“Eclisse di sole”

Hay conciertos que crean leyenda. Conforman parte de la historia. Su nombre queda grabado en la conciencia popular. Trascienden al mismísimo tiempo, y el paso del mismo no hace más que alimentar su leyenda. Jamás olvidados, por siempre en marcha, inmortales, haciendo perdurar sus melodías en un eje muy diferente al creado por el maldito tiempo. Los que estuvieron allí para contarlo jamás podrán borrar de su mente ninguna forma, ningún olor, y ni mucho menos, ningún sonido. Los que no estuvieron siempre desearán haberlo presenciado, incluso los que ni siquiera habían nacido para poder haberlo hecho. Leo Barvassi era consciente de todo esto mientras afinaba su guitarra en el backstage.

Los dedos le temblaban al hacer girar las clavijas que modificaban el sonido de sus seis cuerdas. Sentía que no tendría fuerza suficiente para ponerse en pie cuando pronunciaran su nombre. Se preguntaba seriamente si sus rodillas no cederían simplemente ante el peso de tanta tensión. Dicho peso parecía bien lejos de la metáfora. Sentía sobre sus espaldas la voz del público, el murmullo grave e inquieto que precedía al estallido de emoción que se desataría en cuanto apareciera sobre el escenario, y creía que iba a aplastarlo de un momento a otro. Se preguntaba si Jimmy Hendrix llegó a sentir algo parecido allá en Woodstock. Sonrió ante tal pensamiento y una gota de sudor se deslizó hasta la comisura de sus labios. Leo la recogió con la lengua y saboreó la sensación salada de su pánico. Por un momento abandonó el escenario, dejando atrás su cuerpo, como una carcasa vacía, y viajó atrás en el tiempo, completamente ajena su mente a que tan sólo era una ilusión. Leo abrió los ojos y estaba sentado en la parte de atrás de una furgoneta, allá en Italia, en la ciudad de Florencia.

La primera vez que Leo sintió que no podría levantarse fue en 1972, con diecisiete años. Aunque esta vez el murmullo de fondo no lo generaba una muchedumbre enfebrecida, si no tan sólo los grillos que interpretaban sus conciertos particulares en el aparcamiento trasero de un bar musical de, digámoslo así, poca monta. Leo afinaba su guitarra, justo como le había enseñado su maestro, exactamente igual que lo haría 37 años después en el backstage del escenario desplegado por su equipo en el Fòrum de Barcelona. Su tío le había conseguido un bolo en el local de un socio que le debía dinero. “Eclisse di sole”, nunca podría olvidar esas tres palabras resplandecientes escritas en un cartel de neón azul y rojo.

Desconocía quien habría esperando frente al escenario. Qué clase de personas estarían sentadas en torno a esas mesas redondas, expectantes entre el humo y las luces del local, jueces y verdugos de su actuación. Pero él esa noche no tocaba para ninguno de ellos. Sería una interpretación frente a una única persona. Marco Stella estaría en una de esas mesas, meciendo su trago y guardando un sepulcral e inexpresivo silencio hasta el final de la noche, cuando revelaría su veredicto, quizá no del todo definitivo, sobre el joven Leo Barvassi. El señor Stella era un cazatalentos, un representante, disfrazado de gángster de los años veinte, fumador habitual de grandes y, según para quien, malolientes puros. Era mucho menos importante de lo que sus hábitos e indumentarias pretendían aparentar, pero esta noche para Leo era lo más cercano al soberano del mundo, de su mundo.

En la furgoneta Leo se invitaba una y otra vez a abandonar. A convertir su pasión en un hobby. A transformar su vocación en un elemento para amenizar los encuentros con amigos, a devolver todo este asunto al momento anterior al que aparecieran las náuseas, las lágrimas y los quebraderos de cabeza.

– Hacía tiempo que no veía esa cara.

