Eclipse y café descafeinado

Era uno de esos días en los que a uno se le acumulan mil temas sobre los que reflexionar. Decisiones pendientes de ser tomadas, y todas ellas, de forma ineliduble, afectando las unas a las otras. Henry Noland insertaba a intervalos regulares un café en su organismo. No se podría decir que lo bebiera, dado que los mil asuntos que conformaban la tempestad que era ahora su mente impedían que lo tomara, y ni mucho menos que lo degustara. Permanecía sentado frente a su portátil, en la terraza de una cafetería de Barcelona, esperando a que un importante cliente se sentara frente a él y decidiera, quizá, en ese momento, si invertir o no cien mil euros en el proyecto que Noland traía desde la gran manzana. Henry trabajaba para una empresa de robótica denominada Vacuum Robotics of Gingletown. Nunca había oído hablar de Gingletown, y muchas veces Henry, entre tempestad y tempestad de cavilaciones paraba a preguntarse si existía realmente un lugar así y por qué demonios daba nombre a la empresa. Normalmente ese pensamiento terminaba en un pueblo fantástico donde toda la gente bailaba en corro y llovían caramelos.

Sin embargo ese día no había tiempo de viajar a Gingletown ni por unos breves instantes. Por si fuera poco, a su tormenta de ideas se agregaba una llamada Sidney, y no era ni mucho menos la ciudad (la cual le tocaba visitar la semana siguiente), era su novia. Su cándida, fiel, cariñosa y terriblemente estresante novia, Sidney, que aguardaba esa mañana en el hotel a la espera de que Henry regresara de su hora de los negocios para visitar las tres cuartas partes del total de comercios que conforman Barcelona y regresar con un buen puñado de bolsas a Nueva York. No estaban pasando por un buen momento, y eso acrecentaba las compras compulsivas de su amada, cariñosa y estresante rubia que podría haber sido sacada perfectamente de un catálogo de Victoria’s Secret. No era ni mucho menos la clase de persona con cuyo carácter encajara Henry a la perfección, pero su poderosa y perfectamente definida silueta hacía que el señor Noland, joven y emprendedor empresario de 27 años consumidor de cocaína, pasara por alto la mayoría de sus caprichos e impertinencias. Alimentaban, de algún modo, sus necesidades sociales de forma mutua. Sidney tenía alguien a quien mangonear, chantajear y vapulear; y Henry tenía alguien por quien ser mangoneado, chantajeado y vapuleado, que era terriblemente sexy. La mujer insistía en que el loft de diseño en el que vivían al otro lado del Atlántico no se correspondía para nada con las ambiciones actuales de Henry, las cuales, al parecer, designaba la misma Sidney; y Henry simplemente trataba de lidiar con el actual capricho de su adorable pareja al cual suponía que, tarde o temprano, acabaría accediendo.

A todo esto podemos sumarle las noches de sueño que le robaba su cuarta carrera en curso, que una vez conclusa le permitiría sin duda acceder a un despacho mayor, con más calificaciones colgando de la pared, y que acarrearía con él más quebraderos de cabeza con los que acelerar su caída capilar. Con suerte, de aquí a tan sólo dos años, podría ser un director ejecutivo calvo y gordo y con un par o tres de tics nerviosos.

Pero Henry todavía no era gordo ni calvo y allí seguía, haciendo deslizar el café por su garganta: Descafeinado de sobre con sacarina, pensando que quizá la cafeína alterara demasiado su estado, como si él mismo ignorase que fuera cocainómano.

– No tenemos mucho tiempo – Anunció alguien tomando asiento.

– Oh, créame, le gustará emplear unos minutos en observar nuestra propuesta. – Comenzó Henry girando la pantalla del portátil y alzando la vista. Su discurso quedó interrumpido al encontrarse a alguien completamente desconocido frente a él. “Un sicario”, pensó, “Me han enviado a un don nadie.”

– Hen, quiero decir, Henry, escúchame bien. Todo esto se sale del plan, lo sé, lo sé ¿de acuerdo? Pero es completamente necesario. Oh, mierda, no estás entendiendo nada, joder, pues claro que no, mierda. Verás, seré breve, y debes hacer un acto de fe.

– Pare el carro, amigo. – Henry examinó al tipo que había ocupado el asiento que estaba destinado para el magnate Arnau Vallverdú, director de Tecnologies la Vall. Era un hombre de cabello rubio oscurecido por la gomina, de piel clara y rasgos nórdicos, con un pequeño tupé repeinado hacia la izquierda. Iba embutido en una americana de pana beige con la que cubría un suéter negro de cuello alto. Noland clavó su mirada castaña sobre los ojos azul hielo del desconocido. – Estoy esperando a alguien importante, así que me temo que debería marcharse.

