Virutas de chocolate

Podemos reconocer el auténtico placer en aquellas cosas que al producirse nos hacen cerrar los ojos. Un acto inconsciente, el deseo de sumirnos en la completa oscuridad para que ninguna otra clase de estímulo nos distorsione el momento. Nos arrancamos los ojos para cederle el protagonismo a nuestra lengua, a nuestros oídos, a nuestro olfato, al maravilloso tacto que pueda percibir nuestra piel. Nos alienamos por completo, fugándonos por ese instante de la persistente realidad, reduciendo nuestro universo a un beso de amor entre nuestro ser y un sabor, un sonido o una fragancia.

Un pequeño cilindro negro, al introducirse en un tierno cuerpo humano, era el responsable en ese mismo instante de una de esas experiencias que van más allá de la mera cognición. En la completa oscuridad, un destello de pasión que nacía desde el estómago voló hasta la nuca haciendo suspirar sonoramente a su anfitrión. A este cilindro se le unieron varias decenas más de ellos que se fundieron en un baile de sabor en la boca del agente Matías Alcázar, tras propinarle un nuevo bocado a su caña de chocolate. Abrió los ojos, trayendo consigo una sonrisa de su regreso de la oscuridad y, con una serena calma, alcanzó su café servido en vaso de papel para darle un lento trago, dejando que la sustancia amarga bañara las virutas de chocolate que se deshacían en su boca. Separó una de las diez servilletas que había cogido en la cafetería y se secó el bigote goteante de migas y café con profesionalidad.

Matías era policía, policía de oficina. Pasaba el día en la central con su uniforme, procesando datos, reduciendo a algún que otro detenido rebelde –el punto más álgido del día- y tomando pastas y café. Estaba gordo, muy gordo, más que estarlo, se podría decir que lo era. También era grande, cerca de los dos metros. Su forma esférica sugería que podría generar su propio campo gravitatorio alrededor. Si fuera americano, se podría afirmar que Matías Alcázar perseguía con esmero el canon impuesto por un viejo guión de Hollywood sobre como debería ser un policía. Su afición por la pastelería provocaba que muchas veces llevara adheridos pequeños trozos de chocolate en las mangas o en los muslos del uniforme. Esto lo había hecho merecedor del título “el Agente Virutas”, mote bastante popular entre los miembros del cuerpo, los que rara vez se cortaban en emplearlo. A Matías parecía no importarle; solía atender a cualquiera que lo requiriera con una sonrisa, y su personalidad afable y altruista hacía que difícilmente nadie empleara este apodo (ni cualquier otro) de forma despectiva. Matías comía como tres familias, pero empleaba un número proporcional de horas en el gimnasio de la policía. Sudaba lo suficiente a diario como para ser declarado manantial natural, pero lo contrarrestaba con la cantidad ingente de calorías que devoraba en una sola jornada. Sin embargo, todo ese ejercicio, si no para tener una figura esbelta, le servía para no resollar con tan sólo subir un tramo de escaleras, ni tampoco hacía impensable que pudiera pegarse alguna carrera si la situación lo requería. Tanto entrenamiento había enterrado entre sus lorzas una poderosa musculatura capaz de poner en funcionamiento semejante armadura de manteca, exclusivamente, por supuesto, si la situación lo requería. Matías no era un vago, pero tampoco era alguien demasiado inquieto que digamos.

