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Humo en la terraza

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Las estrellas paseando sin ninguna prisa por el horizonte, ligeramente empañadas por el tinte naranja de las farolas. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático. Los Red Hot Chili Peppers amenizan la velada con modestia desde el pequeño altavoz de un iPod que reposa sobre el pecho de uno de los chicos. Unas velas sobre la barandilla de obra vista terminan de conformar el improvisado santuario veraniego que llevan visitando cada fin de semana desde julio. El mar está demasiado lejos para oírlo, pero algo de su aroma salado consigue regar la calma que comparten los cuatro jóvenes. No se dicen nada, no hace falta, cada uno en comunión con sus pensamientos disfruta de la felicidad del verano. De vez en cuando, una nube blanca se eleva sobre ellos y dibuja un árbol de humo, cuyas hojas se mecen con la brisa del mar, hasta desaparecer en un elegante fundido a negro. Entonces se pasan el porro. Para terminar de redondearlo, era viernes.

– Si tuviera una máquina del tiempo viajaría constantemente de la tarde del domingo a la noche del viernes.

– Sí, tío…

– Yo pararía el tiempo ahora. Sin hambre, ni sueño. Sólo estrellas, buen tiempo, un canuto…

– Pero los viajes en el tiempo son una mentira, tío.

– ¿Qué dices loco? Yo he leído algunas cosillas y tan lejos de dominarlos no tenemos que estar.

– Es mentira, tío. Si yo tuviera una máquina del tiempo lo que haría sería venir a este mismo instante, para sacarnos de dudas.

Los cuatro amigos miran hacia la puerta. Pero el amigo del futuro no llega. Un nuevo árbol blanco crece sobre las hamacas y todo huele genial.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Adelante… – Dice uno de ellos, algo emparanoiado.

La puerta se abre y todos empiezan a conjeturar: ¿El pizzero? ¿Su madre? ¿La novia? ¿Un vecino?

No. Era uno de ellos, bastante añado, con la cara surcada por la edad y una barba dura y gris como la piedra.

– Dicho y hecho. – Dice el viajero temporal. Coge el porro de los labios embobados de su yo del pasado y le propina una generosa calada. Después exhala el humo al cielo. – Llevo media vida esperando a llegar y decir esa frase ¡JA JA JA JA JA!

Completamente petrificados los cuatro amigos observan con los ojos como platos al recién llegado.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Pues sí que se puede, chavales! – La versión madura de otro de ellos entra en escena. Contempla el panorama y ve que no ha sido el primero en llegar.

– ¡No me jodas! ¡Se me han adelantado! ¿Cuantas posibilidades había? … ¡Hostia! ¡Un porro! ¡Llevo décadas sin ver uno!

– ¿Qué dices tío? – Contesta el que llegó primero.

– Prohibieron el tabaco y cualquier producto que emanara humo en 2018 por la situación crítica que se vivía en las ciudades…

– Pues tenemos que ser de líneas temporales diferentes cada uno, porque en mi presente, la maría está legalizada en toda Europa.

– ¡Vaya tela! – El recién llegado coge el porro y le da una calada, la que inmediatamente le produce fuertes toses. Su compañero se parte de risa mientras los cuatro jóvenes siguen con la mandíbula desencajada, incapaces de procesar la situación.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Joder, ¡mira el cabroncete que me he encontrado en el pasillo! – La versión adulta de los otros dos colegas también llegan. Juntos al parecer.

Cuando ven a sus otros colegas se saludan y se abrazan con entusiasmo.

– Hostia tío, qué fuerte. Al final vamos a poder vivir nuestro sueño. ¡JA JA JA JA!

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Adelante! – contestan todos ante los perplejos jóvenes, inconscientes de lo que acababan de crear.

– Dicho y hecho. – Dice un nuevo viajero temporal. – ¿Qué? ¿¡No soy el primero!? ¡Y estoy repetido! ¡Menuda movida! ¡JA JA JA JA!

– Hostia, pues a ver si la vamos a liar. Porque si cada uno llegamos de líneas temporales diferentes y eventualmente, cualquiera de nosotros que consiga viajar en el tiempo vendrá a este instante de todos los instantes posibles…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

 

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático.

