Inexpugnable

Era una mañana lluviosa de principios de marzo. Un anciano Ramón del Castillo removía su cucharilla dentro del café con leche mientras contemplaba como las primeras gotas de tantas descendían hasta el cristal de la ventana de la cocina. No chocaban con fuerza, era una lluvia suave, casi rocío, que acariciaba la ciudad de Barcelona a las siete de la mañana. Ramón limpió el mármol de la cocina y llevó hacia el salón su café y un pequeño bocadillo de lomo embutido. No encendía la tele ni la radio, ni tan siquiera las luces que podrían haber arrojado algo de luz sobre la débil iluminación que aquel cielo encapotado aportaba a su salón. Desayunaba sumergido en el silencio, roto únicamente por su sonora respiración, la lluvia, la cucharilla del café y el pan crujiente de la mañana.

Ramón del Castillo era un hombre serio. Su cabeza estaba coronada por una gran calva en la parte superior, desde la coronilla hasta la frente, sobre un oscuro pelo gris. Siempre que abandonaba el hogar la cubría con una boina recta a cuadros de tonos marrones. Salía de casa a menudo, paseaba por el mercado, descansaba un rato al sol del parque de la Ciudadela y de regreso compraba el pan y lo que se terciara de cara al mediodía. Y nunca hablaba con nadie. No tenía amigos. Y quizá, para hacerlo patente, la vida le había regalado una expresión constante de malos humos, como si tuviera en el paladar algo de un sabor realmente desagradable. Su piel descolgada aún permitía ver sus rasgos duros y rectangulares de su delgada complexión de setenta y ocho años.

A pesar de su avanzada edad Ramón se valía por sí mismo de una manera excelente. Quizá mejor de lo que se desenvolvían muchos jóvenes de la ciudad. La visita semanal de los servicios sociales no lograba más que sulfurarlo, así que las inspecciones de los jóvenes voluntarios se tornaban especialmente escuetas debido al agrio trato que Ramón profesaba a los cuidadores. Y es que realmente la casa estaba inmaculada. El anciano era estricto con todas sus obligaciones y no creía que ninguno de esos niñatos fuera capaz de aportar nada positivo a su hogar.

Hacía algunos años había sido cazador. No había participado nunca en torneos, pero bien seguro que de haberlo hecho habría recibido grandes premios. Su puntería era certera y había algo en su presencia serena que le permitía fundirse con el bosque con la elegancia altiva de un depredador. Sus presas no podían hacer más que intentar huir en vano cuando Ramón las elegía.

Pero todo eso terminó once años atrás, cuando su mejor amigo enfermó y murió a causa de su avanzada edad. Se llamaba Galileo, un Alano Español de pura raza que había dado fin al sufrimiento de muchas bestias con sus fauces. Incapaz de confiar en encontrar un camarada a su altura, Ramón dejó el fusil y se retiró a la oscuridad de su apartamento. Un año después murió su mujer Matilde, envenenada quizá por el amargo comportamiento de Ramón, que tras la pérdida de su perro de caza perdió a su vez la última brizna de juventud que conservaba. En el funeral de su mujer no pudo derramar lágrima alguna y eso lo entristeció. Descubrió entonces como se había consumido su última mota de humanidad al haber sentido más dolor con la muerte de Galileo que con la de la persona que había tenido el coraje de amarlo hasta la muerte.

Sin embargo eso había sucedido hacía una década, y los recuerdos ya sólo conformaban una película gris en la lejanía de sus pensamientos.

Terminó de desayunar y recogió con ritualismo las migas de pan dentro de la taza de café. Al levantarse, quizá por la humedad, sus dedos no tuvieron la fuerza, o quizá destreza, suficiente para sujetar la taza y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. No obstante, esto no sobresaltó a Ramón. Ya nada lo hacía. Se limitó a tomar la siguiente decisión lógica: barrer y limpiar el accidente. Ramón se preguntó si finalmente, llegando a sus ochenta años el tiempo había decidido barrerlo a él también. Aunque en vez de una respuesta, se le apareció otra pregunta: ¿Por qué le daba igual? No temía a la muerte, y no era capaz de identificar cuándo le había perdido ese respeto. De hecho, se sumió en una profunda reflexión, inmóvil en su salón con la escoba en la mano y los restos de la taza en el recogedor. Una estampa cuanto menos inquietante. En la penumbra matinal de su salón Ramón del Castillo pronunció dos palabras de forma clara y serena.

