El Poker de la Osa Menor

El paisaje cambiaba al ritmo de la suave inercia que llevaba la Chicken Bone a través de un cuadrante abandonado de la Osa Menor. Por los grandes ojos de buey de la sala principal se podían contemplar un sinfín de puntos brillantes a la deriva, millones de estrellas siendo testigo de los dos años que la nave de transporte llevaba extraviada en el espacio. En medio de una misión rutinaria, un pedazo de basura espacial interceptó el rumbo de la nave del capitán Arthur Tracker. La colisión destrozó los sistemas de propulsión de la Chicken Bone y la desplazó de su trayectoria rumbo a ninguna parte a una velocidad constante de doce centímetros por segundo. Por suerte o desgracia, la carga de la nave eran verduras, embutidos y vinos criogenizados de primera calidad procedentes del planeta-granja Ibericus IV, así que todo ese tiempo a la deriva hubo comida de primera calidad para los cuatro miembros de la tripulación, y se preveía que podrían subsistir dos años más si se racionaban bien.

– Pareja de cuatros – Christian Tracker, el hermano del capitán, mostraba sus cartas y se preparaba para llevarse el botín: Unos tacos de queso de oveja semicurado que acompañarían perfectamente a las lonchas de jamón que acaba de desplumarle a su novia, María.

– ¿¡Cómo puedes apostar tan fuerte con una pareja!? – Arthur se echaba las manos a la cabeza, su hermano era capaz de leer todos sus movimientos y siempre le tocaba lo peor para comer.

– Sabía que no tenías nada, Arthur, tienes que practicar más tu cara de Poker-

En la nave habían cogido como costumbre jugarse la comida del día al poker, cada uno se apostaba sus raciones, y así mataban una parte más de un día que llevaba durando más de 17.000 horas.

– No es que tenga que practicar mi cara de Poker, es que tengo mala suerte, en dos años aquí nos conocemos todos demasiado bien como para farolear.

– Podías dejar ganar alguna vez al capitán, que a este paso vas a acabar gordo como la luna. – Puyó María a su novio, pinchándole la barriga con el índice.

– A quién coño le importa que esté gordo, si nos vamos a morir aquí. – Saltó Lucille, la esposa de Arthur, que no toleraba tan bien como el resto la reclusión espacial. Los demás, acostumbrados a su pesimismo, la ignoraron.

– Venga, reparte. – Medio ordenó Arthur a su esposa.

Con la destreza de un crupier profesional, que todos habían adquirido tras enésimas partidas, Lucille repartió una nueva mano a los cuatro jugadores. Todos recogieron sus cartas e intercambiaron miradas de soslayo. Arthur tenía tres ases en la mano, se relamió pensando en el manjar que iba a disfrutar en breves. Mientras tanto, Christian rellenaba las copas de vino de sus compañeros.

– No voy. – sentenció el hermano menor de los Tracker.

– No voy.

– Yo tampoco. – Lucille y María se retiraron de forma instantánea junto a Christian.

– ¡Y UNA MIERDA NO VAIS! – gritó el capitán, sulfurado. – ¿¡Por qué cojones no vais!?

– Casi llenas las cartas de babas nada más destaparlas, tío. Dos años jugando a esto y sigues siendo el peor mentiroso del universo. – se burló Christian.

– Mis cojones. Estáis haciendo trampa. Me cago en la puta. – Arthur se giró alrededor buscando superficies reflectantes. – Me veis las cartas de alguna manera… –

– Deja de quejarte. Te toca repartir. – Respondió su esposa.

– No, no, no, no… aquí no se juega hasta que se descubra el pastel. – Arthur puso los ases bocabajo en la mesa y pegó la nariz a ellos buscando marcas secretas. – ¡Tiene que ser algo! ¡Christian ha hecho muescas en las cartas seguro. ¡MIRA! – Acto seguido levantó uno de los ases y lo mostró al resto de jugadores. – ¿¡Lo veis!?

Arthur sólo recibió muecas de desconcierto.