Era un día ajetreado, así que el momento de placer fue breve. Matías engulló lo que quedaba de su pasta de chocolate y la hizo bajar terminándose de un trago el café. Unas cuantas virutas de chocolate saltaron hacia su pecho, aferrándose como una nueva medalla a la camisa azul. Un montón de chalados que proclamaban a viva voz la proximidad del Apocalipsis estaban sembrando el caos en la ciudad. Paralizaban el tráfico, cortando las calles con grandes pancartas que anunciaban el juicio final, iniciaban grandes hogueras en parques públicos quemando mobiliario o, por ejemplo, participaban en notables orgías a plena luz del día. Precisamente ahora entraba en comisaría una partida de pirómanos detenidos tras haber apilado docenas de neumáticos en plena plaza Cataluña, haberlos rociado de combustible y haberles prendido fuego. Detenidos por causar la alteración del orden público, además de una curiosa y, todo hay que decirlo, artística columna de humo negro en el centro de Barcelona. Tratar con esta gente no era precisamente fácil. Eran obstinados, alterables y, lo peor de todo, aleatorios. Matías se preguntaba dónde se habían escondido todo este tiempo. Cómo diantres lo habían hecho para pasar desapercibidos entre los ciudadanos. Si es que estaban locos hasta antes del eclipse, puesto que no veía a la señora Dolores Guzmán como parte de un movimiento catastrofista radical. Pero ahí estaba, esposada frente a su mesa, una mujer octogenaria vestida como si hubiera decidido ir al mercado a por especias y hubiera terminado decantándose a media mañana por pintarse la cara y provocar un incendio a plena luz del día.

– Retenernos aquí no retrasará el fin del mundo, agente.

– ¿Perdone? – Matías apartó la mirada del monitor de su ordenador donde comprobaba que, hasta ahora, el expediente de Dolores Guzmán no poseía antecedente alguno.

– Debería estar haciéndole el amor a su mujer en lugar de estar aquí procesándome mientras el mundo se va al garete. – La señora examinó el anular del policía y observó que no portaba anillo de casado – O tal vez haciéndoselo a su perro.

– Por favor, señora Guzmán, respétese a sí misma.

Dolores liberó de su pecho una sonora carcajada que heló la sangre de Matías, evocándole viejas películas de su infancia.

– No me hable de respeto cuando se ve a simple vista que usted se ha perdido el respeto a sí mismo, por lo menos a su cuerpo. – respondió la vieja sin ocultar en su mirada el deseo de ver como acababa de herir al gordo. Para decepción de la señora Dolores, el Agente Virutas sonrió.

– ¿Qué le resulta tan divertido? – Exigió saber la anciana.

– Disculpe. Es que la estampa – dijo Matías aderezándose el bigote – es cuanto menos curiosa. Y su pintura facial en contraste con su formal manera de vestir es inevitablemente divertida.

– ¡Le voy a borrar esa sonrisa de la cara hijo de puta! – La mujer se alzó de la silla dispuesta a herir a Matías, aunque fuera a dentelladas. El policía miraba atónito como sus compañeros reducían a la anciana y la sentaban esposada en un rincón.

– Madre del amor hermoso, lo que hay que ver… y oír. – Clamó el agente Matías, y sacó un bollito del cajón del escritorio.

Matías hundió sus fauces en el cuerpo blando de su tentempié, atento al momento en el que la punta de su lengua iniciara la agradable misión de comunicar al cerebro cuán dulce era ese estímulo. El sonoro aterrizaje de una revista sobre su mesa interrumpió el segundo bocado. Se trataba de la revista “Millénaire coup”, en cuya portada aparecían los restos fosilizados de lo que, según intuía Matías a través del titular con sus vagos conocimientos del francés, podría ser un ave alienígena.

-¿Qué es esto? – preguntó el hombre con una sonrisa refugiada bajo su bigote.

– Página 18 – se limitó a anunciar el agente Pau Migjorn.

Matías empezó a hojear la revista en pos de la página mencionada. Pau era otro poli de oficina. Veintitrés años de edad, constitución atlética, y una gran afición por los blogs y las comunidades online. Este hecho le había permitido atesorar a su relativamente corta edad una gran cantidad de anecdóticos conocimientos que, a pesar de no hacerlo ducho en ningún tema, le permitía aderezar sus conversaciones con numerosas referencias y datos de divertido interés que amenizaban sin duda cualquier cruce de palabras con él. Matías llegó a su destino. Tan sólo pudo ver una imagen de un eclipse y varias líneas subrayadas con rotulador.

– Me vas a disculpar pero, como dijo Bruce Willis en el Quinto Elemento: yo sólo sé dos idiomas…

– Normal y con tacos. – terminó la frase Pau. – Y dudo que tú sepas emplear el segundo.

– Te sorprenderías. Pero dudo que nuestra profesión lo requiera. Bueno, ¿qué leches pone aquí?

