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La Luna que le robó el tiempo a Henry Noland

Era uno de esos días en los que a uno se le acumulan mil temas sobre los que reflexionar. Decisiones pendientes de ser tomadas, y todas ellas, de forma ineludible, afectando las unas a las otras. Cuando de repente, tu propio cadáver aterriza desde la azotea de un edificio frente a ti, destrozando la mesa de la terraza donde tomabas café, hace añicos tu portátil y, de pronto, torna en banales la gran mayoría de cuestiones que te azoraban hasta hace un momento.

Henry Noland contemplaba atónito su añado cadáver. Estaba gordo y calvo, pero sin duda era él, llevaba incluso el mismo traje que ahora, diantres. El joven ejecutivo no osó tocar el cuerpo y retrocedió como quién estuviera ante la presencia de un fantasma. Miró a su alrededor. Al parecer, amparados bajo la oscuridad del eclipse, la gente no había reparado en la similitud entre ambos y, la mayoría, se debatía entre mirar el cadáver o el eclipse y sus cabezas se movían en sacudidas que, en otras circunstancias, habrían sido cuanto menos graciosas. Instintivamente, Henry echó a correr.

Corrió sin rumbo entre la muchedumbre que permanecía congelada en el tiempo que el eclipse había robado al curso de los acontecimientos. El sobresalto le había robado el aliento, y la falta de oxígeno provocaba punzadas de dolor en sus sienes. Sus pies flotaban sobre el asfalto apenas sin sentir y el abrupto punto de inflexión que el destino había impuesto en su vida se apoderaba de su calma. Exhausto aterrizó de rodillas en el centro de un cruce. Hasta el último de sus átomos luchaba por despertarse de lo que parecía ser un sueño terrible, como cuando sabes que estás soñando y deseas librarte de la pesadilla. Henry apretó los ojos con fuerza y respiró hondamente tratando de dejar atrás cuanto había sucedido.

Silencio.

Abrió los ojos lentamente con la esperanza de aparecer en su hotel, pero allí seguía, entre una multitud inmóvil que había apartado la mirada de su mundo. Algo más relajado, dentro de lo que cabe, escudriñó su entorno y sus ojos repararon en una formación de uniformes rojos que no hizo más que dar crédito al extraño individuo de la chaqueta de pana beige: majorettes. No se lo pensó dos veces; echó mano del bolsillo de su chaqueta y extrajo una pequeña caja bañada en plata con un elaborado grabado en ella, hundió el meñique en su contenido y se lo llevó a la nariz para inhalar el polvo blanco en una enérgica aspiración. Unos jadeos le advirtieron que alguien se acercaba por su espalda, inmune por lo visto a los encantos del eclipse.

– Demonios Hen, casi me das esquinazo. – El hombre de la chaqueta de pana beige resollaba a su lado cogiéndose las rodillas con las manos.

– ¡Deja de tratarme como si me conocieras, joder! – Los gritos de Henry apenas llamaron la atención a un par que enseguida redirigieron su interés al fenómeno astronómico. La mirada del joven estaba plagada de furia y sus ojos enrojecidos por el esfuerzo y las lágrimas.

– Tranquilízate, Henry. Puedo explicártelo todo, o casi todo, pero debes adoptar una actitud algo más colaborativa. Y deja esa mierda, por Dios, que hay niños delante.

En un gesto de rebeldía o desesperación Henry volvió a aspirar su nieve. Pero se obligó a mantener el control y guardó la caja plateada en su chaqueta.

– Más te vale que… – Su frase fue interrumpida por los primeros rallos de sol que sorteaban el dique lunar. Contemplar a ojos desnudos el eclipse se tornó molesto y peligroso y, como quien pone en marcha un vinilo, los allí congregados comenzaron a moverse. Los primeros pitidos les advirtieron que estaban en medio de un cruce de Barcelona. El hombre de la chaqueta de pana beige miró con condescendencia a Henry, que yacía derrotado por los acontecimientos en la carretera.

– Escúchame Henry. Mi nombre es Johan Bjarnarson y te debo la vida. Si vienes conmigo te prometo respuestas, aunque no consuelo.

Henry se otorgó unos segundos para reflexionar y finalmente se aferró a la mano que Johan le ofrecía para levantarse. Ya completamente de día, el Doctor Bjarnarson paró un taxi y ambos subieron rumbo a la dirección que el científico enunció al conductor. Henry contempló su rostro en el reflejo de la ventanilla y se enjugó las lágrimas. Aunque apenas hacía siete minutos de ello, la rutina parecía ahora tan lejana como inalcanzable.

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