Archivo mensual: noviembre 2007

Ad Líbitum – Segunda Parte

 Un poco de ciencia ficción romántica post-apocalíptica.

Ad Líbitum

Enarmonía de las almas

Ramil

 

Odio el mar. Mis padres siempre me han dicho que vine de él, que no debo temerle al agua. Es extraño, la cobardía no es algo que yo lleve dentro, pero sencillamente odio el mar, no pienso poner un pie dentro. Mucha gente del pueblo construye embarcaciones y se marcha diciendo ir a un mundo mejor, pero yo no me lo creo. No puede haber nada maravilloso detrás de ese cielo púrpura. Embarcarse hacia allí es como lanzarse al infierno. No entiendo por qué nadie nunca ha intentado ir más allá de ese muro de chatarra. Seguro que tras él hay algo fantástico, si no, como se explica que hayan construido una muralla tan grande para protegerlo.

 

Un balonazo en la cabeza interrumpió las cavilaciones de Ramil.

 

-¿Otra vez te has quedado embobado mirando la muralla?

Ramil – ¡No es eso! ¡Es que es tan fácil ganaros que me aburro!

 

Ramil salió corriendo hacia sus amigos y continuaron jugando. Aún contando con la pobreza de Génesis los niños jugaban con buenos balones de cuero. El paseo marítimo cercano a la playa está repleto de comercios, uno de ellos una tienda de deportes. Hoy día el paseo era sólo una colección de ruinas, puesto que la mayoría de las tiendas dan hoy forma a las casas de Génesis, visten a sus habitantes y entretienen a los niños.

 

Ramil – Ya estoy cansado de este estúpido juego…

 

Ramil se dejó caer en la arena de la playa.

 

– Y qué propones ¿Que juguemos a los guerreros?

Ramil – No “jugamos” a los guerreros. Entrenamos.

– ¿Para qué, por si vienen las ratas a por nosotros?

El resto de niños rieron.

Ramil – ¡Callad! No os estoy obligando a entrenar.

El chico se levanta y desclava su espada de madera clavada en el suelo.

Ramil – Pero yo algún día pienso emprender una aventura. No tengo miedo. Quedarse en este pueblo es como estar muerto.

– ¿Pero dónde piensas ir?

Ramil – Más allá de la muralla.

Todos volvieron a reír.

– ¡Eso es imposible!

Ramil – ¿Quién lo ha dicho?

– Los mayores.

Ramil – ¡Ellos no han estado nunca allí! ¡Ni siquiera se atreven a cruzar las ruinas!

El resto de chavales se miran en entre ellos y se encogen de hombros.

Ramil – ¡Y tampoco son tan mayores! ¡Sin contar a Graven, el mayor de Génesis tiene 28 años!

– Que sí, que sí, coge tu espada y vamos a “entrenar”.

Ramil sonríe y echa mano a su arma.

 

Aparte de comer, dormir y charlar con Gadhe, su actividad diaria se basaba en practicar con la espada, entrenar sus músculos y jugar con sus amigos. Es decir, Ramil dormía muy bien al final del día. Dada su dedicación obsesiva a la espada podía zafarse fácilmente de sus adversarios cuando jugaban en la playa y siempre acababan peleando todos contra él. Hasta el momento había conseguido retener a cinco adversarios al mismo tiempo y su meta era contener a todos sus amigos; prácticamente una docena. Entrenaba cada día con el único fin de superarse a sí mismo. Decidió que cuando Génesis no tuviera ningún reto más que ofrecerle, partiría hacia la muralla de Greenwich.


Fuego en el cielo

 

Gadhe vivía en la cabaña que sostenía los neumáticos. Técnicamente, vivía solo, sin embargo, Ramil prácticamente hacía su vida también en esa casa. Eran más noches las que pasaba allí que con sus padres, al fin y al cabo, los que tenía por padres sólo son una pareja más de Génesis que decidió encargarse de un bebé. Los padres de Ramil tenían diez y doce años cuando lo encontraron. Así que en realidad fue más como un juego que como una sensata decisión. Cuando hace veinte años Graven fundó Génesis tan sólo lo acompañaba media docena de niños. De todos los integrantes que componen el pueblo, él es el único que ha visto el sol. En efecto, Graven llegó en uno de los barcos que transportaban presos a Puerto. En el primero, según afirma él. Nadie conoce su crimen y tampoco nadie se atreve a preguntárselo. Sin embargo, todo el mundo opina que cualquier pecado que pudiera haber cometido estaba redimido largamente con la labor que estaba llevando a cabo. Graven tomó la decisión hace un par de décadas de darle un futuro a todos los niños que corrieran el mal destino de haber nacido en Puerto. El ahora anciano fundador del pueblo realizaba incursiones a menudo más allá de las ruinas que separan el pueblo del difícil mundo creado por los criminales para traer consigo algunos niños. Algunos eran bebés y otros casi adolescentes, pero poco a poco fue reuniéndolos en la playa y creando lugares en los que pudieran dormir calientes. Cuando la cifra de refugiados empezó a ser considerable comenzó a asignar tareas a los mayores, que cuidaban de los más pequeños. Un niño por pareja. Graven denominó a los cuidadores de cada niño como ‘padres’. Una de sus frases más conocidas es la que predica que ningún niño debería crecer sin unos padres, y el tenía pensado ser el padre de todos y darle a las siguientes generaciones unos propios. Ese era su proyecto ‘Génesis’. Cuando los chicos más grandes pasaron su pubertad empezó a formar equipos que viajaban con él y recuperaban a más niños, mientras otros guardaban el improvisado poblado. Hoy día existen grupos bien preparados de adultos que marchan más allá de las ruinas a por más criaturas. No obstante, las recientes bajas y deserciones han menguado los ánimos de los héroes y por el pueblo empiezan a extenderse frases como “ya somos suficientes”; palabras que caen lejos del ideal principal de Graven y que lo hacen enojar bastante. Graven, sin embargo, dedica ahora su desgastado cuerpo a instruir a los pequeños con sus historias, a enseñarles a leer y a escribir, y a intentar convencer, aunque sea a sólo uno de cada diez, de que continúen su labor.