– ¡Aquí! En la parte de abajo. ¿Esto es una rajita no? – Espetó señalando el As de Tréboles.

– Llevamos dos putos años jugando al poker, es normal que las cartas estén deterioradas ¿no? – Christian no pudo contener una sonrisa.

– ¡Míralo! ¡Y se ríe! ¡Pero es que esto es descarado! ¡Normal que me toque siempre comer judías! ¡Exijo una compensación!

– ¡Arthur! Me río porque es de risa de lo que me acusas. Estás desquiciado. Si quieres cambiamos de juegos y ya está. Podemos jugar al Trivial y el que gane elige comida primero…

– ¡Y una mierda cambiamos de juego! ¡Ahora que te he cogido el truco!

– Cariño, ¿No crees que estás exagerando? – Intentó apaciguarlo Lucille.

– ¡Tú no le defiendas! – se indignó Arthur.

– Vamos a echar otra mano, ya verás como te irá mejor, aunque sea por estadística. – Propuso María, intentando rebajar tensiones. Hacía más de cinco semanas que los dos hermanos no acababan a puñetazos y había que mantener ese récord. Arthur y Christian se respetaban y se querían, pero la convivencia extrema les había llevado a las manos más de una vez, normalmente por una tontería.

– Vale. – Aceptó el capitán a regañadientes y empezó a barajar.

Todos los jugadores cogieron sus nuevas manos. Arthur recibió dos reyes, un tres, un ocho y un nueve. Nadie se rajó. Las apuestas subieron y se hicieron los respectivos descartes. Arthur se quedó con los dos reyes y recibió tres sietes, increíble.

– Apuesto cinco lonchas de chorizo. – Intentó decir el capitán con la mayor calma posible.

Christian mantuvo su mirada clavada en su hermano durante un rato, intentando hacerlo flaquear. Pero el capitán no titubeó.

– Está bien, veo tu chorizo y subo diez tacos de queso.

– No voy – Dijo María.

– Yo lo veo. Es lo último que me queda. Pero me da igual, ya se me ha quitado el hambre. – Dijo Lucille.

– Yo veo los quesos, y subo cuatro pimientos de padrón. – Apostó Arthur.

– ¿Estás seguro hermano? Yo de ti no tentaría tanto a la suerte. –

– No necesito tu compasión, gilipollas. – Amenazó el capitán.

– Como quieras. Veo tus pimientos y subo una barra de cuarto. – Christian miró a su hermano desafiante, con una sonrisa en los labios.

– Tampoco te pases, Chris… – avisó María.

– Déjale hacer, le va a venir bien un poco de dieta. – interrumpió el capitán. – Veo tu barra de pan.

A ver que tienes.

– Lo veo – se sumó Lucille.

– Pareja de cuatros. – destapó el menor de los Tracker.

– ¿¡Pareja de cuatros!? ¿¡Por quién me has tomado!? ¿¡Por un mocoso al que hay que complacer!? – Explotó Arthur.

– ¿Es que no puedes estar contento con nada, subnormal? – le espetó Christian, bastante molesto.

– ¡Prefiero pasar hambre a que me dejen ganar!

– Bueno, pero destapa tus cartas ¿no? – apuntó Lucille.

– Aquí lo tienes, un puto Full. – El capitán desplegó las cartas sobre la mesa.

Rey. Reina. Ocho. As. Dos.

– Si eso es un Full yo soy el presidente de Marte. – contestó Christian.

El capitán miró incrédulo sus cartas.

– ¡No puede ser! ¡Os juro y perjuro que yo… – Arthur se frotó los ojos.

– Lo que nos faltaba… ha perdido la cabeza… – suspiró su esposa.

Christian echó los brazos al botín para arrastrarlo hacia su banquete.

– No tan rápido, bonito. – Lucille muestra su mano: Trío de de cuatros.

– ¡No puede haber cinco cuatros en la baraja! – renegó Chris.

– JAJAJAJAJAJAJA – Arthur explotó en una carcajada y se levantó de la silla, dando tumbos aleatorios mientras se agarraba el estómago.