– “¡Leches!”. Para el carro, vaquero. Que luego mi madre se pregunta dónde aprendo ese lenguaje soez. – el agente Migjorn sonrió y señaló un párrafo del artículo con el dedo, aún sabiendo que su compañero no era capaz de leerlo. – He estado investigando acerca de este tema del eclipse, y sí, hace meses que sabemos que se aproximaba, pero… – Pau hizo una pausa intentando cargar de dramatismo su conclusión. – también hace nada más que unos meses que lo predijeron en los observatorios. – Terminó el agente, con una mueca severa en su rostro. Matías sonrió.

– ¿Y qué?

– ¡Cómo que “¿y qué?”! El acontecimiento de estos fenómenos es bien sabido desde muchísimos años antes a su aparición. Es más, ¡Se conoce la fecha y la hora de eclipses a los que ni siquiera llegaremos vivos para verlos! ¡Joder, tengo por seguro que se conoce cuando se producirán el resto e eclipses mientras los planetas se mantengan en sus órbitas!

Matías rió abiertamente – ¡Qué bueno! ¡Se les habrá pasado!

– ¿¡Tú te oyes maldita pelota ignorante!? – Dijo Pau sin desdén alguno. – Y toda esta gente aquí… quizá el fin sí que esté cerca.

Ambos policías cruzaron sus miradas y tras un segundo dominado por el silencio rompieron a reír.

– ¡Faltan cinco minutos para el eclipse! – exclamó uno de los pirómanos a viva voz entre el ajetreo de la comisaría.

– ¡Pues tendrás que verlo por Youtube me parece a mí, porque de aquí no se mueve nadie! – replicó un agente provocando alguna que otra risa entre los del cuerpo. Al parecer aquella estresante mañana se les antojaba divertida a la mayoría. Los agentes desocupados, sin embargo, sí que salieron a presenciar el eclipse, dejando a sus compañeros en una extraña situación. A pocos minutos de dar comienzo el tan esperado fenómeno, cesó el alboroto en la comisaría, para dar paso a algo mucho más inquietante que el mero jaleo.

Como si lo hubieran estado ensayando, todos los detenidos relacionados con los altercados generados en torno al eclipse bajaron sus miradas y, los que tenían las manos libres, las entrelazaron bajo su barbilla. Tan sólo un silencio de cinco segundos precedió a unos rezos solemnes y sincronizados del grupo de alborotadores. “Alea jacta est” repetían una y otra vez entre murmullos que sumados formaban lo que parecía la voz de un ser omnipresente en la estación de policía.

Matías tragó sonoramente sin apenas haber masticado el pedazo de bollo que acababa de morder. Una garra compuesta de terror y sorpresa a partes iguales aferró sus entrañas al ver que bajo la pintura facial, los ojos de la anciana señora Guzmán estaban clavados en él mientras repetía sus rezos con una siniestra sonrisa de satisfacción en sus labios. El bollito se escapó de entre los dedos del policía y cayó, casi a cámara lenta, de su mano hasta el suelo.

El policía sintió como un incipiente hormigueo precedía a una sensación tan agradable como perturbadora: todo el bello de su cuerpo empezó a erizarse, de forma progresiva, como el público haciendo la ola en las gradas de un estadio y, lo más perturbador de todo, todos apuntaban en una misma dirección: los calabozos. Cuando el hormigueo alcanzó su punto más eléctrico (y Matías pensaba que estaba a punto de estallar, literalmente) se detuvo de una forma tan súbita que el policía se preguntó si había muerto. Contempló el reverso de sus manos y vio como el bello iba volviendo lentamente a su posición original. Parecía como si lo acabara de atravesar un fantasma, o esa era la descripción más acertada a la que le llevaba su imaginación. Se escucharon dos pequeñas explosiones, posiblemente disparos. Y de pronto un apagón. Adiós a la luz, incluso a la de emergencia.

