Ad Líbitum – Segunda Parte

 Un poco de ciencia ficción romántica post-apocalíptica.

Ad Líbitum

Enarmonía de las almas

Ramil

 

Odio el mar. Mis padres siempre me han dicho que vine de él, que no debo temerle al agua. Es extraño, la cobardía no es algo que yo lleve dentro, pero sencillamente odio el mar, no pienso poner un pie dentro. Mucha gente del pueblo construye embarcaciones y se marcha diciendo ir a un mundo mejor, pero yo no me lo creo. No puede haber nada maravilloso detrás de ese cielo púrpura. Embarcarse hacia allí es como lanzarse al infierno. No entiendo por qué nadie nunca ha intentado ir más allá de ese muro de chatarra. Seguro que tras él hay algo fantástico, si no, como se explica que hayan construido una muralla tan grande para protegerlo.

 

Un balonazo en la cabeza interrumpió las cavilaciones de Ramil.

 

-¿Otra vez te has quedado embobado mirando la muralla?

Ramil – ¡No es eso! ¡Es que es tan fácil ganaros que me aburro!

 

Ramil salió corriendo hacia sus amigos y continuaron jugando. Aún contando con la pobreza de Génesis los niños jugaban con buenos balones de cuero. El paseo marítimo cercano a la playa está repleto de comercios, uno de ellos una tienda de deportes. Hoy día el paseo era sólo una colección de ruinas, puesto que la mayoría de las tiendas dan hoy forma a las casas de Génesis, visten a sus habitantes y entretienen a los niños.

 

Ramil – Ya estoy cansado de este estúpido juego…

 

Ramil se dejó caer en la arena de la playa.

 

– Y qué propones ¿Que juguemos a los guerreros?

Ramil – No “jugamos” a los guerreros. Entrenamos.

– ¿Para qué, por si vienen las ratas a por nosotros?

El resto de niños rieron.

Ramil – ¡Callad! No os estoy obligando a entrenar.

El chico se levanta y desclava su espada de madera clavada en el suelo.

Ramil – Pero yo algún día pienso emprender una aventura. No tengo miedo. Quedarse en este pueblo es como estar muerto.

– ¿Pero dónde piensas ir?

Ramil – Más allá de la muralla.

Todos volvieron a reír.

– ¡Eso es imposible!

Ramil – ¿Quién lo ha dicho?

– Los mayores.

Ramil – ¡Ellos no han estado nunca allí! ¡Ni siquiera se atreven a cruzar las ruinas!

El resto de chavales se miran en entre ellos y se encogen de hombros.

Ramil – ¡Y tampoco son tan mayores! ¡Sin contar a Graven, el mayor de Génesis tiene 28 años!

– Que sí, que sí, coge tu espada y vamos a “entrenar”.

Ramil sonríe y echa mano a su arma.

 

Aparte de comer, dormir y charlar con Gadhe, su actividad diaria se basaba en practicar con la espada, entrenar sus músculos y jugar con sus amigos. Es decir, Ramil dormía muy bien al final del día. Dada su dedicación obsesiva a la espada podía zafarse fácilmente de sus adversarios cuando jugaban en la playa y siempre acababan peleando todos contra él. Hasta el momento había conseguido retener a cinco adversarios al mismo tiempo y su meta era contener a todos sus amigos; prácticamente una docena. Entrenaba cada día con el único fin de superarse a sí mismo. Decidió que cuando Génesis no tuviera ningún reto más que ofrecerle, partiría hacia la muralla de Greenwich.


Fuego en el cielo

 

