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Panegírico al héroe que Nadie quiso ser

Dotado de gran carisma el héroe destacó desde años mozos. El respeto y admiración que recibía sólo eran comparables al que profesaba por sus congéneres. Pura bondad y justicia, que de éstas tener nombre, serían el de Eidan, nuestro héroe.

Como a todos en esta vida, le asaltaron las oportunidades, y tras enésimas elecciones sabias llegó a ofrecérsele el poder de gobernar a su pueblo. Pues quién mejor habría para el puesto que hombre que no teme al perdón y carece de maligno orgullo.

Sorpresa para los que le tentaron, Eidan rechazó el puesto. Entristecidos, sus compañeros, le preguntaron por qué así hizo. Y es que el pueblo de corrupción hastío, ansiaba el momento de que su héroe aceptara el dominio.

“El hombre es ingobernable”, sentenció decidido. “El hombre es bueno y acepta lo suyo, rechaza el exceso y apoya al herido”. El pueblo lo creyó enloquecido. “Ni orden, ni gobierno, ni ley: Este pueblo no necesita rey.”

De tan bueno lo creyeron loco, y rechazando ser amo, acabó siendo esclavo. Lo guardaron en un foso y tiraron la llave a un pozo. “Peligrosas sus ideas, este hombre nos traerá mal”, justificaron sus captores. Desde ese día nuestro hombre, vivió cual deshecho informe.

Rebeldes los buenos que escapaban por la noche, a honrar a quien fue héroe y presentarle sus respetos. Arrojando al foso vino y algo de pan y queso. Pero viviendo al revés que el resto, con el suelo sirviendo de techo Eidan cambió su nombre por uno sin tanto peso.

Nadie es ahora un héroe. Nadie cree en los hombres. Nadie confía en la razón, ni cree justa la conciencia. Nadie detesta el poder y Nadie rechaza el exceso. Con todo esto, y aún así, podemos decir que Nadie será siempre bueno.

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Los herederos del Club de la Lucha

Cada mañana antes de ir a la oficina me mojo la cara con agua helada y me miro al espejo. El rostro de Edward Norton me mira fijamente y me dice: «No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo».

Y así llevo cuatro años. Soy redactor en una empresa de publicidad, soy creativo, soy inteligente, tengo todos los ingredientes para triunfar, y aún así cada mañana me tengo que decir eso mirándome al espejo. La monotonía de la subsistencia me encadena cada vez más, y lo único que hago por cambiar este mundo de mierda es quejarme sobre la política a la hora del desayuno y publicar gilipolleces sin sustancia en Facebook para alarmar a la comunidad desde la comodidad de sus hogares.

Pero esta mañana algo ha cambiado. No me he mojado la cara. He llamado al trabajo y he dicho que estaba enfermo. He abierto una cerveza y he salido en calzoncillos al balcón para contemplar la avenida con las docenas de coches arriba y abajo en busca de su trocito de pan. Tenía que hacer algo. ¿Es que nadie lo ha intentado? ¿Nadie ha montado un Club de la Lucha y ha organizado un pequeño ejército para destruir los puntos neurálgicos de la economía de su país y reiniciarlo todo? Quizá todos se habían quedado en el mero pensamiento, y siguen viendo a Edward Norton cada mañana. Yo tenía que ser el primero en joderlo todo. Bañado en la sabiduría de Tyler Durden seguí el primer paso: tocar fondo.

Tras meditar durante unas horas sobre cómo volar por los aires mi apartamento me di cuenta de que yo no contaba con un carismático y macabro alter ego que me infundiera tales cojones, así que opté por algo más sencillo y rectificable como cerrar la puerta por fuera y tirar las llaves al alcantarillado. Ahora no tenía hogar, estupendo, ¿Cuál es el siguiente paso para salvar el mundo?

Amargamente me di cuenta de que yo no tenía a ningún Chuck Palahniuk o David Fincher para darle buen ritmo a mi historia, y las horas pasaban lentísimas. Esperé hasta la noche paseando por la ciudad y bebiendo cerveza de un bar a otro, para matar el rato y buscar algo de coraje en los cinco grados de mis birras. Finalmente llegó la noche y busqué algún callejón oscuro dónde hablar con algún desconocido y partirme la cara. Pero los martes por la noche en Valencia no hay mucho ambiente, como mucho llegué a seguir a un par de negros con malas pintas y en cuanto se giraron eché a correr. Quise dormir en la calle, pero pasé toda la noche buscando un lugar que me agradara y cuando se hizo de día fui a trabajar.

Me notaba diferente por dentro, pero nadie más pareció darse cuenta. Ni si quiera me preguntaron por qué no llevaba traje. Decidí darle otro enfoque a mi estrategia así que me puse a buscar por internet clubs de la lucha, a ver si a alguien más se le había ocurrido. Nada. Decidí tomar la iniciativa y empecé a moverme por foros exponiendo mi idea de quedar para darnos de hostias sin camiseta y todo ese rollo. Por la noche fui a casa de mis padres y les pedí la copia que tenían de mis llaves. Tampoco hacía falta dormir en la calle, creo yo, en la peli tenían una mansión para ellos solos, así cualquiera.

Al cabo de una semana me expulsaron de once foros. Pero al octavo día me llegó un mail diciéndome que habían oído hablar de lo que intentaba montar y que él y un par de chavales más estaban interesados. Esa noche quedamos en un descampado para partirnos la cara.