“Estoy muerto.”

Recapituló sobre los momentos cumbre de su existencia. Tenía el orgullo de considerarse a sí mismo un hombre fuerte. De hecho, siempre había sido el mayor de sus orgullos, su fortaleza. Pero ahora ni tan siquiera eso lo reconfortaba. Recordó a su madre bromeando sobre cuando él nació, en lugar de llorar cuando el médico le dio la palmada, frunció el ceño en desafiante desaprobación. Su padre le confirmó que sólo era una mentira divertida, pero que aún así era el tipo más serio que jamás había conocido. Ramón lloró al nacer, pero no volvió a llorar ante una cachetada. Ramón lloró la primera vez que defraudó a sus padres, pero no volvió a llorar por fallarle a alguien. Ramón lloró la primera vez que le rompieron un juguete, pero jamás volvió a llorar por una pérdida material. Ramón lloró cuando perdió a su primer amor, pero jamás derramó otra lágrima por ninguna mujer. Ramón lloró con la muerte de su único hermano, pero jamás volvió a llorar por nadie. Ramón del Castillo había ido construyendo una impenetrable armadura con cada una de las desgracias que le habían abordado a lo largo de su vida. A los dieciocho años, con la muerte de su hermano, lloró por última vez. El resto fue una vida de severa imperturbabilidad. Quizá ahí residiera el secreto de su don para la caza.

Pero así como había conseguido ser inmune a cualquier imprevisto que el destino le tuviera reservado. También se tornó inmune a cualquier satisfacción. Encontraba las victorias insustanciales, los logros se le antojaban banales y la suerte se convirtió en mera casualidad. El amor apenas era cariño, quizá incluso costumbre o tradición, la amistad mero protocolo y un abrazo una cordialidad. Y esto era lo que más lo torturaba. Aborrecía su reflejo, aquella imagen hastiada y acostumbrada a todo, tan fuerte que ni siquiera las alegrías podían pasar tras la inexpugnable muralla que era Ramón del Castillo.

Un murmullo llegó a él a través del repiqueteo de la lluvia y lo separó de sus reflexiones. Apoyó la escoba contra el marco de la puerta y se acercó hasta la puerta acristalada del balcón. El anciano contempló como un pequeño tumulto se agolpaba en torno a la estatua de granito que se alzaba en el centro del parque de su vecindario. La figura representaba a un pastor que acariciaba a un perro que se levantaba con las dos patas en el aire. Debería haber unas treinta personas en el parque a las siete y media de la mañana. Todos parecían personas muy normales y de diversas procedencias. Ejecutivos, taxistas, mendigos, ancianas, madres e hijos con sus mochilas escolares… Como si en mitad de sus quehaceres, las personas que había en las proximidades hubieran sido convocadas súbitamente. Ramón se fijó en que un hombre pálido en chándal y una capa hecha de hojas y plumas alzaba una brújula cuyas agujas giraban sin cesar en constante aceleración. Perplejo, el anciano abrió la puerta del balcón y se asomó, sin preocuparse de la lluvia que empapaba sus ropas.

– “¡Alea jacta est!”, “¡Alea jacta est!” – coreaban los allí reunidos. Ramón no sabía qué pensar. O el mundo estaba perdiendo la chaveta, o lo estaba haciendo él, pero eso no le parecía lógico.