Gadhe vivía en la cabaña que sostenía los neumáticos. Técnicamente, vivía solo, sin embargo, Ramil prácticamente hacía su vida también en esa casa. Eran más noches las que pasaba allí que con sus padres, al fin y al cabo, los que tenía por padres sólo son una pareja más de Génesis que decidió encargarse de un bebé. Los padres de Ramil tenían diez y doce años cuando lo encontraron. Así que en realidad fue más como un juego que como una sensata decisión. Cuando hace veinte años Graven fundó Génesis tan sólo lo acompañaba media docena de niños. De todos los integrantes que componen el pueblo, él es el único que ha visto el sol. En efecto, Graven llegó en uno de los barcos que transportaban presos a Puerto. En el primero, según afirma él. Nadie conoce su crimen y tampoco nadie se atreve a preguntárselo. Sin embargo, todo el mundo opina que cualquier pecado que pudiera haber cometido estaba redimido largamente con la labor que estaba llevando a cabo. Graven tomó la decisión hace un par de décadas de darle un futuro a todos los niños que corrieran el mal destino de haber nacido en Puerto. El ahora anciano fundador del pueblo realizaba incursiones a menudo más allá de las ruinas que separan el pueblo del difícil mundo creado por los criminales para traer consigo algunos niños. Algunos eran bebés y otros casi adolescentes, pero poco a poco fue reuniéndolos en la playa y creando lugares en los que pudieran dormir calientes. Cuando la cifra de refugiados empezó a ser considerable comenzó a asignar tareas a los mayores, que cuidaban de los más pequeños. Un niño por pareja. Graven denominó a los cuidadores de cada niño como ‘padres’. Una de sus frases más conocidas es la que predica que ningún niño debería crecer sin unos padres, y el tenía pensado ser el padre de todos y darle a las siguientes generaciones unos propios. Ese era su proyecto ‘Génesis’. Cuando los chicos más grandes pasaron su pubertad empezó a formar equipos que viajaban con él y recuperaban a más niños, mientras otros guardaban el improvisado poblado. Hoy día existen grupos bien preparados de adultos que marchan más allá de las ruinas a por más criaturas. No obstante, las recientes bajas y deserciones han menguado los ánimos de los héroes y por el pueblo empiezan a extenderse frases como “ya somos suficientes”; palabras que caen lejos del ideal principal de Graven y que lo hacen enojar bastante. Graven, sin embargo, dedica ahora su desgastado cuerpo a instruir a los pequeños con sus historias, a enseñarles a leer y a escribir, y a intentar convencer, aunque sea a sólo uno de cada diez, de que continúen su labor.

 

Ramil – Las ratas de hoy están deliciosas.

Gadhe – ¿Sí? Me las ha dado Laura a cambio de dormirle a los niños en el jardín de infancia.

Ramil – La verdad es que gracias a tu guitarra comemos bastante bien.

Gadhe – Tus padres agradecerían de vez en cuando que cenases con ellos.

Ramil – No importa. Además, no son mis padres.

Gadhe – Sí que lo son. Les debes la vida, así que aunque no biológicamente, son tus padres.

Ramil – Si no hubieran querido ellos, lo hubieran hecho otros dos. Además, eran muy jóvenes cuando empezaron a hacerse cargo de mí. Todo el mundo tenía que ayudarles, así que más que hijo de ellos, soy hijo de Génesis.

Gadhe – Todos somos hijos de Génesis. Pero deberías agradecerles un poco más el esfuerzo.

Ramil – ¡Yo no les obligué a cuidarme!

Gadhe – Está bien, está bien.

 

La casa de Gadhe tenía poco más que una litera, un armario sin puertas que almacenaba su ropa y la de Ramil, un baúl dónde guardaba lo poco que una persona pueda considerar de su propiedad en Génesis y una mesa bajita de madera con un sofá partido en dos que encontraron en las ruinas, la mitad a cada extremo de la mesa. En un rincón contrastaba con los tonos marrones de la vivienda una especie de horno-chimenea construido con una vieja barbacoa y un conducto del aire acondicionado que salía por el tejado. Allí cocinaban y se calentaban. Pese a comer tres veces al día, todas esas ocasiones recibían el nombre de cena. Seguramente debido a que su vocabulario viene principalmente de Graven y a él nunca se le ocurriría llamar desayuno a un alimento ingerido bajo esa luz.


Gadhe – Sabes, ayer vino un tipo y me ofreció tocar en su club.

Ramil – ¿Qué es un club?

Gadhe – No lo sé. Precisamente por eso sé que no está en Génesis.

Ramil – ¿Irás? – un gesto de emoción se compuso en el rostro del chico.

Gadhe – Acepté el trabajo sin pensar. Aún no estoy seguro. De todas formas tengo un mes para pensarlo.

Gadhe terminó de darle el último bocado a su desayuno.

Gadhe – Hoy me siento bastante activo. Incluso me apetece vencerte a ese juego que te gusta tanto… cómo era… ah sí: pegarse con dos palos.

Ramil – ¡No te consiento que llames así al maravilloso arte de la espada!

Gadhe – Romper cosas no es un arte.

Ramil –  Está bien. Ya está decidido. Voy a enseñarte el magnífico arte que puedo hacer con la sangre de tu nariz.

Gadhe – Uy, eso quiero verlo.

