Punto y coma

La realidad es subjetiva. Siempre. Incluso para la ciencia: todo depende del punto de referencia. Así, la realidad difiere en función de quien la percibe. Existe una realidad por cada par de ojos, quizá incluso una distinta para cada uno de ellos por separado. Nosotros creamos la realidad, nuestra realidad, un lienzo sobre el cual dibujamos a los que nos rodean como personajes conformados a partir de lo que los demás nos dejan ver de ellos y lo que nosotros nos imaginamos que guardan. Si no existiera el individuo, la realidad desaparecería. Sin humanos, sin mentes pensantes, se pierden estas apreciaciones subjetivas del entorno. El mundo seguiría existiendo, por supuesto, pero el término realidad, al fin y al cabo, es una palabra inventada por nosotros y si desapareciéramos se extinguiría conjuntamente. ¿O es que acaso no existe un universo distinto en cada mente? La mayoría no somos expertos químicos, físicos o astrónomos. Como mucho conocemos con cierto grado de detalle el ámbito al que nos dedicamos profesionalmente, y no del todo. El resto lo tenemos que imaginar con la vaga idea que nos puede aportar la educación básica y el sentido común, con algo de ayuda de las novelas, la televisión y el cine. Así que por ejemplo: todos sabemos que la tierra gira alrededor del sol, así como el resto de planetas; pero nada más. El resto lo complementa nuestro imaginario: el sentido de las estaciones, la disposición de las estrellas, los eclipses… Cuanto menos técnico es nuestro conocimiento más místico se torna nuestro entendimiento. Y de ahí nacen cosas como los horóscopos, el poder atribuido a los equinoccios y, la capacidad de otorgar a una mera interposición de la luna ente nuestro planeta y el sol el poder de acabar con el mundo, con nuestra realidad. El desconocimiento y el ingenio son los padres de la magia. Como si nos dijeran que mezclando agua y aceite pudiéramos terminar con el mundo: conocemos ambos elementos, así que la magia deja de existir. Pero claro, que sea éste el origen del misticismo y la magia no significa que carezcan de poder. Al fin y al cabo son elementos capaces de modificar la realidad, porque partiendo de que no hay más realidad para el individuo que la suya propia, la magia existe dependiendo del punto de referencia. Una clara prueba: Dios.

Gloria Jiménez recorría con el pulgar las cuentas de su rosario católico. Su hijo Pedro – como el apóstol – Jiménez yacía en coma frente a ella en la camilla del hospital. Un accidente de moto había postrado al chico a los diecisiete años. Ahora tenía veinticinco. Los médicos no lo habían afirmado en un ciento por cien, pero no le dieron demasiadas esperanzas a la familia – “Pedro no va a despertarse, pero nunca se sabe con total certeza. Ustedes deciden” – pero Dios quería que viviera.

Muchos dirían que Pedro ya estaba muerto. Sus órganos funcionaban. A un nivel físico y químico era un cuerpo con vida. Pero esta persona no se movía. Y para según quién el movimiento implica vida, poseer el don de la acción. Acciones de las que responsabilizarse, enorgullecerse y afectar a nuestro pequeño gran mundo. Pedro estaba desprovisto de cualquier iniciativa propia. No obstante, si nos empeñamos a mirarlo a través de ese cristal, Pedro estaba muy vivo. Postrado en una cama afectaba a todos los que le conocían y además, por dentro, soñaba.

Las primeras semanas en estado vegetativo fueron las que más fuerza le dieron a la vida de Pedro. Docenas de amigos, tanto suyos como de la familia, acudieron al hospital para llorar sobre él, hablarle a su cuerpo inmóvil, lamentarse ante sus padres, o tan sólo por cumplir. Pero Pedro, postrado en una cama, movió una gran parte de su pequeño mundo. Después del, por así decirlo, ‘boom’ inicial de visitas la cosa fue reduciéndose poco a poco a unas cinco personas. Las personas a las que su estado cambió por completo el rumbo de sus vidas, o por lo menos sus expectativas. Para sus padres, Pedro iba a ser un talentoso ingeniero aeronáutico. Sus dos hermanos menores simplemente no tenían pensado dejar de contar con él tan pronto. Y su novia… Su novia veía hijos, veía un hogar, veía su futuro. Un sueño de adolescencia quizá, pero un sueño al fin y al cabo. Fue a verlo cada día durante los primeros dos meses. Pero es difícil amar a alguien que se alimenta y excreta mediante sondas. A los dos meses fue a verlo por última vez. Se olvidó de los niños, del hogar y del futuro, sin duda imposibles a estas alturas; le dijo que había conocido a un chico amigo de su hermana y que sabía que él lo entendería. Se marchó. Pedro esa noche soñó que volaba en un avión diseñado por él.