Un hombre irrumpe en la terraza súbitamente. Parece una versión añada de uno de ellos, andrajoso y caminando con ayuda de muletas. Los amigos alucinan y se miran entre ellos. El hombre va directo al grano:

– Si alguna vez conseguís viajar en el tiempo prometedme que no regresaréis a este mismo instante. Prometedlo. Juradlo.

– Tío… creo que estoy alucinando, no sé que mierda has comprado…

El hombre, con expresión agravada continúa:

– Este mismo día hicisteis… haréis… mejor dicho, haríais un pacto si yo no lo impidiera. Si alguno consiguiera poder viajar en el tiempo, volvería a este mismo instante para demostrar que es cierto. Bien, os aviso. Yo fui el único superviviente cuando la terraza se colapsó por el sobrepeso. Un montón de copias de nosotros mismos cayeron edificio abajo entre runa y muebles y sólo quedé yo, de puro milagro.

– ¡JA JA JA JA JA! – Los cuatro chavales empiezan a descojonarse dominados por la marihuana y lo absurdo de la situación. El hombre, desesperado, insiste.

– ¡Esto no es una puta broma, retrasados de mierda! ¡Tomadme en serio o se colapsará el espacio tiempo!

– ¡Vale, vale! ¡Lo prometemos! ¡No te pongas así tío!

El hombre suspira derrotado. Un mar de tiempo intentando evitar la catástrofe y al fin lo ha conseguido.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Cabrones! ¡Lo habíais prometido!

– Yo tenía los dedos cruzados. – contesta uno aguantándose la risa.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Es que, si el tiempo es infinito, estadísticamente existen infinitas posibilidades de que descubramos los viajes temporales y regresemos a este instante, así que eventualmente llenaremos el universo de copias nuestras apelotonadas…

– ¡JA JA JA JA JA JA JA JA!

– Estupendo, quedamos una noche para fumarnos unos petas y destruimos el mundo…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.


El único Dios verdadero

Él quería curar el mundo, hacerlo un lugar mejor, para ti y para mí y para la raza humana al completo.

Evangelio según San Quincy, 17:4

 

Los nómadas se frotaban las manos en torno a la hoguera, llevaban semanas de viaje y la tierra se hacía más fría conforme se aventuraban hacia Berlinia. Era una noche húmeda, y había que estar vigilante frente a la hoguera para no perder calor en el campamento. Para hacer más llevadera la vigilia a los que estaban de guardia, el padre Gyallas enunciaba las parábolas del Todopoderoso y su hijo.

 

“Cabeza rapada. Cabeza muerta. Todo el mundo se ha vuelto malo. Turbación. Especulación. Alegación. En la suite, en las noticias. Todo el mundo. Comida de perro. Hombre negro. Chantaje. Arrojad a mi hermano a la cárcel.”

Gyallas predicaba las sagradas escrituras, recopiladas e interpretadas por los grandes profetas ingenieros que recuperaron el legado del Gran Mundo antes del cataclismo. Los nómadas atendían maravillados, ya que estando poco extendido el arte de leer entre los peregrinos y siendo tan escasos los libros, siempre era un placer escuchar las historias de los adeptos de Miguel. Mientras tanto, asaban unas perdices en el fuego, y se calentaban con aguardiente comprado a los boticarios ambulantes.

“La Biblia reza: el mundo era un paraíso miles de años atrás, Dios le dio al hombre máquinas que volaban, grandes espectáculos y diversión, comida mágica instantánea y cajas de luz donde podían verse historias maravillosas. Pero el hombre es egoísta, y aún habiendo mil veces más recursos que en la actualidad, de sobra para todos, empezó a matar a sus iguales por hacerse con el poder del paraíso. El Señor, compasivo, envió a su hijo a la tierra, para enseñar a los humanos a amar y perdonar, y conservar el paraíso que se les había regalado.”

De la boca del cura escapaban nubes blancas de vapor mientras oraba en mitad de la noche, pero su devoción y el fervor en sus palabras parecían librarlo del frío y la humedad, aún así, no rechazó un trago cuando le pasaron el aguardiente.

– Padre Gyallas, ¿Son ciertas las historias que dicen que Miguel, hijo de Dios, era negro?