La estatua del pastor empezó a temblar. Ramón pudo notar como imperceptiblemente todas las gotas de agua iban curvándose hacia la estatua, atraídas por una extraña fuerza. Una sección de la figura del pastor y del pedestal sobre el que se erguía la estatua empezó a iluminarse de forma incandescente, primero con el naranja de un metal al rojo vivo, después con el blanco de la luz en su estado más puro hasta finalmente ir adoptando el azulado de la electricidad. Se estaba dibujando la silueta de un ser humano. Un fogonazo hizo retroceder a los que se agolpaban frente al fenómeno, y también a Ramón.

Tras el fogonazo sólo quedaba un agujero con forma humana con los bordes llameantes, un segundo después, debido a la pérdida de materia en su interior, la estatua se desplomó. Entre el tumulto, Ramón pudo ver como un hombre ataviado con el equipamiento propio de una unidad de fuerzas especiales de asalto se levantaba consternado. El hombre del chándal gritó.

– ¡Otra predicción cumplida! ¡Alabemos al Portador del Cambio! ¡Ejecutemos su sacrificio!

– “¡Alea jacta est!”, “¡Alea jacta est!” – corearon el resto.

Sin perder un segundo el recién llegado retiró el seguro de su fusil de asalto y abrió fuego en derredor. La muchedumbre con ferviente fanatismo se abalanzaba sobre el misterioso soldado. Ramón podía ver los cuajarones de sangre que se elevaban entre las gotas de lluvia mientras la munición del hombre de negro mutilaba a hombres, mujeres y niños de forma indiferente. Ramón del Castillo se estremeció y se sorprendió a sí mismo sonriendo. ¡Estaba aterrorizado! La situación era endiabladamente enfermiza pero Ramón sonreía. La adrenalina, el miedo, la tensión, la locura, la sangre, el ruido, los gritos; todo eso había derrumbado la muralla de su castillo y un torrente de salvajes emociones gobernaban ahora sus entrañas.

A pesar de su armamento, el desconocido se vio claramente superado por el número de sus asaltantes y terminó por ser arrastrado hasta el suelo donde el tumulto lo golpeaba con piedras, tablones o sencillas y contundentes patadas. El cristal del casco de operaciones tácticas saltó en pedazos y la armadura kevlar impedía a duras penas que le rompieran los huesos. Un hombre con traje y corbata robó una pistola del equipo del soldado y se dispuso a disparar contra la víctima retenida por un par de decenas de manos. Un seco ruido metálico y nada más, no hubo detonación. El hombre examinó el artilugio y finalmente retiró lo que dedujo podía ser el seguro. Apuntó de nuevo y

-¡BLAM!

Un agujero humeante en la cabeza terminó con los intentos homicidas del hombre trajeado. Ramón del Castillo recargaba su rifle en lo alto del balcón. El anciano aspiró el aroma de la pólvora recién disparada. Un extraño instinto le había anunciado que debía ponerse a favor del recién llegado; por lo menos parecía ser el menos loco de todo este sinsentido o, como última instancia, por lo menos no recitaba frases en latín con tenebrosa devoción. Un par de disparos más permitieron al soldado zafarse de la multitudinaria presa arrojando una granada en su huída. La explosión hizo volar por los aires el suelo y a media docena de personas. Ramón pudo ver lo que se le antojó una poética lluvia de sangre, carne, flores y césped. Recargó y abatió a un par más con sus disparos. Estaba aterrorizado, y se estaba divirtiendo a niveles que sólo había alcanzado en la infancia. Se preguntó si después de esto iban a encerrarlo en un manicomio, en la cárcel, o la policía iba a abatirlo a disparos; pero no podía parar, estaba muy feliz, se estaba riendo. Algunos fanáticos no pudieron reprimir la curiosidad y se giraron hacia el anciano que reía a carcajada limpia bajo la lluvia mientras disparaba felizmente contra ellos.

El soldado consiguió dejar atrás al grupo y aturdido, con la armadura y el casco deformados, abrió fuego a discreción. Los fanáticos caían a pares, pero nada les frenaba. El miedo y su cada vez mayor escasez numérica debería haberlos hecho huir en desbandada, sin embargo, cargaban alegremente hacia una muerte segura.

