Yayo

Una carta a mi abuelo, que cumple 80 a√Īazos ūüôā

No s√© ni por d√≥nde empezar. Rememoro todos los buenos momentos que he compartido contigo y me invade la felicidad. Tengo clar√≠simo que una gran parte de m√≠, la mejor parte de m√≠, ha nacido de ti. Desde que tengo uso de raz√≥n has estado ah√≠, me has protegido, me has cuidado y me has querido. Me has ense√Īado las cosas m√°s dif√≠ciles de aprender: me has ense√Īado a re√≠r, a querer, a ser feliz. Te quiero tanto, que a√ļn despu√©s de 24 a√Īos, cada vez que vuelvo a verte siento la misma felicidad en el est√≥mago que cuando era peque√Īo y volv√≠as de trabajar en el piso de Santa Coloma. Fuiste mi mejor amigo muchos a√Īos de mi vida. Caminamos juntos por Montigal√°, hac√≠amos correr r√≠os de arena por los barranquillos, nos ca√≠amos y yo te echaba la culpa. Me encantaba robarte el gazpachuelo, y me mor√≠a de pena al verte marchar desde el balc√≥n. Recuerdo con cari√Īo las noches de verano escuchando una cinta de Gila en la radio, tumbados en las hamacas mirando las estrellas. Las historias que me contabas sobre tu juventud, tus viajes en burro, incluso las historias sobre el hambre y la guerra, tus aventuras de paracaidista y los viajes en camello por el Sahara. Recuerdo al Roqui y los paseos por los campos, recuerdo ayudarte a labrar el huerto con mi hazada peque√Īita, ir a regar a casa del vecino, bajar al campo de f√ļtbol a dar balonazos. Era el ni√Īo m√°s feliz del mundo, y s√≥lo necesitaba a mi abuelo, el mejor abuelo, que digo, la mejor persona del mundo que he conocido en toda mi vida. Recuerdo contarte mis planes de futuro, mi gran empresa de hacer videojuegos y como un d√≠a te llevar√≠a a ense√Īarte las oficinas. Con suerte dentro de poco podr√© cumplirlo, jajajaja. Tengo millones de recuerdos m√°s contigo, y todos tienen un punto en com√ļn: Felicidad. Te quiero mucho yayo. Soy todo lo que soy gracias a ti, me has ense√Īado a vivir, todos los d√≠as de mi vida soy el m√°s feliz del mundo porque tengo claro que de ti he aprendido a disfrutar de todo, a no rendirme, a amar sin miedo, a querer a todo el mundo, a sonre√≠r siempre. Podr√≠a pasarme escribiendo toda la vida sobre ti, pero no hay tanto papel para llenar y esta caja es muy peque√Īita. Tenemos algo que s√≥lo t√ļ y yo podemos entender, todos los a√Īos que hemos compartido, todos los d√≠as que hemos estado solos disfrutando de la vida. Has sido tantas cosas para m√≠… mi abuelo, mi padre, mi amigo. El cari√Īo me desborda y no tengo nada m√°s que agradecimiento por todo el tiempo que me has dedicado. Y puedes estar orgulloso, porque tu nieto te quiere con locura, y va a ser feliz toda su vida, gracias a ti.


Ciento veinte veranos

Mariano, de setenta y siete a√Īos de edad, yac√≠a en la cama de un hospital. La ventana estaba abierta. Era uno de esos d√≠as de verano que parec√≠an bendecidos por el dios de la felicidad: cielo azul, dulces brisas, temperatura ideal. Desde la ventana pod√≠an contemplarse las monta√Īas, plagadas de √°rboles de un verde intenso, como s√≥lo los √°rboles pueden serlo. El anciano no pod√≠a levantarse a disfrutar de las vistas, ya que sus dos piernas hab√≠an sido amputadas por malas pasadas de la edad y la diabetes. Pero la sola fragancia que mec√≠a sus s√°banas era suficiente para sentir aquel verde, y con √©l, las fugaces im√°genes de su m√°s feliz juventud.