 

Ramil – Las ratas de hoy están deliciosas.

Gadhe – ¿Sí? Me las ha dado Laura a cambio de dormirle a los niños en el jardín de infancia.

Ramil – La verdad es que gracias a tu guitarra comemos bastante bien.

Gadhe – Tus padres agradecerían de vez en cuando que cenases con ellos.

Ramil – No importa. Además, no son mis padres.

Gadhe – Sí que lo son. Les debes la vida, así que aunque no biológicamente, son tus padres.

Ramil – Si no hubieran querido ellos, lo hubieran hecho otros dos. Además, eran muy jóvenes cuando empezaron a hacerse cargo de mí. Todo el mundo tenía que ayudarles, así que más que hijo de ellos, soy hijo de Génesis.

Gadhe – Todos somos hijos de Génesis. Pero deberías agradecerles un poco más el esfuerzo.

Ramil – ¡Yo no les obligué a cuidarme!

Gadhe – Está bien, está bien.

 

La casa de Gadhe tenía poco más que una litera, un armario sin puertas que almacenaba su ropa y la de Ramil, un baúl dónde guardaba lo poco que una persona pueda considerar de su propiedad en Génesis y una mesa bajita de madera con un sofá partido en dos que encontraron en las ruinas, la mitad a cada extremo de la mesa. En un rincón contrastaba con los tonos marrones de la vivienda una especie de horno-chimenea construido con una vieja barbacoa y un conducto del aire acondicionado que salía por el tejado. Allí cocinaban y se calentaban. Pese a comer tres veces al día, todas esas ocasiones recibían el nombre de cena. Seguramente debido a que su vocabulario viene principalmente de Graven y a él nunca se le ocurriría llamar desayuno a un alimento ingerido bajo esa luz.


Gadhe – Sabes, ayer vino un tipo y me ofreció tocar en su club.

Ramil – ¿Qué es un club?

Gadhe – No lo sé. Precisamente por eso sé que no está en Génesis.

Ramil – ¿Irás? – un gesto de emoción se compuso en el rostro del chico.

Gadhe – Acepté el trabajo sin pensar. Aún no estoy seguro. De todas formas tengo un mes para pensarlo.

Gadhe terminó de darle el último bocado a su desayuno.

Gadhe – Hoy me siento bastante activo. Incluso me apetece vencerte a ese juego que te gusta tanto… cómo era… ah sí: pegarse con dos palos.

Ramil – ¡No te consiento que llames así al maravilloso arte de la espada!

Gadhe – Romper cosas no es un arte.

Ramil –  Está bien. Ya está decidido. Voy a enseñarte el magnífico arte que puedo hacer con la sangre de tu nariz.

Gadhe – Uy, eso quiero verlo.

 

Gadhe se levantó de la mesa y agarrando uno de los dos bastones que hay colgados en la entrada salió a la calle. La vida como artista ambulante de Gadhe no le exigía un horario concreto, pero solía hacer coincidir su inicio del día con la hora en la que los recolectores salían a cazar y conseguir agua. A esa hora, en la playa, estaban preparando sus redes los pescadores. A no mucha distancia de la costa se podían alcanzar los primeros rayos de sol, y con relativa suerte podían encontrarse incluso plantas comestibles bajo el agua o en pequeños islotes y rocas.

 

Gadhe – ¡Buenos días Yier!

El músico tenía una buena relación con los pescadores de Génesis. A menudo les amenizaba el tiempo que pasaban en tierra firma con alguna melodía.

Yier – ¡Hola Gadhe! ¿Buscando la inspiración en la playa?

Gadhe – Hoy no. He venido a entrenar un poco con Ramil.

El pescador se acercó a los dos chicos y acarició el pelo del más joven.

Yier – Dedicas mucho tiempo a jugar con este pequeñuelo.

Ramil le devolvió una modesta mirada desafiante.

-¡Lo que deberías hacer es dejarte de niños y guitarras y ponerte a trabajar como los hombres!- Dijo otro pescador mientras preparaba unas redes.

Yier – ¡Déjalo en paz! Si el precio a pagar por oír su música significa más trabajo para los demás ¡qué me aspen si quiero trabajar en silencio!

Gadhe le dedicó a Yier una sonrisa amable.

Gadhe – Bueno, vamos a hacer un poco de ejercicio. Que os vaya bien.

Yier – Si nos va bien hoy cenarás pescado.

Gadhe – Gracias, gracias.

