plasma. Consumido por el miedo, Christian empezó a disparar sin control.

En el tiempo en el que Arthur llegó a su hermano, tres agujeros más se le abrieron en el cuerpo al capitán que, sin atisbo de compasión, apuñaló varias veces al chico en los ojos, tocando hueso dentro del cráneo con la hoja del cuchillo.

Cuando reinó el silencio, el capitán fue a su silla, tomó asiento, y empezó a comer lo que había ganado en la partida de poker.

“Le habla la nave de reconocimiento A57ZM. ¿Hay alguien a bordo? Capitán Arthur Tracker, ¿Me recibe? Solicitamos permiso para conectar el puente de abordaje. ¿Hola?”

Un año después de la fatídica partida de poker en la Osa Menor, una nave de rescate contratada por la familia del capitán daba con la Chicken Bone. Los operarios conectaron el puente y entraron armas en mano, por si tenían que vérselas con algo inesperado. Al entrar rodearon a Arthur Tracker bañado en vino, con docenas y docenas de botellas desparramadas por la sala principal y una más en la mano, a medio beber.

– ¡Los he matado a todos! ¡A todos! ¡Que me encierren! – Lloraba desconsolado.

– No se preocupe, capitán. Vamos a ponerle a salvo. – Intentaba tranquilizarlo uno de los operarios. Mirando alrededor, sus compañeros de equipo no encontraron ningún cadáver.

– ¡Hermano! – Christian Tracker entró en la sala apartando a los operarios. Tras él iban Lucille y María. En un lacrimoso abrazo, su mujer y su hermano lo abrazaron. – Pensábamos que no volveríamos a verte. Gracias a Dios. ¡Estás vivo! ¡Arthur! – Chris no pudo reprimir una risa de alegría. Lucille besaba a su marido, derrotada por la emoción.

Arthur, aún preso de la ebriedad, miró a su familia, y luego miró la botella en su mano. Perplejo, se llevó el vino a los labios y brindó por la demencia.


La Luna que le robó el tiempo a Henry Noland

Era uno de esos días en los que a uno se le acumulan mil temas sobre los que reflexionar. Decisiones pendientes de ser tomadas, y todas ellas, de forma ineludible, afectando las unas a las otras. Cuando de repente, tu propio cadáver aterriza desde la azotea de un edificio frente a ti, destrozando la mesa de la terraza donde tomabas café, hace añicos tu portátil y, de pronto, torna en banales la gran mayoría de cuestiones que te azoraban hasta hace un momento.

Henry Noland contemplaba atónito su añado cadáver. Estaba gordo y calvo, pero sin duda era él, llevaba incluso el mismo traje que ahora, diantres. El joven ejecutivo no osó tocar el cuerpo y retrocedió como quién estuviera ante la presencia de un fantasma. Miró a su alrededor. Al parecer, amparados bajo la oscuridad del eclipse, la gente no había reparado en la similitud entre ambos y, la mayoría, se debatía entre mirar el cadáver o el eclipse y sus cabezas se movían en sacudidas que, en otras circunstancias, habrían sido cuanto menos graciosas. Instintivamente, Henry echó a correr.

Corrió sin rumbo entre la muchedumbre que permanecía congelada en el tiempo que el eclipse había robado al curso de los acontecimientos. El sobresalto le había robado el aliento, y la falta de oxígeno provocaba punzadas de dolor en sus sienes. Sus pies flotaban sobre el asfalto apenas sin sentir y el abrupto punto de inflexión que el destino había impuesto en su vida se apoderaba de su calma. Exhausto aterrizó de rodillas en el centro de un cruce. Hasta el último de sus átomos luchaba por despertarse de lo que parecía ser un sueño terrible, como cuando sabes que estás soñando y deseas librarte de la pesadilla. Henry apretó los ojos con fuerza y respiró hondamente tratando de dejar atrás cuanto había sucedido.

Silencio.

Abrió los ojos lentamente con la esperanza de aparecer en su hotel, pero allí seguía, entre una multitud inmóvil que había apartado la mirada de su mundo. Algo más relajado, dentro de lo que cabe, escudriñó su entorno y sus ojos repararon en una formación de uniformes rojos que no hizo más que dar crédito al extraño individuo de la chaqueta de pana beige: majorettes. No se lo pensó dos veces; echó mano del bolsillo de su chaqueta y extrajo una pequeña caja bañada en plata con un elaborado grabado en ella, hundió el meñique en su contenido y se lo llevó a la nariz para inhalar el polvo blanco en una enérgica aspiración. Unos jadeos le advirtieron que alguien se acercaba por su espalda, inmune por lo visto a los encantos del eclipse.

– Demonios Hen, casi me das esquinazo. – El hombre de la chaqueta de pana beige resollaba a su lado cogiéndose las rodillas con las manos.

– ¡Deja de tratarme como si me conocieras, joder! – Los gritos de Henry apenas llamaron la atención a un par que enseguida redirigieron su interés al fenómeno astronómico. La mirada del joven estaba plagada de furia y sus ojos enrojecidos por el esfuerzo y las lágrimas.

– Tranquilízate, Henry. Puedo explicártelo todo, o casi todo, pero debes adoptar una actitud algo más colaborativa. Y deja esa mierda, por Dios, que hay niños delante.

En un gesto de rebeldía o desesperación Henry volvió a aspirar su nieve. Pero se obligó a mantener el control y guardó la caja plateada en su chaqueta.

– Más te vale que… – Su frase fue interrumpida por los primeros rallos de sol que sorteaban el dique lunar. Contemplar a ojos desnudos el eclipse se tornó molesto y peligroso y, como quien pone en marcha un vinilo, los allí congregados comenzaron a moverse. Los primeros pitidos les advirtieron que estaban en medio de un cruce de Barcelona. El hombre de la chaqueta de pana beige miró con condescendencia a Henry, que yacía derrotado por los acontecimientos en la carretera.

– Escúchame Henry. Mi nombre es Johan Bjarnarson y te debo la vida. Si vienes conmigo te prometo respuestas, aunque no consuelo.

Henry se otorgó unos segundos para reflexionar y finalmente se aferró a la mano que Johan le ofrecía para levantarse. Ya completamente de día, el Doctor Bjarnarson paró un taxi y ambos subieron rumbo a la dirección que el científico enunció al conductor. Henry contempló su rostro en el reflejo de la ventanilla y se enjugó las lágrimas. Aunque apenas hacía siete minutos de ello, la rutina parecía ahora tan lejana como inalcanzable.