Llegué con una hora de antelación para mentalizarme y preparar mi discurso. Llevé también un pack de seis cervezas para confraternizar con los primeros miembros. Me bebí dos mientras esperaba. A la hora exacta acordada llegaron tres jóvenes fornidos en chándal. Reprimí mis ganas de salir corriendo. Nos saludamos con un apretón de manos y empecé mi discurso.

– Bienvenidos al Club de la Lucha. Estamos aquí para cambiar el mundo a puñetazos. Hemos vivido mimados bajo el amparo de la rutina y las reglas toda nuestra vida. Ahora tenemos la oportunidad de curtirnos como hombres experimentando el fervor de la batalla.

Mientras hablaba uno de los chicos se encendía un cigarro.

– Las reglas son sencillas: Sin camisa, sin armas, sólo hombre contra hombre, una lucha por vez, hasta que uno diga basta o quede inconsciente. Y por favor, haced correr la voz.

– ¿No sé supone que la primera regla del Club de la Lucha es que no se habla del Club de la Lucha?

– Puede ser, pero esto no es una peli, y si queremos hacer algo hay que promocionarlo, aunque no se lo digáis a la policía claro…

Todos parecieron conformes, según me dijeron estaban aquí porque estaban en un gimnasio de Krav Magá, que resulta ser el sistema oficial de lucha y defensa personal del ejército israelí, y querían darle aplicaciones reales, sin protectores y todo ese rollo. Por lo visto en ese arte marcial están incluidos puños, codos, patadas, mordiscos, cabezazos, llaves, barridos… así que me dieron una paliza terrible. Me rendí a la segunda patada en la cabeza.

El combate entre los otros dos chicos fue más emocionante, y acabaron con la cara chorreando sangre, pero la mar de felices. Nos bebimos una cerveza cada uno y regresamos a nuestras casas.

Al día siguiente el trabajo era más distante, la monotonía no era tan violenta, y sólo podía pensar en volver a pegarme. La semana siguiente éramos cinco. Me partieron un brazo. No volví a pelear, pero en dos meses juntamos a más de veinte.

Los convencí para entre todos poner veinte euros al mes y alquilar un local en un polígono a las afueras y así pegarnos a gusto sin llamar mucho la atención. Cuatro meses más y éramos cincuenta, con los beneficios de las tasas compraba bebidas, con el tiempo una nevera, sofás, hasta un jodido ordenador. Pasó un año y me mudé al almacén. La gente me llamaba Tyler como apodo divertido, empecé a vestir gafas tintadas y chaquetas de colores llamativos. Hacía ejercicio y me musculaba, hasta incluso ganaba algunos combates, ya no eran simplemente chicos de gimnasio, sin darme cuenta, habíamos gente de todo tipo, hartos de nuestras vidas: panaderos, electricistas, mecánicos… hasta un puto guardia civil. Veíamos a esos tontos del 15M y su movimiento indignado, ignorantes de que el auténtico cambio tiene que hacerse dentro de nosotros, esa es nuestra revolución. Noté que era el momento, así que decidí mandar deberes a los chicos.

Al principio cosas sencillas: Elegir a un desconocido, provocar una pelea y perderla; al más puro estilo Durden. La gente aceptó los deberes con simpatía, habíamos creado una pequeña comunidad donde compartíamos nuestro lado oscuro y qué coño, forjábamos grandes amistades. A todos nos habían dado por culo, y todos queríamos vengarnos.

El local empezó a quedarse pequeño, así que turnamos los días en los que había club de la lucha, casi tenía que dedicarme a jornada completa a este proyecto loco que crecía como la rabia. Conseguí dejar el trabajo y el piso, ya no era un publicista, ahora era un jodido gurú, venerado en mi propia sociedad secreta.

Cuando superamos los cien miembros, y la implicación de los integrantes casi se podía saborear, empecé a diseñar un plan para devolvérsela a los políticos que nos oprimían de forma descarada y disfrutaban de su corrupción a sus anchas sabiendo que lo único que iba a hacer la gente era quejarse. No sé si estaba borracho de poder o qué, pero mirado bajo la perspectiva del hombre que era hacía un año el plan era una completa locura. Ahora era una genialidad.

Con todos los que habíamos, no era difícil enterarse de quién hacía qué chanchullo, y como todos los supervillanos, decidí actuar primero a nivel local. Supimos de un concejal con nueve cargos y sueldos diferentes, que lo pregonaba alegremente, y a lo que se supone que nosotros no teníamos más que callar y tragar, cómo mucho quejarnos en el bar. Esta vez sí que me atreví a hacer volar el apartamento por los aires. En las noticias no tardaron en hablar de un posible nuevo movimiento terrorista. Yo lo llamo reacción natural a la opresión. Lo que no sé es cómo no estamos cada uno con una puta metralleta en la calle ya.

Esa noche el club de la lucha fue especialmente jovial e intenso, nos pegábamos sabiendo que estábamos cambiando el mundo, y lo íbamos a hacer cabeza por cabeza. Di un discurso glorioso y mis chicos no escatimaron en vítores. A la salida me esperaba Javier, el guardia civil, para invitarme a tomar una cerveza en honor al nuevo mundo. Rodeé su hombro con el brazo y acepté gustoso, notando en mis entrañas como por fin lo había logrado, Edward Norton me había convencido y yo lo había conseguido, joder. Cuando pasamos al lado de una furgoneta, Javier me puso una capucha en la cabeza, me dio un golpe en la nuca y me cargaron al interior.

Desperté en un descampado en medio de vete tú a saber qué desierto del interior de España.

– Si es que hay que ser gilipollas. – Escuché a través de la tela de mi capucha.

Me pegaron un tiro en la cabeza y se acabó.