El cura asintió lentamente, mientras se calentaba las manos sobre la hoguera.

– Era negro. Pero no era un traidor. Dios lo hizo nacer negro para probarlo. Para demostrar que no todos los negros son demonios, si no hermanos descarriados, que deben pagar por sus pecados de otras vidas, hasta renovarse en un cuerpo puro, como el nuestro. De hecho, Miguel, hijo de Dios, entonaba una parábola que dice así:

“No digas que crees en mí, cuando te he visto arrojar tierra a mis ojos. Pero si estás pensando en ser mi hermano, no me importa si eres negro o blanco.”

Gyallas dio una vuelta sobre sí mismo y se apretó el paquete con fuerza arrojando un grito agudo.

– ¡Ih-ih! –

Señal de santiguación de todos los fieles de Miguel.

– ¡Ih-ih! – Gritaron en respuesta los que escuchaban sus historias.

– Con el tiempo, una vez superada la prueba del Señor, la piel de Miguel empezó a tornarse blanca, demostrando que era posible la redención, y del escalafón más bajo en el que puede nacer un ser humano, el hijo de dios ascendió hasta el blanco más puro, y su palabra se divulgó por todo el paraíso, y el pueblo, enamorado de la palabra que Miguel predicaba, no tardó en nombrarlo rey. Rey del Pop.

– ¿Qué es el Pop, Padre?

– El Pop es el arte de predicar la palabra del Señor, y Miguel era el rey.

– ¿Y por qué Dios permite que suframos? ¿Por qué ha sido destruida nuestra tierra y nos vemos avocados a este éxodo hacia Berlinia? – Cuestionó uno de los nómadas, abatido por las semanas de viaje.

El padre Gyallas lo miró con benevolencia, compadeciendo al ignorante.

– ¿Nadie te ha hablado de los arcángeles repudiados? ¿Kanye West y Snoop Dogg?

Al escuchar el nombre del Diablo, el resto de peregrinos se levantaron, dieron una vuelta sobre sí mismos y se santiguaron agarrándose el paquete, “Ih-Ih!”

– Kanye West y Snoop Dogg eran ángeles, aliados de Dios. Pero incluso en el Cielo existe la corrupción, y la avaricia de West y Dogg, pretendiendo usurpar el trono sagrado, fue castigada con la expulsión del reino celestial. En su caída meteórica a la tierra, sus cuerpos se prendieron fuego y acabaron negros, como el cabrón.

Los oyentes se frotaron los brazos, en un escalofrío temeroso.

– Pero lejos de arrepentirse, Kanye West y Snoop Dogg empezaron a divulgar un mensaje de fornicación, masturbación, dinero y poder. Muchos hombres, de voluntad débil, empezaron a ceder ante las mieles de los demonios y cayeron en su espiral de vicio fácil. La población del paraíso empezó a volverse negra, a vestir ropas holgadas y cadenas de plata y oro, tomaban drogas que les impedían ver el infierno y poco a poco fueron quemándose y acabando tan negros como sus captores…

– ¡Malditos! – exclamó el más joven, algo animado por el aguardiente.

– ¡Que su oscura estirpe arda para que podamos regresar al paraíso!

El padre Gyallas sonreía de júbilo al ver toda la buena fe que desbordaban sus peregrinos.

– Me agrada vuestro ímpetu, pero procurad manteneros alejados de la ira. Recordad las palabras de Miguel.

“Empezaré con el hombre del espejo. Le pediré que cambie sus maneras. Y ningún mensaje podría ser más claro. Si quieres hacer del mundo un lugar mejor, contémplate a ti mismo y, entonces, cambia.”

– ¡Ih-ih! – exclamaron todos. El cura bebió otro trago de aguardiente.

– ¡Padre! ¡Baile para nosotros en esta noche de amor a Miguel la danza del Moonwalker!

– ¡Ja, ja! ¡Así me gusta! ¡Alabado sea Miguel!

Dicho esto, el cura empezó a mover sus tobillos de izquierda a derecha mientras chasqueaba el pulgar al ritmo y con otra mano se tocaba la frente con el índice. Los nómadas empezaron a acompañarlo con palmas. Uno de ellos, bardo de profesión, empezó a tocar notas graves en su laúd al ritmo del Salmo de la Virgen Billie Jean. En un ritual de puro gozo, todos empezaron a cantar, mientras el padre caminaba marcha atrás en torno a la hoguera.

“¡Billie Jean no es mi amante! ¡Sólo es una chica que dice que soy el padre! ¡Pero el niño no es mío! ¡Ih-ih! ¡Es un hijo del Señor!”

 


Crisis de una existencia regular

El teniente Wings acunó en su mente las palabras de Armstrong, “un pequeño paso para mí…”, pero se las reservó para sí mismo. Embutido en su traje espacial descendió con un pequeño salto al suelo de Marte.

– Iniciando maniobras de despliegue –

El resto de su equipo lo siguió al exterior asegurando la nave en su posición. Se trataba del primer viaje tripulado a Marte. Corría el año 2075 y los avances tecnológicos habían reducido el tamaño de los trajes espaciales a pequeñas y flexibles armaduras y tan sólo se tardaban tres años y cinco meses en llegar desde la Tierra hasta el planeta rojo.

Apenas iniciaron su expedición, parándose a tomar muestras del terreno y análisis químicos de las placas heladas de la superficie, se toparon con algo que rompió completamente sus esquemas: una casa de campo de madera en mitad de una explanada.

– Steve, ¿Qué cojones es eso? – después de 3 años y medio viajando las formalidades militares se habían quedado a un lado.

– No lo sé. Parece una cabaña muy grande. – Contestó el teniente Steve Wings.

– ¿Cómo procedemos? – preguntó un miembro del equipo algo atemorizado.

– ¿Llamamos a la puerta?

Wings dirigió a su equipo con cautela a la entrada de la vivienda. No iban provistos de armas ya que no parecían adecuadas para la misión, dada la naturaleza deshabitada de Marte.

Haciendo acopio de valor, Steve golpeó sus nudillos contra la puerta de madera. No hubo respuesta. Probó a abrirla y con sólo empujarla la puerta cedió hacia dentro. Tras ella había un túnel compuesto de una membrana plástica ligeramente empañada. Al otro extremo se veía una puerta metálica con una palanca al lado con el extremo pintado de color rojo. Wings avanzó con cautela y tras examinar el entorno tiró de la palanca.

La compuerta subió automáticamente y les permitió la entrada a un vestíbulo lleno de extractores. Una vez dentro la compuerta bajó y se cerró herméticamente. Tras unos momentos de intensos ruidos mecánicos la zona se estabilizó y la siguiente puerta se abrió. Los sensores del equipo indicaban que la temperatura y el aire eran aptos para la vida humana. Por si acaso, Wings les ordenó permanecer con la respiración artificial.

El lugar era completamente desconcertante. A la vista parecía el salón de una vivienda de principios de siglo, pero la imposibilidad de tal hecho la hacía más extraña que cualquier planeta inexplorado. Por la envergadura de la estructura desde el exterior sugería que había muchas más habitaciones más allá de este salón. La iluminación era inexistente. Con las linternas pudieron alumbrar algunos candiles y una chimenea.

– Hemos venido a investigar, así que no dejéis una esquina sin estudiar. – Ordenó el teniente.

Su atención, sin embargo, estaba cautivada por un cuaderno que descansaba sobre la mesa del salón. Mientras su equipo se desplegaba, él caminó concentrado hasta la bitácora y no con poco nerviosismo estudió su portada: Libretas Oxford.

 

Un cuaderno de anillas con hojas cuadriculadas. Abrió la libreta por la primera página y tras leer las primeras palabras quedo atrapado en la lectura, incapaz de moverse hasta terminar el relato.

 

“Crisis de una existencia regular. Por Manolo.

 

Me llamo Manuel Portillo de la Fuente. A mis cuarenta y cinco años de edad entré en lo que comúnmente se conoce como una crisis existencial. Divorciado y con un trabajo en la construcción que para nada me llenaba y ni mucho menos me beneficiaba física o espiritualmente llegué a hacerme a una pregunta. ¿En ese mismo momento, de contar mi historia, alguien querría escucharla? Una vida vacía de baches o propósitos, sumida en el sucio bienestar del tener todo cubierto y proyectado. Una vida más, de la que nadie jamás sacaría inspiración o gusto en conocerla, ni siquiera yo mismo. Así que decidí mandar todo a la mierda y dedicar todo mi esfuerzo en lograr algo memorable y una existencia tan plena como la que ningún rey o artista haya podido experimentar jamás.