Recordaba a Dolores, su Lola. La recordaba ba√Īada en esta misma luz, d√©cadas atr√°s, cuando ambos se escapaban para ba√Īarse desnudos en el r√≠o. Recordaba sus besos, mojados de aquel agua fluvial tan familiar y caracter√≠stica de su pueblo. Esa suavidad, esa piel como jam√°s ha acariciado a mujer alguna. Su coraz√≥n se revolucion√≥ y, ante las im√°genes aquellos veranos, sinti√≥ en la boca de su est√≥mago esas mariposas que cre√≠a a√Īos ha muertas. Sublime felicidad.

Mientras tanto, Dolores lloraba en secreto en los jardines exteriores. Seg√ļn los m√©dicos, a Mariano no le quedaba mucho tiempo de vida y ella sab√≠a, que junto a √©l, su vida tambi√©n acabar√≠a. Morir√≠a de pena. Lo ten√≠a claro. As√≠ que asomada a su mortalidad, tras media vida de abstinencia, se encendi√≥ un cigarro y lo fum√≥ con fuerza. Aspiraba cada calada como si quisiera que el humo llegara hasta su mism√≠simo coraz√≥n y la matara. Ya no ten√≠a sentido cuidarse, ya no ten√≠a sentido ninguna pastilla. Tan s√≥lo humo.

Tosi√≥ y apag√≥ el filtro chamuscado del cigarro contra la pared. Se sec√≥ las l√°grimas y subi√≥ de vuelta a la habitaci√≥n de su marido. All√≠, junto la brisa veraniega, la recibi√≥ algo que la arranc√≥ s√ļbitamente de la realidad: un bulto bajo las s√°banas de Mariano. Una erecci√≥n. Un elemento de ficci√≥n, m√°s olvidado a√ļn que la propia juventud. El hombre la mir√≥ sorprendido, desconcertado, al parecer ni √©l mismo se hab√≠a percatado de la resurrecci√≥n genital. Las mariposas hab√≠an vuelto, y con ellas, la √ļltima batalla de su libido. Mariano extendi√≥ los brazos hacia Lola y √©sta se acerc√≥ a √©l aceptando su abrazo. Se besaron. El anciano incluso pudo saborear aquella peculiar esencia del r√≠o de su pueblo natal. Lola no cab√≠a en su asombro, y notaba como su marido la acariciaba por todas partes, como el primer d√≠a, como cuando entre los dos no sumaban ni la mitad de los a√Īos que hab√≠an pasado juntos. Dolores se separ√≥ del jovial beso, y pudo ver en el rostro de su amor una sonrisa inocente, entusiasmada, brillando con tal fuerza que dilu√≠a las arrugas de Mariano, una sonrisa que los transportaba a sus mejores veranos.

Lola baj√≥ las s√°banas con miedo, como en una segunda primera vez. Mir√≥ una vez m√°s a su marido y le sonri√≥, y Mariano pudo ver en ella la chiquilla que lo tra√≠a loco, que lo mareaba, que lo hac√≠a llorar, gritar, re√≠r, vivir al doscientos por cien. Ebrios de lo que ambos sab√≠an su √ļltimo verano, Lola empez√≥ a besar el miembro del amor de su vida, a chuparlo y a darle ese placer devoto de quien por unos instantes s√≥lo desea que la persona a la que est√° amando enloquezca, estalle de placer. Las canas de Dolores se fueron ti√Īendo del caoba de la joven Lola, y Mariano empez√≥ a perder contacto con la realidad, transportado al follaje de aquellos bosques, el tintineo del agua, la canci√≥n de su rinc√≥n secreto. Fundido a blanco, y el hombre muri√≥ con una sonrisa en los labios. El muerto m√°s feliz del mundo. Postrado no en la cama de un hospital, si no en la orilla de un r√≠o, con diecis√©is a√Īos, pero con ciento veinte veranos exprimidos junto a lo que hab√≠a amado m√°s que a s√≠ mismo, que a la propia cordura. Sobredosis de juventud. Pudiendo tutear ahora a la muerte, contemplando el techo verde y azul del bosque, pudiendo gritar en un √ļltimo alarde de vida en estado puro:

Te amo, Lola.


Un microrrelato normal sobre un hombre real

Un mes y una semana despu√©s volv√≠ a encontrarme con el anciano del autob√ļs. Aquel hombre que me inspir√≥ a escribir sobre √©l. Record√© las conversaciones que mantuvimos y me acerqu√© con una sonrisa. Le dije “Buenas tardes”. El hombre me mir√≥ desconcertado y, sin decir nada, me cedi√≥ el paso para que me sentara a su lado.

