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Tortura precoz

“Oscuridad. Precedente de nada bueno. Manos atadas a la espalda, al respaldo de una silla. Olor a humedad y a cerrado. Bebes de tus oídos ya que son lo único que te aporta información ahora: sólo se oye una respiración acelerada, acompañando a la tuya. No sabes cómo has llegado aquí, pero tienes una ligera idea de por qué. Seguramente te imaginas quién será la persona que está atada a tu lado y todo empieza a cuadrar. Todas las películas que has visto empiezan a mostrarte elucubraciones de lo que te podría pasar, lo que no creías nunca que te pasaría a ti. Te van a torturar. Te voy a torturar.”

Ernesto termina su discurso retirando las capuchas de los dos hombres que mantiene retenidos en el sótano. De profesión torturador freelance, ofrece sus servicios para facilitar información a terceros con suficiente dinero para pagarla. Los dos hombres cogen aire mientras examinan su alrededor, en busca de respuestas o esperanza. Frente a ellos, Ernesto, ataviado con un delantal y una máscara de zorro, prepara un pequeño mueble con ruedas donde cual mago guarda todos sus trucos. Lo primero que hace es consultar una libretita de cubierta de cuero, donde anota las preguntas de sus clientes.

– Veamos… – murmura mientras limpia un garfio.

El repicar de las gotas de orín de uno de ellos, cayendo silla abajo, interrumpe a Ernesto.

– ¡El dinero está en la taquilla 57 de la estación de autobuses!

– Joder… ¿Eso es verdad? – Pregunta Ernesto mirando al otro hombre.

– Sí…

Ernesto suspira, anota la respuesta en su libreta y guarda el garfio. Saca dos jeringuillas de su envoltorio esterilizado, las llena con una carga potente de anestésico y pone a los dos hombres a dormir.

– A todos nos tocan trabajos de mierda… ¿Me habré pasado con el discurso?

 

Ernesto, a la mañana siguiente, cogió su taxi y salió a reencontrarse con su vida normal, esperando un trabajo algo más interesante, ya que tenía algunas cuantas ideas artísticas en la recámara que no veía momento de poner en práctica.

 

Los dos hombres se despertaron en mitad de un descampado. Uno de ellos apestaba a meado, le habían rapado la cabeza y le habían escarificado la palabra “marica” en la nuca.


El Metáfago

Jordi de Paco, un joven escritor aficionado está en su estudio sentado frente a un nuevo relato del que apenas a escrito una línea. Mientras se lía un cigarro, piensa en el imaginario popular y en como lo que al principio de los tiempos era un paraíso virgen, ahora es una metrópolis sobre saturada dónde las ideas y conceptos se construyen unas encima de los otros para intentar dar forma a algo nuevo y original. Piensa en el hombre que pudo contar con el placer de crear un vampiro, el primer vampiro; o el primer hombre lobo, fantasma, alienígena, ogro, orco, dragón y todos esos entes que han adquirido presencia propia y son parte de la mente colectiva del ser humano.

¿Queda espacio para un nuevo ser que no esté reciclado o compuesto de retales? Con ese fin, empieza a buscar dentro y fuera de sí, esa parte sin contaminar en la que cada uno guardamos nuestros propios monstruos y que no nos atrevemos a sacar por si son una sombra de todo lo que hemos vividos. ¿Existe algo que se pueda crear que no esté ligado a la experiencia? El propio lenguaje ya es una barrera que nos limita a que todo lo que transmitimos sea una combinación finita de combinaciones de 26 símbolos: abdcefghijqlmnñopqrstuvxyz. Aún así, decide darse una oportunidad y adentrarse en un viaje por su mente para cazarlo.

Los hombre-algo están todos reclamados, al menos los buenos, se le ha dado forma antropomórfica a casi todo lo que existe, y crear un hombre-tortilla o un hombre-saliva no pasa de ridículo personaje de cómic. Jordi decide alejarse de todo lo que tenga forma o sentido.

Piensa en un monstruo que no se puede crear, un monstruo que existe desde que el tiempo es tiempo y que, como el fuego, no se puede inventar, sólo se puede descubrir. Un ser que viaja por la realidad, espectador olvidado, testigo de todas las historias que nacen y mueren en todas las dimensiones. Tan antiguo y tan inherente a todo que todos los humanos lo guardan prisionero en el rincón más profundo de su mente, un punto tan lejano que casi se toca con su alma.

Cada vez que alguien sensato lo descubre, lo vuelve a olvidar – si puede – para proteger al mundo, porque el monstruo devora todo lo que se puede pensar, y eso va más allá de la realidad.

Conforme el escritor, inspirado por la existencia de esa abominación, plasma una letra tras otra en su relato, el monstruo se acerca despacio por todos sus puntos ciegos. Junto a él, en tiempos, lugares y momentos diferentes, el monstruo se va acercando a todos los que leen sobre él. Por encima, por detrás y por debajo, siempre hay un lugar al que no se mira. La realidad se va descomponiendo, se deshilacha, y si fuéramos capaces de girarnos a tiempo veríamos como detrás de nosotros sólo hay un abismo negro dónde todo lo que conocemos se separa de sus colores y se enreda en un hilo que es devorado por unas fauces informes, indescriptibles por una combinación de 26 letras. Tras escribir esta línea, el escritor se da la vuelta, para mirar detrás de sí, pero el metáfago conoce el tiempo y sabe situarse siempre detrás de nosotros. Los lectores también comprueban su alrededor, despreocupados, con la certeza de que todo esto sólo es ficción. Pero el metáfago ha sido recordado, y avanza tranquilo, desconociendo cuando podrá volver a aparecer, procura saborear el momento, descomponiendo hilo por hilo el mundo del que escribe y de los que leen.

 

Siendo el primero, tras cientos de miles de años, que lo ha recordado, el escritor será el primero en caer, pero el monstruo le da tiempo a terminar su relato, pues con placer sabe que será su puerta a otras mentes. Es probable que mientras leas esto la realidad de Jordi de Paco ya haya desaparecido, tu podrás encontrarlo y hablar con él, pero su mundo ya no existe, ahora sólo lo tienes tú, hasta que el monstruo devore tu mente y tu mundo.

 

Jordi sabe que está cerca del punto final, y busca maneras de alagar el relato, pero siente la presencia del metáfago acelerando su paso, arrancándole poco a poco sus ideas, para dejarle la creatividad justa para cerrar este párrafo.

Fotografía de LuxZP