– Oh no, eso no va a pasar Hen. – El extraño aferró la servilleta de Henry y empezó a arrancar trocitos de forma ausente aunque compulsiva. Como si sus manos hubieran decidido dedicarse a algo mucho más interesante que obedecer a su dueño. – Vengo del futuro, así que yo te diré lo que va a pasar. Sí, lo he visto hacer otras veces, y servirá para que me creas. – El desconocido miró de forma sedienta a su alrededor, en todas las direcciones a la vez, si eso es posible. – ¡Atento! ¡Atención! ¡Tras esa esquina! ¡Está a punto de aparecer un grupo de majorettes!

Noland desvió la mirada y, efectivamente, tal y como él pensaba, dichas majorettes brillaron por su ausencia.

-¡Largo de aquí! – Inquirió el joven ejecutivo con la paciencia ciertamente colmada por semejante estupidez. El desconocido comprobó su reloj y le dio unos golpecitos por si se había estropeado.

-¡No! ¡Espera! ¡Ese camarero! – El camarero mencionado alzó la mirada al escuchar que lo nombraban – ¡Está a punto de caérsele la bandeja!

Henry, sin saber por qué, se giró a verificar la certeza de la predicción. No. No hubo accidente alguno. Se odió así mismo por caer dos veces en el juego de aquel loco. No habría una tercera.

– ¡No lo entiendo! ¡Esto ya ha ocurrido! O… puede que todo esté cambiando ya. Sin duda es eso. Estamos bien jodidos Hen. – El desconocido abrió los ojos como platos y se abalanzó sobre Henry, derramando lo que quedaba de su café sobre su regazo. – ¡Cuidado!

Noland se levantó bruscamente de la silla dejando caer al extravagante individuo de bruces al suelo. Fuera lo que fuera aquello sobre lo que trataba de prevenirle aquel tipo misterioso, no ocurrió. Henry empezó a arrancar servilletas del servilletero y a secarse con ahínco los pantalones.

– Se acabó. ¿Me oyes capullo? Levanta tu jodido culo de lunático de la acera y vuela o te juro que te haré tragar uno de estos parasoles. Y créeme, créeme maldito imbécil, cuando te digo que esa predicción va a cumplirse.

Varios camareros se acercaron a ver que ocurría, el dueño de la cafetería se asomó desde la entrada del establecimiento. El desconocido miró alrededor alarmado mientras se incorporaba, por su posición parecía un animal acorralado evaluando sus opciones. En seguida tomó una resolución y abandonó el lugar corriendo, no sin antes dirigirle una mirada a Henry que éste no fue capaz de descifrar.

El personal de La llar del café se encargó de limpiar el estropicio y dispuso al señor Henry Noland en una nueva mesa. Henry pidió otro café. Alguien tomó asiento frente a él y Noland estuvo listo por si debía propinar un puñetazo. No hizo falta. Esta vez era quien esperaba. Intercambiaron un saludo formal y tras una breve sesión de cordialidades Noland entró en materia. Vacuum Robotics of Gingletown tenía un proyecto realmente digno de presentar. El trabajo, creía Henry, estaba prácticamente hecho. Cualquier proceso industrial que pudiera hacer frente a la inversión se vería claramente beneficiado por su nuevo sistema robótico de producción con una IA que suplía incluso los errores que los operarios pudieran inducir en sus directrices. Y de pronto, a las once y veinticinco de la mañana de un jueves, día doce de Marzo, se hizo de noche.

Henry alzó la vista consternado, y se encontró con que el señor Arnau sonreía y se giraba para contemplar a la muchedumbre que se había aglomerado en las calles, todos mirando al cielo. El joven ejecutivo no podía dejar de pensar en el perturbado que lo había asalto hacía escasos minutos.

-¡El eclipse! – Dijo el director de Tecnologies la Vall, como si ya supiese que iba a ocurrir. Como si todos allí supiesen lo que iba a ocurrir.

Henry lanzó una mirada al televisor del establecimiento y vio que lo estaban retransmitiendo por televisión. Puede que se le hubiera pasado, claro, hacía mucho tiempo que no paraba unos minutos a mirar la tele en su sofá. Y más en Nueva York, un eclipse parcial al otro lado del charco, no crearía tanto revuelo mediático, y él, salvo por su entorno financiero, no seguía muy de cerca la actualidad del planeta. Era razonable. O eso se repetía una y otra vez sin dejar de pensar en la americana de pana beige. Miró al cielo para contemplar el eclipse y de pronto, “blam”. El cadáver sin vida, gordo y calvo, de Henry Noland aterrizó frente a sí mismo, destrozando la mesa y su portátil. Derramando de nuevo el café sobre sus pantalones.

FIN

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

One response to “Eclipse y café descafeinado

  • Adri

    Que pasa tio,

    que buen relato, no sabia que tuvieras dotes de escritor! jeje

    esta muy bien el estilo así como surrealista-paranoico-futurista y describes muy bien las situaciones creo yo!

    de aqui al estrellato !!

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