Tras despedirse con otra sonrisa Gadhe y Ramil se apartaron a un pequeño trozo de playa, al otro lado de un espigón coronado por un faro abandonado y medio derruido.

 

Gadhe – ¿Estás preparado? Hoy no te será tan fácil derrotarme.

Ramil – ¿Has estado practicando a escondidas?

Gadhe – No he vuelto a tocar la espada desde la última vez.

Ramil – Entonces me temo que tus posibilidades son cada vez inferiores.

Gadhe – Deja de hablar y enséñame la obra de arte de la que hablabas.

 

Ramil clavó un pie en el suelo y salió disparado hacia su amigo, iniciando el combate con un veloz golpe que su oponente desvió a tiempo con bastante dificultad. Sin dejar a su compañero recobrarse del ataque, Ramil continuó su asedio arrollando a Gadhe con una lluvia de golpes con los que éste tenía que emplearse al máximo para evitar ser golpeado. El joven músico no tardó en notar como su espalda tocaba las rocas del espigón. Aprovechando su superioridad en masa se abalanzó contra el chico derribándolo. Utilizó este momento para recuperar las distancias y el aliento.

 


Ramil – Si utilizas el tiempo en el que dejo de atacarte para descansar nunca conseguirás conectar ni un golpe. En un combate el descanso no llega hasta que uno de los dos cae.

Gadhe – Hablas como si estuvieras curtido en mil batallas – contestó jadeando.

 

Ramil inició su carga de nuevo, no obstante, se vio sorprendido por una estocada que contra todo pronóstico envió Gadhe hacia el pecho del chico. Ramil giró sobre sí mismo para evitar ser golpeado, cosa que le hizo perder el equilibrio y caer sobre la arena. Su contrincante no dudó y lanzó su arma hacia las costillas del niño para decidir el campeón del combate. Sin embargo, Ramil volvió a hacer gala de su agilidad felina para pasar entre las piernas de Gadhe y, cargándolo sobre sus hombros, elevarlo en el aire y volcarlo. Saltando desde su posición, Ramil se lanzó sobre su rival, el cual lo recibió boca arriba interponiendo su espada. Pese a la diferencia de edad, Gadhe no levantaba más peso que el de su guitarra a lo largo del día, así que un niño de catorce años con ese entrenamiento era lo suficientemente fuerte como para representar un esfuerzo considerable para mantener la espada del chico alejada de su cuerpo.

 

Mientras forcejeaban, una luz iluminó la escena desde el cielo. Algo verdaderamente inusual en un lugar como ese. Por si la luz no era suficiente, un ruido ensordecedor terminó de ponerlos alerta. Los dos combatientes se separaron y prestaron atención al origen del fenómeno: Una enorme bola de fuego. En el cielo se podía contemplar esa masificación de llamas, era lo más parecido a lo que Graven describía como Sol y pensaron que podría tratarse de ello. El mayor inconveniente estaba en que se dirigía directo hacia ellos. Gadhe y Ramil empezaron a mirar en todas las direcciones pero era imposible prever el punto de impacto del artefacto. Finalmente, presos del pánico decidieron simplemente agacharse. El sonido de un terrible golpe y piedra chocando contra el suelo les avisó de que el objeto había tomado tierra. Alzaron su vista.

 

Ramil – ¡E-Está en el faro! ¡Se ha chocado contra el faro!

Gadhe – Parece una antorcha gigante. Es… hermoso.

 

Ramil dirigió su mirada extrañado hacia Gadhe. El artista estaba completamente anonadado por el suceso. Ramil le propinó un golpe en la cabeza.

 

Ramil – ¡Despierta! ¿¡Qué acaba de pasar!?

Gadhe contestó fascinado a la vez que sorprendido – No lo sé. Vamos a verlo.

 

Ambos dejaron los palos clavados en la arena y empezaron a correr a toda prisa hacia el faro. Escalaron las rocas del espigón y en poco tiempo ya estaban plantados en la base de la torre. El edificio parecía haber quedado dañado seriamente y muchas piezas y paredes se habían derrumbado alrededor. En el punto más alto sobresalía algo metálico con forma ovalada. Ramil miró a Gadhe esperando que le impidiera entrar, pero para su sorpresa, sin prestarle la menor atención se adentró a toda prisa en el edificio. Ramil se apresuró a seguirle. Las escaleras de caracol del interior estaban parcialmente destruidas así que llegar hacia la cima fue más una escalada que un ascenso. Mientras se subía se podía observar una especie de carcasa metálica asomando a través del suelo destruido de la cima. En unos minutos alcanzaron la habitación del faro, Gadhe puso la mano sobre el pomo de la puerta y la apartó rápidamente, abrasado. En una reacción instantánea abrió la puerta cargando con su hombro. La pareja irrumpió en la siguiente sala y dio un paso atrás instintivamente al contemplar la escena.

 

Ramil – ¿Un cine volador?

 

El artilugio metálico estaba partido en dos y a cada lado se podía observar una fila de cuatro asientos. Habían algunos muebles más y al fondo otra puerta metálica con un ojo de buey en el centro. Todo estaba en llamas.

 

Ramil – No soy yo quien debería decir esto pero ¿No crees que estar aquí es peligroso?

 

Ignorándolo, Gadhe se dirigió apresurado hacia la puerta metálica y se asomó por el ojo de Buey.