Una historia real sobre un hombre normal


José Luis Cupido

Jos√© Luis, de treinta y tres a√Īos, remov√≠a con la cuchara la ins√≠pida sopa de fideos que hab√≠a preparado su abuela Leonora. Como cada domingo, la familia Cupido ten√≠a comida familiar. Seis matrimonios, incluyendo sus padres y su hermano menor y su cu√Īada, reunidos, con sus chiquillos, para disfrutar del calor familiar y las conversaciones despreocupadas. Ser√≠an pares, si no fuera por √©l. Soltero de toda la vida. Aunque su primo Juan tuviera otro hijo y redondeara la cifra a veintid√≥s comensales, √©l siempre seguir√≠a siendo impar. Jos√© Luis se limitaba a agachar la cabeza durante la comida, esperando como un cordero en el matadero a que llegara la pregunta dominical.

– ¬ŅY t√ļ qu√©? ¬ŅCu√°ndo te vas a echar novia?

РNo lo sé, tita.

– Se te va a pasar el arroz con la tonter√≠a. ¬ŅC√≥mo puedes ser tan exigente? ¬°T√ļ podr√≠as tener a quien quisieras!

La t√≠a Antonia ten√≠a toda la raz√≥n del mundo. Bastaba con que Jos√© Luis tocara a una mujer para que se enamorara perdidamente de √©l. El primog√©nito de cada Cupido ten√≠a ese don. Una larga tradici√≥n de Cupidos desde tiempos inmemoriales. Lejos del mito del ni√Īo con pa√Īales, ser un Cupido entra√Īaba una honorable -y pesada- responsabilidad. Jos√© Luis pod√≠a determinar qui√©n se enamoraba de qui√©n, as√≠ como su padre, el cual contaba con un excelente historial de matrimonios felices garantizados, incluidos los que hab√≠a provisto a todos sus hermanos y hermanas.

– A este paso morir√°s sin descendencia y entonces qu√©, ¬Ņeh? ¬ŅQu√© pasar√° con el amor? – Le inquiri√≥ su abuela.

– No lo s√©, yaya. La gente puede enamorarse sin mi ayuda ¬Ņno? ¬ŅC√≥mo se enamoran en el resto del mundo?

– ¬°Pero eso no es amor verdadero! ¬°Mira la cantidad de divorcios hay por todo el mundo!

– ¬ŅMe est√°s diciendo que s√≥lo la gente de Cuenca se enamora de verdad? Porque yo no he viajado demasiado que se diga…

– ¬°Porque no quieres! ¬°Tu abuelo dio la vuelta al mundo creando las historias de amor m√°s bonitas de su siglo! ¬°Pero t√ļ lo que tienes que hacer es buscarte una rubia bien bonita y darme un nieto ya!

Р¡Basta ya! ¡Estoy harto de todo esto! РUn golpe en la mesa silenció la estancia y vertió algo de las sopas sobre el mantel. Su familia lo contemplaba con una mezcla de confusión y preocupación. Nunca antes un Cupido había visto su don como una condena. Este José Luis había salido raro.

Sin mediar palabra, y mordi√©ndose los labios, Jos√© Luis cogi√≥ su chaqueta y se march√≥ de casa de la abuela. En la calle, con nerviosismo tecle√≥ un n√ļmero en su m√≥vil mientras caminaba alterado hacia ninguna parte. Tras una interminable sucesi√≥n de tonos, una c√°lida voz contest√≥ al otro lado.

– ¬ŅJose? ¬ŅQu√© tal? Que pronto has salido hoy.

– Necesito verte…

– ¬ŅEst√°s bien? Te noto enfadado.

РEs sólo mi familia, que me jode, me jode mucho. Estoy hasta los huevos de soportar todos los putos fines de semana la misma cantinela.

– Tranquil√≠zate, amor. T√ļ familia no es tan diferente a todas las dem√°s. S√≥lo quieren lo mejor para ti.