Christian y Lucille empezaron a intercambiar berridos. María se tapó los oídos y apoyó la frente contra la mesa. Arthur agarró el hacha de incendios y se lo clavó en un impulso a la novia de su hermano en la cabeza, abriéndola como un melón.

¿¡PERO QUÉ HACES!? ¿¡Y POR QUÉ LA MATAS A ELLA!? – Christian desclavó el hacha de la cabeza de su novia y lo lanzó contra el pecho de Lucille. La esposa del capitán esquivó a tiempo de que el hacha sólo le cortara el brazo derecho a la altura del codo.

– ¡HIJO DE PUTA! – Lucille cayó al suelo mientras la sangre salía a chorros empapando el suelo de la nave. Arthur conectó un derechazo a la mandíbula de su hermano derribándolo. Ipso facto empuñó el cuchillo de cortar jamón y se abalanzó sobre Christian.

– No, de mí no se ríe nadie. NADIE. ¡¡¡NADIE!!! –

El hermano menor evitó la cuchillada propinando una patada en la rodilla a Arthur y echó a correr a cuatro patas.

– ¡No te preocupes cariño! ¡Voy a matar a este cabronazo! – Gritó el capitán con la sonrisa desencajada.

– ¡No, cariño! ¡Mátame a mí primero! ¡Que estoy hasta el coño de estar en esta puta nave de mierda!

Sin dudarlo un instante Arthur, con más placer que lástima, agarró a su mujer por el pelo y le rebanó el pescuezo, proyectando una fuente de sangre sobre la mesa de poker. Christian miró horrorizado como su hermano reía a carcajada limpia mientras su cuñada efectuaba sus últimos espasmos de vida. Reuniendo algo de valor, el menor de los Tracker corrió hacia la galería para coger su pistola de plasma.

– ¡No huyas hermanito! ¡Vas a pagar por tus crímenes!

En el momento en el que Arthur accedió a la galería, su hermano le pegó un tiro en el pecho. El torso del capitán estaba agujereado de cabo a rabo, pero fuera de sí, seguía avanzando, aparentemente inmune al daño causado por la pistola de plasma. Consumido por el miedo, Christian empezó a disparar sin control.

En el tiempo en el que Arthur llegó a su hermano, tres agujeros más se le abrieron en el cuerpo al capitán que, sin atisbo de compasión, apuñaló varias veces al chico en los ojos, tocando hueso dentro del cráneo con la hoja del cuchillo.

Cuando reinó el silencio, el capitán fue a su silla, tomó asiento, y empezó a comer lo que había ganado en la partida de poker.

“Le habla la nave de reconocimiento A57ZM. ¿Hay alguien a bordo? Capitán Arthur Tracker, ¿Me recibe? Solicitamos permiso para conectar el puente de abordaje. ¿Hola?”

Un año después de la fatídica partida de poker en la Osa Menor, una nave de rescate contratada por la familia del capitán daba con la Chicken Bone. Los operarios conectaron el puente y entraron armas en mano, por si tenían que vérselas con algo inesperado. Al entrar rodearon a Arthur Tracker bañado en vino, con docenas y docenas de botellas desparramadas por la sala principal y una más en la mano, a medio beber.

– ¡Los he matado a todos! ¡A todos! ¡Que me encierren! – Lloraba desconsolado.

– No se preocupe, capitán. Vamos a ponerle a salvo. – Intentaba tranquilizarlo uno de los operarios. Mirando alrededor, sus compañeros de equipo no encontraron ningún cadáver.

– ¡Hermano! – Christian Tracker entró en la sala apartando a los operarios. Tras él iban Lucille y María. En un lacrimoso abrazo, su mujer y su hermano lo abrazaron. – Pensábamos que no volveríamos a verte. Gracias a Dios. ¡Estás vivo! ¡Arthur! – Chris no pudo reprimir una risa de alegría. Lucille besaba a su marido, derrotada por la emoción.

Arthur, aún preso de la ebriedad, miró a su familia, y luego miró la botella en su mano. Perplejo, se llevó el vino a los labios y brindó por la demencia.

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

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