Habían pasado ocho breves años. Soñando ocho años pasan en una noche. Era un jueves de marzo y Pedro yacía en la cama con su madre sentada al lado ofreciendo una oración por él. En estos ocho años Pedro se había convertido en la piedra angular de la cordura de sus más cercanos. Era el confesor. Sólo su madre venía casi a diario, aunque tan sólo fuera para acariciar su pelo y sosegar sus sueños. Pero cuando las cosas se torcían en el camino de los suyos, o la conciencia les impedía dormir, Pedro estaba ahí. Su regazo vegetal había absorbido muchas lágrimas. Había escuchado muchas palabras, muchas reflexiones, preocupaciones que se habían filtrado en sus sueños, como difusas incursiones de sus seres queridos en su mundo difuminado y subconsciente. Pedro estaba ahí para decirles que no pasaba nada, que todo iba bien. Tumbado, en silencio, perdonaba los pecados de aquellos que amaba. La noche previa a ese jueves había recibido muchas visitas.

El primero en visitarlo fue el menor de sus hermanos, Pablo, pocas horas antes de la cena. Entró en la habitación y besó la mejilla de Pedro. Tenía doce años cuando Pedro sufrió el accidente, así que, aún a su actual edad de veinte años veía a Pedro como aquel héroe rebelde y sabio tan difícil de alcanzar. Los silencios de su hermano comatoso eran como eminentes verdades, como si callara porque así lo hubiera decidido, y no porque no tuviera nada que decirle. Aún entre tubos de plástico, su hermano mayor lo aleccionaba. Pablo se sentó y contempló la puesta de sol desde la alta ventana del hospital.

– Hola, Pedro. Cuánto tiempo. Sé que tendría que pasarme más a menudo pero, estoy muy liado ya me entiendes. La universidad, el equipo de basket, el gimnasio, las prácticas… De hecho ahora mismo tendría que estar entrenando con el equipo, y además, tengo un examen mañana. Pero no podía más, necesitaba hablar contigo. Necesitaba un respiro. Y es precisamente de todo eso de lo que venía a hablarte. Tengo tantas aspiraciones, tantos proyectos, y todos requieren tanto, que me siento atropellado por todos ellos. No sé cual de ellos he elegido yo y cuales simplemente los he heredado de los sueños de papá. No estoy incómodo con ninguno. Y tampoco se me dan mal. Es más, no es estrés lo que siento, es algo mucho peor a mi parecer. Vacío. Me siento vacío. No le encuentro sentido a todo esto. Hasta ahora todo era terminar una etapa para alcanzar la siguiente. No sé en qué momento he tenido tiempo para pensar en el significado de todo esto. Quizá sea una crisis de la edad. ¿Tú llegaste a sentir esto alguna vez? Se te veía tan decidido. Lo tenías todo tan claro. Irradiabas confianza, fuerza de voluntad. Al contemplar tu trayectoria daban ganas de apuntar alto, muy alto. Y miro a mi alrededor y todos parecen tener su vida entera planeada. Todos saben a dónde quieren llegar, lo que quieren ser. Pero es que no consigo asimilar que mi oficio llegue a definir quién soy. Lo siento todo tan lejano. No encuentro la pasión que quemaba en mi interior cuando pensaba en perseguirte. Saco buenas notas, soy importante para mi equipo, pero no siento recompensa alguna. Y cuando termine la carrera qué. Y cuando deje el baloncesto qué. Qué va a ser a partir de ahí. ¿Trabajar? ¿He dedicado un cuarto de mi vida a buscar un empleo? ¿Acaso es tan importante ese maldito puesto de trabajo? He utilizado los años de jugar e imaginar para estudiar y prepararme para un futuro que al parecer se reduce a mi oficio. Se reduce a una casa, a un coche, a una familia. ¿Te parecen esos buenos objetivos? Yo no le veo ningún sentido. Tú planeabas algo grande. Estoy seguro. Tenías un plan. Daría lo que fuera porque despertaras cualquier día y me contaras el secreto tras todo esto. Aquello que mantenía tu sonrisa, ese plan que escondías y que aseguraba tu felicidad. Y la mía. Te quiero, hermano. No eres el único que yace a merced de los acontecimientos. Realmente, creo que pocas personas hoy por hoy, unos pocos afortunados sin duda, poseen un plan de vida distinto al tuyo. Postrarse en una cama, en un sofá, en un puesto de trabajo. Es indiferente. Todos estamos en coma. Sólo que tú tienes menos preocupaciones.