Un anciano Marco Stella trajo de nuevo al presente a un ya no tan joven Leo Barvassi. Al guitarrista estas palabras le sentaron como un cubo de agua fría. Por alguna extraña razón le resultó terriblemente confuso escuchar a su manager y viejo amigo hablar en inglés, incluso le costó unos segundos entender lo que le había dicho. Leo se detuvo a reflexionar sobre cuanto tiempo hacía que ni tan siquiera pensaba en italiano. Por unos minutos había vuelto a su adolescencia, y la regresión desde ese punto hasta el presente lo había paseado a una velocidad vertiginosa a lo largo de toda su carrera, cargando consigo alguna que otra secuela. Había viajado en un tren que no tenía parada en ninguna estación, y por la ventanilla podía contemplar desde el primer momento que cogió una guitarra: todos sus conciertos, toda la gente que había ido modelando su carrera con sus acciones, con su simple existencia, las amistades creadas, afirmadas y disueltas, así como los amores, como si las relaciones tuvieran su propio ciclo vital y al terminar dejaran un bello cadáver en tu memoria. Por el sistema de comunicación del tren iban sonando diferentes canciones, ninguna era suya, pero todas tenían algo que hacían erizar el bello de su nuca y evocaban nuevos recuerdos que aguardaban expectantes tras cada una de las estaciones, volando fugaces tras la ventanilla.

Leo Barvassi se preguntó cuantas de sus canciones sonarían en el tren de los demás, de todos aquellos que coreaban sus letras y melodías entre el público, y que habían atado su música a sus recuerdos más importantes. ¿Cuánto bello habrá erizado el sonido de su guitarra?

Leo se puso en pie, sus piernas eran ahora un par de fuertes robles, capaces de soportar el peso del mundo, como si él ahora fuera el mismísimo Atlas. El guitarrista dedicó una sonrisa a su manager, de profunda y sincera alegría, como la de un niño que está a punto de cruzar el umbral del parque de atracciones, y Marco Stella retrocedió un paso arrollado por la fuerza de su expresión. No hizo falta decir nada más. Leo aferró su guitarra por el mástil y marchó hacia el escenario, antes de que ni tan siquiera lo anunciaran.

El público estalló en un tornado de euforia que hizo vibrar, literalmente, el pecho del viejo rockero.

Leo alzó un puño, golpeando el firmamento celeste de la ciudad catalana. El gentío empezó a corear su nombre. Sobre él, a veinte metros de altura, sobre los focos, sobresalía un cartel que rezaba “Eclisse di sole”. Exactamente las mismas letras que lo vieron nacer sobre un escenario. Y es que de forma totalmente fortuita, uno de sus conciertos de la gira 2009, concretamente éste, había coincidido con la disposición idónea de los planetas para bañar el escenario bajo la sombra mágica de un eclipse. El equipo de marketing había decidido disponer el evento de forma que coincidiera el final del mismo con la formación del eclipse, y tratar este concierto como uno al margen del resto, al margen del resto de la gira: Eclisse di sole, directo a DVD.

Sin esperar al OK del equipo técnico, ni a que el resto de los músicos que lo acompañarían estuviera preparado, Leo Barvassi conectó su guitarra, subió el volumen y tras hacer sonar una cuerda deslizando el dedo desde el extremo a la base del mástil comenzó a deleitar al público con una melodía improvisada, cargada de color y sentimiento, siendo ahora él quien, literalmente, hacía vibrar a los espectadores con los potentes altavoces dispuestos en el fòrum. El público no se atrevió a acompañarlo con palmas, estaban todos presos, sumergidos en la retahíla de notas que Leo componía con maestría, producto de una vida de sacrificio entregada por completo al instrumento que se mecía entre sus manos, y que él acariciaba como el mejor de los amantes, haciéndola gemir con el más musical de los orgasmos. Leo Barvassi silenció la ciudad condal, preludio de lo que sería un concierto legendario, de los que conforman parte de la historia. Esa clase de conciertos cuyo nombre queda grabado en la conciencia popular. Trascienden al mismísimo tiempo, y el paso del mismo no hace más que alimentar su leyenda. Jamás olvidados, por siempre en marcha, inmortales, haciendo perdurar sus melodías en un eje muy diferente al creado por el maldito tiempo. Los que van a estar aquí para contarlo jamás podrán borrar de su mente ninguna forma, ningún olor, y ni mucho menos, ningún sonido. Los que se lo van a perder siempre desearán haberlo presenciado, incluso los que ni siquiera han nacido aún para poder hacerlo. Leo Barvassi era consciente de todo esto mientras se convertía en el único sonido que podía escucharse en ese pequeño rincón del mundo. Eclipsando aquel día, al mismísimo “Eclisse di sole”.

Anuncios

Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: