Nieve en el paladar (segunda parte)

Esta es la continuación de la historia de supervivencia de Gustav

Aquí está la primera parte: Nieve en el paladar (primera parte)

Y habrá una tercera y conclusiva 🙂 La presento en tres relatos para hacerla más amena de leer.

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Segundo diario de superviviencia de Gustav:

Pasados dos meses dejé de contar el tiempo que llevaba perdido en la montaña. Probablemente porque ya no me sentía perdido. No sé cuanto tiempo llevo aquí, y no me importa. Echo de menos el lenguaje y la compañía, así como un buen libro para leer, pero esta cordillera nevada tiene estímulos que ninguna metrópolis sabría darme.

Cual animalejo traumatizado, tardé tiempo en volver a moverme con confianza por el bosque. Estaba paranoico, veía al oso en cada roca, en cada sombra. Me preguntaba si las heridas que le dejé habrían acabado con él. Si estaría buscándome para ponerle fin a nuestra lucha y dejar patente quién es el rey de la montaña. Para librarme de mi locura, intenté buscarlo por los territorios colindantes a mi refugio. Si algo tenía que pasar, quería hacerlo pasar ya. No encontré al oso, pero encontré algo que me ayudó a sentirme de nuevo cómodo en la cordillera. Un cachorro de lobo gris gimoteaba cojeando, lamiéndose la sangre que le brotaba de la gran astilla que le había atravesado la pata. Debían haberlo expulsado de la manada, porque ésta no era zona de lobos. Los solía oír aullar por la noche, pero nunca habían subido a estas alturas, cosa que agradecía, ya que no me gustaría tener que lidiar con lobos además de con mi irascible vecino oso.

Me acerqué a él con cautela, dejándome ver para que no me confundiera con un carroñero. En cuanto se percató de mi presencia levantó las orejas y me miró fijamente. Era gris, con el pecho y el abdomen blanquecinos y los ojos azules como el mar que ya tenía olvidado. Disimulando su herida permaneció erguido, orgulloso. Me puse en cuclillas para hacer mi tamaño menos intimidatorio y saqué algo de carne seca de mi peto. El cachorro no pudo evitarlo, y al verlo su lengua se descolgó de sus fauces. Sonreí y me di cuenta que llevaba mucho sin hacerlo. Se lo arrojé. Asustado retrocedió cojeando unos pasos, me miró, incapaz de comprender quién regalaría comida en estos lares. Superado el sobresalto se acercó al trozo de carne, lo olisqueó un poco y, una vez dado el visto bueno, empezó a comérselo. Intenté acercarme a él, pero en seguida retrocedió atemorizado. Di un paso atrás y él volvió a terminar su trozo de carne. Saqué otro trozo para mí y comimos juntos.

Hasta ahora me había dedicado a consumir la vida de todo cuanto se movía y cuanto no en estas montañas, pero con ese lobo gris, en lugar de ver una bonita capucha veía a un amigo. Hice varios intentos más de acercarme pero todos fueron fallidos. No tenía más comida, así que decidí retirarme a por más para continuar las negociaciones. Sin embargo, para mi sorpresa, el lobo empezó a seguirme, con cautela pero sin distanciarse. Llegamos hasta mi cabañita.

Allí compartí más comida con él. Me encendí el cigarro post-comida (había limitado los cigarrillos a uno al día para hacerlos durar y no ser víctima de la dependencia cuando se agotaran) y empecé a hablarle. Hacía mucho tiempo que no escuchaba mi voz. Había cambiado, como si el lenguaje humano fuera un extraño en mi boca. “Me llamo Gustav ¿y tú?”. El lobo de vez en cuando me miraba, como si atendiera a mi conversación. “No tengo ningún amigo por aquí, si quieres podemos ser amigos tú y yo. ¿Cómo te llamas?”. Decidí llamarlo Robert, mi mejor amigo de la infancia.

Pasaron varios días. Robert seguía sin permitir que me acercara, pero permanecía cerca del campamento, ya que era su única fuente de alimento, incapaz de cazar ahora. Cuando yo salía a por comida, el me seguía con prudencia desde la distancia. Tuvimos agradables charlas vespertinas a diario, hasta que un día desperté y lo descubrí durmiendo a mi lado, disfrutando del calor de las brasas. Lo desperté con unas caricias, y me saludó con unos lametones. Le di algo de comer. Me fijé en su pata. La madera se había desprendido, pero la herida había cicatrizado mal dejándolo tullido para siempre. No tardamos en hacernos amigos, y de vez en cuando Robert aparecía con algún pajarillo descuidado en la boca, como si él también quisiera aportar a nuestra modesta comunidad.

Me creí feliz, pero otra de las cualidades del ser humano es volverse infeliz cada poco tiempo. Cuando sobrevivir pasó de ser un reto a una diversión, y de una diversión a una costumbre, cazar se convirtió en rutina. Entonces llegué a la conclusión de que el hombre nunca será libre. El ser humano estará siempre esclavizado a la supervivencia. Sobrevivir en la ciudad implica tener una fuente de ingresos regular, en el mundo salvaje una fuente de alimento, pero todas significan crearte una rutina de vida. El que pueda sobrevivir cada día de una forma diferente que venga y me lo diga, porque es un hombre afortunado. La mejor parte de mi día era compartir estas reflexiones con Robert, que resultó ser el mejor interlocutor que había tenido nunca, llegué hasta el punto de sentir cuando aprobaba o desaprobaba mis teorías. De vez en cuando simplemente se lamía las pelotas. No era tan diferente de cualquier amigo.

Una mañana de caza, Robert y yo estábamos buscando algún nido para robar unos huevos. Se me habían antojado unos huevos. Pero de un instante a otro, los huevos se convirtieron en la menor de mis preocupaciones. Sobre sus dos patas, el oso se alzaba sobre un risco, con sus dos temibles cicatrices en el pecho y en la cara, tuerto, y con más cara de malo aún si cabe. Robert olió mi temor y se interpuso entre mí y la bestia, arrugando el hocico. Estaba helado, no creía que la suerte me fuera a sonreír dos veces. Sin embargo, el oso se limitó a mirarme indiferente, giró la cabeza, como pensando en quién era yo y dio una voltereta bajándose de la roca. Tan tranquilo y divertido, se fue paseando entre los árboles. Se ve que no tenía hambre, o tenía un buen día, o no sé yo, pero lo que pude sacar en claro cuando la sangre volvió a circular por mi cabeza es que no existe el rencor en el mundo animal. Sólo los humanos somos tan tontos de jugarnos el cuello por algo tan abstracto como la venganza.

Un ruido de fondo interrumpió mis pensamientos. Un sonido repetitivo y potente que se acercaba cada vez más. Instintivamente me escondí debajo de un árbol junto a Robert. Era un helicóptero. El ruido de sus aspas retumbaba en toda la montaña. Pude ver la insignia de la guardia forestal. Permanecí escondido, asustado. Cuando el helicóptero se alejó me subí al risco en el que estaba antes el oso y observé como se perdía entre la bruma en descenso hacia el valle. Robert se quedó mirándome con la cabeza ladeada, interrogativo. Ni yo mismo sabía por qué había hecho eso. ¿Acaso no deseaba con toda mi alma que vinieran a por mí? ¿No me había pasado llorando tres días seguidos por el desazón de estar perdido? Hubiera sido tan fácil como asomarme y agitar los brazos y todo habría terminado.

Regresé al refugio haciéndome muchas preguntas. ¿En todo el tiempo que llevaba sobreviviendo en la montaña no podría haber llegado ya a alguna zona habitada y regresar a casa? ¿Por qué no me había movido de donde estaba en tantos meses? Y la que más miedo me daba… si pudiera regresar ¿Regresaría?


Nieve en el paladar (Primera parte)

Diario de supervivencia de Gustav:

Nunca pensé que la primera olla que usaría en mi vida sería de madera. Contemplo como la hoguera calienta el cuenco lleno de nieve, tostando ligeramente la parte de abajo del improvisado recipiente. Mientras la nieve se derrite, veo en el vapor los fantasmas de la vida que perdí hace cinco semanas, creo, cuando me extravié del grupo en lo que se suponía que debía ser una apacible excursión por este vasto parque natural. Ahora parece una eternidad. Me gustaría pensar que me están buscando, que por adversidades climatológicas aún no he oído a ningún helicóptero sobrevolar la cordillera. O quizá pasé más tiempo inconsciente del que pensaba, y no pude mostrarme ante la patrulla de búsqueda.

Hace tiempo que dejé de intentar saber si era martes o viernes, o cuando llegaba el fin de semana. Es fascinante la necesidad autómata de saber cuando llega el fin de semana, de conocer la semana, el mes en el que estamos. De lo contrario, el tiempo es una incontable sucesión de días y, estar perdido más de treinta y seis días en la nieve parece mucho más que cinco semanas o, un mes y poco.

Con veintisiete años aún no me había emancipado, nunca había cocinado para mí mismo salvo algunos breves encuentros con el microondas. Mi madre siempre me repetía que cuando viviera sólo no iba a sobrevivir. Ahora sé que sí, que la necesidad afila la mente. Aunque me sigue pareciendo más difícil poner una lavadora que cazar una ardilla.

Y aquí me hallo, derritiendo nieve para poder beber. Los primeros días la comí directamente del suelo y casi me congelé el estómago. Pensé que no sobreviviría a las fiebres. Pasé casi tres días seguidos llorando, incapaz de pensar. Comía lo que encontraba en los árboles y en las plantas, aunque por la depresión casi no tenía hambre. Tenía frío en el cuerpo y en el alma y no podía más que llorar una y otra vez por mi novia, mi familia y mis amigos. Por mi ordenador, mi pijama y mi PlayStation. Tras ese tiempo, con depresión o no, el cuerpo ruge y necesitas alimento consistente. Nunca me había parado a pensar en la cantidad de comida que ingiere el ser humano al día y en como es posible que no nos hayamos comido el mundo entero ya con el hambre que tenemos. Empecé a perder peso mientras ingeniaba maneras de atrapar algo que se moviera. Al principio desesperanzado empecé a dejar a un lado mis escrúpulos e incluí insectos en mi dieta de frutos y plantas. Fue buscando alimento cuando me di cuenta de que no era el único haciéndolo. ¿Cómo es posible que haya tanta vida en las montañas y que pase tan desapercibida, casi invisible, para los habitantes de la ciudad?

Analizando lo que comían los demás seres vivos me dio más perspectiva de cazador. Ya que físicamente no podía igualar la potencia depredadora de las águilas puse el arma más poderosa del ser humano a mi favor: el intelecto. Los animales sólo se juegan el cuello por dos cosas: Comer y reproducirse. Así que tras varios procesos de prueba y error logré empezar a capturar ardillas y otros roedores. Con unas cuantas maderas y algo de comida podía conseguir un buen bocado. Aunque la odisea no acaba al atrapar al animal. Menudas escabechinas cometí al intentar despellejar las primeras ardillas. Pero vaya, prueba y error, esa es la clave. Superada la fase de las trampas de madera, observando los hábitos de mis presas, aprendí a discernir dónde estaban sus madrigueras. Fue difícil librarme de la piedad del ser acostumbrado al Mercadona, pero cada vez que mis tripas rugían no me daba ninguna pena llenar de humo las madrigueras para atrapar a los conejos que huían por otro extremo.

Con el tiempo empezó a apoderarse de mí un mal muy común en los humanos: la ambición. Empecé a usar a los roedores para atrapar a pequeños carnívoros. El placer de la caza. La supremacía del depredador. La pequeña cabaña hecha con cuatro palos que me monté contra la roca de un barranco empezaba a tener provisiones para poder estar unos días sin cazar si no me apetecía. En mi modesto refugio, además, intentaba mantener siempre vivas las brasas de una hoguera, ya que sabía que mi mechero no sería infinito, así que siempre que podía evitarlo usaba mi reserva personal de fuego en lugar del zippo que me regaló mi novia.

En la mochila llevaba un cartón de tabaco que compré por si en la montaña no había estancos, así que aún me quedaban cigarros para darme un placer urbano después de cada plato de carne. A la tercera semana, quedarme sin tabaco se convirtió en una de mis mayores preocupaciones, ya que el resto de necesidades: cobijo, calor y alimento; no sólo habían quedado cubiertas si no que era una diversión saciarlas.

Pero todas las historias, todas sin excepción, tienen un punto de inflexión. Estaba lanza en mano, sentado en una roca, esperando a que un zorro mordiera la ardilla herida que había dejado suculentamente en un claro nevado, cuando algo que no era una nube tapó el sol. Llámalo instinto, llámalo suerte, llámalo destino, rodé hacia un lado a tiempo de que el zarpazo del oso no me arrancara media cara. Y esto no es como las pelis, con un momento tenso de cruce de miradas entre el animal y el hombre, esperando a ver qué movimiento en falso decide la suerte de quién. Aún estaba rodando cuando el oso se abalanzó sobre mí. Sin piedad, sin clímax, matar o morir. Alcé mi lanza firmemente con la espalda contra la nieve clavándola en el pecho de la fiera, pude oler su sangre al romperse carne y tendón. Pero el oso también conocía las reglas del juego: matar o morir. Un potente zarpazo me alcanzó en el costado y me lanzó varios metros rodando por la nieve, regándolo todo con mi sangre. Si no hubiera llevado tantas capas de abrigo y piel mis tripas estarían ahora colgando de los dedos del oso. Mi lanza se había partido, la otra mitad se había quedado en el hombro de la bestia. Sin pensarlo dos veces empecé a correr. Lo había visto hacer docenas de veces a mis presas, y esos animalitos seguramente tendrían más experiencia que yo en escabullirse, así que no lo pensé dos veces. Corrí respirando a bocanadas el aire helado de las montañas, que se clavaba en mis pulmones como ardientes cristales. Pero la adrenalina suple cualquier dolor, ni siquiera sentía como iba empapando cuanto tocaba con mi sangre, dejando un rastro de neón rojo sobre la contrastada blancura del bosque. Podía sentirlo detrás de mí. Sus zancadas retumbantes parecían morderme los gemelos, y yo sentía que cada vez tenía menos potencia física. En línea recta no iba a vencerle, así que decidí encaramarme a un árbol.

Subí justo a tiempo de sentir su zarpazo arrancando trozos de corteza que podía haber sido mi tobillo por cuestión de centésimas de segundo. Afiancé mi posición entre dos ramas y miré abajo. Ahí estaba, tremendamente furioso, como si esto fuera algo personal. Me pregunto si mis presas me verán así cuando caigo implacable sobre ellos. El oso propinó un par de zarpazos más al tronco, pero el árbol era bastante robusto. Entonces pasó algo que no me esperaba. Hacedme caso, siempre que veáis un documental por la tele, no cambiéis de canal, puede salvaros la vida. ¡El oso empezó a escalar! ¿Cómo cojones podía subir por el árbol esa máquina de matar? Los dados volvían a rodar, así que decidí no comportarme como una presa. Desde la altura tenía ventaja en el combate. Me armé de valor, gran virtud y defecto del hombre, y salté hacia el oso dispuesto a regalarle el otro trozo de lanza que me había quedado en la mano. Diana. En todo el ojo.

Cegado, mi captor empezó a gemir y a agitar la cabeza intentando librarse de las astillas de su cara. Por un momento pensé en rematarlo, por pura avaricia, pero mi vista empezaba a nublarse por el frío y la pérdida de sangre así que desaparecí, de vuelta a mi escondrijo.

Pasé dos días sin dormir. Por el dolor y por el miedo a que me rastreara para cobrarse venganza. Pero desde aquel día no he vuelto a verle. Gracias a Dios había acumulado suficiente comida como para pasar una semana sabática curando mis heridas al calor de la hoguera.

Y aquí estoy derritiendo nieve mientras pienso en el oso. Y preguntándome si él pensará en mí. Qué lejano parece mi cuarto lleno de pósteres de videojuegos ahora.


Humo en la terraza

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Las estrellas paseando sin ninguna prisa por el horizonte, ligeramente empañadas por el tinte naranja de las farolas. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático. Los Red Hot Chili Peppers amenizan la velada con modestia desde el pequeño altavoz de un iPod que reposa sobre el pecho de uno de los chicos. Unas velas sobre la barandilla de obra vista terminan de conformar el improvisado santuario veraniego que llevan visitando cada fin de semana desde julio. El mar está demasiado lejos para oírlo, pero algo de su aroma salado consigue regar la calma que comparten los cuatro jóvenes. No se dicen nada, no hace falta, cada uno en comunión con sus pensamientos disfruta de la felicidad del verano. De vez en cuando, una nube blanca se eleva sobre ellos y dibuja un árbol de humo, cuyas hojas se mecen con la brisa del mar, hasta desaparecer en un elegante fundido a negro. Entonces se pasan el porro. Para terminar de redondearlo, era viernes.

– Si tuviera una máquina del tiempo viajaría constantemente de la tarde del domingo a la noche del viernes.

– Sí, tío…

– Yo pararía el tiempo ahora. Sin hambre, ni sueño. Sólo estrellas, buen tiempo, un canuto…

– Pero los viajes en el tiempo son una mentira, tío.

– ¿Qué dices loco? Yo he leído algunas cosillas y tan lejos de dominarlos no tenemos que estar.

– Es mentira, tío. Si yo tuviera una máquina del tiempo lo que haría sería venir a este mismo instante, para sacarnos de dudas.

Los cuatro amigos miran hacia la puerta. Pero el amigo del futuro no llega. Un nuevo árbol blanco crece sobre las hamacas y todo huele genial.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Adelante… – Dice uno de ellos, algo emparanoiado.

La puerta se abre y todos empiezan a conjeturar: ¿El pizzero? ¿Su madre? ¿La novia? ¿Un vecino?

No. Era uno de ellos, bastante añado, con la cara surcada por la edad y una barba dura y gris como la piedra.

– Dicho y hecho. – Dice el viajero temporal. Coge el porro de los labios embobados de su yo del pasado y le propina una generosa calada. Después exhala el humo al cielo. – Llevo media vida esperando a llegar y decir esa frase ¡JA JA JA JA JA!

Completamente petrificados los cuatro amigos observan con los ojos como platos al recién llegado.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Pues sí que se puede, chavales! – La versión madura de otro de ellos entra en escena. Contempla el panorama y ve que no ha sido el primero en llegar.

– ¡No me jodas! ¡Se me han adelantado! ¿Cuantas posibilidades había? … ¡Hostia! ¡Un porro! ¡Llevo décadas sin ver uno!

– ¿Qué dices tío? – Contesta el que llegó primero.

– Prohibieron el tabaco y cualquier producto que emanara humo en 2018 por la situación crítica que se vivía en las ciudades…

– Pues tenemos que ser de líneas temporales diferentes cada uno, porque en mi presente, la maría está legalizada en toda Europa.

– ¡Vaya tela! – El recién llegado coge el porro y le da una calada, la que inmediatamente le produce fuertes toses. Su compañero se parte de risa mientras los cuatro jóvenes siguen con la mandíbula desencajada, incapaces de procesar la situación.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Joder, ¡mira el cabroncete que me he encontrado en el pasillo! – La versión adulta de los otros dos colegas también llegan. Juntos al parecer.

Cuando ven a sus otros colegas se saludan y se abrazan con entusiasmo.

– Hostia tío, qué fuerte. Al final vamos a poder vivir nuestro sueño. ¡JA JA JA JA!

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Adelante! – contestan todos ante los perplejos jóvenes, inconscientes de lo que acababan de crear.