Pedro soñó con sus amigos. Con el parque de siempre. Con los rostros habituales.

Punto.

Sobre las diez y media de la noche fue a visitarlo su padre, Francisco Jiménez. A sus cincuenta y seis años, los disgustos lo habían envejecido de sobremanera. Cuando murió el fruto de su primera semilla (o así lo veía él), murió la parte de él que lo ataba a su juventud. El accidente de Pedro fue como el tijeretazo que cortó la cinta de inauguración de la tercera edad de Francisco. En estos ocho años su cabellera azabache se había tornado gris, blanca y escasa. Se quitó la gorra de vestir y la dejó sobre las rodillas de Pedro. Las arrugas agrietaban su rostro mientras fruncía el ceño contemplando la mano inmóvil de su hijo. Si hubiera estado atento, podría haber visto la leve reacción de la nariz de Pedro al reconocer el olor de su padre. No se sentó, permaneció en pie frente al chico y tomó su mano. Tras varios minutos silenciosos disfrutando del tacto de la piel de su hijo no pudo contener un sonoro llanto ahogado que culminó con unas lágrimas que se apresuró a enjugar con su pañuelo de cuadros. De no ser por hoy, pronto hubiera hecho dos años que no visitaba a Pedro. Francisco había sido el que peor había digerido el asunto de Pedro, su primogénito. Procuraba evitarse las visitas porque la visión de su hijo inerte lo podía mantener depresivo por los dos meses siguientes. Y en un doloroso esfuerzo, decidió reducir las visitas para poder seguir adelante, aunque no sabía que podría haber por delante con su hijo en ese estado. Cuando hubo dominado su pena, sus reflexiones abandonaron su cabeza para emerger de su boca.

– Tengo que confesarte algo, Pedro. En ocasiones te deseo muerto. Deseo que aquel accidente te hubiera quitado la vida. No soporto ver tu cadáver, no soporto saber que en algún lugar de la ciudad en la que se supone que debo vivir, está mi hijo muerto en una cama. Respirando, pero tan muerto como lo está mi padre. Y luego vengo aquí, y toco tu mano, y noto que está caliente, noto la suavidad de tu vida entre mis dedos, y me odio por desearte a dos metros bajo tierra. Sueña, hijo mío. Y ten grandes sueños, porque desde que caíste en este silencio en ocasiones te envidio, tan ajeno a todo, tan en paz. Pero yo no me puedo permitir parar. Tus hermanos, tu madre, dependen de que yo me levante cada día, de que no me rinda. Tú levantaste a esta familia junto a mí. Fue obra de los dos. Llegaste a tus hermanos de una manera de lo que yo jamás habría sido capaz. Nunca he estado conectado a ellos como lo he estado a ti, Pedro. Tú fuiste el primero que aferró mi mano con tus deditos. Y me hiciste volcar en ti todas las esperanzas que había ido desarrollando desde que agarré la mano de mi padre. Y conforme crecías comprobé satisfecho que había sido una gran elección decidir entregarte el relevo. Amo a tus hermanos, pero sólo consigo ver reflejos de ti. Tanto como prometías, tanto orgullo que ibas a cosechar para mí… Tu madre aún espera que despiertes algún día, ilusa. Y yo quiero pensar que no y, no se lo digas a nadie, pero también lo espero.

Pedro soñó con la playa. Con sus manos llenas de arena y, con otras que las limpiaban.

Punto.

El tercero, su hermano Juan, entró a las dos de la madrugada. Un bala perdida. Quería ser artista pero no quería estudiar. Consumidor habitual de ácidos y marihuana. Una fuente de disgustos para su padre y, al verse convertido en el mayor de los hermanos, una fuente de decepciones para el mismo. Para descanso de su padre, Pedro seguía siendo el ejemplo a seguir de Pablo, el menor. Sin embargo, después de su madre, Juan era el que más visitaba a Pedro. Normalmente venía con su guitarra acústica y le tocaba alguna canción, creyéndose capaz de hacerlo regresar de sus sueños. Aunque nadie lo supiera, Pedro se divertía escuchando a su hermano. No llegaba a distinguir la música, pero sus sueños se vestían de intensos colores mientras la voz de su hermano se filtraba hacia su paisaje onírico. Juan echó un vistazo a los pasillos, cerró la puerta y abrió la ventana. Empezó a liarse un porro.