 

Gadhe se levantó de la mesa y agarrando uno de los dos bastones que hay colgados en la entrada salió a la calle. La vida como artista ambulante de Gadhe no le exigía un horario concreto, pero solía hacer coincidir su inicio del día con la hora en la que los recolectores salían a cazar y conseguir agua. A esa hora, en la playa, estaban preparando sus redes los pescadores. A no mucha distancia de la costa se podían alcanzar los primeros rayos de sol, y con relativa suerte podían encontrarse incluso plantas comestibles bajo el agua o en pequeños islotes y rocas.

 

Gadhe – ¡Buenos días Yier!

El músico tenía una buena relación con los pescadores de Génesis. A menudo les amenizaba el tiempo que pasaban en tierra firma con alguna melodía.

Yier – ¡Hola Gadhe! ¿Buscando la inspiración en la playa?

Gadhe – Hoy no. He venido a entrenar un poco con Ramil.

El pescador se acercó a los dos chicos y acarició el pelo del más joven.

Yier – Dedicas mucho tiempo a jugar con este pequeñuelo.

Ramil le devolvió una modesta mirada desafiante.

-¡Lo que deberías hacer es dejarte de niños y guitarras y ponerte a trabajar como los hombres!- Dijo otro pescador mientras preparaba unas redes.

Yier – ¡Déjalo en paz! Si el precio a pagar por oír su música significa más trabajo para los demás ¡qué me aspen si quiero trabajar en silencio!

Gadhe le dedicó a Yier una sonrisa amable.

Gadhe – Bueno, vamos a hacer un poco de ejercicio. Que os vaya bien.

Yier – Si nos va bien hoy cenarás pescado.

Gadhe – Gracias, gracias.

Tras despedirse con otra sonrisa Gadhe y Ramil se apartaron a un pequeño trozo de playa, al otro lado de un espigón coronado por un faro abandonado y medio derruido.

 

Gadhe – ¿Estás preparado? Hoy no te será tan fácil derrotarme.

Ramil – ¿Has estado practicando a escondidas?

Gadhe – No he vuelto a tocar la espada desde la última vez.

Ramil – Entonces me temo que tus posibilidades son cada vez inferiores.

Gadhe – Deja de hablar y enséñame la obra de arte de la que hablabas.

 

Ramil clavó un pie en el suelo y salió disparado hacia su amigo, iniciando el combate con un veloz golpe que su oponente desvió a tiempo con bastante dificultad. Sin dejar a su compañero recobrarse del ataque, Ramil continuó su asedio arrollando a Gadhe con una lluvia de golpes con los que éste tenía que emplearse al máximo para evitar ser golpeado. El joven músico no tardó en notar como su espalda tocaba las rocas del espigón. Aprovechando su superioridad en masa se abalanzó contra el chico derribándolo. Utilizó este momento para recuperar las distancias y el aliento.

 


Ramil – Si utilizas el tiempo en el que dejo de atacarte para descansar nunca conseguirás conectar ni un golpe. En un combate el descanso no llega hasta que uno de los dos cae.

Gadhe – Hablas como si estuvieras curtido en mil batallas – contestó jadeando.

 

Ramil inició su carga de nuevo, no obstante, se vio sorprendido por una estocada que contra todo pronóstico envió Gadhe hacia el pecho del chico. Ramil giró sobre sí mismo para evitar ser golpeado, cosa que le hizo perder el equilibrio y caer sobre la arena. Su contrincante no dudó y lanzó su arma hacia las costillas del niño para decidir el campeón del combate. Sin embargo, Ramil volvió a hacer gala de su agilidad felina para pasar entre las piernas de Gadhe y, cargándolo sobre sus hombros, elevarlo en el aire y volcarlo. Saltando desde su posición, Ramil se lanzó sobre su rival, el cual lo recibió boca arriba interponiendo su espada. Pese a la diferencia de edad, Gadhe no levantaba más peso que el de su guitarra a lo largo del día, así que un niño de catorce años con ese entrenamiento era lo suficientemente fuerte como para representar un esfuerzo considerable para mantener la espada del chico alejada de su cuerpo.

