Dios salve todas las cosas impuras

He descubierto un secreto que el mundo aún no conoce. Sin embargo estoy seguro de que muchos individuos, al igual que yo, se han topado con este irónico muro. Hay un error en la cultura, y es asociar la perfección con el éxito. La perfección está sobre valorada. Pondría la mano en el fuego a que incontables triunfos han tenido que dar un paso atrás en su búsqueda para encontrar su resultado ideal. Un paso atrás que no implicaba rectificación, una simple y sencilla de-valuación que les terminó acercando al éxito.

Soy un artesano, un hombre que le da forma a la música y la cede a hábiles artistas que inundan vuestra percepción de cálidas melodías, o terribles jaquecas. No siempre se acierta. Mi desengaño vino de la mano de Victoria, el nombre de la guitarra que más tiempo me ha robado y menos me ha devuelto. Prácticamente desde que el viejo Richardson -Un antiguo luthier secuestrado por su amor al Rock&Roll- me instruyera en el noble arte de dar a luz a guitarras he estado persiguiendo el sonido perfecto, ideal, libre de toda impureza. De eso hace ya veintiséis cortos años e innumerables Victorias sacrificadas en pos de la perfección.

Pero al fin lo he conseguido.

Un éxito imposible de plasmar con una mera combinación de letras. Un sonido tan puro que esquiva toda metáfora y se alza de forma primigenia a través del único modo de comprenderlo: el alma. Finalmente, he dado a luz a Victoria. Mi Victoria. Y a nadie le gusta.

Cuando se idearon los primeros productos lavavajillas, destinados a triunfar como única sustancia empleada en la limpieza de vasos, platos y cubiertos; fueron un rotundo fracaso. Los primeros lavavajillas no producían espuma y la gente, dándole la impresión de que no funcionaba como era debido, lo desechó. Fue a posteriori que se añadió la espuma de forma artificial a la fórmula -las burbujas que garantizaban que tu limpieza estaba surtiendo efecto- y finalmente pudo comercializarse.

Cuando pasaron los buenos viejos tiempos y empezó a ponerse de moda la salud, el rock iba cavando su tumba y los paquetes de cigarrillos intentaban disimular sus nuevas y llamativas advertencias de muerte con nuevos eslóganes; se lanzaron los depuradores de agua unifamiliares para el hogar. Aparatos que te garantizaban un agua tan pura como químicamente pudiera ser, simple, llano y directo H2O para tu cuerpo. Pues resultó que sin toda la mierda de la ciudad -toda la cal y el cloro que nunca había matado a nadie y ahora sí- el agua sabía a veneno.

Tómate un gramo puro de coca y te morirás.

Así que Victoria, de tan pura, de tan perfecta, era simple basura. No había soul, blues, rock o el ingrediente que cualquier músico quisiera añadir a su ensalada. No había ningún Hendrix, Morrison o Clapton en ella. Así que lo repito. La perfección está sobre valorada.

Esa misma semana, tras media botella de bourbon, lancé mi Victoria contra la pared, después contra el asfalto desde mi ventana y, finalmente, contra el fondo de un contenedor de basuras.

Un mes más tarde, expulsado de mi meta como artesano y hundido en la mera supervivencia del día a día de los que vivimos sin sueños, acompañé a unos amigos a un club de mala muerte a escuchar a un chico nuevo que los rumores proyectaban como una leyenda. No me quedaba amor para ninguna música o guitarrista, junto a todos los viejos como yo, había dado sepultura mi era del rock.

Fue esa noche, con mis ojos hundidos en el fondo de mi trago, cuando la risa ronca de una vieja amiga despechada se burló de mí desde el escenario. Un llanto que desgarraba la sala por todas las Victorias sacrificadas. Y es que resulta que un pobre chico de la calle que no podía permitirse ni una armónica decente había rescatado una malherida guitarra del depósito, la había mimado, había curado sus heridas y ahora cantaban juntos por su desgracia. Jamás había escuchado tanta belleza nacer de algo tan impuro como mi enésimo fracaso. Ahí estaba, riéndose de mí. La voz más perfecta que ninguna guitarra podría jamás alcanzar, quebrada por su padre y salvada por un amigo, gritando ronca en medio de un escenario y seduciendo a cualquiera que antes pudiera haberla odiado.

Reí satisfecho.

Bendita imperfección, Dios salve todas las cosas impuras.

The Paul Butterfield Blues Band –  Going Down Slow

Adjunto esta canción que me ha inspirado durante este relato

Ilustración de Kat Viva

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

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