– ¬°No! ¬°Quieren lo mejor para ellos! No paran, una y otra vez, todo por el puto cr√≠o. Necesitan otro ni√Īo con mi mismo don. Es como si estuviera obligado a procrear, como un maldito perro con pedigr√≠.

– Va, va. No seas catastrofista. Rel√°jate y ven a verme.

– S√≠… Est√° bien. Te quiero Julio.

– Te quiero. Nos vemos ahora. Un besito.

Este es el ejercicio de febrero de Adictos a la Escritura, ambientado en San Valent√≠n. Consist√≠a en redise√Īar la figura de Cupido, alej√°ndonos de ic√≥nico angelito con arco. Pod√©is leer el resto de relatos de mis compa√Īeros en Proyecto de febrero 2012: Especial San Valent√≠n -Dise√Īa tu propio Cupido-


Nieve en el paladar (conclusi√≥n)

Conclusi√≥n de la peque√Īa trilog√≠a de relatos de supervivencia de Gustav:

Primera ParteSegunda Parte

————————————-

‚ÄúSiempre he sido alguien de ‘pelillos a la mar’. Nunca me he agobiado seriamente, siempre he procurado complacer a los dem√°s y he evitado el conflicto en la medida de lo posible desde que tengo uso de raz√≥n. A diferencia de mi conflictivo hermano mayor, yo siempre he sido un gregario complaciente que prefiere resignarse a exponerse a la desaprobaci√≥n o furia de los dem√°s. Sin embargo, esta prueba de supervivencia ha servido para demostrarme cuan nimios eran mis miedos: miedos de sociedad, s√≠ntomas de las metr√≥polis. ¬ŅC√≥mo puede un ser humano llegar a temer el rechazo, la burla o el desprecio? ¬ŅC√≥mo de necesaria es la aprobaci√≥n de los dem√°s para sobrevivir en la ciudad? El respeto, el orgullo y la reputaci√≥n son la fuerza, el alimento y el fuego de la monta√Īa. Nos educan para apoyarnos en mecanismos abstractos que no nos aportan nada como seres vivos. Desde el primer d√≠a, creces buscando la aprobaci√≥n de tus padres, el respeto de tus amigos, el favor de los poseen algo que necesitamos. Arrancado de los vicios de la sociedad, siento repugnancia ante los monstruos que nosotros mismos nos hemos creado, ni lobos ni osos, si no estr√©s, depresi√≥n, traumas. Necesitamos m√©dicos para nuestras mentes y no para los golpes y mordiscos. Cuando dej√© pasar aquel helic√≥ptero fui consciente de lo que me escond√≠a. No de mi vida, de mis padres o de mis profesores. Me escond√≠a de m√≠ mismo. Al fin y al cabo, el rival m√°s poderoso al que jam√°s nos enfrentaremos somos uno mismo. Soberanos de nuestras almas, somos nosotros los que nos creamos obst√°culos y nos arrebatamos oportunidades. Nos regalamos miedos que transformamos en excusas, y nos lamentamos por un destino que creemos que nos han impuesto, cuando en realidad, las cadenas actuales no son el dinero, ni las aspiraciones, si no las necesidades que nos creamos y nuestra fan√°tica devoci√≥n por complacerlas. Somos escoria que ha olvidado lo que significa sobrevivir.

Por eso no quiero regresar. Por eso voy a permanecer aqu√≠ con Robert. Y mi peor enemigo ser√° ese oso, y no ninguna beca, trabajo, familiar, obligaci√≥n o responsabilidad. Mi √ļnico error ser√° el de morir. Y morir√© con un grito, como los que realmente se aferran a su vida por encima de todo, y no con un llanto, con una cuchilla en la mu√Īeca o al borde de una azotea.

Sin embargo, antes de desaparecer definitivamente, viviendo cada uno de mis d√≠as con nieve en el paladar, de entre todas las personas, quer√≠a despedirme de ti. Porque de entre todos los s√≠ntomas de la vida en sociedad, hay uno que he sido incapaz de odiar, y ese es el amor. Te quiero. Por todo lo que hemos pasado juntos, por todo lo que nos hemos aguantado y lo que hemos compartido. Porque nadie como t√ļ podr√° comprender lo que siento en este para√≠so helado. Porque has sido la √ļnica tentaci√≥n que me ha hecho dudar en entregarme de nuevo a ese mar de pu√Īales, y sobrevivirlo juntos. Pero como Robert, no sobrevivir√≠a si me sacarais de la monta√Īa. Mor√≠ en aquella excursi√≥n, y ahora s√≥lo soy uno m√°s de los que disfrutan en secreto de este refugio natural. Te env√≠o mis diarios porque quiero que sepas de m√≠, porque te lo debo. Pero esto es una despedida. Un beso.