La máxima duración de un eclipse total de sol es de 7 minutos y 31 segundos. Y durante ese periodo de tiempo la comisaría iba a sumirse en la completa oscuridad. Oscuridad que iba a exaltar los sentidos de los allí presentes, a cederle el protagonismo a la lengua, al olfato, al tacto, y a los terribles sonidos que pudieran escuchar sus oídos, los cuales su imaginación se encargaría de convertir en constantes y posibles amenazas. Prisioneros de unos instantes crueles que no tendrían nada de instantáneos, haciendo que cualquier roce accidental fuera alarma suficiente como para propinar un golpe o, en función de la paranoia que germinaba en los agentes en medio de la oscuridad y los rezos susurrados, un disparo. El oído aumentado de Matías percibía el sonido metálico de los seguros siendo retirados de las pistolas de sus compañeros. El Agente Virutas pudo visualizar entre ráfagas de luz, como en una discoteca, fotogramas de una masacre.

– ¡Basta! ¡No os matéis! – gritó, haciendo que en la penumbra se escucharan muchas armas apuntando en su dirección. La matanza que se había sucedido ante sus ojos tan sólo había sido una agria alucinación, producto de la extrema tensión. Matías notó como una película de sudor frío lo iba empapando. Los susurros iban, poco a poco, convirtiéndose en murmullos.

– ¿Qué pasa Virutas? ¿Te da miedo la oscuridad? – Comentó uno de los agentes, volviendo a colocar el seguro. Como un mago que retira el pañuelo de su mano, el velo de la tensión se esfumó con unas modestas risas. Sólo habían transcurrido cuarenta segundos, y de no ser por el grito desconsolado de Matías, en el segundo cuarenta y dos estarían todos muertos. En seguida, alguien encendió una linterna, y la idea pareció gustarle al resto, que alumbraron la escena del mismo modo.

Los detenidos continuaban tal y como los habían dejado, salvo que sus “Alea jacta est” ya rozaban un volumen musicalmente perturbador y ahora, iluminados desde tantas direcciones por la luz amarilla de las linternas, cobraban un aspecto ciertamente satánico.

El pensamiento de Matías voló inmediatamente hacía los calabozos, y esos dos estallidos, posiblemente disparos, que se habían escuchado momentos antes del apagón. Echó mano al llavero de su cintura y se encaminó con paso decidido hacia el lugar.

– ¿Dónde vas, gordo? – inquirió su compañero y amigo Pau.

– Antes he escuchado disparos – adujo Matías – voy a echar un vistazo.

– Déjalo tío, dentro de cinco minutos volverá la luz, al menos la del día. Ya entraremos entonces. Además, están cerrados bajo llave, seguirán ahí cuando vuelva el sol.

– Puede que alguien me necesite ahí dentro. Y puede que me necesite ahora, y no dentro de cinco minutos. Voy a entrar. – Sentenció el agente.

– Espera. Llévate al menos una linterna. – sugirió su compañero.

– Una linterna ahí dentro me haría ciego, y un blanco fácil además. Entraré a oscuras, y seré tan invisible como ellos. – Y con todo el aplomo que pudo reunir se encaminó hacia los calabozos.

La llave encajó en la cerradura lentamente. Matías intentaba minimizar el ruido metálico de su llavero. Amortiguando la apertura de la reja en la medida de lo posible, el policía accedió al corredor de los calabozos, dónde los rayos del sol no llegaban ni aún en los días más brillantes. Mientras avanzaba entre las sombras, agradeció alejarse de aquellos cánticos terroríficos. Desconocía el funcionamiento de las luces de emergencia, pero creía saber que estaban ideadas precisamente para estos casos, así que no se le ocurría qué podría haberlas inhabilitado. Recordó el hormigueo magnético que lo atravesó y dudó en si cargarle la culpa.