Gadhe – ¡Hay alguien dentro! – Intentó abrir la puerta pero no consiguió más que volver a abrasarse.

Ramil – ¡Gadhe! ¡Vuelve! ¡Las llamas están devorándolo todo!

Gadhe – Tengo que entrar.

Ramil – ¡Vuelve! ¡No puedo verte! ¡Hay mucho humo!

Gadhe – ¡Ramil! ¡Sal de aquí! ¡Si no hay alguien viniendo ya apresúrate a llamarlos y asegúrate de que traen equipo médico!

Ramil vaciló unos segundos y después se marchó a toda prisa hacia el pueblo. A lo lejos ya podía verse a la gente acudiendo hacia el lugar.

 

Gadhe – ¿¡Puedes oírme!? – Tras aporrear la puerta y no recibir ninguna señal miró a su alrededor. Reconoció un artilugio rojo que estaba presente en la mayoría de establecimientos abandonados del paseo marítimo: un extintor. Lo extrajo de la pared y agarrándolo por un extremo lo utilizó para romper el ojo de buey. Viendo que esta acción no contribuía a que la puerta se abriese recordó lo que esos tubos rojos expulsaban: Humo blanco frío. Tras hacerse en unos segundos con el manejo del artefacto roció la palanca de apertura con el “humo blanco”, permitiendo su uso. La puerta se abrió. Gadhe entró en la siguiente sala y se agachó para atender a la persona que yacía en el suelo.

 

Gadhe – ¿Estás bien? ¿Puedes oírme?

 

Gadhe envolvió con sus brazos a una chica joven de aspecto frágil y la levantó con delicadeza. Utilizando los dedos apartó sus cabellos dorados, nunca había visto un pelo tan claro como aquel. Dejó su cara al descubierto, con el pulgar limpió el tizne de sus mejillas. La chica abrió los ojos y dos gemas con el color azul propio del cielo que Gadhe sólo había visto en sueños se clavaron en él. El joven desvió sus ojos y repasó minuciosamente las formas de su rostro, su nariz de líneas suaves, su cara sonrojada y sus labios rosados. Totalmente ajeno al infierno en el que se encontraba Gadhe acercó sus dedos lentamente hacia los labios de la chica, había algo que le arrastraba a tocar ese rostro. Con admiración recorrió la forma de su boca con la yema de los dedos, poniendo en contraste la palidez casi enfermiza de su piel con el color vivo de la chica.

Una llamarada lo despertó y lo devolvió de una sacudida a su oscuro mundo real. Gadhe agarró con fuerza a la chica y se alzó con ésta entre sus brazos. Era imposible volver por donde había venido. Analizó su entorno. Esa sala tenía dos butacas giratorias ante un panel lleno de decenas de botones totalmente desconocidos para el artista. La única salida era el gran cristal que se hallaba frente a ellos. Dejó con cuidado a la chica sobre una de las butacas, agarró el extintor que había utilizado anteriormente y destrozó los cristales. La chica movió sus labios intentando articular unas palabras.

-¿Quién eres?-

-Gadhe- Respondió el chico mientras se centraba en sus ojos.

La cabina sufrió una nueva sacudida y la situación se inclinó unos 30 grados hacia el suelo.

-No hay tiempo para hablar- Gadhe sujetó a la chica de nuevo entre sus brazos y, poniendo un pie sobre la recién abierta vía de escape, saltó. El agua del mar los recibió de forma gélida. Con un último esfuerzo, el chico nadó junto a la joven que acababa de salvar hacia la orilla y se desplomó sobre la arena mojada.

-¿Dónde estoy?

La chica gateó hacia Gadhe, interponiéndose entre su mirada y la luna. Él no pudo evitar volver a quedar absorto por aquella imagen. Los ahora oscurecidos y húmedos cabellos de la chica enmarcaban su cara mientras con esa mirada ajena a Génesis y a la oscuridad inspeccionaban el rostro de Gadhe, iluminado por el reflejo anaranjado de la hoguera en el faro.

-¿Estás bien? ¿Puedes decirme donde estoy?

Gadhe, tras unos segundos, sólo pudo devolver una sonrisa.

-Estás aquí, conmigo.-

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Ad Líbitum – Primera Parte

Un poco de ciencia ficción romántica post-apocalíptica.

Ad Líbitum

Enarmonía de las almas

Gadhe

 

Siempre me he preguntado el tacto que debe tener la hierba al caminar descalzo sobre ella, o como debe ser sentir un calor distinto al de una hoguera. Suelo imaginarme el color del mundo que me rodea si sólo un rayo de luz lo alcanzase y suelo soñar con el arco iris que describen las canciones. En mi mundo, la lluvia es invisible y el único consuelo que nos queda por ignorar el azul del cielo es el eterno centelleo de las estrellas.