 

Mientras forcejeaban, una luz iluminó la escena desde el cielo. Algo verdaderamente inusual en un lugar como ese. Por si la luz no era suficiente, un ruido ensordecedor terminó de ponerlos alerta. Los dos combatientes se separaron y prestaron atención al origen del fenómeno: Una enorme bola de fuego. En el cielo se podía contemplar esa masificación de llamas, era lo más parecido a lo que Graven describía como Sol y pensaron que podría tratarse de ello. El mayor inconveniente estaba en que se dirigía directo hacia ellos. Gadhe y Ramil empezaron a mirar en todas las direcciones pero era imposible prever el punto de impacto del artefacto. Finalmente, presos del pánico decidieron simplemente agacharse. El sonido de un terrible golpe y piedra chocando contra el suelo les avisó de que el objeto había tomado tierra. Alzaron su vista.

 

Ramil – ¡E-Está en el faro! ¡Se ha chocado contra el faro!

Gadhe – Parece una antorcha gigante. Es… hermoso.

 

Ramil dirigió su mirada extrañado hacia Gadhe. El artista estaba completamente anonadado por el suceso. Ramil le propinó un golpe en la cabeza.

 

Ramil – ¡Despierta! ¿¡Qué acaba de pasar!?

Gadhe contestó fascinado a la vez que sorprendido – No lo sé. Vamos a verlo.

 

Ambos dejaron los palos clavados en la arena y empezaron a correr a toda prisa hacia el faro. Escalaron las rocas del espigón y en poco tiempo ya estaban plantados en la base de la torre. El edificio parecía haber quedado dañado seriamente y muchas piezas y paredes se habían derrumbado alrededor. En el punto más alto sobresalía algo metálico con forma ovalada. Ramil miró a Gadhe esperando que le impidiera entrar, pero para su sorpresa, sin prestarle la menor atención se adentró a toda prisa en el edificio. Ramil se apresuró a seguirle. Las escaleras de caracol del interior estaban parcialmente destruidas así que llegar hacia la cima fue más una escalada que un ascenso. Mientras se subía se podía observar una especie de carcasa metálica asomando a través del suelo destruido de la cima. En unos minutos alcanzaron la habitación del faro, Gadhe puso la mano sobre el pomo de la puerta y la apartó rápidamente, abrasado. En una reacción instantánea abrió la puerta cargando con su hombro. La pareja irrumpió en la siguiente sala y dio un paso atrás instintivamente al contemplar la escena.

 

Ramil – ¿Un cine volador?

 

El artilugio metálico estaba partido en dos y a cada lado se podía observar una fila de cuatro asientos. Habían algunos muebles más y al fondo otra puerta metálica con un ojo de buey en el centro. Todo estaba en llamas.

 

Ramil – No soy yo quien debería decir esto pero ¿No crees que estar aquí es peligroso?

 

Ignorándolo, Gadhe se dirigió apresurado hacia la puerta metálica y se asomó por el ojo de Buey.

Gadhe – ¡Hay alguien dentro! – Intentó abrir la puerta pero no consiguió más que volver a abrasarse.

Ramil – ¡Gadhe! ¡Vuelve! ¡Las llamas están devorándolo todo!

Gadhe – Tengo que entrar.

Ramil – ¡Vuelve! ¡No puedo verte! ¡Hay mucho humo!

Gadhe – ¡Ramil! ¡Sal de aquí! ¡Si no hay alguien viniendo ya apresúrate a llamarlos y asegúrate de que traen equipo médico!

Ramil vaciló unos segundos y después se marchó a toda prisa hacia el pueblo. A lo lejos ya podía verse a la gente acudiendo hacia el lugar.

 

Gadhe – ¿¡Puedes oírme!? – Tras aporrear la puerta y no recibir ninguna señal miró a su alrededor. Reconoció un artilugio rojo que estaba presente en la mayoría de establecimientos abandonados del paseo marítimo: un extintor. Lo extrajo de la pared y agarrándolo por un extremo lo utilizó para romper el ojo de buey. Viendo que esta acción no contribuía a que la puerta se abriese recordó lo que esos tubos rojos expulsaban: Humo blanco frío. Tras hacerse en unos segundos con el manejo del artefacto roció la palanca de apertura con el “humo blanco”, permitiendo su uso. La puerta se abrió. Gadhe entró en la siguiente sala y se agachó para atender a la persona que yacía en el suelo.

 

Gadhe – ¿Estás bien? ¿Puedes oírme?