El lugar estaba extrañamente silencioso y eso lo incomodaba, ya que ahora sus oídos conformaban, con la pobre ayuda de su olfato, su principal medio de percibir el entorno. Adelantó los brazos mientras se desplazaba lenta y silenciosamente, como un caracol desplegando sus antenas, en cuanto sus dedos chocaban con un objeto replegaba el brazo, exactamente como un caracol. Finalmente, sus peculiares antenas detectaron algo relevante: la reja de la primera de las celdas estaba abierta. No podía escuchar a nadie respirando en su interior, así que seguramente no habría nadie en ella, al menos nadie con vida. Dedujo que muy probablemente el resto de celdas tampoco iban a estar cerradas. No es escuchaba a nadie, sólo los lejanos versos en latín que recitaban los pirómanos en el exterior. Era imposible que se hubieran volatilizado, así que decidió adentrarse hasta el final del corredor. Para llegar a tal punto iba a tener que doblar dos esquinas totalmente a ciegas. Avanzó palpando las celdas con su mano izquierda y la diestra cerca de la porra, por si acaso. Matías tenía la sensación de que en cualquier momento alguien (o algo) iba a aferrar su brazo a través de los barrotes. Intentó ahuyentar a sus fantasmas concentrándose en el cumplimiento de su deber, pero solo consiguió mantenerlos a su espalda, aún riéndose entre dientes de él. A medida que avanzaba pudo comprobar como, efectivamente, el resto de celdas también estaban abiertas. Cada tramo de celda abierta, cada tramo sin rejas por las que guiarse, a Matías lo asediaba una profunda sensación de desamparo, a merced de lo que la oscuridad le tuviera reservado. Cuando sus dedos volvían a palpar los fríos barrotes que le daban continuidad a su ruta se sentía ficticiamente a salvo. En los dos minutos que tardó en recorrer el primer tramo casi le atribuyó una identidad familiar a las barras de acero, saludándolas mentalmente con gratitud en su reencuentro. Y aún le quedaban cinco minutos de eclipse por delante. Y lo peor de todo, al terminar el eclipse, seguiría estando a oscuras.

Finalmente, tras doblar la primera esquina, los cánticos empezaron a sustituirse por murmullos y alguna que otra tos más allá de la siguiente esquina. “Bien, no se habían volatilizado”, estaban todos agrupados al final de los calabozos; y alguien les tendría que haber dejado hacerlo, puesto que las celdas no estaban forzadas: las habían abierto utilizando su llave.

Matías decidió prescindir de los barrotes para avanzar y continuó su camino sigilosamente a través del pasillo confiando en su sentido de la orientación. Se retiró momentáneamente la gorra del uniforme y enjugó el sudor que rociaba su pelo. El terror paranoico que le estaba ofreciendo su imaginación estaba siendo sustituido por un miedo bien real: varias docenas de detenidos, posiblemente armados, coordinados contra él entre las sombras. Fueran quienes fueran los que le aguardaran al final del pasillo, la oscuridad no los arropaba sólo a ellos, y refugiándose en esta idea avanzó, como el gordo más invisible del mundo.

Tras doblar la última esquina se encontró a la cola de una procesión que se agolpaba hacia el final de los calabozos. Matías se unió a la cola, como el policía uniformado más invisible del mundo. Al fondo a la derecha, desde la última celda, emergía un tenue resplandor que a duras penas permitía a los ojos dibujar siluetas borrosas que se entremezclaban en el largo pasillo. Este pequeño atisbo de visión despertó la sed de sus ojos que empezaron a devorar cuanta luz podían atrapar, embotando así el resto de sus hasta hace poco redescubiertos sentidos. Matías se obligó a cerrar los ojos para no distorsionar su percepción a través de las siluetas en la penumbra que invitaban a imaginar todo tipo de realidades. Tras esto, sus oídos empezaron a hablarle.

– ¿Quién es ese tipo?

– No lo sé, y tampoco quiero saberlo. Sólo sé que nos ha sacado de las celdas.

– ¿Y qué está haciendo?

– ¿Vosotros también habéis visto como ha entrado? Ha sido alucinante.

– ¿Sabéis de dónde viene?

– ¿Se va a cargar al chalado de la última celda?

– Dice que le guardemos las espaldas, ¿Pero de qué?

– De mí. – Matías había escuchado lo suficiente como para saber que tras el tumulto había alguien que necesitaba su ayuda.

Los congregados se dieron media vuelta y no alcanzaron a ver nada más que oscuridad. Quizá porque la silueta del policía fuera tan grande que sus bordes parecían inconexos entre sí.

– Abridme paso. Ahora. – ordenó la oscuridad.