Dejé el trabajo, vendí la casa junto a la mayoría de mis bienes y con lo que junté empecé a viajar en una auto caravana. Al principio todo era nuevo y emocionante, cada lugar que visitaba, cada persona que conocía. Hay mucha más gente errando por el mundo de la que nos podemos imaginar. Empecé a recibir miles de historias y a crear las mías propias, con el tiempo la gente me escuchaba con más interés del que había suscitado desde que tengo uso de razón. Descubrí que hay muchísimos motivos para dejarlo todo y cada vez menos para intentar tenerlo todo.

Pero como todas las cosas nuevas, la vida itinerante empezó a volverse vieja. Las historias empezaban a repetirse y mi nuevo yo pedía cada vez más. Quería hacer algo loco. Paracaidismo, puenting, nadar en mitad del océano. La adrenalina era algo cada vez más adictivo. Por Europa comí cosas que ni sabía que existían, ¡aprendí a comunicarme en dos idiomas más! Hice el amor con chicas que existían hasta aquel entonces tan sólo en mi imaginación. Pero como pasó con los viajes, lo emocionante de cada experiencia iba diluyéndose conforme las repetía. Fue así que llegué a una conclusión: no sólo quería vivir al máximo, quería ser recordado. Quería imprimir mi huella, que la gente fuera testigo de lo que era realmente vivir, y que contemplaran mi aventura salvaje desde sus cómodas prisiones. Así que di comienzo a un diario detallado de todas mis vivencias para en algún futuro indeterminado publicarlo. Pero los años seguían pasando, y las vivencias aumentaban, así que nunca veía el momento del punto y final; ya que ese final era el de mi propia vida. Y es ahora, escribiendo este preludio a mi diario, que creo que finalmente puedo saborear los últimos momentos de mi existencia. He de añadir que no estoy cansado, no deseo el sueño eterno, si por mí fuera pediría una vida más y una docena más después de esa. Pero en los viajes aprendes que ni lo bueno ni lo malo dura para siempre, y éste es sólo un final más, pero creo que es el mejor final de la historia de los finales. Reto a quien quiera que lo lea que intente superarlo. Ya que si estáis leyendo esto es porque lo habéis encontrado. Alucinante ¿verdad? En estos veinte años de travesía espacial – Gracias al proyecto de mi gran amigo y compañero del alma el Doctor Sasha Sokorovich – he estado ordenando, editando y clasificando mis más de doscientos diarios y creo que he sintetizado la experiencia vital más intensa que puede existir. Esta será la primera página de la novela, pero la última que escribo, a modo de conclusión. Seas quien seas, y vengas del mundo que provengas, por favor, devuelve mi historia al ser humano y pídeles que no se arrepientan de ninguna de sus locuras, porque es por ellas que se recodarán a sí mismos cuando llegue el momento de escribir su propio epílogo.”

 

El teniente Steve Wings levantó la vista y compuso un gesto amargo y desconcertado.

– Me cago en la puta. Los rusos se nos han vuelto a adelantar. –


Viaje al futuro

El título de este relato quizá desconcierte, pero en el fondo de mi corazón, cuando escribía esto, pensaba en viajes temporales 🙂

“Hoy he soñado que viajaba al futuro.

2006

Yo era un periodista que estaba investigando la muerte de una joven de mi barrio. Una chica rubia muy mona, universitaria, cuyo cadáver había sido encontrado… dos veces. La primera vez la encontraron en el portal de su casa, con varias puñaladas mortales en el cuerpo. La segunda vez la encontraron en un callejón, el forense dictamino una muerte por hipotermia. Ni rastro de puñaladas. Era imposible que la misma persona hubiera muerto dos veces, sin embargo, nadie se preocupó por exhumar el “antiguo” cadáver. Así que nadie sabe si llegaron a haber dos víctimas o una.