 

Gadhe envolvió con sus brazos a una chica joven de aspecto frágil y la levantó con delicadeza. Utilizando los dedos apartó sus cabellos dorados, nunca había visto un pelo tan claro como aquel. Dejó su cara al descubierto, con el pulgar limpió el tizne de sus mejillas. La chica abrió los ojos y dos gemas con el color azul propio del cielo que Gadhe sólo había visto en sueños se clavaron en él. El joven desvió sus ojos y repasó minuciosamente las formas de su rostro, su nariz de líneas suaves, su cara sonrojada y sus labios rosados. Totalmente ajeno al infierno en el que se encontraba Gadhe acercó sus dedos lentamente hacia los labios de la chica, había algo que le arrastraba a tocar ese rostro. Con admiración recorrió la forma de su boca con la yema de los dedos, poniendo en contraste la palidez casi enfermiza de su piel con el color vivo de la chica.

Una llamarada lo despertó y lo devolvió de una sacudida a su oscuro mundo real. Gadhe agarró con fuerza a la chica y se alzó con ésta entre sus brazos. Era imposible volver por donde había venido. Analizó su entorno. Esa sala tenía dos butacas giratorias ante un panel lleno de decenas de botones totalmente desconocidos para el artista. La única salida era el gran cristal que se hallaba frente a ellos. Dejó con cuidado a la chica sobre una de las butacas, agarró el extintor que había utilizado anteriormente y destrozó los cristales. La chica movió sus labios intentando articular unas palabras.

-¿Quién eres?-

-Gadhe- Respondió el chico mientras se centraba en sus ojos.

La cabina sufrió una nueva sacudida y la situación se inclinó unos 30 grados hacia el suelo.

-No hay tiempo para hablar- Gadhe sujetó a la chica de nuevo entre sus brazos y, poniendo un pie sobre la recién abierta vía de escape, saltó. El agua del mar los recibió de forma gélida. Con un último esfuerzo, el chico nadó junto a la joven que acababa de salvar hacia la orilla y se desplomó sobre la arena mojada.

-¿Dónde estoy?

La chica gateó hacia Gadhe, interponiéndose entre su mirada y la luna. Él no pudo evitar volver a quedar absorto por aquella imagen. Los ahora oscurecidos y húmedos cabellos de la chica enmarcaban su cara mientras con esa mirada ajena a Génesis y a la oscuridad inspeccionaban el rostro de Gadhe, iluminado por el reflejo anaranjado de la hoguera en el faro.

-¿Estás bien? ¿Puedes decirme donde estoy?

Gadhe, tras unos segundos, sólo pudo devolver una sonrisa.

-Estás aquí, conmigo.-

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Acerca de greyshock

Lleno de inquietudes creativas utilizo estos blogs para dar salida a una pequeña parte de ellas. Espero que disfrutéis tanto viéndolas como yo creándolas. Ver todas las entradas de greyshock

6 responses to “Ad Líbitum – Segunda Parte

  • Nika-Chan

    Acabo de tener un Deja vu…La parte del final me ha recordado muchisimo a la primera individual de exalted que hice! Y dices que no hay mas?? O_o

  • greyshock

    Pos no… es lo que tengo… Aunque después de recordarla me han entrado ganas de continuarla.. :/ ¿qué os parece el rollo ese de combinar narrativa normal con rollo teatro? Ya sabéis, lo de poner las conversaciones como si fueran guiones de cine.

    Es que la dejé porque recibí críticas abstante duras respecto a ello.. y también respecto a lo “imposible” de lo que narro en la historia.

  • Reno

    Esto de la gente con relatos y no con fotologs es la gloria para evadirse de estudiar, y si a mi tambien me ha pasado Nika es realmente parecido a tu individual xD hay cosas que dan miedo jajaja Y no sigue?

  • greyshock

    Tus respuestas están en mi otro comentario xD No sigue no.. pero quizá siga.. que tengo ganas de escribir..

  • Pitor

    Grey, el convinar la narrativa y el teatro, como tú dices, es simplemente hacer una novela.
    Normalmente las novelas estás escritas del mismo modo, solo que sin poner el nombre delante. La diferencia es que al finalizar la frase, pone un “dijo…” o “se sorprendió …” y cosas así. Pero qué te voy a decir yo de literatura y escritura :S

    La verdad es que no sabía de ésta historia, y es muy buena. Me mola el mundo que has creado y la situación que has propuesto para desarrollar una aventura… además las descripciones de los personajes son tremendas.

    Sería una pasada saber qué ocurre tras el “encontronazo amoroso”, y qué era ese aparato y tal…

    [yo me cago en las putas críticas duras que te hicieran]

  • greyshock

    Muchas gracias Pitor ^^

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