– Dicho y hecho. – Dice un nuevo viajero temporal. – ¿Qué? ¿¡No soy el primero!? ¡Y estoy repetido! ¡Menuda movida! ¡JA JA JA JA!

– Hostia, pues a ver si la vamos a liar. Porque si cada uno llegamos de líneas temporales diferentes y eventualmente, cualquiera de nosotros que consiga viajar en el tiempo vendrá a este instante de todos los instantes posibles…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

 

Noche de verano. Una noche tibia, calmada, sin nubes. Cuatro amigos están tumbados en unas hamacas plegables, bebiendo cerveza y fumando maría en la terraza de un ático.

Un hombre irrumpe en la terraza súbitamente. Parece una versión añada de uno de ellos, andrajoso y caminando con ayuda de muletas. Los amigos alucinan y se miran entre ellos. El hombre va directo al grano:

– Si alguna vez conseguís viajar en el tiempo prometedme que no regresaréis a este mismo instante. Prometedlo. Juradlo.

– Tío… creo que estoy alucinando, no sé que mierda has comprado…

El hombre, con expresión agravada continúa:

– Este mismo día hicisteis… haréis… mejor dicho, haríais un pacto si yo no lo impidiera. Si alguno consiguiera poder viajar en el tiempo, volvería a este mismo instante para demostrar que es cierto. Bien, os aviso. Yo fui el único superviviente cuando la terraza se colapsó por el sobrepeso. Un montón de copias de nosotros mismos cayeron edificio abajo entre runa y muebles y sólo quedé yo, de puro milagro.

– ¡JA JA JA JA JA! – Los cuatro chavales empiezan a descojonarse dominados por la marihuana y lo absurdo de la situación. El hombre, desesperado, insiste.

– ¡Esto no es una puta broma, retrasados de mierda! ¡Tomadme en serio o se colapsará el espacio tiempo!

– ¡Vale, vale! ¡Lo prometemos! ¡No te pongas así tío!

El hombre suspira derrotado. Un mar de tiempo intentando evitar la catástrofe y al fin lo ha conseguido.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– ¡Cabrones! ¡Lo habíais prometido!

– Yo tenía los dedos cruzados. – contesta uno aguantándose la risa.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

– Es que, si el tiempo es infinito, estadísticamente existen infinitas posibilidades de que descubramos los viajes temporales y regresemos a este instante, así que eventualmente llenaremos el universo de copias nuestras apelotonadas…

– ¡JA JA JA JA JA JA JA JA!

– Estupendo, quedamos una noche para fumarnos unos petas y destruimos el mundo…

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.

TOC, TOC. Llaman a la puerta.


43 252 003 274 489 856 000 Formas de Tortura

Cuarenta y tres trillones doscientos cincuenta y dos mil tres billones doscientos setenta y cuatro mil cuatrocientos ochenta y nueve millones ochocientas cincuenta y seis mil maneras de torturarme: Y sólo una es la correcta, sólo una les dará lo que quieren a esos cabrones.

Mi gente ha sufrido innumerables abusos a lo largo de la historia. Debe ser algo instintivo, animal, un odio secreto entre razas, porque en cuanto nos ven nos echan las manos encima y una vez capturados, empiezan a retorcer nuestras articulaciones, de un lado para otro, a veces hasta el extremo de quebrarlas, puros animales. Pero pocos consiguen lo que quieren. Nuestro ansiado secreto.

Cuando se hartan de tanta extorsión, me encierran en lugares oscuros, parte de la tortura psicológica supongo, y nunca se sabe a ciencia cierta cuando volverás a salir para reanudar los castigos. He visto pasar horas en la oscuridad, a veces sólo minutos, de vez en cuando terribles días o incluso semanas y, Dios no lo quiera, he oído que a compañeros míos los han mantenido reclusos durante años y a otros… de por vida.

Corren rumores de expertos en el arte de la tortura, que son capaces de arrancarnos nuestro secreto en cuestión de minutos, incluso segundos. Años de tortura reducidos a un instante vertiginoso de dolor, para acabar cediendo como cualquier cobarde. Aún rezo en mi celda por no toparme con uno de ellos pues ¿Sabéis que me han dicho? Esos sanguinarios en cuanto consiguen tu secreto, imposibles de saciar, vuelven a torturarte y te obligan a confesar de nuevo. Una y otra vez, una tortura sarcástica infinita en la que no puedes más que confesar y confesar y confesar, rojo, azul, naranja, verde, blanco, amarillo… ¿¡Qué más quieren saber!?