– ¡Tío! No sabes lo que te vas a perder. Si no consigo hacerte despertar esta noche no vas a llegar a tiempo de ver el eclipse. Eclipse total de sol en Barna, tío. Mañana a las once. Si no te despiertas dudo que vuelva a suceder en lo que te queda de vida. Yo quizá sí vea otro, ya que soy dos años más joven que tú. Pero tú… lo veo difícil, nen. Además, hay un montón de colgaos por ahí diciendo que se va a acabar el mundo. Y para que veas lo que te quiero, a horas del juicio final, estoy aquí fumándome un porro con mi hermano en lugar de estar por ahí follándome a una golfa. Esto es amor tío. Puro amor. – terminó de liar el porro y se acercó a la ventana para fumárselo. Lo encendió y le profirió una larga calada. La marihuana crepitó mientras se consumía. Juan exhaló el humo en una voluminosa nube que se perdió entre la oscuridad de la noche. – Esta vez, y en vista de que será mi última oportunidad, en lugar de tocarte una canción para levantarte, voy a tocarte una nana. No preguntes, tío. Pero creo que quizá una canción para dormir consiga lo que no han hecho todas las demás. Una canción de cuna te devolverá a la puta infancia. Directo al hipotálamo, nen, si eso no hace que te levantes, me rapo las rastas. – dijo sin tener mucha idea de lo que era el hipotálamo. Cogió su guitarra y, con el porro aún en la boca, como un experto fumador inmune al humo, empezó a tocar una canción de Lagarto Amarillo. Concretamente aquella titulada “Nana”.

Para dónde fue a nacer

no está mal nacer con vida.

No es que abunde la comida

pero hay que intentar crecer.

Ahora duérmete, que quien sobreviva

tiene to que aprender, tal vez algún día.

¡Salta al descampao con la rama partía!,

¡Monta to el escándalo y echa a correr!

Nunca mires ya la mirada perdida

si alguien no te trata bien.

No juegues a enloquecer,

no sabes quien ganaría.

Tú disparas la salida,

veinte o treinta años después.

Y ahora duérmete, que es todo mentira.

tienes to que aprender, tal vez algún día.

¡Salta al descampao con la rama partía!,

¡Monta to el escándalo y echa a correr!

Nunca mires ya la mirada perdida

si alguien no te trata bien.

Juan dejó de tocar y le propinó una larga calada a su liado. Echo el humo hacia el techo y soltó el mastil de la guitarra para acariciar la mejilla de su hermano.

– Y ahora duérmete, Pedro, que todo es mentira.

Pedro soñó que le compraba cerveza a su hermano pequeño. Soñó cómo le enseñaba a su hermano a liarlos. Soñó con un abrazo.

Punto.

Sonia, su novia. Su exnovia. Entró en la habitación a las cinco de la madrugada. Lo besó y se marchó con un sencillo “cuídate”. Esa noche se cumplían los ocho años del accidente. Ambos, uno el primer amor del otro, se extrañaban en sus realidades. Sonia añoraba a Pedro. Pedro soñaba a Sonia.

Pedro soñó con una espalda desnuda. Soñó con dulces fragancias.

Punto.

Gloria Jiménez recorría con el pulgar las cuentas de su rosario católico. Llevaba desde las siete de la mañana allí. Se cumplían ocho años desde que su Pedro dejó de reír. Aún así, el semblante en paz de su hijo parecía siempre irónicamente complacido. Como si el castigo de estar atado a una cama no fuera tal. Como si finalmente hubiera alcanzado la plenitud. En un sueño perpetuo. Gloria afeitó y peinó a su hijo, le lavó la cara y los dientes, como hacía siempre, con la profesionalidad de una enfermera y el cariño de una madre. Había hecho del propio Pedro un altar, y el joven permanecía siempre impoluto, inmaculado. De vez en cuando, limpiando sus legañas, los ojos de Pedro se abrían al tirar de sus párpados y a Gloria le recorría un fulgor eléctrico desde el estómago en todas direcciones. Contemplar unos ojos que no ven, que no miran nada, los ojos de un cuerpo inanimado, los de su hijo inanimado, le resultaba terriblemente perturbador. Cada vez que esto sucedía trazaba el crucifijo ante ella.

