Nieve en el paladar (Primera parte)

Diario de supervivencia de Gustav:

Nunca pensé que la primera olla que usaría en mi vida sería de madera. Contemplo como la hoguera calienta el cuenco lleno de nieve, tostando ligeramente la parte de abajo del improvisado recipiente. Mientras la nieve se derrite, veo en el vapor los fantasmas de la vida que perdí hace cinco semanas, creo, cuando me extravié del grupo en lo que se suponía que debía ser una apacible excursión por este vasto parque natural. Ahora parece una eternidad. Me gustaría pensar que me están buscando, que por adversidades climatológicas aún no he oído a ningún helicóptero sobrevolar la cordillera. O quizá pasé más tiempo inconsciente del que pensaba, y no pude mostrarme ante la patrulla de búsqueda.

Hace tiempo que dejé de intentar saber si era martes o viernes, o cuando llegaba el fin de semana. Es fascinante la necesidad autómata de saber cuando llega el fin de semana, de conocer la semana, el mes en el que estamos. De lo contrario, el tiempo es una incontable sucesión de días y, estar perdido más de treinta y seis días en la nieve parece mucho más que cinco semanas o, un mes y poco.

Con veintisiete años aún no me había emancipado, nunca había cocinado para mí mismo salvo algunos breves encuentros con el microondas. Mi madre siempre me repetía que cuando viviera sólo no iba a sobrevivir. Ahora sé que sí, que la necesidad afila la mente. Aunque me sigue pareciendo más difícil poner una lavadora que cazar una ardilla.

Y aquí me hallo, derritiendo nieve para poder beber. Los primeros días la comí directamente del suelo y casi me congelé el estómago. Pensé que no sobreviviría a las fiebres. Pasé casi tres días seguidos llorando, incapaz de pensar. Comía lo que encontraba en los árboles y en las plantas, aunque por la depresión casi no tenía hambre. Tenía frío en el cuerpo y en el alma y no podía más que llorar una y otra vez por mi novia, mi familia y mis amigos. Por mi ordenador, mi pijama y mi PlayStation. Tras ese tiempo, con depresión o no, el cuerpo ruge y necesitas alimento consistente. Nunca me había parado a pensar en la cantidad de comida que ingiere el ser humano al día y en como es posible que no nos hayamos comido el mundo entero ya con el hambre que tenemos. Empecé a perder peso mientras ingeniaba maneras de atrapar algo que se moviera. Al principio desesperanzado empecé a dejar a un lado mis escrúpulos e incluí insectos en mi dieta de frutos y plantas. Fue buscando alimento cuando me di cuenta de que no era el único haciéndolo. ¿Cómo es posible que haya tanta vida en las montañas y que pase tan desapercibida, casi invisible, para los habitantes de la ciudad?

Analizando lo que comían los demás seres vivos me dio más perspectiva de cazador. Ya que físicamente no podía igualar la potencia depredadora de las águilas puse el arma más poderosa del ser humano a mi favor: el intelecto. Los animales sólo se juegan el cuello por dos cosas: Comer y reproducirse. Así que tras varios procesos de prueba y error logré empezar a capturar ardillas y otros roedores. Con unas cuantas maderas y algo de comida podía conseguir un buen bocado. Aunque la odisea no acaba al atrapar al animal. Menudas escabechinas cometí al intentar despellejar las primeras ardillas. Pero vaya, prueba y error, esa es la clave. Superada la fase de las trampas de madera, observando los hábitos de mis presas, aprendí a discernir dónde estaban sus madrigueras. Fue difícil librarme de la piedad del ser acostumbrado al Mercadona, pero cada vez que mis tripas rugían no me daba ninguna pena llenar de humo las madrigueras para atrapar a los conejos que huían por otro extremo.

Con el tiempo empezó a apoderarse de mí un mal muy común en los humanos: la ambición. Empecé a usar a los roedores para atrapar a pequeños carnívoros. El placer de la caza. La supremacía del depredador. La pequeña cabaña hecha con cuatro palos que me monté contra la roca de un barranco empezaba a tener provisiones para poder estar unos días sin cazar si no me apetecía. En mi modesto refugio, además, intentaba mantener siempre vivas las brasas de una hoguera, ya que sabía que mi mechero no sería infinito, así que siempre que podía evitarlo usaba mi reserva personal de fuego en lugar del zippo que me regaló mi novia.