Este relato pertenece al proyecto de Enero de Adictos a la Escritura: “Sensaciones”. En el enlace podéis leer los relatos del resto de escritores de la comunidad que también han participado. Este mes se trataba de elegir un objeto, o algo insusual, y relatar sus sensaciones. Alguien propuso un Cubo de Rubik y me pareció divertido escribir sobre él así que acepté el reto 🙂


La musa del calibre 45

Aborrezco el amor. Cada vez que leo un relato romántico me entran ganas de quemar un libro. Parece que la mitad del puto mundo sólo sabe escribir sobre sentimientos, florecillas en el estómago o lágrimas derramadas sobre la arena. Estoy hasta los cojones de leer como mueren de pena dos gilipollas que no saben quererse, dos gilipollas cuyo mundo se reduce al amor; parece que no tengan más placeres en la vida que contemplar cabellos sedosos, labios húmedos, miradas cómplices o sexo disfrazado de rito espiritual y fusión de almas. Por eso, por culpa de toda esa gente que escribe de forma enfermiza sobre corazones rotos o dedos entrelazados, llevo siempre una Colt calibre 45 en la gabardina.

Soy una especie de superhéroe literario. Me dedico a destruir el tiempo agarrado a una copa de whisky en la barra de un sucio bar. Me dedico a fumarme un cigarro tras otro esperando a que me peguen un tiro. Lo hago porque sé que te gusta verme morir. Que te encanta ver como visito a mi viejo amigo Jack para que me saque las balas del hombro mientras muerdo una madera. El tintineo de la bala ensangrentada tocando la bandeja metálica, siempre hay una bandeja metálica, y mi copa de whisky, reluciendo entre los hielos, para mitigar mi dolor.

Siempre llevo una pistola.

De vez en cuando paseo bajo la lluvia, de noche, entre luces de neón. Y amo alguien, pero la amo como se tiene que amar, en silencio, como un puto hombre. No necesitáis que os cuente lo que es el amor, porque a todos nos llega, es como la varicela, como el puto sarampión. Todos sabemos lo que es. Así que subo las escaleras de ese sucio hotel y le hago el amor a mi chica, mi perdición, cuanto más sucio mejor, y no tengo que contaros lo que siento, porque todos lo sabemos. Tengo que contaros lo que nunca sabréis. Nunca sabréis que se siente al sostener a un tío por la corbata a doce pisos de altura. Nunca sabréis qué se siente al pelear a puño limpio en medio de un bar en llamas. Nunca sabréis que se siente cuando una bala atraviesa la ventana del hotel y secciona la yugular de tu amada.

Queréis conocer mi venganza. Por todas las venganzas que no habéis podido cobraros vosotros, cabrones. Queréis ver como le arranco los ojos al hijo de puta que ha matado a mi alma gemela. Todo la sangre que jamás os atreveríais a verter.

Por eso siempre llevo una pistola.

Una musa del calibre 45, y busco a un escritor y se la meto en la boca, para que de sus cojones nazca una historia épica, que se invente una muerte nueva para mí, un nuevo dolor, porque yo lo soporto todo. Soy tu puto héroe, y te encanta verme sufrir.

Ilustración de zevsenesca


Una historia real sobre un hombre normal

Esta es una historia real. Una vivencia propia trasladada al papel y adornada con algo de prosa literaria.

Cada mañana cojo el autobús hasta el centro para ir al trabajo. Normalmente escucho música mientras leo manuales de programación para hacer el trayecto ameno y productivo. Todos los días igual, hasta que hay uno que no lo es. Historias del transporte público… supongo que habrá muchas y se podrían llenar libros sólo con ellas. El caso es que un día, durante todo el trayecto, noté que un hombre mayor me miraba. Estaba sentado lejos, a tres o cuatro asientos de distancia y, cada vez que levantaba la vista de libro me lo encontraba observándome con una sonrisa.

Pelo blanco y frondoso como la nieve, corto, pero que no dejaba ver el cuero cabelludo a través. La cara muy finita, dibujando la silueta del cráneo y llena de arrugas ennegrecidas por la edad que remarcaban esa sonrisa constante en su rostro. Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron sus ojos. Unos ojos vivos, jóvenes, enormes, casi infantiles, que parecían devorar cuanto veían, e incluso a veces, haciendo dudar de la cordura de su dueño.

Conforme el autobús llegaba a su destino, me levanté del asiento para esperar junto a la puerta. El hombre hizo lo mismo y se puso a mi lado, mirándome. Yo le devolví la mirada sonriendo y su rostro cambió, desconcertado.

– Te pareces mucho a un amigo mío. Te he confundido con él.

Sus palabras me sorprendieron, ya que no me imaginaba a ese hombre con un amigo de mi edad.

– Pues no soy yo. – Le contesté, medio bromeando.

– Tiene el pelo y la barba como tú. De lejos sois iguales.

Yo simplemente sonreí. Nos dimos los buenos días, y cada uno se fue por su camino. Me preguntaba que haría un hombre de su edad en el autobús tan temprano, según la edad que aparentaba debería estar hace tiempo ya jubilado. Supuse que iría a ver a un familiar o algo por el estilo.

Al día siguiente volví a encontrármelo. Creo que esta vez él no me vio. Le cedió el asiento a una pareja de mujeres que rechazaron a primeras el asiento, pero no se lo pensaron en cuanto el hombre insistió. Y ahí estaba. De pie, con su sonrisa. Al llegar a nuestra parada me fui sin decir nada.