-¡Chaval! ¡Hacia aquí! ¡Te abriré el portal! – Gritó el anciano a viva voz bajo la lluvia.

El soldado desvió la mirada hacia el balcón para observar a su inesperado salvador. Empezó a correr hacia atrás, disparando en retirada. Ramón iba abatiendo a los más rápidos, cubriendo al hombre de negro. Cuando estaba a una escasa carrera del umbral, el anciano corrió hacia el interfono y pulsó el botón que permitía el acceso a la finca. El agente cruzó la puerta y se adentró en las escaleras. Se había quedado sin munición y no había tiempo de recargar.

Subió a toda prisa por el edificio mientras le perseguían los pocos lunáticos que quedaban con vida. Conforme ascendía pudo ver como se iban cerrando los portales de vecinos curiosos y asustados. Al alcanzar el tercer piso estaba esperando Ramón del Castillo apuntando con su rifle.

– ¡Vamos! – le exigió el anciano. Ramón tenía preparada una trampa.

En cuanto el soldado alcanzó el tercer piso arrojó el mueble con ruedas del televisor, con el televisor y sus adornos encima, por las escaleras. Los acosadores no pudieron esquivarlo y rodaron escaleras abajo.

– Entra al ascensor, chico. – Le ordenó Ramón. El soldado dudó unos instantes y subió al ascensor, cuya puerta estaba bloqueada con una escoba. El anciano subió al ascensor y retiró la escoba. Metió una llave en una cerradura que indicaba que bajaban al subterráneo y descendieron.

– ¿Quién es usted, por qué está haciendo esto? – Inquirió el desconcertado soldado con un notorio acento americano.

– Soy Ramón del Castillo, y no me gusta la gente que corea cosas en latín. ¿Quién es usted?

– Mi nombre es Derek Burnham. Cumplo una misión al servicio de los Estados Unidos de América. Ha de saber que muy probablemente ha salvado usted al planeta.

– Eso será si concluye usted su misión…- hizo una pausa para mirar el hombro del tipo. – Sargento.

– Llámeme Derek. EEUU me encomendó esta misión, pero ya no queda ni rastro de ellos del lugar del que provengo. – Ramón detectó una profunda extenuación a través de los ojos azul y verde de Derek.

Llegaron al parking y Ramón señaló un viejo SEAT 124. Derek se planteó por unos instantes si había viajado a la fecha correcta.

– Vamos hombre, no lo mires así. En su día fue un coche de competición. – replicó Ramón con una jocosidad que creía extinta en él.

– Supongo que correrá más que esos pirados – concedió el soldado con una sonrisa invisible tras su pasamontañas.

Ambos subieron al coche que, debido al desuso, empleó unos minutos desesperantes en ponerse en marcha. Al vigésimo intento el motor de la reliquia rugió y empezaron a moverse. Ramón se abrochó el cinturón de seguridad y Derek hizo lo propio. La puerta del parking se abrió dejando a la vista unas siluetas a contra luz. Derek recargó su fusil de asalto y Ramón pisó a fondo. Los fanáticos restantes se lanzaron corriendo rampa abajo gritando con siniestra euforia. En el aparcamiento retumbaron los ecos graves y rotundos del fusil enviando proyectiles a toda velocidad hacia los extraños enemigos. Derek efectuaba los disparos con total profesionalidad, en certeras ráfagas de tres. El SEAT 124 arrolló a una mujer que sobrevoló el parabrisas y cayó rodando cuesta abajo. Finalmente, el coche alcanzó el exterior en un esfuerzo sobrehumano que enseguida se hizo patente con un intenso olor a quemado. Ramón metió la segunda marcha y abandonaron el vecindario mientras a lo lejos ya empezaban a escucharse las primeras sirenas de policía.

Ramón miró al soldado mientras se quitaba el casco y dejaba a la vista su cabello rubio oscurecido por el sudor.

– Ramón, le debo una. – El anciano sonrió y notó como las rodillas le temblaban al pisar el acelerador, como a un potro recién nacido, que aún le quedaba una larga distancia por galopar.

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

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