Lo que antes se podría haber definido como vegetación crujía ahora bajo los pies descalzos de Gadhe. Era un chico inusual, una de sus tantas peculiaridades era la de caminar descalzo, dándose a sí mismo por excusa que le gustaba sentir el mundo bajo sus pies. Él decía que de algún modo podía sentir el calor del sol – astro que la gente de Puerto de la Condenación, o lo que antes se conocía como Portugal, sólo estaba acostumbrada a ver en su imaginación o, los más afortunados, en su memoria. – bajo sus pies, al otro lado del planeta. Otro elemento característico de este joven era su afición por la música, supongo que no lo veréis como algo tan extraño, pero en los tiempos que corren, o por lo menos, en los tiempos que corren a este lado del globo, poca gente se dedica por vocación a la música. Es por eso que siempre le acompañaba una guitarra acústica de color gris oscuro, con trazos realizados con pintura granate simulando las olas del mar; sí, las olas de Puerto de la Condenación eran granates, a juego con el eterno anochecer que se dibujaba más allá del horizonte. La guitarra estaba algo desconchada por el paso del tiempo y por las inclemencias que conllevaba el hecho de vivir en un lugar como ese, pero aún así, sonaba de maravilla. Gadhe acostumbraba a llevar unos tejanos oscuros desgastados, una chaqueta marrón con borrego en el cuello y una camiseta negra de manga larga debajo de todo esto. Bueno, de hecho vestía siempre así; el que se podía permitir dos conjuntos en Puerto de la Condenación era una persona afortunada o despiadada. Dada la pobreza de su entorno quizá también os impacte el hecho de que monta una bicicleta que haría media docena de décadas habría costado unos doce mil euros, pero digamos que el pan se cotiza hoy en día más alto que el oro en Puerto de la Condenación, o Puerto, como acostumbraba a referirse normalmente la gente que lo habitaba; nadie nombraría su hogar de un modo tan despectivo, por lo menos no alguien sano. Para terminar de definir el aspecto de Gadhe, diré que es un chico alto, de complexión delgada aunque atlética; en realidad la gran mayoría de la población era delgada; los más agraciados podían disimular sus costillas y nada más. Gadhe tenía el pelo castaño oscuro, corto, despeinado y con algunas rastas que adornaban su cogote. Gadhe se ganaba la vida interpretando su música cuando la gente de Puerto tenía ánimos para reunirse, que, para ser en un contexto tan desolador, era bastante a menudo. De todos modos, lo más destacable de este muchacho es una característica que comparte con el resto de habitantes de Puerto de la Condenación y, aproximadamente, con la mitad de la población mundial. Gadhe vive en un mundo en el que siempre es de noche y, no, no es que el sol se haya extinguido, es que se ha quedado al otro lado, alumbrando a la otra mitad de la población terrestre.


Un poco de historia

 

Para ser más precisos, nos encontramos en el año hipotético 2087. Y es que desde el 2056 todos los años son hipotéticos. A principios del siglo XXI la Tierra empezó a decelerar en su movimiento. Científicos de todo el mundo empezaron a cooperar para descubrir la causa de tal suceso. En el año 2025, lejos de hallar las causas de tamaño fenómeno y en vista del avance irrefrenable de la situación las mentes empezaron a trabajar en un modo de hacer perpetuar la supervivencia de la especie en un planeta que se ha alienado de las leyes del universo y que, efectivamente, en el año 2056, se quedó parado, completamente estático, en el sistema Solar. Tras cinco años de proyectos desechados, de manos del ingeniero Samuel Grant Heights apareció el B.A.L.S. o Bi-Actioned Life System. En el 2031 empezó la construcción de los dos grandes anillos que envuelven hoy día la Tierra cruzándola por el ecuador y el meridiano de Greenwich. Estos dos grandes anillos comparten el radio terrestre y poseen la amplitud de varios países. La construcción de estos anillos supuso la desaparición de lugares como España, Francia, Alemania, Colombia, Perú e incluso Indonesia en toda su extensión. Los europeos cuyas tierras fueron sacrificadas por el bien del resto fueron trasladados a Sudamérica en diversas colonias, lo que desembocaría en inevitables guerras y en que ahora América en toda su extensión esté gobernada por los colonizadores del viejo continente. Los científicos estimaron que cuando el planeta dejara de moverse, en el meridiano cero serían las 20 horas 56 minutos y 57 segundos del 29 de Febrero de 2056, fecha en la que todos los habitantes del planeta viven hoy día atrapados eternamente, horas más, horas menos. Tras duras campañas y eternas discusiones entre las potencias mundiales decidieron que a partir de ahora la humanidad se edificaría sobre la parte alumbrada del planeta. Llamaron a esta iniciativa Nuevo Mundo. Dada la escasa rentabilidad de la parte ofuscada del planeta y que resulta más económico crear una noche artificial que una luz artificial los perdedores de las guerras fueron poco a poco deportados hacia este lugar oscuro. En la actualidad América es una gran megalópolis de arriba abajo y lo que entonces fue el Amazonas estás ahora dando vueltas alrededor del planeta. Sí, la misiva de esos dos anillos es contener la mayor extensión posible de bosque y jungla y gracias a un descomunal mecanismo movido por la energía solar, la eléctrica y la mareomotriz (puesto que la Luna continúa girando misteriosamente alrededor de su planeta y agitando las mareas) y girar alrededor de la Tierra. De este modo el proceso de la fotosíntesis y de la regeneración del oxígeno en el planeta es posible. Además, no hace mucho tiempo se idearon pequeñas granjas de oxígeno donde podían reproducir este efecto a pequeña escala. Sobra decir que estas granjas sólo se encuentran en el Nuevo Mundo.