Otro día más volví a verlo. No sabía si es que nunca había estado antes, o había empezado ahora a fijarme en él y lo veía siempre. Me parecía fascinante, con la de autobuses que pasan, y las horas aleatorias a las que lo cojo, que siempre me lo encontrara. Me preguntaba si tenía un trabajo. A dónde iba cada día. Esa mañana fijé mi vista en él para hacerme notar. No sé por qué sentía la necesidad de conocer más de esa persona, me intrigaba y me fascinaba al mismo tiempo.

– A trabajar – Me dijo al bajar del autobús, como si hubiera leído la intriga en mi mente.

– Sí. – sonreí – Que vaya bien.

Nos dimos los buenos días y cada uno por su lado.

Era viernes, mi novia vino a buscarme al trabajo. Comimos por el centro y luego dimos un paseo mirando tiendas. Estábamos planeando qué hacer esa noche cuando llegamos a la parada para coger el bus de regreso. Mientras ella llamaba a un amigo por teléfono me puse a liarme un cigarro. Conforme enrollaba el tabaco en el papel levanté la vista y lo vi. Estaba sentado contra la verja de la iglesia mientras fumaba un purito, como si hasta en la hora fumar coincidiésemos. Me hizo un gesto con la cabeza y me acerqué.

– ¿Qué tal? – le pregunté.

– Bueno, bien. Vengo ahora del taller.

– ¿De qué es el taller? – Le pregunté ignorando mi cordialidad, estaba demasiado intrigado.

– Ah… nada, un taller, donde vamos ahí… –

Esa respuesta me hizo pensar en un centro de desintoxicación o algún otro tipo de sitio de ayuda social. Deseché esas ideas intentando no prejuzgar.

– ¿Trabajando?

– No, no. Hemos estado jugando a fútbol. Yo trabajo de carpintero por las mañanas. Mi novia trabaja cosiendo.

Me quedé sin respuesta, así que me limité a asentir. Esa frase contenía demasiada información a procesar. ¿Jugar a fútbol? ¿Carpintero?… pero lo que más me chocó de todo: ¿Novia? De una persona de esa edad te esperas la palabra mujer o esposa. Asociar el término “novia” a un hombre de esa edad me hizo reconfigurar completamente la visión que tenía de él.

Mi chica terminó la llamada telefónica y nos fuimos a casa en el autobús. Me hubiera gustado decirle al hombre, que estaba sentado frente a nosotros, “esta es mi novia”. Pero me paré a pensar que ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres, así que preferí dejarlo así.

Esa ha sido la conversación más larga que hemos tenido hasta el momento. Ayer, antes de bajarme del autobús el hombre me alargó la mano y yo se la apreté, a modo de saludo. Nunca había estrechado la mano de alguien sin saber su nombre, fue como una muestra de respeto entre desconocidos habituales.

De alguna manera, esa persona ha quedado en mi mente, intrigándome, inspirándome, así que decidí escribir un relato basado en esa esencia pero, al empezar a adornarlo, a darle trama o más sentido, vi que desvirtuaba completamente la experiencia que supuso conocerle. Por eso, he escrito este texto, una historia real, la historia de alguien que ha pasado por la vida de un joven escritor inspirándolo a escribir sobre él. Espero volver a verle.


El único Dios verdadero

Él quería curar el mundo, hacerlo un lugar mejor, para ti y para mí y para la raza humana al completo.

Evangelio según San Quincy, 17:4

 

Los nómadas se frotaban las manos en torno a la hoguera, llevaban semanas de viaje y la tierra se hacía más fría conforme se aventuraban hacia Berlinia. Era una noche húmeda, y había que estar vigilante frente a la hoguera para no perder calor en el campamento. Para hacer más llevadera la vigilia a los que estaban de guardia, el padre Gyallas enunciaba las parábolas del Todopoderoso y su hijo.

 

“Cabeza rapada. Cabeza muerta. Todo el mundo se ha vuelto malo. Turbación. Especulación. Alegación. En la suite, en las noticias. Todo el mundo. Comida de perro. Hombre negro. Chantaje. Arrojad a mi hermano a la cárcel.”

Gyallas predicaba las sagradas escrituras, recopiladas e interpretadas por los grandes profetas ingenieros que recuperaron el legado del Gran Mundo antes del cataclismo. Los nómadas atendían maravillados, ya que estando poco extendido el arte de leer entre los peregrinos y siendo tan escasos los libros, siempre era un placer escuchar las historias de los adeptos de Miguel. Mientras tanto, asaban unas perdices en el fuego, y se calentaban con aguardiente comprado a los boticarios ambulantes.

“La Biblia reza: el mundo era un paraíso miles de años atrás, Dios le dio al hombre máquinas que volaban, grandes espectáculos y diversión, comida mágica instantánea y cajas de luz donde podían verse historias maravillosas. Pero el hombre es egoísta, y aún habiendo mil veces más recursos que en la actualidad, de sobra para todos, empezó a matar a sus iguales por hacerse con el poder del paraíso. El Señor, compasivo, envió a su hijo a la tierra, para enseñar a los humanos a amar y perdonar, y conservar el paraíso que se les había regalado.”