En la mochila llevaba un cartón de tabaco que compré por si en la montaña no había estancos, así que aún me quedaban cigarros para darme un placer urbano después de cada plato de carne. A la tercera semana, quedarme sin tabaco se convirtió en una de mis mayores preocupaciones, ya que el resto de necesidades: cobijo, calor y alimento; no sólo habían quedado cubiertas si no que era una diversión saciarlas.

Pero todas las historias, todas sin excepción, tienen un punto de inflexión. Estaba lanza en mano, sentado en una roca, esperando a que un zorro mordiera la ardilla herida que había dejado suculentamente en un claro nevado, cuando algo que no era una nube tapó el sol. Llámalo instinto, llámalo suerte, llámalo destino, rodé hacia un lado a tiempo de que el zarpazo del oso no me arrancara media cara. Y esto no es como las pelis, con un momento tenso de cruce de miradas entre el animal y el hombre, esperando a ver qué movimiento en falso decide la suerte de quién. Aún estaba rodando cuando el oso se abalanzó sobre mí. Sin piedad, sin clímax, matar o morir. Alcé mi lanza firmemente con la espalda contra la nieve clavándola en el pecho de la fiera, pude oler su sangre al romperse carne y tendón. Pero el oso también conocía las reglas del juego: matar o morir. Un potente zarpazo me alcanzó en el costado y me lanzó varios metros rodando por la nieve, regándolo todo con mi sangre. Si no hubiera llevado tantas capas de abrigo y piel mis tripas estarían ahora colgando de los dedos del oso. Mi lanza se había partido, la otra mitad se había quedado en el hombro de la bestia. Sin pensarlo dos veces empecé a correr. Lo había visto hacer docenas de veces a mis presas, y esos animalitos seguramente tendrían más experiencia que yo en escabullirse, así que no lo pensé dos veces. Corrí respirando a bocanadas el aire helado de las montañas, que se clavaba en mis pulmones como ardientes cristales. Pero la adrenalina suple cualquier dolor, ni siquiera sentía como iba empapando cuanto tocaba con mi sangre, dejando un rastro de neón rojo sobre la contrastada blancura del bosque. Podía sentirlo detrás de mí. Sus zancadas retumbantes parecían morderme los gemelos, y yo sentía que cada vez tenía menos potencia física. En línea recta no iba a vencerle, así que decidí encaramarme a un árbol.

Subí justo a tiempo de sentir su zarpazo arrancando trozos de corteza que podía haber sido mi tobillo por cuestión de centésimas de segundo. Afiancé mi posición entre dos ramas y miré abajo. Ahí estaba, tremendamente furioso, como si esto fuera algo personal. Me pregunto si mis presas me verán así cuando caigo implacable sobre ellos. El oso propinó un par de zarpazos más al tronco, pero el árbol era bastante robusto. Entonces pasó algo que no me esperaba. Hacedme caso, siempre que veáis un documental por la tele, no cambiéis de canal, puede salvaros la vida. ¡El oso empezó a escalar! ¿Cómo cojones podía subir por el árbol esa máquina de matar? Los dados volvían a rodar, así que decidí no comportarme como una presa. Desde la altura tenía ventaja en el combate. Me armé de valor, gran virtud y defecto del hombre, y salté hacia el oso dispuesto a regalarle el otro trozo de lanza que me había quedado en la mano. Diana. En todo el ojo.

Cegado, mi captor empezó a gemir y a agitar la cabeza intentando librarse de las astillas de su cara. Por un momento pensé en rematarlo, por pura avaricia, pero mi vista empezaba a nublarse por el frío y la pérdida de sangre así que desaparecí, de vuelta a mi escondrijo.

Pasé dos días sin dormir. Por el dolor y por el miedo a que me rastreara para cobrarse venganza. Pero desde aquel día no he vuelto a verle. Gracias a Dios había acumulado suficiente comida como para pasar una semana sabática curando mis heridas al calor de la hoguera.

Y aquí estoy derritiendo nieve mientras pienso en el oso. Y preguntándome si él pensará en mí. Qué lejano parece mi cuarto lleno de pósteres de videojuegos ahora.

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

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