Los años han pasado, y el Nuevo Mundo se ha olvidado de la parte ofuscada del planeta, ni siquiera se han molestado en invertir cualquier mísero fondo en investigar que ha sucedido con toda aquella gente que deportaron en su día. Apenas unas fotos realizadas en avioneta y nada más. La vigilancia por satélite es algo impensable puesto que los antiguos satélites se perdieron en el espacio cuando la Tierra se detuvo y cualquier otro intento de colocar uno nuevo se ha visto frustrado siempre de forma inexplicable. Parece como si la Luna hubiera adquirido el monopolio de los satélites. Ahora el Nuevo Mundo sólo tiene un interés en el lado oscuro. El Nuevo Mundo sigue ahora una política utópica acerca de una sociedad perfecta, o por lo menos en cuanto a delincuencia se refiere. Los crímenes suelen ser castigados con la deportación. Es habitual ver llegar de vez en cuando algún barco a Puerto y desembarcar decenas de reos, de ahí el nombre de Puerto de la Condenación. La deportación es similar a la pena de muerte, así que a Puerto sólo llegan asesinos, violadores, perturbados y otra gente de esa calaña, factor añadido que convierte Puerto en un lugar no demasiado hospitalario. En realidad Puerto, hasta hace varias décadas estaba completamente desolado, dado que sus fronteras son el mar a un lado y el colosal anillo meridional, más conocido en Puerto como la muralla de Greenwich. Esto convierte a Puerto en una cloaca aislada de los acontecimientos mundiales, una cárcel del tamaño de un país.

De todos modos, para los habitantes de Puerto eso no son más que rumores, y su conocimiento del mundo se basa en las noticias que traen los reos en cada nuevo desembarco.


Seis Cuerdas

 

– ¡Eso es una basura! –

Gadhe – Vamos, no seas así, acabo de empezar a componerla.

Gadhe se balanceaba sobre un viejo balancín situado bajo el toldo de una especie de porche construido con mantas y neumáticos. Los neumáticos descansaban sobre la pared trasera de una chavola construida con materiales demasiado diversos como para enumerarlos. Todo esto estaba situado en una gran explanada de suelo arenoso donde se habían ido aglomerando con el paso del tiempo chavolas y chavolas. Incluso algunos de los pasillos principales empezaban a tener nombre de calles. No hacía falta caminar mucho para llegar hasta la playa, bastaba con subirse al tejado para echar un vistazo al mar. Por aquella zona no solían desembarcar a los reos. Sólo se dio el caso una vez hace 5 años y se les indicó amablemente a los recién llegados donde estaba su lugar, es decir, se les envió a las zonas “regidas” por las bandas y los pirados; territorio en el que solo te embarcas si quieres morir o servir a su dueño.

La gente que dio origen a esta pequeña urbanización le otorgó el nombre de Génesis, guardando por idea el darle una segunda oportunidad a ese suelo desprovisto de luz y a la vez crear un lugar donde las personas que no pretendieran la violencia pudieran vivir en relativa armonía. Génesis cuenta con una población bastante numerosa aunque no cuenta con una gran actividad. Desde que la posición del sol no rige los horarios de los humanos todo el mundo duerme cuando tiene sueño y trabaja cuando tiene hambre. Así que nunca está todo en marcha, pero tampoco parado. Génesis no cuenta con un sistema político, no dispone de moneda propia ni guarda escrita ninguna ley. Las iniciativas se emprenden por consenso popular, el sistema de comercio es el trueque y los problemas se resuelven entre los contendientes. A no ser que suponga una amenaza para la existencia del poblado, tan sólo los interesados intervienen en las disputas. Génesis es más bien un lugar donde ha coincidido mucha gente que un pueblo en sí.

Todo Génesis está bañado con una luz violeta muy tenue, provinente del sol que hay oculto tras el mar, y da un color bastante peculiar a la piel nívea de sus habitantes.

Gadhe – ¿Y qué tal esto?

– Con esa clase de repertorio no te van a contratar en ningún lado más. Vamos a entrenar.

Gadhe – Ramil, por mucho que desprecies mis canciones no iré a jugar contigo, si es lo que pretendes.

Ramil era un chico de unos catorce años, aunque poca gente en Puerto conoce con certeza la edad que tiene. Eres mayor cuando aparentas serlo, o cuando lo demuestras. Era bastante menudo y su piel tostada contrastaba con la del resto de habitantes. Poseía rasgos asiáticos y una mirada negra penetrante oculta tras su pelo negro azabache alborotado. Vestía de una manera un tanto extraña incluso para la gente de lugar: un albornoz de seda blanco, un bañador con un estampado de hojas otoñales rojo y naranja unas cuantas tallas más grande que la suya y que compensaba atándose el cinto del albornoz alrededor del pantalón. A pesar del frío no llevaba camiseta para lucir su discreta musculatura de la que estaba sobradamente orgulloso y que trabajaba a diario. Ramil fue encontrado de pequeño tirado en medio de la arena de la playa cubierto por el cadáver de un perro al que le habían vaciado las tripas y fue adoptado por una pareja de Génesis. Con el chico encontraron una cinta roja con unas letras negras escritas en un idioma que nadie de la zona conoce. Ramil lleva esa cinta siempre atada a la frente. La otra pertenencia que lleva siempre con él es una espada de madera que él mismo ha fabricado. En realidad en Génesis apenas hay, por no decir que no existe, violencia; pero Ramil se entrena a diario como si hubiera de entrar en batalla algún día. Gadhe a modo de juego suele ayudarle a entrenar e, involuntariamente, ha ido adquiriendo destreza con la espada. Aunque de todos modos, teniendo por único oponente a un niño, desconoce si en realidad es diestro o no en el manejo del arma. No es algo que le preocupe demasiado, puesto que sus planes no van más allá de pasarse la vida componiendo.