De la boca del cura escapaban nubes blancas de vapor mientras oraba en mitad de la noche, pero su devoción y el fervor en sus palabras parecían librarlo del frío y la humedad, aún así, no rechazó un trago cuando le pasaron el aguardiente.

– Padre Gyallas, ¿Son ciertas las historias que dicen que Miguel, hijo de Dios, era negro?

El cura asintió lentamente, mientras se calentaba las manos sobre la hoguera.

– Era negro. Pero no era un traidor. Dios lo hizo nacer negro para probarlo. Para demostrar que no todos los negros son demonios, si no hermanos descarriados, que deben pagar por sus pecados de otras vidas, hasta renovarse en un cuerpo puro, como el nuestro. De hecho, Miguel, hijo de Dios, entonaba una parábola que dice así:

“No digas que crees en mí, cuando te he visto arrojar tierra a mis ojos. Pero si estás pensando en ser mi hermano, no me importa si eres negro o blanco.”

Gyallas dio una vuelta sobre sí mismo y se apretó el paquete con fuerza arrojando un grito agudo.

– ¡Ih-ih! –

Señal de santiguación de todos los fieles de Miguel.

– ¡Ih-ih! – Gritaron en respuesta los que escuchaban sus historias.

– Con el tiempo, una vez superada la prueba del Señor, la piel de Miguel empezó a tornarse blanca, demostrando que era posible la redención, y del escalafón más bajo en el que puede nacer un ser humano, el hijo de dios ascendió hasta el blanco más puro, y su palabra se divulgó por todo el paraíso, y el pueblo, enamorado de la palabra que Miguel predicaba, no tardó en nombrarlo rey. Rey del Pop.

– ¿Qué es el Pop, Padre?

– El Pop es el arte de predicar la palabra del Señor, y Miguel era el rey.

– ¿Y por qué Dios permite que suframos? ¿Por qué ha sido destruida nuestra tierra y nos vemos avocados a este éxodo hacia Berlinia? – Cuestionó uno de los nómadas, abatido por las semanas de viaje.

El padre Gyallas lo miró con benevolencia, compadeciendo al ignorante.

– ¿Nadie te ha hablado de los arcángeles repudiados? ¿Kanye West y Snoop Dogg?

Al escuchar el nombre del Diablo, el resto de peregrinos se levantaron, dieron una vuelta sobre sí mismos y se santiguaron agarrándose el paquete, “Ih-Ih!”

– Kanye West y Snoop Dogg eran ángeles, aliados de Dios. Pero incluso en el Cielo existe la corrupción, y la avaricia de West y Dogg, pretendiendo usurpar el trono sagrado, fue castigada con la expulsión del reino celestial. En su caída meteórica a la tierra, sus cuerpos se prendieron fuego y acabaron negros, como el cabrón.

Los oyentes se frotaron los brazos, en un escalofrío temeroso.

– Pero lejos de arrepentirse, Kanye West y Snoop Dogg empezaron a divulgar un mensaje de fornicación, masturbación, dinero y poder. Muchos hombres, de voluntad débil, empezaron a ceder ante las mieles de los demonios y cayeron en su espiral de vicio fácil. La población del paraíso empezó a volverse negra, a vestir ropas holgadas y cadenas de plata y oro, tomaban drogas que les impedían ver el infierno y poco a poco fueron quemándose y acabando tan negros como sus captores…

– ¡Malditos! – exclamó el más joven, algo animado por el aguardiente.

– ¡Que su oscura estirpe arda para que podamos regresar al paraíso!

El padre Gyallas sonreía de júbilo al ver toda la buena fe que desbordaban sus peregrinos.

– Me agrada vuestro ímpetu, pero procurad manteneros alejados de la ira. Recordad las palabras de Miguel.

“Empezaré con el hombre del espejo. Le pediré que cambie sus maneras. Y ningún mensaje podría ser más claro. Si quieres hacer del mundo un lugar mejor, contémplate a ti mismo y, entonces, cambia.”

– ¡Ih-ih! – exclamaron todos. El cura bebió otro trago de aguardiente.

– ¡Padre! ¡Baile para nosotros en esta noche de amor a Miguel la danza del Moonwalker!

– ¡Ja, ja! ¡Así me gusta! ¡Alabado sea Miguel!

Dicho esto, el cura empezó a mover sus tobillos de izquierda a derecha mientras chasqueaba el pulgar al ritmo y con otra mano se tocaba la frente con el índice. Los nómadas empezaron a acompañarlo con palmas. Uno de ellos, bardo de profesión, empezó a tocar notas graves en su laúd al ritmo del Salmo de la Virgen Billie Jean. En un ritual de puro gozo, todos empezaron a cantar, mientras el padre caminaba marcha atrás en torno a la hoguera.

“¡Billie Jean no es mi amante! ¡Sólo es una chica que dice que soy el padre! ¡Pero el niño no es mío! ¡Ih-ih! ¡Es un hijo del Señor!”