Gustav‚ÄĚ

Nadine dobl√≥ las hojas combadas por la humedad, que tantas veces hab√≠a rele√≠do, y sobre las que tantas veces hab√≠a llorado antes de tomar esta decisi√≥n. All√≠ estaba ella, al pie de la cordillera donde hac√≠a casi un a√Īo perdi√≥ a la persona m√°s importante de su vida. Hab√≠a dejado los m√≥viles en casa, hab√≠a cerrado todas sus cuentas de correo y redes sociales. Hab√≠a cancelado sus cuentas bancarias. Se hab√≠a deshecho de todo. Nadine, cautivada por la libertad que describ√≠a Gustav, y consolada por la noticia de su supervivencia, hab√≠a asesinado tambi√©n sus cadenas. Llevaba mucho tiempo pregunt√°ndose si ser√≠a capaz de volver a amar e, incapaz de resolver esa duda, decidi√≥ huir a la monta√Īa porque no soportaba la idea de que su amor quedara helado en un blanco infinito. Necesitaba estar ah√≠, con Gustav, y darle cada d√≠a el amor que no puede cazar ning√ļn alma en soledad. Con s√≥lo una mochila, y dos cartones de tabaco, se adentr√≥ en la monta√Īa.


Tortura precoz

‚ÄúOscuridad. Precedente de nada bueno. Manos atadas a la espalda, al respaldo de una silla. Olor a humedad y a cerrado. Bebes de tus o√≠dos ya que son lo √ļnico que te aporta informaci√≥n ahora: s√≥lo se oye una respiraci√≥n acelerada, acompa√Īando a la tuya. No sabes c√≥mo has llegado aqu√≠, pero tienes una ligera idea de por qu√©. Seguramente te imaginas qui√©n ser√° la persona que est√° atada a tu lado y todo empieza a cuadrar. Todas las pel√≠culas que has visto empiezan a mostrarte elucubraciones de lo que te podr√≠a pasar, lo que no cre√≠as nunca que te pasar√≠a a ti. Te van a torturar. Te voy a torturar.‚ÄĚ

Ernesto termina su discurso retirando las capuchas de los dos hombres que mantiene retenidos en el s√≥tano. De profesi√≥n torturador freelance, ofrece sus servicios para facilitar informaci√≥n a terceros con suficiente dinero para pagarla. Los dos hombres cogen aire mientras examinan su alrededor, en busca de respuestas o esperanza. Frente a ellos, Ernesto, ataviado con un delantal y una m√°scara de zorro, prepara un peque√Īo mueble con ruedas donde cual mago guarda todos sus trucos. Lo primero que hace es consultar una libretita de cubierta de cuero, donde anota las preguntas de sus clientes.

– Veamos… – murmura mientras limpia un garfio.

El repicar de las gotas de orín de uno de ellos, cayendo silla abajo, interrumpe a Ernesto.

Р¡El dinero está en la taquilla 57 de la estación de autobuses!

– Joder… ¬ŅEso es verdad? – Pregunta Ernesto mirando al otro hombre.

– S√≠…

Ernesto suspira, anota la respuesta en su libreta y guarda el garfio. Saca dos jeringuillas de su envoltorio esterilizado, las llena con una carga potente de anestésico y pone a los dos hombres a dormir.

– A todos nos tocan trabajos de mierda… ¬ŅMe habr√© pasado con el discurso?

 

Ernesto, a la ma√Īana siguiente, cogi√≥ su taxi y sali√≥ a reencontrarse con su vida normal, esperando un trabajo algo m√°s interesante, ya que ten√≠a algunas cuantas ideas art√≠sticas en la rec√°mara que no ve√≠a momento de poner en pr√°ctica.

 

Los dos hombres se despertaron en mitad de un descampado. Uno de ellos apestaba a meado, le hab√≠an rapado la cabeza y le hab√≠an escarificado la palabra ‚Äúmarica‚ÄĚ en la nuca.