Gadhe – ¿Por qué practicas tanto con la espada? En Génesis nunca te será necesario.

Ramil – Precisamente por eso. No pienso quedarme para siempre en Génesis.

Gadhe – Y que harás. ¿Ir a cazar malhechores?

Ramil – Lo haré si llega el momento pero mi objetivo no es ese.

Gadhe – ¿Entonces?

Ramil alza su espada y señala a la monstruosa edificación de metal que se pierde entre las nubes.

Ramil – Voy a descubrir que hay más allá de la muralla de Greenwich.

Gadhe – Es imposible, nunca podrás superar semejante artefacto.

Ramil – Debe de haber algún modo de franquearlo. Hasta que no llegue allí no lo sabré.

Gadhe – Pero llegar allí…

Ramil – Exacto, implica vérmelas con toda la gentuza que mora entre esta playa y el horizonte.

Gadhe – ¿Y tú crees que lo que haya a ese lado merecerá la pena?

Ramil – Seguro que sí.

Gadhe – Si vas más allá de Greenwich lo único que encontrarás es una oscuridad más profunda. Lo lógico es viajar hacia el sol, como ha hecho toda la gente que se marcha en sus embarcaciones caseras.

Ramil – Pero yo… prefiero vérmelas contra cinco mil hordas de villanos que contra 5 leguas de viaje marino… además, nunca ha vuelto nadie.

Gadhe – Porque más allá del mar está el Nuevo Mundo. Ya has oído las historias de la gente que llega en esos enormes buques metálicos.

Ramil – De todos modos qué importa, lo que no pienso es quedarme eternamente aquí tocando la guitarra. ¡Necesito aventuras!

Gadhe – Me huele a mí que las aventuras en las que te adentrarías no serían como las de los cuentos de ese viejo.

Ramil – Respeta a Graven.

Gadhe – Yo lo respeto, pero es un viejo.

Gadhe suelta una sonora a carcajada y redirige su atención a la guitarra.

Ramil – Me voy con mis amigos.

Gadhe – Hasta luego.

Ramil se perdió entre las calles y fue a reunirse con sus amigos. Gadhe alzó la vista al cielo y, tras un bostezo, contempló la Luna.

Tú que surcas el cielo libremente y te paseas entre las estrellas y bajo el sol, dime como es el mundo que no puedo ver y dime si realmente es mejor que las olas púrpuras con las que nos bañas. Muchas personas aquí sueñan con ver el sol cuando aún no han contemplado la mitad de nuestras estrellas. Qué clase admiración pueden tener por ese astro, si cuando aparece él, el resto de luces se esconden. Si hubiera estado en mis manos el elegir donde crear mi mundo ideal, nunca hubiera elegido al sol, porque la noche se puede recrear bloqueando su luz, pero nunca podrán recrear la estrellas. Imagino que el mundo de la luz, no debe ser un mundo de artistas.

Los dedos de Gadhe se posaron con dulzura sobre las cuerdas de la guitarra y, casi por instinto, empezó a dar forma a la melodía que estaba creando. Como guiados por el viento, sus dedos empezaron a acariciar las cuerdas y una grácil melodía nació del instrumento. Las estrellas parpadeaban calmadamente y parecían seguir la canción del artista. Gadhe apartó la vista de la luna y la devolvió a la Tierra. Sorprendido dejó de tocar. Unas ratas estaban paradas frente a él mirándole. Un hombre se acercó y las ratas se marcharon corriendo.

– Chico, eres muy bueno. –

Gadhe – ¿Eh? Ah, sí, esto… gracias.

– Permíteme que me presente. Mi nombre es Dustman, Alexander Dustman.


Dustman iba ataviado con traje y corbata, rasgo no muy distintivo en Génesis ya que hace mucho tiempo que las tiendas de ropa de la anterior civilización fueron arrasadas y cada uno cargó con lo que pudo. Lo que si era peculiar era tener nombre y apellido. La gente de Génesis apenas tenía un nombre o, con mala suerte, un mote. Nadie conocía a sus padres. En una nación fundada por criminales, los bebés que sobrevivían a su nacimiento debían preocuparse por cosas más importantes que un nombre. Entonces, o bien Dustman era un tipo excéntrico, o era un condenado del Nuevo Mundo, cosa que hacía preguntarse que demonios hacía en Génesis.

Dustman – ¿Cómo te llamas?

Gadhe – Gadhe…

Dustman – No he podido evitar quedarme hipnotizado con tu música. Qué te parecería tocar en el Dust Ion Club.

Gadhe – Claro.

Dustman – Muy bien chico. Pasaré a recogerte después de que la luna haya dado una vuelta.

El Hombre saludó con una leve reverencia al chico y se alejó por donde había venido. Cuando el hombre hubo doblado la esquina Gadhe reaccionó. ¿Desde cuando había clubs en Génesis? Gadhe se echó una mano a la cara y sólo deseó no haberse metido en ningún problema. De todos modos, pensó que de aquí a que la Luna hubiera dado una vuelta alrededor de la tierra podían pasar muchas cosas.