Tras meses de indagación, entrevistas con familiares, solicitudes inútiles al cuerpo de policía y un poco de investigación de campo decidí abandonar la historia. En el momento en el que dije basta fue cuando pude ver mi despacho empapelado con información y fotografías de esta chica. No había hecho nada más que pensar en ella durante cinco meses y eso explicaba el deplorable estado del contenido de mi nevera. Arranqué todas las fotos de la pared, los recortes, las pruebas, algún que otro objeto personal de la chica y los junté en una gran bolsa de basura. Para reciclar, por supuesto.

Dejé la bolsa en el recibidor, con la idea de deshacerme de ella mañana por la mañana. La bolsa estuvo en el recibidor por una semana. La noche en que me decidí a lanzarla por fin dentro del contenedor fui repasando artículo a artículo el caso. Todo gracias a la reducida ranura de los contenedores de reciclado de papel. No fui capaz de lanzar la última foto, así que volví a casa con ella.

Cuando volví a mi apartamento tuve un mal presentimiento, que se reforzó con advertir que me había dejado abierta la puerta de la calle. Entré sigilosamente, con algo de miedo en el cuerpo, y el resplandor azulado intermitente del local de en frente no hacía más que alimentar mi imaginación, generando formas en mi salón. Además de la puerta, parecía que también me había olvidado de apagar la luz del baño. No pensé que el haber decidido salir a deshacerme de lo que me había tenido ocupado durante meses me hubiera vuelto tan descuidado. Mi paranoia me invitó a pensármelo dos veces antes de entrar en el cuarto de baño. Eché un vistazo desde el resquicio de la puerta que quedaba abierto para mirar en el reflejo del espejo si había algo extraño en su interior. Lo extraño es que no había reflejo. Estaba empañado.

Guardé la foto de la chica en el bolsillo del pantalón y empecé a inspeccionar toda la casa en extremo silencio. Cada vez que camino sin desear hacer ruido me doy cuenta de lo mucho que me suenan las rodillas y los tobillos al dar un simple paso. Nada. La casa estaba vacía. Regresé al cuarto de baño y pensé en lo estúpido de verme a mí mismo caminando de puntillas por mi casa por culpa de un simple descuido. Abrí la puerta de golpe y mi corazón se aceleró súbitamente. Tampoco había nada. Me maldije en silencio y decidí darme una ducha.

Mientras caían las gotas de agua pensé en lo extraño de todo en general. Era imposible. Dos cadáveres idénticos, sin constancia de hermanas gemelas ni nada por el estilo. Todo el asunto era demasiado extraño para que sólo yo estuviera obsesionado con ello. Lo primero en lo que pensé fue que en cuanto terminara de ducharme bajaría a intentar recuperar todas mis cosas. Lo segundo en lo que pensé fue en por qué cojones el cristal estaba empañado si yo no me había duchado hoy. Cerré el grifo.

Me quedé inmóvil sobre el plato de ducha, en silencio. Y entre gota y gota que caía de mi barbilla intenté escuchar más allá del baño. Había alguien. Mi oído se atrofió y dejé de percibir la realidad a través de ellos. Debía ser eso, porque sólo escuchaba susurrossin haber nadie a mi lado. Todo era endiabladamente extraño. No podía ser. Me senté en el plato de ducha y me acurruqué en una esquina agarrándome la cabeza pero sin poder desviar la mirada de la puerta. Los susurros no cesaban. –Ayúdame– Parecían decir. La puerta del baño empezó a abrirse. Yo lo veía todo borroso a través de la mampara. Una, si se le puede llamar así, oportuna bajada de tensión hizo que la bombilla de mi cuarto de baño dejara de alumbrar. La silueta que empezó a caminar dentro del lavabo se definía a ráfagas intermitentes con los destellos azulados que entraban por el salón. Era una chica, con el pelo largo, parecía rubia.

No quería ni siquiera pensar en el nombre de quién había estado investigando todos estos meses pero era lo único que me venía a la cabeza y empecé a tartamudearlo con la voz rajada. Ella se inclinó y puso una mano sobre la mampara. Sus rasgos eran borrosos a través del cristal empañado. Miré en su dirección y, casi por instinto, puse mi mano tocando la suya. Deslicé mi mano por el cristal limpiando el vaho y la vi. La chica. Mi chica. Sangrando por la nariz. Me desmayé.”

Viaje al Futuro Arranged