Forjador de Leyendas

Un anciano de cabellos canos, coronilla pelada y abundante barba saboreaba el vino de la casa de la Taberna del Zurdo. Un gran mast√≠n de pelaje oscuro llamado Guerra, a la vista tan castigado como √©l, descansaba a los pies de la silla, contemplando indiferente los tobillos de los parroquianos con un ojo entreabierto. Bajo la camisa de lino blanco y el peto de cuero ocultaba numerosas cicatrices que guardaban una historia diferente cada una. En su cinto, testigo de todas sus haza√Īas, colgaba la Insatisfecha, una espada de hoja de obsidiana y acero r√ļnico, √ļnica prueba de que el viejo era quien era: Jorghal, el h√©roe de las Grandes Guerras. Un h√©roe como los de antes, de los que pocos quedan ya, en peligro de extinci√≥n, haciendo frente al enemigo m√°s poderoso al que jam√°s nadie se ha enfrentado; el tiempo.

Pero por muy amargo que se volviera su cuerpo, jam√°s lo hac√≠a su alma. De esp√≠ritu siempre jovial, afable y amistoso. Implacable y feroz cuando deb√≠a serlo. Y es que si renunciaba a su esp√≠ritu, ¬ŅQu√© le quedaba ya como guerrero? Un h√©roe legendario reducido a horas de bar y a historias de sobremesa. Leyendas por las que anta√Īo los habitantes del imperio se sent√≠an agradecidos, luego respetuosos, despu√©s divertidos y en √ļltima instancia medianamente interesados. Con setenta a√Īos hab√≠a sobrevivido a muchos de los que salv√≥ en las Grandes Guerras, y los hijos, y menos los hijos de sus hijos, ya no ve√≠an en Jorghal a aquel que derram√≥ m√°s sangre que sudor en sus bosques y llanuras.

A√ļn as√≠, el viejo h√©roe nunca perdi√≥ el amor por su naci√≥n, la que tanta violencia y amigos le hab√≠a costado. Notando su fin aciago, ide√≥ una manera de perpetuar su ojo vigilante sobre estas viejas tierras habitadas por j√≥venes que desconocen la guerra. En su modesta casa de madera, en la periferia del pueblo, Jorghal estableci√≥ una escuela de combate, donde a parte de esgrima impart√≠a filosof√≠a, valor y templanza. En pocos a√Īos empezaron a llegar a la ciudad las noticias de las haza√Īas de sus disc√≠pulos: Cazadores de dragones, Libertadores de pueblos, Recuperadores de reliquias antiguas… El viejo parec√≠a guardar el secreto del valor y el hero√≠smo y j√≥venes de todas partes hac√≠an cola ante su casa con la esperanza de encontrar su hombr√≠a y su destino. Pero Jorghal s√≥lo aceptaba alumnos de uno en uno, haciendo que el simple hecho de convertirse en su disc√≠pulo fuera un logro en s√≠.

El t√≠tulo de H√©roe de las Grandes Guerras hab√≠a quedado diluido con el paso de los a√Īos, condenado a morar para siempre en libros de historia y antiguas canciones que ya nadie cantaba. Un entierro en vida para alguien que hab√≠a pasado su vida luchando. Pero ahora, con los disc√≠pulos de Jorghal creando leyendas all√° donde llegaban, el viejo pod√≠a sentirse en paz en una segunda edad dorada. En la ciudad, y en todas partes, no tard√≥ en volver a sonar su nombre, aunque esta vez su t√≠tulo era diferente. En boca de todos estaba, el hombre que conoc√≠a el secreto del coraje: Jorghal, el Forjador de Leyendas.

Lo que el anciano no sab√≠a, es que el destino le reservaba una ocasi√≥n m√°s para vestir su armadura. Una √ļltima misi√≥n, una √ļltima batalla y… qui√©n sabe, con suerte, la oportunidad de morir en el campo de batalla.

Este es un preludio de un personaje para una partida de rol de fantas√≠a medieval dirigida por un amigo m√≠o que se estrena en el arte de dirigir ūüôā Espero con este relatillo aportarle m√°s trasfondo a su campa√Īa.