(continuará)


Viaje al futuro

El título de este relato quizá desconcierte, pero en el fondo de mi corazón, cuando escribía esto, pensaba en viajes temporales 🙂

“Hoy he soñado que viajaba al futuro.

2006

Yo era un periodista que estaba investigando la muerte de una joven de mi barrio. Una chica rubia muy mona, universitaria, cuyo cadáver había sido encontrado… dos veces. La primera vez la encontraron en el portal de su casa, con varias puñaladas mortales en el cuerpo. La segunda vez la encontraron en un callejón, el forense dictamino una muerte por hipotermia. Ni rastro de puñaladas. Era imposible que la misma persona hubiera muerto dos veces, sin embargo, nadie se preocupó por exhumar el “antiguo” cadáver. Así que nadie sabe si llegaron a haber dos víctimas o una.

Tras meses de indagación, entrevistas con familiares, solicitudes inútiles al cuerpo de policía y un poco de investigación de campo decidí abandonar la historia. En el momento en el que dije basta fue cuando pude ver mi despacho empapelado con información y fotografías de esta chica. No había hecho nada más que pensar en ella durante cinco meses y eso explicaba el deplorable estado del contenido de mi nevera. Arranqué todas las fotos de la pared, los recortes, las pruebas, algún que otro objeto personal de la chica y los junté en una gran bolsa de basura. Para reciclar, por supuesto.

Dejé la bolsa en el recibidor, con la idea de deshacerme de ella mañana por la mañana. La bolsa estuvo en el recibidor por una semana. La noche en que me decidí a lanzarla por fin dentro del contenedor fui repasando artículo a artículo el caso. Todo gracias a la reducida ranura de los contenedores de reciclado de papel. No fui capaz de lanzar la última foto, así que volví a casa con ella.

Cuando volví a mi apartamento tuve un mal presentimiento, que se reforzó con advertir que me había dejado abierta la puerta de la calle. Entré sigilosamente, con algo de miedo en el cuerpo, y el resplandor azulado intermitente del local de en frente no hacía más que alimentar mi imaginación, generando formas en mi salón. Además de la puerta, parecía que también me había olvidado de apagar la luz del baño. No pensé que el haber decidido salir a deshacerme de lo que me había tenido ocupado durante meses me hubiera vuelto tan descuidado. Mi paranoia me invitó a pensármelo dos veces antes de entrar en el cuarto de baño. Eché un vistazo desde el resquicio de la puerta que quedaba abierto para mirar en el reflejo del espejo si había algo extraño en su interior. Lo extraño es que no había reflejo. Estaba empañado.

Guardé la foto de la chica en el bolsillo del pantalón y empecé a inspeccionar toda la casa en extremo silencio. Cada vez que camino sin desear hacer ruido me doy cuenta de lo mucho que me suenan las rodillas y los tobillos al dar un simple paso. Nada. La casa estaba vacía. Regresé al cuarto de baño y pensé en lo estúpido de verme a mí mismo caminando de puntillas por mi casa por culpa de un simple descuido. Abrí la puerta de golpe y mi corazón se aceleró súbitamente. Tampoco había nada. Me maldije en silencio y decidí darme una ducha.

Mientras caían las gotas de agua pensé en lo extraño de todo en general. Era imposible. Dos cadáveres idénticos, sin constancia de hermanas gemelas ni nada por el estilo. Todo el asunto era demasiado extraño para que sólo yo estuviera obsesionado con ello. Lo primero en lo que pensé fue que en cuanto terminara de ducharme bajaría a intentar recuperar todas mis cosas. Lo segundo en lo que pensé fue en por qué cojones el cristal estaba empañado si yo no me había duchado hoy. Cerré el grifo.

Me quedé inmóvil sobre el plato de ducha, en silencio. Y entre gota y gota que caía de mi barbilla intenté escuchar más allá del baño. Había alguien. Mi oído se atrofió y dejé de percibir la realidad a través de ellos. Debía ser eso, porque sólo escuchaba susurrossin haber nadie a mi lado. Todo era endiabladamente extraño. No podía ser. Me senté en el plato de ducha y me acurruqué en una esquina agarrándome la cabeza pero sin poder desviar la mirada de la puerta. Los susurros no cesaban. –Ayúdame– Parecían decir. La puerta del baño empezó a abrirse. Yo lo veía todo borroso a través de la mampara. Una, si se le puede llamar así, oportuna bajada de tensión hizo que la bombilla de mi cuarto de baño dejara de alumbrar. La silueta que empezó a caminar dentro del lavabo se definía a ráfagas intermitentes con los destellos azulados que entraban por el salón. Era una chica, con el pelo largo, parecía rubia.

No quería ni siquiera pensar en el nombre de quién había estado investigando todos estos meses pero era lo único que me venía a la cabeza y empecé a tartamudearlo con la voz rajada. Ella se inclinó y puso una mano sobre la mampara. Sus rasgos eran borrosos a través del cristal empañado. Miré en su dirección y, casi por instinto, puse mi mano tocando la suya. Deslicé mi mano por el cristal limpiando el vaho y la vi. La chica. Mi chica. Sangrando por la nariz. Me desmayé.”

Viaje al Futuro Arranged