Le había pedido cada noche a Dios que permitiera a Pedro levantarse. Que cinco años habían sido suficiente castigo, seis, siete, y ahora ocho. La situación de su hijo la llevaba en numerosas ocasiones a cuestionar su fe, pero en cuanto se alejaba del concepto “no hay Dios” un miedo primordial oprimía su pecho y volvía a ampararse en su religión para salvar esa sensación de vacío, de libertad a la deriva. Prescindir de las fuerzas superiores que rigen el universo borraría de un plumazo todas las respuestas que Gloria había atribuido a todas las desgracias y alegrías de su vida. Gloria juntó las manos, para rezar frente al regazo de su hijo

– Padre nuestro, que estás en el Cielo. Ruego me perdones por dudar en tantas ocasiones de ti. Pero las pruebas a las que sometes mi alma son numerosas y difíciles. Agradezco cada uno de tus golpes que sé que adjudicas a sabio juicio para borrar las impurezas de mi persona. No he sido bien seguro la mejor de tus creyentes, pero he actuado siempre rigiéndome por la honradez. – Gloria ignoraba la mentira en sus palabras, pues siempre había justificado sus mentiras. La traición a sus amigas. Los quebraderos de cabeza por los que había hecho pasar a su marido y sus hijos. Gloria era una persona caprichosa y exigente, envidiosa, pero totalmente ignorante de sus defectos. A sus ojos, era una persona decente rodeada de hombres y mujeres viles y malintencionados. Realmente lo creía. Así era su realidad. Pero amaba a su familia y nunca le procuró ningún mal. – Y ahora ruego tu perdón. Perdón anticipado puesto que dirigiré mis plegarias a un falso ídolo. Lo he probado todo, y esto tan sólo es uno más de mis sacrificados intentos de procurar el bien a mi hijo Pedro. Puedes juzgarme por ansiar la felicidad de los míos pero no permitiré martirizarme por pensar en la oportunidad que quizá dejé escapar. Hoy subiré a la azotea y le pediré al eclipse que despierte a mi hijo. Un fenómeno como tal sólo puede ser obra tuya. Lo consideraré como un gran ojo tuyo, Señor. Y espero que a través del milagro que crearás en el cielo puedas verme arrodillada y suplicando que levantes a mi hijo como hiciste con Lázaro. Te confío a mi hijo Pedro, mi Señor. Toma mi vida en esta mañana de marzo si lo consideras necesario, pues no puedo pagar más alto precio, y Pedro se merece caminar por este mundo que nos has regalado mucho más que yo. Me encomiendo a ti, Dios Padre. Te encomiendo a todos los míos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Gloria se levantó, besó el rosario y lo colocó en la muñeca de Pedro. Después, marchó hacia la azotea.

Pedro soñó que dormía en la calidez del pecho materno.

Punto.

El eclipse paralizó Barcelona. Aquel jueves de marzo todos miraron al cielo. Todos menos Pedro Jiménez, que soñaba. Soñaba con un cielo negro y un halo blanco. Soñaba con aquellos que, como él, no contemplaban el eclipse. Soñaba con Henry Noland, que contemplaba su cadáver envejecido. Soñaba con Leo Barvassi y su público enmudecido, que alzaba sus mecheros mientras el guitarrista cerraba un concierto magistral con una balada a la luz de la noche que había creado la luna para él. Soñaba con Matías “Virutas” Alcázar, que cumpliendo su deber fue transportado en el tiempo. Soñaba con Derek Burnham, y sus ojos de dos colores, intentando detener una tragedia. Soñaba con Johan Bjarnarson, metiendo un brazo por la manga de una chaqueta de pana beige en un día que duraría más de veinticuatro horas para él.

Pedro se incorporó en la cama. Estaba agotado y desorientado. Miro a su alrededor un jueves de marzo a las once de la mañana. Pero como todavía era de noche, volvió a dormirse.

Coma.

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

2 responses to “Punto y coma

  • sebastian

    he leido de nuevo este relato despues de dos años , y me parece de los mas trabajados hasta ahora .

  • greyshock

    Este lo estoy mandando a conccursos a ver si saco algo de él. La verdad es que tiene un par de años ya, pero sigue siendo de los mejores.

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