En un alarde estupidez, valentía, o ambas cosas a la vez, uno de los reclusos osó preguntar.

– Y si no ¿qué?

– Y si no… – Matías retrocedió tres largos pasos hacia atrás. Los que bloqueaban el paso intentaban adivinar de quién se trataba. Uno de ellos encendió una cerilla.

Como un pistoletazo de salida, el Agente Virutas empezó a cargar conforme el fósforo iba recorriendo la superficie rugosa que lo prendería en llamas. El primero de los tipos apenas tuvo tiempo de ver una gran mole bamboleante encabezada por un rostro hinchado por el esfuerzo antes de ser alzado en volandas y sobrevolar a la bestia que avanzaba por el pasillo. El resto se dispusieron en guardia para detener el avance de Matías.

Primero intentaron detenerlo cargando contra él. Pero Matías no sólo era gordo: era inmenso. Y fueron arrollados como quien pasa a través de la maleza.

A continuación intentaron hacerlo caer atrancando sus piernas agachándose ante él. Pero Matías no sólo era gordo: era fuerte. Y el simple avance de su espinilla bastó para hacer rodar a su oponente, proyectándolo hacia otros dos que también cayeron. Luego pasó por encima causándoles seguramente lesiones irreparables.

El siguiente lo intentó con algo más potente, y un tablón de madera impactó contra el pecho del policía. Pero Matías no sólo era gordo: era resistente. El tablón de madera se hizo añicos mientras su pecho se ondulaba como quien arroja una piedra a un estanque. Alzó el brazo en carrera y enganchó el cuello de su agresor, haciéndolo girar en el aire hasta caer de cara tras haber dado una vuelta completa.

Los restantes lo intentaron uniéndose entre ellos, cual melee en un equipo de rugby. Pero Matías no sólo era gordo: era imparable. Así que la inercia hizo el resto, derribando a los que quedaban mientras la mole azul se derrumbaba sobre ellos, y éstos amortiguaban su caída.

Matías se levantó, ya en el final del pasillo, dejando tras de sí una muchedumbre quejumbrosa.

El leve resplandor provenía de la linterna que colgaba cual medalla del pecho de lo que podría describirse como una mezcla entre unidad SWAT y un agente antidisturbios sin escudo. Estaba asfixiando contra la pared a uno de los lunáticos con la cara pintada en su celda.

Alea jacta est! ¡Alea jacta est! – repetía una y otra vez con lo poco de voz que le permitía emitir el guante de cuero que apretaba su cuello.

– ¡Deja esa mierda y dime el código, desgraciado! ¡O te mataré! ¡Te mataré y regresaré cinco minutos antes para volver a hacerlo! – Amenazaba el hombre acorazado inútilmente mientras el lunático continuaba en su empeño por recitar su frase.

– ¡Deje a ese hombre! ¡Es una orden! – Interrumpió el policía.

El SWAT se giró y la linterna de su pecho deslumbró a Matías, que sólo alcanzó a ver un ojo azul y otro verde a través del casco y el pasamontañas del desconocido.

– Mierda. – murmuró el individuo, y rápidamente fue a echar mano al subfusil que portaba enfundado bajo la axila.

Matías se anticipó a la jugada y lanzó un potente puñetazo contra la amenaza. De forma refleja, el desconocido interpuso su brazo izquierdo al golpe que impactó de lleno en su muñeca. Tras esto, un dispositivo parecido a un reloj se iluminó en la mano del agredido, emitiendo un sonido agudo y ascendente, como cuando se carga el flash de una cámara. Se produjo un fogonazo que cegó a todo el mundo, y lo último que quedó en las retinas de Matías fue la mirada asustada y bicolor de su adversario. Y entonces el sonido de dos explosiones, posiblemente disparos.

Se encendieron las luces de emergencia con un parpadeo, y en la pared sólo quedaba la sombra descomunal de Matías tatuada en la pared, cual víctima de Hiroshima. Ni rastro del policía, y ni rastro del desconocido. Tan sólo, como dulce prueba de lo sucedido, yacían en el suelo tres virutas de chocolate.

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

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