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Doctor Trauma

“Londres, 19 de Enero de 1889. Paciente: Sargento Ian Lambert. Expediente 568”

El doctor en psiquiatría Alfred W. Cunningham anotó cuidadosamente los datos de la sesión que estaba a punto de dar comienzo en su despacho en la central de policía de la ciudad de Westminster.

– Hábleme de su último caso, señor Lambert. – El doctor se ajustó sus anteojos y examinó por encima de su libreta al sargento de policía que yacía tumbado en el diván de la consulta.

– No sé por dónde empezar… esto se está volviendo demasiado macabro. No sé si tengo suficiente estómago ni agallas para seguir con la investigación. – Lambert sudaba copiosamente con los ojos cerrados mientras procuraba mantener la compostura. – La víctima de anoche fue la hija del oficial Smith. Descuartizada y servida en platos para seis comensales sobre la mesa del salón. La madre estaba en casa como se recomendó, pero el asesino la sedó y la sentó a la mesa para que despertara frente al festín. Ahora está muda. Creemos que la niña fue descuartizada en la bañera, pero es difícil de decir ya que el asesino siempre limpia las escenas a conciencia… qué diablos, incluso diría que las decora.

De fondo, la pluma del doctor Cunningham dibujaba un cuadro sobre el estado mental del sargento, en pos de recomendar si debería abandonar la investigación o incluso el cuerpo, buscando proteger su integridad emocional.

– ¿Se sabe algo del asesino? ¿Cree que pueden estar cerca de cogerle? ¿Cree tener lo necesario para aguantar hasta ese momento? – Las preguntas del psiquiatra eran afiladas, si una pregunta agresiva bastaba para desestabilizarlo debería requerir su suspensión temporal.

– Conforme avanzan los asesinatos estrechamos un poco más el círculo. Pero es frustrante tener que esperar a la siguiente víctima para poder saber si será la última. Por el momento sólo sabemos que es alguien que tiene algo pendiente con la policía, ya que sólo ataca a familiares de miembros del cuerpo. Este mes han renunciado a su placa cuatro oficiales más y usted a invalidado a dos más. Este psicópata está asesinando a la policía de Westminster en sí, y a este paso lo conseguirá.

Cunnigham examinó el rostro del sargento, cada vez más pálido. Las manos temblorosas jugaban a enredar sus pulgares. Sería mejor que aflojara el ritmo o provocaría la cuarta crisis nerviosa en su despacho este trimestre.

– Relájese. Intente visualizar el final de todo esto y la satisfacción de su resolución. Al fin y al cabo, si la policía desiste ¿Quién nos queda? ¿Sherlock Holmes? – El doctor rió amistosamente, comprobando como el sonido apaciguaba al policía. – Déjeme servirle una copa.

Con una copa en la mano y tras esbozar una sonrisa el sargento Lambert recuperó algo de color.

– Tiene razón doctor. No puedo escaquearme del deber por una mera falta de estómago, agallas o determinación. Esto no va de si puedo hacerlo o no, simplemente debe hacerse. Al fin y al cabo, quizá con la última pista estemos más cerca de él que nunca. Por el método en el que la niña de Smith fue descuartizada sabemos que el asesino es zurdo… además, tengo la teoría de que sólo alguien del cuerpo podría conocer los detalles suficientes como para poder cometer los crímenes impunemente, o si no, demasiada suerte está teniendo. – Lambert terminó el último trago de la copa – Llámelo una corazonada, pero creo que si hago acopio de fuerzas, en una semana podré desenmascarar a ese cabrón.

– Esperemos que tenga razón, por el bien de todos. Estoy aquí tratando las pesadillas que este hombre está causando en todos nosotros, y le he de confesar que incluso a mí me cuesta rescatar la suficiente entereza para no mudarme con mi mujer a otra ciudad.

El sargento Ian Lambert se levantó enérgicamente y se cuadró ante el doctor Cunningham. – Déjeme ofrecerle la cabeza de ese bastardo, doctor. Muchas gracias por todo, si me permite, saldré a poner fin a todo esto.

El doctor Cunningham sonrió plácidamente y despidió al sargento. Tras esto, agarró el informe y pidió una suspensión permanente del servicio para Ian Lambert, con una prescripción para un retiro terapéutico a los campos de North Yorkshire. Al fin y al cabo, el doctor era zurdo y esa noche iba a matar a su hija.

Ilustración de donjapy2011

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